EMILY #3
Como si estuviera esperando la señal, en ese momento se oyeron unos pasos por la escalera, precisos y firmes. Todas se tensaron.
Elisabeth apareció farolillo en mano, con una vela a la que le quedaba un suspiro. Las repasó a todas con la mirada y Emily resistió el impulso de esconder la cuchara sucia que tenía delante. Estaba enfadada con su madre, ¿no?
No, en realidad no.
Lo que en cualquier otra persona era vulnerabilidad, en Elisabeth Storm se manifestaba como una ira fría, y la pequeña de la familia había tenido una vida entera para aprenderlo.
—Hola, mamá.
Elisabeth miró a Claudia, y luego a Alice.
—Me gustaría hablar con Emily, si no os importa.
No se movieron, y Emily las quiso un poquito más por ello, sobre todo cuando les hizo un gesto de cabeza y Claudia extendió el brazo por encima de la mesa para darle un apretón en la mano y Alice se inclinó para darle un beso enorme en la mejilla.
—Os quiero.
¿Cuánto hacía que no se pronunciaban esas palabras en aquella familia?
Tal vez las cosas pudieran cambiar.
Seguramente no, pero la función, o al menos la función de Emily, era albergar siempre esa esperanza.
Elisabeth se sentó delante de ella y posó la mirada en la vela. La pequeña se preguntó cómo debía ser ocultarle cada pensamiento y cada reacción, positiva o negativa, al resto del mundo.
Recurriendo a sus mejores prácticas de meditación, Emily esperó inmóvil, escuchando la lluvia, y esperó a que su madre rompiera el hielo.
Consciente de que no iba a dejar que se saliera de rositas, Elisabeth dijo:
—Supongo que tendrás preguntas.
Un millón, aproximadamente.
—Papá me resolvió muchas.
A su madre se le mudó el gesto.
—No tenía ningún derecho a...
«No. No vamos a ir por ahí». Emily levantó las manos.
—Tenía todo el derecho del mundo a decirme quién era mi padre biológico, mamá. Lo que no tenía derecho a explicarme era el porqué. O el cómo. Eso... son tus secretos.
—Y no pienso hablar de ellos.
Ella asintió.
—Ni yo te lo pediré. —No estaba preparada para escucharlos. No aquella semana, no cuando seguía fresca la pérdida del hombre que había sido el único padre que había conocido, para bien o para mal.
—Desde el momento en que descubrió lo tuyo —dijo Elisabeth, pronunciando las palabras con dificultad, con incomodidad—, Franklin fue tu padre.
Conocía lo bastante a su madre para aceptar que aquello era lo más parecido a una disculpa que iba a recibir, así que se concedió aquella pequeña victoria, y su respuesta sugería que había reconocido la disculpa.
—Gracias.
Elisabeth frunció el ceño.
—Me dejó sola con este desastre. Él formaba parte de todas las decisiones. Tener a Greta cerca. Tener a Alice lejos. Él fue el arquitecto de muchas.
Su madre, después de todo, tenía derecho a defenderse. Había llegado su momento de hablar. Emily asintió.
—Tiene que haber sido muy difícil.
—No sabes cuánto me arrepiento.
Hubo un tiempo en que Emily, que siempre había vivido con el corazón expuesto, sin ocultar nada, no habría sido capaz de imaginarse lo que debía sentirse al tener que cargar con el peso de tantos secretos. Pero ahora ella también guardaba los suyos propios. Y ahí encontró la empatía.
—Todavía hay tiempo de rectificar esos remordimientos, mamá. Podrías intentarlo.
Elisabeth se estremeció ante la sugerencia de que diera rienda a sus emociones y diluyera su fría fachada de Nueva Inglaterra.
—Quizá.
«Quizá» no era un «no».
Quizá llegara el día en que lo intentara.
Quizá algún día les mostrara todo lo que se había guardado con tanto ahínco.
Quizá un día Emily se lo preguntaría. Pero la verdad era algo extraño y efímero, y todos tendrían que asumir que no llegarían a conocerlo todo.
Se pasarían la vida entera intentando hacer las paces con ello.
Al otro lado de la mesa, la luz danzante de la vela proyectaba unas sombras duras y despiadadas sobre el rostro de su madre, y Emily pensó en todas las preguntas que le haría a su padre si estuviera allí. Un minuto más. Menos. Una pregunta más.
—En la vela pone PAZ —comentó Elisabeth, y había una nota distante en sus palabras. Algo que recordaba al humor. Un destello de Lizzie.
Emily asintió.
—Estamos trabajando en ello.
Un ruido de aprobación fue todo lo que su madre le concedió.
Tal vez no importaba cuáles fueran las respuestas, porque Emily sabía que la habían querido. Sabía que la seguían queriendo. Y quizá todo lo demás fuese un secreto que podía llevarse consigo la tormenta de fuera.
Con todo, no pudo evitar preguntarle:
—Mamá, ¿tú lo querías?
Elisabeth alzó la vista, arrastrada por sus pensamientos adondequiera que la hubieran llevado. La tormenta rugía en el exterior, con más estrépito que nunca, y el viento aullaba por las ventanas.
—Lo echo de menos.
No era como tal una respuesta, pero quizá con eso bastara.
Alargó el brazo y le tocó la mano a su madre, la piel suave como el papel. Como la arena. Llena de huellas.
—Yo también.
Aquello la sobrepasaba. Se levantó y se marchó sin mediar palabra hacia la escalera del servicio, farolillo en mano.
Emily se la imaginó lavándose la cara bajo la luz de aquella vela.
Aplicándose sérums y cremas y metiéndose en la cama, esperando que el sueño la venciera y dejar atrás aquel día. Para siempre.
Ella no se movió. Se quedó con las manos sobre la madera desgastada de la mesa, observando la llama de la vela que titilaba y danzaba mientras la tormenta seguía bramando fuera. Paz, pensó, una y otra vez, mientras desentrañaba la palabra en sus adentros. Mientras la convertía en sonidos y letras.
Hasta que perdió todo significado y cayó un relámpago cegador, muy cerca, seguido de un poderoso restallido que sacudió la casa hasta los cimientos.