22 #3
Antes de que pudieran responder, se oyó el clamor de los motores de un helicóptero.
Todos se giraron justo cuando el Leonardo en el que Tony había aterrizado apenas treinta minutos antes pasó por encima con un estruendo, lo bastante bajo para que reconocieran a Greta en el asiento del copiloto, con los auriculares puestos, saludando por la ventana como si estuviera viviendo las mejores vacaciones de su vida, contemplando la boca de un volcán desde una distancia segura y lujosa.
Y, en el fondo, seguramente era lo que estaba viviendo. Pero bien por ella. Si alguien se merecía salir de allí era Greta.
Alice la saludó henchida de alegría por su hermana, quien acababa de encontrarse con su final feliz. Sam dijo lo que todos estaban pensando.
—Pues al final ha sido verdad. Se ha ido.
Era increíble, una liberación en su máxima expresión.
—¿Esa era Greta? —preguntaron a gritos desde la distancia. Emily y Claudia cruzaban el jardín desde el extremo sur de la isla. Emily tenía una sonrisa radiante pintada en la cara—. ¡Hostia! ¿Se acaba de marchar?
—¡Con Tony! —le contestó Alice a gritos.
—¡Hostia! —repitió la menor, antes de percatarse de la presencia de Larry—. Lo siento, Larry. ¡Es que ha molado un montón!
Él alzó una mano, como reconociendo que, en efecto, había molado un montón.
—¿Llegamos tarde? —preguntó Emily—. Estábamos meditando.
—No, no llegáis tarde —contestó Larry, inclinándose para darle un beso en la mejilla—. Hola, Claudia.
—Estábamos esperando a que Larry nos dijera qué hemos ganado —dijo Sam.
La pequeña de los Storm abrió mucho los ojos al comprenderlo.
—¿Ya está, entonces? ¿Esta es la reunión de la herencia? ¿Avisamos a mamá?
Se volvieron hacia la casa, imponente y gótica sobre la colina, y Alice se imaginó a Elisabeth dentro, en una de las ventanas superiores, observándolos. Esperando a lo que estuviera por venir, sufriendo y no poco por los acontecimientos de la noche anterior.
—Ahora no —respondió Larry, aclarándose la garganta—. Hablaré con ella a solas.
—¿Vamos dentro? —preguntó Claudia, señalando la casa.
—No —dijo Alice con firmeza, sorprendiéndolos a todos—. Creo que deberíamos hablarlo aquí. Al sol. Será..., no sé..., purificador.
—Uy, ojo —se burló Sam—. Empiezas a hablar como Emily.
Ella lo ignoró.
—Además, me parece que a Larry le va a dar un infarto como lo hagamos esperar más para darnos las malas noticias.
Una pausa, y entonces Sam, comprendiendo la situación, exclamó:
—Mierda.
El otro carraspeó.
—Jóvenes...
—Larry —lo interrumpió Alice con una sonrisa—. Conocemos lo bastante a nuestro padre para saber que no tenía ninguna intención de facilitarle esto a nadie. Así que déjanos que te facilitemos a ti tu papel.
—Exacto —coincidió Sam—. Ve al grano. ¿Qué nos ha tocado?
Alice no lo habría formulado así, pero la frase cumplió con su objetivo.
—Vamos a ver, jóvenes, no es tan sencillo.
Aquello se recibió con un silencio que lo ralentizó todo mientras procesaban lo que Larry había dicho. Y luego, a medida que comprendían aquellas palabras extrañas e inesperadas, hablaron todos.
—No hay dinero, ¿verdad? —se lamentó su hermano.
—Relájate, Sam —respondió Emily—. ¿Ha pasado algo? ¿Hemos perdido el juego?
—Yo te voy a decir lo que ha pasado. Greta ha pasado —observó él; la frustración lo había devuelto a su estado habitual: el fanfarrón—. Se ha llevado a Tony y nos ha jodido a los demás.
—¿Es eso verdad? —intervino Alice, girándose hacia Larry y luego hacia Jack—. Pensaba que la única regla de la herencia era que si completábamos nuestras tareas, heredábamos. Todos hemos hecho lo que se nos ha pedido. Sam ha cumplido con sus recados, nuestra madre ha confesado sus verdades...
—Y que lo digas —la apoyó Emily.
Alice señaló el helicóptero con la mano, una mota diminuta en la distancia.
—Greta rompió con Tony; hasta esta mañana no se ha ido. Es un vacío legal, ¿no? —Se volvió hacia Jack.
Este asintió, regresando a su papel.
—Así lo entendí yo también, Larry.
—Hasta Alice se ha quedado —añadió Emily, como si fuera la mayor sorpresa de todas.
—Sería fantástico que dejarais de hablar de mí como si fuera la villana de la obra —se defendió.
—Lo siento —dijo su hermana.
—¿Qué más da? —las interrumpió Sam—. ¿Me estás diciendo que no hay herencia? ¿Que el cabrón se ha pasado la semana jodiéndonos porque sí?
—Existe una herencia —contestó Larry. Abrió el maletín y extrajo un documento grueso, que le alargó a Emily.
Sam se lo quitó de las manos y lo abrió mientras el amigo de su padre continuaba:
—Elisabeth conservará el usufructo de la casa y la isla, y seguirán siendo de la familia a perpetuidad. La isla Storm será el hogar de las generaciones Storm venideras.
Eso era bueno. La isla era importante.
Alice se distrajo con el pensamiento y la tranquilidad que le producía saber que aquel sitio sería suyo para siempre.
—En cuanto a los fondos, el deseo de vuestro padre era...
—Me cago en mi vida.
Sam le lanzó el documento a Emily, giró sobre los talones y se alejó unos metros, revolviéndose el pelo con las manos.
—Que cada uno recibiera una cantidad predeterminada.
—Dios mío. —Emily alzó la vista y miró a Alice a los ojos. Le entregó los papeles—. Léelo tú misma.
Leyó el documento y la conmoción y la sorpresa se vieron rápidamente reemplazadas por una cierta satisfacción que tardaría en olvidar. Se giró hacia Jack con una sonrisa triunfal.
—¿Qué te había dicho? Que faltaba algo más.
Franklin les había dejado a todos la cantidad exacta de 1.107 dólares.