21
Cuando el roble gigante atravesó la pared de ventanales del despacho de su padre, Alice solo pudo pensar en una cosa: «Jack».
Un instante estaba en el pasillo delante de la cocina con Claudia, sin saber qué ocurriría entre Elisabeth y Emily, decidida a quedarse cerca por si todo se salía de madre; al otro, las cosas se habían salido de madre de una forma totalmente distinta, y echó a correr por el oscuro laberinto de pasillos en dirección al despacho de Franklin, con el corazón en la boca.
Irrumpió por la puerta con el nombre de Jack en los labios. Él ya se estaba girando donde estaba, en una esquina del escritorio de su padre, con la lámpara eléctrica iluminando los inmensos daños.
Cuando ella se lanzó a sus brazos, él la recogió con un delicado:
—Oye.
—Sabía que estabas aquí y... —balbució, deprisa, aterrorizada—. He oído el estruendo y he pensado...
—Oye —repitió él, y la rodeó con los brazos, con una mano en su nuca acariciándole el pelo—. Estoy bien.
—No podía pensar en nada más que...
Él le susurró su nombre en la sien.
—Ya está, cielo. Estoy contigo.
Las palabras le deshicieron algo y la devolvieron a la realidad.
—Estaba preocupada.
Abrió los ojos y, por encima del hombro de él, examinó los daños. El árbol, centenario, con su follaje denso y exuberante y mojado de lluvia, cruzaba ahora el jardín, atravesaba los impresionantes ventanales y descansaba justo encima del escritorio de su padre; la silla ni siquiera se veía.
—Madre de Dios —susurró, con el corazón de nuevo acelerándosele—. Te podría haber...
—Oye. —La palabra fue más firme esta vez, y volvió a captar su atención, y la luz de la lámpara eléctrica le proyectaba sombras sobre el rostro cuando la dejó a sus pies.
Se enderezó, le sujetó la cara y le clavó la mirada.
Luego le cogió una mano y se la apretó contra el pecho—. Siénteme. Estoy aquí.
Estaba allí. Tan firme y fuerte como siempre.
Lo besó para comprobarlo, y no fue algo delicado ni fácil, sino duro y brusco, buscando una prueba de que estaba allí y estaba vivo y que el caos que se precipitaba sobre aquel lugar y su familia no era nada ante aquel hombre, que de algún modo se las apañaba para mantenerlo todo a raya.
Él gruñó de placer ante aquella forma de poseerlo, y ella le entrelazó los dedos en el pelo y lo atrajo hacia sí, y él intensificó el beso y le introdujo la lengua de una forma abundante y perfecta y lo bastante maliciosa como para arrancarle de las entrañas la preocupación y convertirla en algo mucho más poderoso: deseo.
Antes de que Alice pudiera aprovecharlo, Jack se apartó con un gruñido de decepción y, a tan poca distancia que ella casi pudo saborear las palabras en lugar de oírlas, le dijo:
—No es que no me encante que vengas corriendo a salvarme, pero ¿no acordamos que sería yo el que te protegería a ti?
Ella le dio otro beso en la hermosa boca y sonrió.
—¿No te lo había dicho? Fui scout.
Él le devolvió la sonrisa.
—¿En serio?
Alice negó con la cabeza.
—No, pero me gustan las galletas.
—Y a mí me gustas tú —contestó él con un gruñido delicioso, y tiró de ella y volvió a besarla, y daba igual que estuvieran rodeados por medio roble centenario y una pared de cristales rotos.
Lo único que importaba era que Jack estaba bien y que a Alice no le daba miedo admitir que se preocupaba por algo. Por alguien.
Se apartó del beso.
—No estabas en el escritorio.
Él sacudió la cabeza.
—Estaba en el depósito. —Alice se volvió hacia el depósito de libros, la puerta aún abierta, mientras Jack se explicaba—. Odios aparte, no me parecía bien tener un Picasso en el suelo.
—Normalmente, te diría algo extremadamente sacrílego desde un punto de vista artístico sobre la veneración cultural a ese hombre —comenzó ella, deslizándole las manos por el cuello, tirando de él para darle otro beso—.
Pero, ahora mismo, me alegro bastante de que hayas sido educado en esas ideas sobre la historia del arte del patriarcado.
Él se rio.
—A lo mejor podrías diseñarme un currículo o algo así.
—Hecho. —Sonrió—. Para cuando acabemos, lo odiarás tanto como yo.
Jack la apretó contra sí y ella puso la cara en el punto en que se encontraban su cuello y su hombro y respiró profundamente. Él le acariciaba la espalda con una de sus enormes manos, firme, delicada.
—¿Estás bien?
¿Había alguna respuesta posible a esa pregunta? Todo se había venido abajo.
—No lo sé. —Decía la verdad—. A ver, los secretos han salido a la luz y eso está bien, ¿no? Pero mi madre... Después de todo lo que esperaba de ella... No me habría imaginado esto en la vida.
—Se le mezclan la ira y el dolor —dijo él, y sus palabras le resonaron a Alice por el cuerpo—. A veces es imposible separar las dos emociones. O diferenciarlas.
—No la excusa de lo que hizo. Ni entonces ni ahora.
—Ni mucho menos —coincidió—. Ahora os toca a vosotros decidir el camino desde aquí.
No intentó explicarlo ni diagnosticar a su madre ni hacer borrón y cuenta nueva, y Alice lo apreció a pesar de que sus palabras subrayaran el trabajo que la familia tenía por delante.
Franklin Storm, genio pionero, fallecido a los setenta años, había dejado un vacío de poder en el mundo tecnológico. En el mundo real. Y en ningún lugar se había hecho notar tanto como allí, en su familia. ¿Quiénes eran sin él? ¿Cómo podían cerrar la puerta del pasado y marcar el tiempo del futuro?
Jack le dio un beso en la sien, como si pudiera oír sus pensamientos.
—Encontraréis la manera. Pase lo que pase, y sea como sea, estaré contigo, Alice.
Ella lo miró a los ojos.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —respondió, con tanta convicción que Alice lo creyó, y se puso de puntillas cuando él se agachó para encontrarse con ella, con urgencia, sin delicadeza, como si pudiera grabarle el recuerdo a besos—. ¿Y tú me prometes que lo recordarás?
—Te lo prometo —susurró.
De algún modo, aquella semana descomedida, llena de todos los sentimientos concebibles y de un buen montón de desastres inconcebibles, Alice se había encontrado con aquel hombre firme, constante, seguro.
Y aunque no lo dijera (porque era imposible decir algo así una semana después de haber conocido a una persona), temía que lo que sentía por Jack fuese tan inevitable como el árbol que había atravesado aquel despacho unos minutos antes.
Por suerte, antes de que se dejara en evidencia y se lo confesara, sus hermanos irrumpieron en la estancia como viajeros en el tiempo victorianos, con sus farolillos y velas.
—Puaj —dijo Emily.
—Mamá se va a poner como una moto —añadió Greta, contemplando el árbol.
—Le está bien empleado —comentó Sam.
—¡Jack, estás vivo! —celebró Claudia desde la puerta.
—En efecto —confirmó él—. Gracias por el interés.
—No podemos separarnos, tenemos que estar unidos —respondió ella, y Alice no pudo evitar sentir una cierta calidez en el pecho al oírlo.
—¿Ahora Jack nos cae bien? —preguntó Sam con sequedad—. La mujer que estás manoseando es mi hermana, tío.
—Y no pienso disculparme por ello —le susurró Jack a Alice al oído.
—No te disculpes, por favor.
Él la sujetó con fuerza de la cintura.
—Hola, Storm.
—Madre mía, mirad el despacho... —dijo Emily sin dar crédito, examinando el desastre—. ¿Creéis que ha sido cosa de papá? ¿Como una señal?
—¿Una señal de qué? —se burló Greta—. ¿De que ya iba tocando cambiar las ventanas?
—Más bien de que nos vayamos cagando hostias de la puñetera isla —contestó Sam—. Si hubiese habido alguien en el escritorio de Emily...
Se interrumpió cuando los demás lo miraron; sus palabras habían reactivado la memoria colectiva.
—Me había olvidado completamente —dijo la pequeña de la familia con unas palabras como la lluvia, delicadas y brumosas.
—¿Cómo que «el escritorio de Emily»? —inquirió Jack.
Alice no pudo evitar esbozar una media sonrisa.
—Ese escritorio se construyó a partir del naufragio de un barco pirata del siglo XVIII . —Todos los hijos Storm se rieron—. Papá nos juró que pertenecía a uno de los casinos privados más antiguos de Londres.
Jack arqueó las cejas, reconociendo ya una de las historias exageradas de Franklin.
—¿Y cómo lo consiguió él?
Habían oído la historia un millón de veces y conocían todas las respuestas. Alice contestó:
—Pertenecía a la propietaria del casino que, supuestamente, era una mujer.
—Ella se lo legó a su hija, la primera mujer en dirigir un gran diario —continuó Greta—. Permaneció en la redacción durante su reinado y el reinado de su hija.
Emily tomó el relevo.
—Sobrevivió al fuego, la guerra y la política, y viajó de mansión en mansión durante un tiempo, antes de que la familia decidiera que no necesitaban un mueble tan aparatoso.
—Papá lo compró en una subasta el año que nació Emily —terminó Alice, girándose hacia su hermana pequeña—. Siempre decía que un escritorio que había sido propiedad de tres mujeres poderosas era el símbolo perfecto para conmemorar el nacimiento de su tercera hija.
—Le daba igual que no fuera suya —apuntó Emily, alegre.
Alice tragó saliva para deshacer el nudo que se le había formado en la garganta.
—No le importaba nada.
—Era un fantasma y un cabrón —sentenció Sam—, y ya lo siento, Emily, pero eras suya.
—Eres nuestra —lo corrigió Greta.
—Eso le he dicho yo —contestó Alice—. Es imposible huir de aquí. Tendría que haberlo previsto.
Emily se rio para disimular sus emociones, la prueba definitiva de que era una Storm.
—Y yo que esperaba encontrar una vía de escape.
—Anímate, que también tenemos nuestros fuertes —dijo Alice—. Por ejemplo: te reto a que me digas un grupo que reaccione con tantísima tranquilidad como nosotros a que un árbol derribe un muro. Mamá ni siquiera se ha molestado en salir de la cama.
Otra carcajada, esta vez sincera.
—Le he dado una gominola.
«Perfecto».
—¿Has vuelto a hablar con ella? —preguntó Sam.
—Sí, está bien —contestó Emily, girándose hacia Greta—. En mi caso. Por lo de esta noche.
Su hermana asintió.
—No puedo decir lo mismo de mí.
Las dos recorrerían sus propios caminos.