23
—¿Te estás escapando?
Alice levantó la vista y vio a Sam sentarse a su lado en el extremo del muelle de la isla, donde los pies le colgaban a poca distancia del agua. Ella negó con la cabeza.
—No, esta vez pensaba despedirme.
—Creo que la última vez fuimos nosotros los que no nos despedimos.
Guardaron silencio un tiempo, observando los barcos sobre el agua azul, radiante y limpia y preciosa, como una postal de Rhode Island. Un cormorán volaba bajo sobre la superficie. Sam se inclinó hacia delante para mirarla a los ojos.
—Lo siento, por cierto.
—¿De verdad?
Se hizo el ofendido.
—No hace falta que finjas sorpresa.
—Lo entiendo. Era una situación aterradora. —Alice señaló la casa con la cabeza—. Una moraleja de lo que podía pasaros si los enfadabais.
—Sí, pero... —Sam devolvió la atención al agua—. Podríamos haber tenido una relación sin ellos. Podría haber ido a verte a Brooklyn. Hemos perdido muchísimo tiempo. Y no... —Buscó el resto de las palabras—. No quiero perder más.
—¿Te estás ofreciendo a venir a verme a Brooklyn?
—Uf. Tus condiciones son duras. ¿Y si te llevo a cenar o a tomar algo por Manhattan? Cerca del metro de Brooklyn.
Ella se tumbó en el muelle y contempló el cielo azul.
—Te lo acepto porque ahora sé que tienes mil dólares molestándote en el bolsillo.
Él sacudió la cabeza.
—Setecientos treinta y ocho.
Alice se protegió los ojos del sol y se giró hacia su hermano.
—¿Y eso por qué?
—Es lo que me queda después de haberle hecho un cheque a Sila.
—Ay, Dios. Un tercio. —Se rio—. Lo siento, no es gracioso. Bueno..., ¿un poco?
—No te reirás tanto cuando no pueda pagar la cena que te debo.
Después de extender los brazos en un gesto magnánimo, Alice contestó:
—Ya te invito yo.
—Gracias, lo acepto.
—Pero lo malo es que tendrás que venir a Brooklyn.
Sam gruñó y Emily le ocupó el campo de visión a Alice con una sonrisa radiante en la cara.
—¿Cuándo decís que vamos a Brooklyn?
Qué conversación tan extraña. Solo había pasado una semana, y aquellas personas que Alice consideraba que se habían perdido con el paso de los años habían reaparecido y estaban... allí. Hablando de cenas, de visitas. Como una familia. Una familia rara y desastrosa, pero familia al fin y al cabo.
—Podéis venir cuando queráis —dijo—. Sois todos bienvenidos.
—Oye, espera: la que tendría que invitar a cenar es Emily —espetó Sam, girándose hacia ellas justo cuando su hermana pequeña adoptaba la postura del loto cerca de la cabeza de Alice.
—¿Y por qué yo?
—A ver, la semana pasada perdiste a un padre —señaló él—. Y es tristísimo y etcétera. —Emily miró a Alice de reojo mientras Sam proseguía—: Pero también acabas de encontrar a otro padre que resulta que también es multimillonario. Y además no tiene hijos, así que a poco que lo pienses...
La menor gruñó.
—No me hables de herencias.
Alice se rio.
—Creo que te va a pedir un préstamo.
—Ya, pues no —repuso Emily—. Apenas lo conozco. Y, desgraciadamente para vosotros, soy una Storm de cabo a rabo. Y por eso, Samuel, te digo con todo el amor del mundo que... vas a tener que buscarte un trabajo. Uno de verdad.
—No creas que me gusta la idea.
—No hace falta que lo jures —añadió Alice, y volvió a clavar la vista en el cielo—. Hablando de gente que ya no tiene trabajo... ¿Cómo creéis que les irá a Greta y a Tony?
—Yo creo que de puta madre —contestó Emily—. Por fin.
—Eso seguro —coincidió Sam, con un tono cargado de dobles sentidos, y las hermanas gruñeron.
—Vas a tener que dejar de comportarte como un adolescente si pretendes ser el padre de dos, Sam. ¿Se te ha pasado por la cabeza?
—Vagamente —admitió.
Alice se levantó y se miró el reloj.
—Las cinco menos cuarto.
—¿Echas de menos aquellos maravillosos días en que Sam no podía hablar durante las horas impares? —bromeó Emily.
—No dejaré nunca de echarlos de menos —respondió ella—. Pero tengo que irme. Yo sí tengo trabajo. Y mañana me toca madrugar.
Lo dijo como si fuese normal. Como si no acabaran de vivir una semana frenética, llena de dolor y emociones, como si no hubieran comenzado a transitar un nuevo camino sin su padre. De sanar lo que fuese aquello. Y los tres parecieron darse cuenta.
—¿Te has despedido ya de mamá? —le preguntó Emily.
—Sí. —Elisabeth no se había entretenido con la despedida—. Mañana la llamaré, después del primer día de clases. —Alice le ofreció una mirada de preocupación a la pequeña de la familia—. ¿Y tú?
Su hermana se encogió de hombros.
—Claudia y yo nos quedaremos a cenar y luego... —Señaló al otro lado de la bahía—. Estaremos justo ahí.
—Ya sabes que no tienes por qué...
—Ya, ya lo sé. —Asintió—. Pero vivo con la esperanza de que mamá...
Alice le puso una mano en el brazo.
—Por eso te queremos tanto. —Le dio un abrazo y se giró hacia su hermano—. ¿Y tú?
Sam se miró el reloj.
—Supongo que utilizaré el helicóptero una última vez antes de que me empiecen a enviar las facturas. Aterrizará en pocos minutos. —Señaló en dirección al helipuerto—. ¿Te llevamos?
—No. —Negó con la cabeza, señalando en la dirección opuesta, al esquife que habían enviado desde el otro lado de la bahía ese mismo día—. Volvemos en tren.
Sam apuntó al embarcadero con la barbilla.
—Te está esperando.
Alice le siguió la mirada hasta encontrar a Jack en la lejanía, apoyado sobre las tablas malgastadas con su equipaje a los pies y la camisa arremangada, dejando a la vista el tatuaje del sextante que ahora ella conocía de cerca.
Otro cambio imposible producto de aquella semana.
Jack se dio cuenta de que lo estaba mirando y se separó de la pared, se agachó para recoger el equipaje y echó a andar hacia ellos, despacio, como si supiera que necesitaban más tiempo.
Y así era. Y un tiempo como ese, sin espectros ni secretos. Sin la mansión gótica haciendo lo que hacen las mansiones góticas. Desenterrando el pasado. Atormentándolos.
Sam se metió las manos en los bolsillos y adquirió de repente un inusual aspecto de padre.
—Avisa cuando llegues a casa. Para que sepamos que ha ido todo bien.
Alice sonrió al oírlo probando aquellas palabras.
—Y tú dime cómo te va con los niños.
—Claro. —No parecía convencido de que fuera a salir bien. Y, sinceramente, se lo merecía. De todos ellos, Sam era el que tenía más trabajo por delante.
Emily levantó el móvil.
—Podríamos crear un chat grupal. Para cuando estemos lejos.
A Alice le pareció importante no esperar, crearlo mientras estuvieran allí, en la isla, el sitio que los había reunido.
Que los había visto crecer. Que los había visto romperse y, a lo largo de la última semana, se había llevado los pedazos, dejándoles espacio para reconstruirse, siempre que tuvieran la voluntad necesaria.
Se sacó el móvil del bolsillo, con su cristal negro obsidiana y zafiro pulidos, la S plateada brillante en la parte de atrás.
El huracán. Pasó el pulgar por encima, dibujó la letra y se permitió recordar a su padre un instante.
Pensó en cómo había cambiado el mundo, lo grande y lo pequeño.
En cómo los había cambiado a ellos. Antes y después.
Creó un grupo nuevo.
—Emily —dijo, añadiendo los nombres desde la agenda de contactos—. Sam. Greta.
Abrió la configuración y le cambió el nombre al grupo:
Los Storm Inside™
Y luego, en la caja de texto, escribió lo primero que le vino a la cabeza. Un nuevo comienzo.
Aquí vuestra hermana.