21 #2
—Llamaré a Charlie por la mañana para que se encargue de arreglarlo todo —dijo Sam, y todos se giraron hacia él de repente, desconcertados.
—Samuel —respondió Alice, poniendo voz a los pensamientos de los demás—. ¿Estás... siendo responsable?
¿Sam se había ruborizado?
—Sabes que soy un adulto con hijos y todo, ¿verdad?
—Sí, pero míranos, vivitos y coleando —bromeó ella—. No puede ser tan difícil criar a los hijos.
Él la atravesó con la mirada.
—Créeme, nos he mirado, Alice. Por eso estoy tan preocupado.
—Hablando de preocupaciones... —intervino Emily, alzando la vela de la paz (defectuosa a aquellas alturas) hacia el hogar—. ¡Alice! ¡Tu cuadro!
Jack había empezado a moverse antes de que terminara de hablar.
Como cabía esperar, siempre estaba observando y escuchando, siempre listo, y Emily y él llegaron a la vez a En proceso , que yacía bocabajo en la moqueta empapada.
Él dejó la lámpara para levantar la enorme acuarela, pero Emily lo detuvo poniéndole una mano en el brazo.
—Alice —suspiró—. No me lo puedo creer.
Ella se acercó mientras su hermana extraía algo de la parte trasera del cuadro. Un sobre de manila, de los que los artistas solían llenar con la procedencia de la obra y que demasiados mecenas dejaban allí, pegados al marco.
Pero el sobre no contenía la procedencia. Emily lo giró hacia la habitación, inclinándolo lo justo para que la lámpara del suelo revelara el trazo de tinta que lo cruzaba. Con la caligrafía de su padre.
Alice.
Al fin y al cabo, le había dejado una carta.
—No me lo puedo creer —repitió la menor, con un tono cercano a la fascinación—. Nos ha enviado el árbol. A propósito.
—Uy, seguro —bromeó Greta, pero hasta ella se acercó, sorprendida por el hallazgo.
Alice miró a Jack.
—¿Tú lo sabías?
Él negó con la cabeza, apoyando el cuadro en un lado, pero sin soltarlo.
—No.
Alice dibujó con los dedos el nombre, en aquella caligrafía tan familiar para ella, y que atravesaba el papel como si los pensamientos de Franklin se le hubiesen atropellado demasiado y le hubiese preocupado no atraparlos a tiempo si no los anotaba lo antes posible.
—Ábrelo.
Alice:
A estas alturas ya te habrás enterado de todo, y seguramente estés cabreadísima. Nunca debería haberte dicho que te marcharas. Debería haberte insistido para que volvieras. Otra cosa más que añadir a la larga lista de todo lo que debería haberte dicho.
Estaba muy orgulloso de ti, cariño. Incluso cuando me sacabas de quicio. Y debería habértelo expresado. Sé que me lo cargué, y no soporto haberte dejado sola para arreglarlo.
A lo mejor puedes recurrir a un apañador para que te eche una mano.
Papá
Alice la leyó dos veces, incapaz de oír la lluvia sobre el cristal roto ni el viento que silbaba entre las hojas del gran roble, todo ahogado por la sangre que le bombeaba en los oídos.
Alzó la vista y vio a sus hermanos observándola, todo curiosidad.
Los hermanos que se habían pasado una semana, y más, vapuleados por Franklin Storm.
Emily, guardando un secreto que para empezar nunca debería haber sido suyo; Greta, obligada a tomar decisiones que jamás se tendría que haber planteado; Sam, soportando la carga imposible de las expectativas irreales de su padre.
Alice esbozó una sonrisa triste y dolorosa, preguntándose a qué se enfrentarían a continuación.
Cómo sobrevivirían sin que Franklin los controlara.
Pero, sobre todo, se preguntaba cómo sobreviviría ella ahora, consciente de que lo que había acabado deseando a lo largo de aquella semana formaba parte del juego final de Franklin. Consciente de que había caído directamente en su trampa.
Posó la mirada en Jack, quien ya no parecía en absoluto cómodo.
—No me has dicho nunca qué sacabas tú de retenerme en la isla —dijo ella.
La habitación entera contuvo el aliento, y todas las cabezas se giraron hacia él, que no respondió.
Alice insistió.
—Mi padre me quería aquí. Y eras tú el que tenía el deber de retenerme, no ellos. —Señaló a sus hermanos—. Aunque debo decir que han ayudado.
—Alice, tienes que saber que no me importa lo que...
—Temía que la herencia no fuese suficiente —lo interrumpió—. Debías retenerme aquí hasta mañana.
—Hasta esta medianoche, sí —respondió él; en el acto pareció entender que su respuesta lo sentenciaba—. Pero no...
—Basta. Has cumplido con tu trabajo. Estoy aquí. Bien hecho.
—Alice, no te he retenido aquí.
—No te subestimes, apañador —dijo ella—.
Por favor. No has hecho otra cosa desde que nos conocimos.
Desde el momento en que le diste un puñetazo a un fotógrafo en la estación de tren.
E incluso antes, ¿eh? Sabías que era yo.
Sabías que estaría allí. Sabías que me encontraría sola, lo tenías todo atado y bien atado.
Griffin había desaparecido del mapa. Estaba sola en la estación de tren buscando a alguien que me protegiera, porque no me había protegido nadie nunca.
Menos mal que tenías a los fotógrafos en la agenda del teléfono.
Las palabras lo sacudieron como un golpe. Jack retrocedió.
—Los fotógrafos no fueron cosa mía. ¿Crees que me habría arriesgado tanto?
—Vale —cedió ella—. Pero ¿y lo del rollo de una noche? ¿Sin insistir en decirme quién eras? No digas que no te ayudó.
—Sí. Te impedí que llegaras a la isla hasta que yo pudiera estar aquí contigo.
—Hasta que pudieras asegurarte de que no me movería de aquí. —Notaba la traición amarga y ardiente en la garganta —. Es decir, tenías la intención de manipularme para que me hospedara en el Quahog Quay.
—No, no era mi intención... —Se cortó, y miró al resto de los presentes—. No pretendía que...
—Que nos acostáramos —terminó ella.
Se oyeron exclamaciones de sorpresa y perplejidad por la estancia.
—¡La primera noche! —dijo Greta.
—¡Antes de que llegaras siquiera aquí! —Emily.
—Menudo imbécil —añadió Sam.
El coro de respuestas les empujó a firmar una frágil tregua.
—Callaos —pidió Alice.
Jack bajó la voz y le habló directamente a ella.
—No lo preví, Alice. Y cuando ocurrió..., no hubo nada que... Ha sido todo real. Y me ha tocado mucho los huevos, joder.
—¿Por qué?
—¡Porque no esperaba que me gustaras tanto!
¡Ni que quisiera gustarte a ti! —Parecía estar profundamente molesto, y a ella no le disgustó—.
No tuve nada que ver con la prensa aquella noche.
Ten en cuenta que tu familia no es precisamente desconocida, y que entonces eras tan noticia como cualquier otra cosa.
—Sí, ya lo sé —replicó ella—. Vivo cada día bajo el fantasma de mi apellido; es lo más interesante de mi persona.
Una serie de ruidos resonaron por la habitación, cada uno representativo del desacuerdo de sus hermanos. Pero dejaron que Jack hablara.
—No digas eso. No me hace ni puñetera gracia. No es verdad. —Hizo una pausa—. Después de aquella noche, no he intentado retenerte en la isla ni una sola vez. Han sido ellos. —Otra pausa—. Aunque debo decir que no me disgustó verte cuando Sam te quitó la ropa y te encerró en la despensa.
Alice ignoró su rubor.
—No fue Sam. Fue Oliver.
—¿Qué? —exclamó su hermano, activando su modo de padre enfadado.
—Él y Saoirse se enteraron de las condiciones del juego y pensaron que si yo me iba y tú no heredabas... Sila se iría. —Que era lo que al final había pasado.
—Joder. —El padre enfadado dio paso deprisa al padre culpable—. Lo siento. No lo sabía. Se lo habría impedido.
—Me encerraste en el depósito de libros para retenerme, Sam.
Tuvo la decencia de aparentar arrepentimiento.
—Ya, bueno. A lo mejor no se lo habría impedido.
Fue una broma bastante buena. —Miró alrededor para buscar a otra persona a la que cargar con la culpa (hermano mayor hasta la sepultura).
Y la encontró—. Si te sirve de algo, Emily tampoco ha sido exactamente inocente en todo esto.
¡Fue ella la que me dijo que pensabas fugarte con Mike Haskins!
Emily se quedó boquiabierta.
—A ver, siendo justos, sí, se lo dije, pero porque no creía que...
—¡Sabías perfectamente cómo reaccionaría! —gruñó él—. Lo que pasa es que no querías ensuciarte las manos.
—Creo que lo más importante que debemos reconocer —intervino Jack— es que yo no tuve nada que ver con todo eso.
De hecho, recordarás que te ofrecí mi ayuda para salir de la isla antes de que desaparecieran los botes.
—Cuando ella empezó a hablar, él levantó la mano—. Y tampoco tuve nada que ver con eso.
Alice lo sabía. Todavía recordaba el alivio que sintió cuando lo vio irrumpir por la mosquitera, preocupado por si estaba subida en un bote en mitad de la tormenta.
—Bueno... —comenzó Greta, levantando el brazo como si estuvieran en la escuela—.
Eso fue culpa mía. —Todos se volvieron hacia ella con los ojos como platos—.
Lo siento. Estaba cabreadísima con que mamá hubiera echado a Tony...
—La garganta se le cerró antes de terminar la frase—.
Pensé: como Alice se vaya, todo esto no habrá servido para nada.
La familia entera se hallaba desquiciada.
—¿Sabéis qué? Gabi os creía capaces de asesinarme.
—¿Perdón?
—¡Qué ofensa!
—¿Qué sentido tendría? Así solo se complicarían más las cosas —añadió Sam.
De todas formas, aquello no eximía a Jack de toda la culpa. Alice volvió a la carga.
—Todavía no me has dicho qué ganas tú con todo esto. Reteniéndome aquí. —La garganta se le cerró y la cabeza se le aceleró—. Me dijiste que no participabas en el juego, que no jugabas por nada. Ni zanahoria ni palo, ¿no?
—Yo no te dije que no jugara por nada —repuso—. Lo que te dije era que no jugaba por la herencia.
Otro acertijo.
—Joder, cómo te pareces a mi padre a veces.
Sam perdió los nervios.
—Pero está dentro o qué...
Alice levantó una mano para interrumpir a su hermano. Aquella lucha era suya. Una lucha que se le había quedado pendiente con su padre y que ahora tendría que librar allí, con el hombre que Franklin había designado como mano derecha.
—Dime, ¿qué sacas tú de todo esto, Jack? Cuando termines de seducirme.