22 #2
—Yo qué sé —dijo él, tirando de Alice—. Por experiencia propia te digo que hacer el amor contigo es astronómicamente positivo.
—Ella se rio (era, indudablemente, un nuevo día) y Jack le dio un beso en el cuello, y ella suspiró de placer—.
En fin. Que Tony y Greta no tendrán que dormir en una yurta. Si se lo proponen, pueden tenerlo todo.
Cogidos de la mano, se dirigieron en silencio hacia el lado este de la casa, hacia el roble, tumbado sobre la hierba, y Alice reflexionó sobre esa idea: la promesa aterradora de poder tenerlo todo.
—Esa fue la obra vital de mi padre, ¿sabes? —le dijo a Jack—. Tenerlo todo.
Él la miró.
—Ya lo sé. La ambición lo consumió. Desde que puso un pie en el garaje de tus abuelos.
—Mil ciento siete dólares y un sueño —musitó ella, repitiendo como un loro las palabras que Franklin pronunciaba en todas las entrevistas que había ofrecido—.
No he conocido jamás a nadie con un deseo tan fuerte de ganar, y me he pasado la infancia rodeada de barones de las tecnológicas.
Odiaba perder: a las cartas, las apuestas, las discusiones.
—Negociaciones.
—Madre mía, tenía que ser despiadado. Y no niego lo que consiguió con esa ambición: cambió el mundo.
—Era una idea de locos—. Creo que no lo había dicho nunca.
Creo que nunca había considerado lo que significaba de verdad cambiar el mundo.
Quiero decir, crecí en un hogar, en un mundo, moldeado por Franklin Storm. Y sabía que todo era obra suya, pero...
Se interrumpió, y él esperó pacientemente a que encontrara el resto de las palabras.
Para aquel entonces ya habían llegado al árbol, y Alice colocó una mano en el enorme tronco, en un lado, que le llegaba casi a la altura del pecho. Mientras acariciaba la corteza áspera, continuó:
—Pero no era fácil fijarse en todo eso cuando teníamos la sensación de que apenas hacía nada por nosotros.
Él se colocó a su lado y se apoyó en el tronco. Observándola. Escuchándola. Animándola a que siguiera hablando.
—Estoy enfadada con él —confesó—. Lo echo de menos, evidentemente, pero estoy muy muy cabreada con él.
Tanto dinero, tanto poder. Y solo lo utilizó para comprar amigos, influencia, yates de quince metros y helicópteros e islas privadas...
Pero no encontró la forma de ser lo bastante comprensivo como para decirle a Greta que debía estar con el hombre al que amaba.
O la sensibilidad suficiente para ver que había sido demasiado duro con Sam.
O la fuerza necesaria para contarnos la verdad sobre su futuro.
O el coraje suficiente para llamarme y pedirme que volviera a casa.
Una lágrima le cayó por la mejilla y él la agarró y la colocó entre sus muslos, y le susurró su nombre mientras le secaba el llanto.
—Alice. Mi amor.
Ella negó con la cabeza.
—Y ahora se ha ido y ya no puedo volver a casa.
—A lo mejor sí —contestó él—. A lo mejor esa ha sido la idea desde el principio. Que vuelvas a encontrar un hogar.
Un hogar.
Se le antojaba algo que hacía años que no tenía.
Ni con su familia ni con Griffin, ni tampoco allí, en la isla.
Desde el día que perdió el favor de Franklin, perdió también el hilo del hogar y lo que significaba.
O puede que nunca hubiera estado atada a ese hilo.
Pero ahora, tras una semana en la isla y, por raro que pareciera, tras lo que había ocurrido la noche anterior, podía llegar a imaginárselo.
Era algo brumoso y dulce, como un día de mediados de verano, pero se lo imaginaba. Rodearon el árbol, dejaron atrás las ventanas rotas y se dirigieron al gran jardín, que se extendía verde y exuberante hacia el radiante mar.
Se detuvieron en la colina y disfrutaron de las vistas: el cielo, el mar y la tierra, ni rastro de lo que había pasado el día anterior. O de lo que había provocado. La tormenta había amainado.
Al menos, en la naturaleza.
En la lejanía, una embarcación blanca e impecable se aproximaba a la isla con dos personas a bordo: una al timón y la otra vestida con un traje gris, completamente fuera de lugar.
—Supongo que la vida laboral sigue ahora que ha pasado el Día del Trabajo. —Observó los pantalones de lino de Jack—. No va usted uniformado, señor Dean.
—A lo mejor ya no quiero seguir en el mundo empresarial.
Ella contuvo el aliento.
—¿En serio?
—Es algo a lo que he estado dándole vueltas. —La miró y ella habría dado lo que fuera por ver sus ojos a través de las gafas espejadas.
Desviando de nuevo la atención al bote, que cada vez estaba más cerca, Alice musitó:
—Bueno, pues ya está. La última parte del juego.
Él asintió.
—Ya está.
—¿Sabes lo que va a pasar?
—No tengo ni idea. —Se quitó las gafas de sol y se giró hacia ella, serio. Sincero. Le cogió la mano y se la apretó—. Saluda a Larry.
Hizo lo que le pidió y saludó con la mano a Larry Manford, miembro de la junta de Storm Inc.
y uno de los amigos más antiguos de su padre, que bajaba del bote con un maletín de cuero en la mano.
Era un hombre alto de pelo cano, y había sido tan guapo en su juventud que ahora se había ganado el adjetivo de distinguido.
Larry era el tipo de persona que conseguía que todo el mundo se sintiera cómodo.
Franklin siempre había recurrido a él en negociaciones especialmente complicadas, un detalle que no les pasó por alto ni a Alice ni a Jack.
—Te dije que había algo más.
—Pensaba que era lo del activo de primera clase.
Ella lo miró de reojo.
—Hombre, es un buen activo...
—Es un activo de lujo —la corrigió él.
Alice esbozó una media sonrisa.
—Esto no será tan bueno.
—Puede ser.
Ella le lanzó una última mirada mientras Larry comenzaba a subir por la escalera de pizarra desde los muelles.
—Te veo bastante animado para ser un apañador, Jack.
—Ya no me dedico a eso.
—¿Qué? —Ella se giró hacia él, presa del pánico, como si no le entrara suficiente oxígeno. O como si le entrara demasiado.
—Ya no trabajo en Storm.
—¿Desde cuándo?
Jack se miró el reloj.
—Desde un poco antes de la medianoche.
Antes de la medianoche. No había terminado la semana.
—Has renunciado al dinero, Jack... Los activos valían...
—Me da igual —dijo, observando a Larry subir por los escalones—. No eran los activos que me interesan.
El corazón comenzó a latirle con fuerza cuando se volvió hacia ella y se quitó las gafas para mirarla a los ojos.
—No quiero que vuelvas a pensar jamás que me he quedado por el dinero. No quiero que pienses jamás que me parezco siquiera remotamente al otro chaval.
Era perfecto. Había hecho lo único que podía demostrar que su único interés era ella. Había renunciado a todo. No recibiría el dinero por completar su tarea, y al haber dejado de trabajar para Storm, tampoco tendría derecho a reclamar el activo de primera clase.
Pero Alice se aseguraría de que siempre contara con ella.
—No lo pienso. No se me pasaría por la cabeza.
—Me alegro.
No se parecía en nada a Griffin; ni siquiera jugaba en su misma liga. Eso le había quedado claro desde el momento en que se había sentado a su lado en el tren. Contempló el agua, pensando en todas las veces que había esperado en aquel preciso lugar, preguntándose qué ocurriría a continuación.
En ese instante, ya no se lo preguntaba. Lo sabía.
Jack era su continuación.
Ellos dos eran su continuación.
Se giró hacia él y se complació cuando le rodeó la cintura con los brazos. Luego, Alice le susurró:
—Y yo que pensaba que eras como mi padre.
—Yo también.
—Pues no —repuso, recordando la carta de su padre—. Eres mejor.
—No sé qué decirte —contestó Jack, con una voz grave que le resonó en el pecho. Y a Alice en los oídos—. Sigo queriéndolo todo.
—¿Qué es lo que quieres? —le susurró ella.
Él no apartó la mirada.
—Un barco. El mar. Alguien con quien navegar.
Era perfecto. Se apretó contra él, nerviosa de repente. Aterrorizada por que ahora que se lo había dicho, pudiera echarse atrás.
—¿Y ya está?
—Vamos a ver... —dijo él con un ruido hondo en la garganta, mientras levantaba una mano y le acariciaba la mejilla con el pulgar. Apoyó la frente en la de ella—. Y que me presente a sus amigos. Y quizá que me deje ver cómo pinta. Y que me deje quererla.
—Ahí no hay quizás. —Alice se puso de puntillas, sin aire después de oír aquellas palabras. «Sí. Quiéreme»—. Es una promesa.
Aceptó el beso y se complació cuando él la inclinó ligeramente hacia atrás, saboreándola como si estuvieran solos, lejos de cualquiera que pudiera ofenderse.
—Qué asco.
Alice rompió el beso con una sonrisa y Jack se inclinó para darle otro en la sien.
—Buenos días, Sam. —Examinó la camiseta y los pantalones sucios de su hermano, y las pesadas botas de agua que había tenido que coger prestadas de algún sitio—. ¿Acaso has estado... trabajando? ¿O sea, con las manos?
—He pensado que alguien tendría que saber cómo está todo ahora que papá se ha muerto —dijo él—. A lo mejor puedo traerme a los niños para las vacaciones de otoño. Y ponerlos a rastrillar hojas o algo así.
—Me encantaría ser testigo de ello. Quizá podría venir Sila también. No le iría mal.
Él soltó una carcajada.
—Bueno, no sé yo. Creo que vamos a probar con la custodia compartida un tiempo.
La idea de compartir nada con Sam o Sila era verdaderamente terrorífica, pero a Alice no le interesaba juzgar a nadie aquel día.
En vez de eso, respondió:
—En fin, que estoy orgullosa de ti.
—¿Sabes qué? —Su hermano la miró a los ojos—. Creo que es la primera vez que alguien me dice eso en esta familia.
Ella ladeó la cabeza.
—Quizá deberíamos empezar a decírnoslo.
—No sé, la verdad. Incomoda un poco —contestó antes de girarse hacia Larry, que ya había llegado al final de la escalera—. Hombre, Larry. ¿No tuviste suficiente con vernos en el funeral?
El hombre ni pestañeó; como broma, no valía mucho.
—Hola, jóvenes. ¿Dónde están vuestras hermanas?