Tormentas de verano 22
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Alice se despertó bajo el radiante sol de la mañana.

Palpó el otro lado de la cama en busca de Jack, preguntándose cuánto tiempo podrían ocultarse en la torre antes de que tuvieran que enfrentarse al desastre (literal y figurado) de la noche anterior.

La idea la tentaba, pero se lo quitó de la cabeza en cuanto descubrió que las sábanas estaban vacías y frías al tacto.

Jack se había ido antes de que ella se despertara, sin duda al rayar el alba, escabulléndose de la casa antes de que los demás los descubrieran. Seguía siendo un hombre decente, incluso tras las revelaciones en el despacho de Franklin, cuando había confesado que también tenía una parte de granuja.

Lo justo para que las cosas fuesen interesantes, siendo honesta.

Lo justo para decirle que la quería, y que le daba igual el dinero, la familia y el mundo. Lo justo para llevarla a la cama y demostrarle cuánto la deseaba.

Se estiró con parsimonia, se incorporó y se pasó los dedos por el pelo, estremeciéndose de placer al recordarlo, deseando que estuviera allí para volver a demostrárselo.

Antes de que pudiera salir a buscarlo y convencerlo de repetir lo de la noche anterior, posó la mirada en las ventanas de la torre; el cielo despejado, imposiblemente brillante y cerúleo, desmintiendo la descomunal tormenta que había desenterrado árboles, secretos, a la familia, a la isla misma.

Y a Alice.

Y quizá para bien.

Se levantó, rebuscó en su maleta en busca de unos pantalones de yoga negros, una camiseta de tirantes y unas zapatillas de deporte.

Se recogió el pelo en una coleta antes de verse de reojo en el espejo y cambiar de idea, y se lo dejó suelto para que le cayera sobre los hombros; lo único bueno de aquella semana bañada por el aire del mar era aquella melena llena de ondas veraniegas que en cualquier peluquería de la ciudad le habría costado cientos de dólares.

Abajo, la luz había vuelto y se encontró una cafetera ya preparada (un acto de heroísmo), y se lo sirvió con azúcar y nata a placer (se merecía cosas bonitas) mientras miraba por la ventana hacia el lugar en el que hasta ayer se alzaba el roble de su padre, ahora tumbado sobre el jardín.

Costaba creer que se hubiera caído un árbol que había visto mucho más de aquella isla y sus secretos que cualquiera de ellos en toda su vida.

Un helicóptero proveniente de la bahía la arrancó de su ensimismamiento, con un chirrido y gruñido que fue cobrando intensidad hasta que pasó volando bajo por encima de la casa, levantando la lluvia de la hierba que aún no se había secado. Un gran presagio negro de... algo.

Era incapaz de aventurar si sería bueno o malo, pero sabía contar tan bien como cualquiera, y sabía que toda persona que llegara a la isla aquel día seguramente formaría parte del juego de Franklin.

Había pasado una semana desde que murió su padre y comenzó el juego, y ella seguía allí, en la isla, tal como se le había solicitado.

El resto de la familia había completado sus tareas y la herencia se había activado, si había algo de credibilidad en las normas originales.

Alice no se creería nada sobre el juego de su padre hasta que fuese testigo de la conclusión. Salió al porche vacío y tomó el camino de conchas blancas que rodeaba la casa y conducía al helipuerto, vencida por la curiosidad.

¿Cómo terminaría todo?

¿Quién ganaría?

Franklin, con toda probabilidad.

La isla, sin duda.

La puerta del helicóptero se abrió y Alice se detuvo a una cierta distancia, a la espera.

Era un momento cómodo para ella; lo había hecho cientos de veces.

Su padre hacía el trayecto de una hora desde la azotea del edificio Storm en Park Avenue South, o el tejado del piso Storm en Park Avenue (como corresponde) todas las noches de verano.

Una hora de puerta a puerta, un lujo que había adquirido en cuanto se le presentó la ocasión.

Cuando eran pequeñas, Alice y Emily observaban desde la ventana de su habitación (una torre de control digna de una princesa del tráfico aéreo) a que el elegante Leonardo negro apareciese por la bahía, y entonces corrían a recibir a Franklin al helipuerto.

Esperaban donde Alice se encontraba en ese instante, ya adulta, a que su padre saliera de debajo de las aspas que aún giraban, y la memoria muscular de tantas noches de espera le dio una idea de locos. ¿Y si estaba dentro?

Sería un juego para el recuerdo. Y después de que se le pasara el cabreo, estaría que no cabría en sí de alegría por tenerlo de vuelta para darles otra oportunidad. Un segundo intento.

Pero no había segundos intentos y Franklin no iba en el helicóptero. Dicho lo cual, el ocupante en particular no la defraudó.

Levantó la taza de café para saludarlo.

—Buenos días, Tony.

—Alice. —Levantó la mano, pero no se movió de su sitio bajo las aspas que ya perdían velocidad, como si creyera que ella pudiera decirle que no era bienvenido.

Qué tontos llegaban a ser los hombres.

—Ayer tuvimos un día movidito; te echamos de menos.

—Ya —contestó, sin apartar la mirada, el hombre más firme que podía imaginarse. Perfecto para su hermana—. No podía volver.

El pecho se le llenó de emoción y felicidad.

—¿Quieres entrar y...?

La mosquitera de la cocina se abrió en la distancia y se cerró de golpe contra los tablones de cedro gris (aquella semana se estaban sometiendo a un buen entrenamiento), y los dos se giraron a mirar.

Alice no pudo evitar sonreír ante la escena: Greta con un aspecto impropio de ella, corriendo con unos pantalones cortos y una camiseta de Storm Inside™, cruzando la hierba hacia ellos.

Aunque el objetivo no era Alice, claro.

Corría hacia Tony.

Hacia el hombretón callado e inamovible, que dejó escapar un sonido que Alice identificó inmediatamente como de alivio.

Ella se apartó para dejar pasar a Greta, quien se lanzó a los brazos de Tony.

Él la agarró con sus enormes manos, la levantó y la sostuvo en el aire como si llevara una eternidad lejos de ella; como si acabara de volver de la guerra.

Y se besaron como si los dos acabaran de volver de la batalla.

Y tal vez fuese así. Diecisiete años de guerra.

—Lo siento —susurró Greta con tono de pánico—. Lo siento muchísimo. Tenía miedo y jamás debería haber permitido que...

Él la cortó con otro beso y Alice se dio la vuelta para no ser la testigo incómoda de lo que fuese aquello (sabía lo que era, pero no había motivo alguno para grabárselo en la memoria).

Mientras se marchaba, oyó a Tony gruñir:

—No debería haberme ido sin ti. No debería haberte dejado aquí pasando miedo.

Con una sonrisa de oreja a oreja, volvió a la casa con un único objetivo: encontrar a Jack.

No tuvo que ir demasiado lejos, porque él también la buscaba a ella.

Bajaba por la escalera trasera de la casa vestido con una camisa de lino azul claro y unos pantalones color crema.

Llevaba las gafas de aviador puestas y Alice no tenía claro si la había visto de primeras, hasta que una sonrisa seductora y radiante le cruzó el rostro y a ella le volvieron los escalofríos.

Cuando se acercaron, le dijo:

—¿Sabes que antes esas gafas me daban muchísima rabia?

Él levantó el brazo y se las quitó, mirándolas con el ceño fruncido.

—¿Por qué?

—Por lo guapo que estabas cuando te las ponías. Me distraía mucho cuando intentaba que me cayeras mal.

Jack arqueó una ceja oscura.

—Haber empezado por ahí... —Se volvió a poner las gafas.

Ella lo repasó de arriba abajo.

—Lo que te decía. Pareces un guardaespaldas buenorro.

—Me parece bien. —Le rodeó la cintura con el brazo y la atrajo para darle un beso—. He ido a buscarte y no estabas.

—Y tú no estabas cuando me he despertado.

—Tenía cosas que hacer.

Se negaba a pensar en el juego, así que, en vez de eso, ladeó la cabeza hacia el helipuerto, ya lo bastante lejos para que Greta y Tony tuvieran un principio de intimidad, pero lo bastante cerca para que Jack comprendiera lo que estaba pasando.

—Mira quién ha vuelto. Creo que ese par de tortolitos por fin van a poder arreglárselas.

—Teniendo en cuenta que Tony ha pasado a ser un hombre asquerosamente rico esta misma mañana, creo que tienes razón.

—¿En serio? —Las palabras le salieron mucho más agresivas e inquisitivas de lo que pretendía. Las finanzas de Tony no le incumbían.

Jack asintió.

—Tu padre le ha dejado un uno por ciento de sus acciones en la empresa.

Alice abrió mucho los ojos, y esa fue la única señal de su asombro, en parte porque ya no le sorprendía nada, después de que hubiera quedado más que claro que Franklin se había preocupado por dejarlo todo bien atado antes de morir.

Recompensar los años que Tony había pasado a su servicio, al de la empresa y al de la familia era exactamente lo que su padre tendría que haber hecho, sin juegos de por medio.

Era lo correcto; Tony había pagado sus deudas con creces, renunciando a todo por Franklin... y por Greta. Y ahora era un accionista importante de una de las compañías más grandes del mundo. Aunque eso a Greta no podía importarle menos.

Alice se giró hacia su hermana y Tony, que charlaban ajenos a todo lo demás.

—Después de lo de anoche, a Greta le resbala el dinero. Viviría con él en una yurta si no tuviera otra opción.

—Una yurta, ¿eh?

—Una vez, Emily me obligó a dormir en una.

En teoría teníamos que presentar nuestros objetivos durante una luna llena.

¿Leo, puede ser? —Él asintió, como si le importara (qué hombre)—.

Total, que se pasó la noche lloviendo y la yurta no sirvió para que estuviéramos secas, calentitas ni contentas.

—Hizo una pausa—. Bueno, Emily estaba bastante contenta, pero porque empiezo a pensar que es una extraterrestre o algo así.

—La próxima vez ya me encargaré yo de que estés seca, calentita y contenta.

No le cabía la menor duda.

—¿Tienes algún objetivo que presentar durante una luna llena en Leo?

—¿Mi objetivo puede ser amarte bajo la luna en Leo?

Con una carcajada, ella respondió:

—Está bien poner el listón bajo.