Capítulo 6
Asesoría técnica
El día de partido empieza mucho antes del partido y suena siempre igual, que es justo lo que lo hace sagrado.
A las cuatro, autobús del hotel al estadio, en silencio administrado.
A las cinco, vestuario: la playlist la pone Ramírez, porque la playlist es un cargo vitalicio que se hereda por antigüedad y se pierde solo por traición musical, y abre con la misma canción desde hace tres temporadas; nadie recuerda por qué y nadie se atreve a averiguarlo.
A las seis y media, el pasillo de salida: cada uno toca lo suyo al pasar —el marco de la puerta, el escudo pintado, la nuca del de delante—, yo toco dos veces la viga baja, herencia de un veterano que la tocaba antes que yo, y salimos al túnel, donde el ruido de fuera llega primero como presión y después como sonido, en ese orden, siempre en ese orden.
Del partido contra los de State diré lo justo, porque los partidos buenos se cuentan rápido.
Fuimos mejores desde el primer cuarto. La única jugada que merece papel llegó en el tercero: tercera y siete en su campo, y al acercarme a la línea vi al safety fuerte hacer una cosa mínima, un pasito de tramposo hacia dentro, colocándose para cazar el cruce que llevábamos pedido.
Ahí está todo el oficio: ver el pasito, entender la trampa, cantar el cambio.
Grité la palabra que deshace la jugada y arma la otra, la línea la escuchó, el balón salió hacia donde el safety ya no podía llegar y fueron veintidós yardas que en la grada parecieron facilísimas, que es la mayor alabanza que existe para algo difícil.
Y luego está lo que no sale en el resumen.
En el tiempo muerto del segundo cuarto, con el casco en la mano y el míster dibujando en la pizarra, levanté la vista hacia la grada este, fila K, y comprobé lo que no necesitaba comprobar en absoluto: asiento cuatro, ocupado.
Sudadera oscura, postura de estudiante en examen ajeno, la cara girada hacia la pizarra del videomarcador como quien coteja versiones. Había venido. Regla seis en vigor.
La comprobación me costó medio segundo justo de la primera jugada tras el tiempo muerto: medio segundo que me quedé de más en la lectura, con la cabeza todavía en la grada este, y que el defensive end de State me cobró a precio de mercado.
Lo vi venir tarde, giré, solté el balón fuera con el pie cambiado y su manotazo me pasó rozando la oreja con un viento de tren de mercancías.
Castigo por conducta, habría dicho mi padre.
Anoté la lección donde anoto las caras: la grada este quedaba prohibida con el reloj en marcha.
Ganamos 31 a 13. El estadio rugió tarde en la jugada del cambio, por cierto. Como todo el mundo.
El vestuario de las victorias es una olla a presión con confeti.
Ramírez subió la playlist a un volumen ilegal, alguien repartió la tarta de la madre de alguien, y Toby, subido al banco por costumbres adquiridas, propuso un brindis con bebida isotónica «por el audible del tercer cuarto y por que la Regla siete nos ampare a todos, cada uno en lo suyo», que fue aprobado por aclamación sin que nadie preguntara qué amparaba en concreto, porque esa es toda su gracia.
Yo me duché, contesté al grupo de la familia —mi padre: «el audible, bien; el balón fuera del segundo cuarto, hablamos el martes»— y luego me quedé un rato con el móvil en la mano, actualizando nada.
Aullido no publicaba los sábados. No esperaba ningún mensaje, entre otras cosas porque la única persona de la que se me ocurría esperar algo no tenía mi número.
Actualicé otra vez, por si las estadísticas de la nada habían cambiado.
—Estás mirando el móvil como un novato en su primera concentración —dijo Toby, pasándome una porción de tarta—. Como si fuera a sonar el himno.
—Miro la clasificación.
—Ya. —Se sentó a mi lado, comió, y tuvo la decencia de no rematar. Los silencios de Toby son su mejor jugada y no necesitan reglamento.
El lunes, en Retórica, ejecutamos una obra maestra del disimulo que habría hecho llorar de aburrimiento a cualquier espectador y que a mí me tuvo entretenido los cincuenta minutos.
Ella entró, pasó junto a mi fila mirando su cuaderno con un interés arqueológico, y se sentó en su sitio sin registrar mi existencia con una limpieza tan perfecta que resultaba sospechosa: nadie ignora tan bien sin ensayo.
Yo respondí no mirándola con la misma dedicación, que consiste en saber en todo momento dónde está exactamente aquello que no miras.
La profesora habló de falacias de generalización y, en un momento dado, pidió un ejemplo de generalización abusiva; levantamos la mano los dos a la vez, nos detectamos por el rabillo del ojo con la precisión de dos radares enemigos y la bajamos los dos a la vez, con lo que el ejemplo lo puso un chaval de la primera fila y la profesora se quedó mirando nuestro sector del aula un segundo de más, tomando una nota mental que no me gustó nada.
Los dos volvimos a los apuntes con una diligencia ejemplar.
En toda la clase no cruzamos ni un milímetro de nada, y salí de allí agotado como de un cuarto período.
En la puerta, en el embudo de la salida, una mano me encajó contra el pecho un papel doblado con la eficacia de un carterista trabajando en hora punta.
Para cuando miré, la mano y su dueña iban tres cuerpos por delante, cuaderno al pecho, sin volverse.
El papel decía, en letra apretada: «Martes, 20:30, donde siempre.
Trae argumentos.» Y debajo, diez dígitos y una condición: «Solo logística. Nada de conversación».
Guardé el número con un nombre neutro. Estuve veinte minutos eligiendo el nombre neutro. Eso también me lo callo.
El martes a las ocho y media subí al 800 con la mochila sonando como un botellero, porque la mochila llevaba once saleros del comedor de equipo, sustraídos a lo largo del día mediante una operación limpia de la que no me arrepiento.
—¿Eso es...?
—La defensa de State. —Los fui plantando en su mesa, uno a uno, sobre el playbook abierto—. Y esto —saqué el pimentero grande— es Ryder Vane en la entrega siete, a punto de cometer dos delitos federales y un pecado contra la física.
Reconstruí su famosa jugada salero a salero.
Le enseñé el punto exacto donde su héroe cruza la línea de golpeo, que es la frontera a partir de la cual un pase adelantado deja de ser gloria y pasa a ser sanción, silbato y vergüenza retransmitida.
Le enseñé que sus dos defensores del párrafo tercero ocupaban el mismo punto del espacio, cosa que la defensa de State, con sus limitaciones, jamás haría.
Ella discutió cada centímetro. Cuando le desmonté el pase, movió el salero del slot con un dedo y dijo que entonces Ryder se la jugaría por ahí, y tuve que explicarle que ese salero era el receptor más infravalorado de su libro y merecía mejores rutas y más cariño, y de paso le robé el subrayador rosa para pintarle la ruta buena directamente en su margen, porque los saleros no dejan rastro y yo estaba allí para dejar doctrina.
—Devuélvemelo.
—Al final de la sesión. Es material didáctico.
Defendió a su héroe hasta el final, eso que conste.
Que Ryder Vane era temerario por diseño, dijo, que la imprudencia era carácter y el carácter no se toca, regla tres, y que si el reglamento no dejaba respirar a la épica, peor para el reglamento.
Le contesté que la épica de verdad es reglamentaria, que cualquiera es valiente en una jugada imposible y que lo difícil, lo que llena estadios, es serlo dentro de las reglas, con la ventana abierta medio segundo y once tíos cobrando por cerrarla.
Se quedó callada un momento, mirando los saleros.
«Eso me lo quedo», dijo, y no supe si hablaba de la frase o del pimentero, y en ambos casos ya era tarde.
Y en algún momento, entre salero y salero, ella preguntó lo que no venía en ningún margen: que qué se ve. Desde dentro, dijo. Cuando la habitación se te viene encima.
Dejé el pimentero. Y le conté lo que no le he contado a nadie porque nadie lo pregunta así: que desde el pocket no se ven caras, se ven hombros y manchas de color moviéndose a dos velocidades; que la protección no se mira, se oye, porque cada bloqueo que aguanta suena distinto del que empieza a perderse; que dentro del casco tu propia respiración va por delante de todo, como la de un buzo, y el estadio llega por capas, primero la presión, luego el grave, luego, si la jugada sale, tu apellido hecho papilla por cuarenta mil bocas; y que el medio segundo bueno, el de soltar el balón, es un sitio rarísimo y silencioso, una habitación que encoge con una ventana que solo abre una vez.
Hablé más de la cuenta. Me di cuenta porque ella no escribía.
Cuando le dictaba rutas apuntaba con taquigrafía de secretaria de juzgado, y en cambio ahora tenía el boli muerto sobre el cuaderno y me miraba quieta, con una atención que no he visto en ningún estadio, y pensé, con alivio de idiota, que aquello no debía de valer para el libro, que sería relleno entre correcciones.
Recogí los saleros. Le devolví el subrayador.
Mordido de fábrica, por cierto: yo lo devolví mejor de lo que estaba.
En su mochila, al guardar, asomó una bolsa de gominolas de fresa ácida, de esas que escuecen.
Le pedí una en calidad de honorarios. Me dijo que los honorarios se pactan antes, no después, y de la discusión salió, no sé muy bien cómo, la primera apuesta oficial de esta sociedad: si la entrega nueve corregía la jugada y ni un solo comentario protestaba por el cambio, pagaba ella.
Una bolsa entera. Si alguien se quejaba de que Ryder Vane hubiera dejado de violar el reglamento, pagaba yo y además me comía la queja.
—¿Y esto cómo lo llamo en mi calendario? —pregunté ya en la puerta, por hacer simetría.
—Documentación —dijo, sin levantar la vista del playbook—. Y llega tarde a su toque de queda, asesor.
La entrega nueve salió el viernes a las nueve. La leí a las nueve y dos, sin coartada esta vez.
La jugada estaba corregida. Más que corregida: Ryder Vane cantaba un cambio en la línea al ver a un safety dar un pasito de tramposo, y el pase iba al receptor infravalorado, y todo era legal, posible y limpio, y los comentarios, lejos de quejarse, celebraban «la era del realismo» con teorías.
La primera teoría acumulaba respuestas: «La Suplente ha fichado a alguien del equipo.
Es CANON». Me reí solo y en voz baja, que es la manera de reírse de las cosas que van a ser un problema.
Y entonces llegué a la escena de después del entrenamiento, Lena y Ryder en la sala vacía, y me encontré, palabra por palabra transformada, la habitación que encoge.
La ventana que solo abre una vez. La respiración de buzo.
Todo lo que dije el martes con el boli de ella muerto sobre el cuaderno, todo lo que di por relleno, estaba allí, mejor dicho que como yo lo dije, colocado en la boca de un hombre que se me parecía demasiado diciéndoselo a una mujer que escuchaba exactamente como escucha ella.
No había tomado ni una nota. No le hacía falta. Esa mujer escucha con el disco duro.
Llevo leyendo defensas desde los catorce años; presumo de eso, vivo de eso. El viernes a las nueve y diez supe por fin lo que se siente al otro lado de la lectura: que te lean la cobertura entera sin que te enteres de que estabas jugando.
A las doce y un minuto el móvil vibró en la mesilla. El nombre neutro. Un mensaje corto: «Necesito saber qué se siente al perder».
Los tres puntos de escribir aparecieron debajo, se lo pensaron y se fueron.
Los míos hicieron lo mismo dos veces. Al final contesté lo único honesto que cabía en una pantalla: «Eso no se cuenta.
Eso se enseña. Con suerte, este año no puedo ayudarte».
Y me quedé mirando el techo mucho rato, con el partido ganado, la entrega leída y una tranquilidad sospechosa, sin saber todavía que el calendario, que escucha tan bien como ella, ya había tomado nota de la pregunta.