Tormentas de verano 21 #4
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21 #4

—Y tú no lo has conseguido.

—No.

Hacia Emily.

—Y a ti te han hecho polvo tantos secretos.

Otra de las risitas de su hermana.

—Totalmente.

—Pregúntamelo a mí.

Alice se giró hacia Jack, que tenía la cara dura como el mármol y era tan atractivo que dolía hasta mirarlo.

—¿Qué?

—Venga, Alice. Pregúntame si yo quiero lo mismo que él quería para mí.

Sabía la respuesta. Sabía que cuando se la diera, se rompería. Otra vez.

—No.

—Pues sí, quiero lo mismo —dijo, caminando hacia ella—. Y tú también lo quieres. Y la diferencia es que a mí me da igual que fuese el plan de tu padre. Doy gracias por ello. Porque por mí ya puede controlarlo todo si eso significa que puedo hacer esto cuando me plazca.

Jack se acercó y ella no se movió. A su cuerpo traicionero le gustaba demasiado la mano que le deslizó por el pelo para agarrarla, para reclamarla, y cómo le inclinó la cabeza para que lo mirara a los ojos al tiempo que daba otro paso hasta ella e invadía su espacio, y lo tenía tan cerca que notaba el calor de su frustración.

—Me he pasado la vida queriendo esto. Sufriendo por no sentir lo que siento ahora.

Por saber que no tenía a alguien a mi lado, y ahora estás aquí y eres la hostia.

Te quiero a ti. No por la empresa, ni las acciones ni el dinero.

Ni tampoco por una lealtad equívoca hacia tu padre.

Lo quiero por mí, porque soy un puto egoísta que te ha querido desde el momento en que me senté a tu lado en el tren.

—Uf —murmuró Emily—. Es bueno.

—Yo pensaba que era un cabrón —musitó Sam.

—Las dos cosas —añadió Greta.

Alice no prestaba atención. Estaba demasiado concentrada cuando él le preguntó:

—¿Es lo que quieres tú también?

—Sí —se le escapó en un susurro.

—Entonces, ¿dónde está el problema?

—El problema es que... —comenzó ella—. Era lo que él quería que quisiéramos.

—Espero no pasarme de brusco, Alice, pero tu padre está muerto, ¿a quién coño le importa?

—¡Eso! —Claudia no pudo reprimir su arrebato, y Emily la mandó callar.

—Sí que lo quiero —repitió Alice—. Te quiero a ti. Quiero esto que nos está pasando. Nos quiero a nosotros.

Era una locura pensarlo, usar esa palabra que siempre le había parecido grave e importante y aterradora porque nunca se había considerado del todo como parte de un «nosotros».

Él le puso una mano en la cara.

—Yo también nos quiero a nosotros.

—¿No porque sea tu trabajo? —Fue una pregunta frágil y ansiosa, y no le gustó nada exponerse tanto.

A Jack no le gustó por otro motivo. Exhaló con desaprobación.

—No, no es porque sea mi trabajo. Es porque tú vas a ser mi vida.

—Hala —dijo Claudia.

—Uy, va fuerte —observó Emily.

—No es para tanto —gruñó Sam.

—Sí es para tanto —replicó Greta.

—Vamos a ver, los demás —dijo Alice sin desviar la mirada de Jack—. Ya podéis iros.

No tuvo que repetirlo; el cuarteto se marchó con sus farolillos y velas, Emily susurrando en voz alta y Claudia emitiendo ruiditos de apoyo, Sam gruñendo y Greta haciendo el tipo de sonidos que las hermanas mayores hacen cuando intentan ayudar.

Ni siquiera habían salido del todo del despacho cuando él la agarró, le puso una mano en la nuca y tiró de ella para darle el beso que tanto anhelaba.

Jack la besó como si fuese lo único que importaba en la habitación, en la isla, en el mundo. Y en ese momento, entre sus brazos, ella se lo creyó.

No hablaron mientras él recogía su cuadro y se marchaban de la estancia, oscura y ocupada por el árbol de Franklin y la lluvia, y subieron las escaleras hasta la torre, donde él apartó las sábanas y la arropó con besos largos y ninguna palabra.

Ella lo vio dirigirse al hogar y agacharse a comprobar el conducto para luego disponerse a encender un fuego despacio, metódicamente, y dejar unas llamas altas antes de volver a la cama, tumbarse a su lado y pasarle las manos por el cuerpo y susurrarle todo lo que quería hacerle, hasta que ella le suplicó que dejara de hablar.

Y luego Jack utilizó la boca para otras cosas.

Después, se quedaron tumbados un buen rato, contemplando las llamas danzantes y anaranjadas, escuchando la tormenta de fuera, lejos ya los truenos y los relámpagos, como con la tormenta del piso de abajo, dejando tras de sí poco más que una lluvia queda que tamborileaba contra los cristales, un recordatorio de lo que había sido.

Por la mañana todo volvería a sumirse en el caos —los secretos no volverían a ser secretos con la luz del día—, pero en aquel instante él estaba allí, tal como le había prometido.

Tras un largo rato, ella dijo:

—Me has preparado un fuego.

Jack la agarró con firmeza y la atrajo hacia sí, como si sujetándola lo bastante fuerte pudiera mantener a raya la tormenta. Y a los Storm.

Permanecieron tumbados durante minutos, horas..., hasta que ella perdió la noción del tiempo. Hasta que comenzó a pensar que era verdad, que quizá fuese capaz de mantenerlo todo a raya. Y mientras se dormía en sus brazos, él le susurró:

—Alice, algún día te darás cuenta de que, a diferencia del resto de las personas de tu vida, yo siempre cumplo mis promesas.