Capítulo 3
La profesora de Retórica repartió las parejas del primer ejercicio por orden de lista, que es el único sistema de emparejamiento más cruel que el azar, porque encima parece justo.
Él salió en cuarto lugar.
Defendió la tesis como imagino que lo hace todo: sin papeles y sin prisa, con el aula entera de su parte antes de abrir la boca, que es la ventaja injusta de la gente a la que ya miran por defecto.
Y lo hizo bien, además. Usó el truco con limpieza: un entrenador legendario por aquí, un porcentaje por allá, una anécdota de vestuario con remate.
El aula se rio donde él quiso. Su pareja lo desmontó a medias, la profesora abrió el turno de réplicas al resto, y yo, que había ido a esa clase con el plan específico de practicar la invisibilidad, descubrí que tenía la mano levantada.
La mano. Levantada. Mi propia mano, votando en contra de ella, exactamente como el cuerpo de Lena en la entrega seis, lo cual demuestra que una escribe sus advertencias y luego no se las lee.
—Adelante —dijo la profesora.
—La anécdota final es preciosa —dije—, pero es el truco elevado al cuadrado: una apelación a la autoridad dentro de otra.
El entrenador de la cita no sostiene la tesis; sostiene la contraria.
La frase completa termina diciendo que a los novatos hay que verlos tres veces antes de juzgarlos.
Se la ha cortado justo donde le convenía.
—Hice una pausa que no había planeado y la remató mi boca sola—: Que es, por cierto, la mejor defensa posible de la tesis: la primera impresión no se corrige porque nadie escucha la frase entera.
El aula hizo «uuuh». Así, en bloque, con la vocación coral de las gradas. La profesora sonrió como sonríen los árbitros que no pueden aplaudir. Y él se giró.
Hasta ese momento yo era un elemento del paisaje de la tercera fila, y de pronto fui un punto fijo.
Me miró el tiempo que se tarda en leer una etiqueta: dos segundos, quizá tres.
Sin ofensa, que habría sido manejable, y sin sonrisa, que habría sido peor.
Me miró con atención administrativa, como quien anota una matrícula, y después, todavía mirándome, se mordió el carrillo por dentro, despacio.
Yo escribí ese gesto. Yo sé leer ese gesto. Ese gesto significa que está echando cuentas.
Bajé la vista a mis apuntes con una serenidad ejemplar y el pulso en cifras de estadio.
La secuela me duró todo el lunes y parte del martes, y consistió en un razonamiento circular de una solidez admirable: la gente que escribe sobre alguien no debe ser mirada por ese alguien.
Es una norma básica de seguridad laboral.
El zoólogo no se deja oler por el lobo. La correctora no le enseña el manuscrito al biografiado.
Yo había pasado tres meses observándolo con la impunidad del plancton, y el lunes a las 10:41 el sistema entero se había venido abajo porque a mi mano le pareció importante tener razón en público.
Priya, informada por encima y sin nombres, no compartió mi lectura de los hechos.
—A ver si lo he entendido —dijo el martes, repartiendo lentejas con la justicia de un tribunal de cuentas—. Has ganado una réplica en clase. Delante de testigos. Con cita textual.
—Sí.
—Y la emergencia es...
—Que me ha mirado.
—Te ha mirado. —Dejó el cazo en alto—. Cassandra, la gente mira a quien la deja en evidencia. Es fisiología. Si eso fuera un indicio de algo, yo tendría indicios con media facultad de Derecho. Tu nivel de alarma es desproporcionado incluso para ti, y mira que el listón estaba alto.
Le di la razón por fuera. Por dentro archivé el asunto en una carpeta nueva, con su título y todo: «Cosas que Lena haría y que yo tengo prohibidas». La carpeta quedó abierta. Ese fue el desliz de la semana, aunque todavía no lo sabía.
Porque hay una palabra para corregir en público al hombre al que describes en privado, y no es valentía. Es llevar dos contabilidades y pagar los intereses de las dos.
El miércoles, después del turno, me quedé en mi mesa del 800 con el playbook, el subrayador y la entrega ocho a medio armar, que era justo donde el universo me quería para lo que vino después.
El 800 a las ocho de la tarde es el sitio más tranquilo del hemisferio.
La Harlow tiene una demografía muy estable: la planta baja vive (enchufes, novedades, máquinas de café), la segunda respira (manuales, exámenes, llanto discreto), y la tercera, mi tercera, está clínicamente muerta salvo por dos habitantes fijos: yo y un estudiante sin nombre que duerme en el sillón de la esquina desde tiempos inmemoriales, con un tomo de Auerbach en el pecho a modo de lápida.
Nadie lo ha visto despierto. Dolores, la de préstamos, sostiene que estaba ya cuando ella llegó, y Dolores llegó con el catálogo en fichas.
Me gusta trabajar ahí por lo mismo que a los animales listos les gustan las madrigueras con dos salidas: silencio, espalda cubierta y la escalera de emergencia a once pasos. Lo de las dos salidas no era paranoia. Era, como se verá, planificación.
La entrega ocho tenía un problema técnico precioso: mi primera escena de partido de verdad, vista desde la grada, y yo no he pisado un estadio en mi vida.
Para eso estaba el playbook. Dolores, por cierto, se acordaba de la caja de la que salió: el mercadillo de junio se nutre de descartes del catálogo y de otra fuente menos confesable, los objetos perdidos que nadie reclama en un año, que la universidad dona en bloque y la biblioteca vende a dos dólares para el fondo de encuadernación.
Mi playbook, con su letra antigua en los márgenes, venía de esa segunda estirpe: era el huérfano de alguien antes de ser mi herramienta.
Se lo comenté una vez a Dolores y me dijo que no le pusiera sentimiento a la sección de saldos, que luego pasa lo que pasa.
El método es artesanal y consta de dos columnas: en la izquierda copio la jugada como la entiende el libro —una pantalla, en este caso: el quarterback finge profundidad y suelta corto, detrás de la estampida—, y en la derecha traduzco: qué se ve, qué se oye, dónde se equivocaría una recién llegada.
La izquierda dice «el bloqueo se despliega en el flanco débil».
La derecha dice «Lena mira hacia donde corre todo el mundo y por eso se pierde lo único que importa, que está pasando en el otro lado, quieto, esperando».
Subrayé la ruta en rosa. Escribí en el margen: aquí el estadio ruge tarde.
Escribí debajo, más pequeño: como todo el mundo.
Pasé a la siguiente página y traduje otra: la izquierda decía «el quarterback lee la presión y sube en el bolsillo»; la derecha dijo, tras tres intentos, «no retrocede: se mete más adentro del peligro, porque el sitio seguro dura medio segundo y está donde nadie con instinto de conservación pondría los pies».
Me quedé mirando esa frase más tiempo del que exige la sintaxis.
La columna derecha tiene la mala costumbre de saber cosas antes que yo.
Y estaba tan dentro de la columna derecha, tan cómoda en mi madriguera, que tardé en oír lo que cualquier animal listo habría oído antes: voces subiendo por el hueco de la escalera principal.
Voces masculinas. Plurales. Con esa acústica inconfundible de los cuerpos grandes intentando hablar bajo.
Me quedé quieta con el subrayador en el aire.
La planta baja, me dije. Tutoría del equipo, me dije: los deportistas tienen estudio obligatorio los miércoles, lo sé porque Dolores lo sufre y lo comenta.
Se quedan abajo. Abajo hay enchufes, café y vigilancia académica.
Nadie sube al 800. El 800 está muerto. Lo dice la demografía.
Y entonces una de las voces se separó del resto y empezó a subir, y contestó a algo que le gritaban desde abajo con cuatro palabras que no entendí y una cadencia que sí, porque la había oído el lunes a las 10:40 defendiendo una tesis indefendible, y el lunes anterior contestando una pregunta con una economía irritante, y llevaba todo el verano poniéndosela por escrito a un hombre inventado.
Subía. Hacia Crítica Literaria. Donde no sube nadie, salvo, por lo visto, la única persona del campus que tenía terminantemente prohibido encontrarme allí, a mí, con un playbook forrado de rosa y los márgenes llenos de Lena.
Procedí a ejecutar la maniobra que en mi cabeza se llamó, ya en tiempo real, Retirada Estratégica de Material Sensible, y que constó de tres fases.
Fase uno, evacuación de personal: me levanté sin arrastrar la silla, técnica depurada en años de bibliotecas.
Fase dos, recogida de activos: portátil al pecho, móvil al bolsillo, mochila al hombro, todo en un solo movimiento de estibadora con máster.
Fase tres, repliegue por la salida secundaria: once pasos hasta la escalera de emergencia, que no pita —lo comprobé en marzo, por motivos que entonces me parecieron hipotéticos y que aquella noche ascendieron a visión estratégica—, y bajada en diagonal, dos peldaños por zancada, una mano en la barandilla y la otra sujetando el pecho de la mochila para que no delatara el paso, con la dignidad justa de quien se dice a sí misma que no está huyendo, está optimizando rutas.
En el descansillo del segundo oí, amortiguada por el hormigón, la puerta de la tercera planta.
No me paré a interpretarla. Las interpretaciones son para la gente que ya está a salvo.
Crucé la salida lateral de la Harlow al aire fresco de septiembre, sin testigos, sin incidentes, sin nada que reprocharle a la operación. Impecable. De manual. El estudiante dormido ni se inmutó, fiel a su vocación de mueble; que conste en acta que fue el único de los dos que mantuvo la posición.
Aminoré al llegar al paseo de los plátanos, me recoloqué la mochila, me felicité por la limpieza de la ejecución con un discursito interno de entrega de medallas, y ya iba por la parte de los agradecimientos cuando la voz de la intendencia, que en mi cabeza suena sospechosamente a Priya, pidió la palabra para una última comprobación de inventario.
Portátil. Móvil. Mochila. Subrayador, en la mano, como siempre, soldado ejemplar.
El playbook.
Me paré en mitad del paseo con la boca seca.
El playbook seguía en la mesa. Abierto por la pantalla.
Con la ruta subrayada en rosa fosforito, la letra de otro dueño en los márgenes viejos y la mía en los nuevos, diciendo aquí el estadio ruge tarde, diciendo cosas de Lena, diciendo, a quien supiera leer dos columnas, absolutamente todo.
No volví. Volver era entrar en la jugada del rival.
Me quedé clavada entre dos plátanos, a cuatrocientos metros del desastre, viéndolo con una nitidez perfecta, porque para eso me gano la vida imaginando habitaciones en las que no estoy: la tercera planta en silencio, el sillón con su durmiente, mi mesa al fondo con el fluorescente encima como un foco de escenario.
La puerta del 800 abriéndose. Unos pasos que se paran.
Y el playbook ahí, abierto, rosa, paciente, esperando a su lector como esperan todos los libros abandonados: seguro de que quien llega es exactamente quien no debía.
Corté la imagen ahí, en la puerta abriéndose, antes de ponerle cara a los pasos, porque hasta mi imaginación tiene instinto de conservación cuando quiere. Después eché a andar hacia casa con las dos contabilidades descuadradas y un libro menos.
Hay capítulos que una se niega a escribir hasta que no queda más remedio. Aquel llevaba ya once pasos y una escalera de ventaja.