Tormentas de verano EMILY #2
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EMILY #2

Le brotó de las entrañas otra carcajada sorprendente.

—Qué va.

Otro retumbo malicioso acentuó sus pensamientos mientras valoraba qué decir a continuación. Y si había llegado la hora.

—¿Dónde se han metido los demás? —preguntó.

—Sam se ha ido detrás de Greta —respondió Alice con una mueca, y ella asintió. Era una buena noticia. Sam y Greta siempre habían sido uña y carne, y si lo que le había contado Alice era siquiera una fracción de la verdad de lo que había ocurrido entre la mayor y Elisabeth, lo necesitaría.

—¿Y Jack?

—Está en el despacho de papá, terminando unas cosas mientras yo... —Alice se interrumpió al mirar a Emily y a Claudia y ver que las dos sonreían—. ¿Qué pasa?

—Nada, que lo de que esté terminando con el papeleo o lo que sea y que hayas venido a hacerle compañía a tu hermanita pequeña es bastante... —Emily le lanzó la pelota a su esposa—. ¿Cuál es la palabra, Claudi?

—¿Doméstico? —le ofreció ella, cogiendo el helado—. Rollo doméstico sexy. ¿Has visto cómo la esperaba en el pasillo? Para comérselo.

Emily sonrió y se acercó a su mujer.

—A ver, tú básicamente le has dicho a mi familia que se fuera a la mierda. Ahí también has estado para comerte.

Claudia se ruborizó y se encogió de hombros.

—Os lo merecíais.

—Y no te falta razón —dijo Alice, dejando la cuchara en la mesa y yéndose hacia la nevera—.

Eres una mosquita muerta, ¿eh, Claudia? Todo el mundo preguntándose por qué no hablas más, por qué estás siempre tan callada en el rincón.

—Abrió la puerta y revolvió el interior un momento, haciendo que las botellas repiquetearan entre sí en la oscuridad.

Encontró lo que buscaba y cerró la puerta—.

Solo esperabas el momento adecuado para ponerte en plan «como la toques, te mato».

Claudia no respondió, ni falta que hacía. Su cuñada tenía razón. Emily la examinó.

—Hablando de «como la toques, te mato»...

Alice dejó dos latas de Seltzer en la mesa con las mejillas sonrosadas.

—Yo qué sé. Sigo recordándome que es el lacayo de papá y juez y parte de este juego de las narices... Que termina mañana, y como el universo me ha atrapado en esta isla, felicidades, Emi. Parece que vamos a recibir la herencia de tu primer padre multimillonario.

Levantó la lata para hacer un brindis. Emily calculó los días: su hermana tenía razón.

—Se ha acabado.

—Siempre que la tormenta no se nos lleve volando.

El retumbar de otro trueno las sobresaltó, sobre todo a Claudia.

—No sé cómo aguantáis esto —dijo—. En la Costa Oeste no pasan estas cosas.

—Esta tormenta no es normal —contestó Emily, cogiéndole la mano—. No suelen durar tanto.

Alice le dio un sorbo largo a la lata y añadió:

—A lo mejor papá no está preparado para marcharse.

Eran unas palabras ligeras que pretendían ser graciosas. Pero Emily no pudo contener los recuerdos que le evocaron. Claudia la miró a los ojos y lo percibió. Ella asintió y Emily respiró hondo.

—No estaba preparado para irse —confesó—. Me lo dijo él mismo.

Alice la miraba con intensidad.

—¿Cómo que te lo dijo él?

—¿Sabes la carta que me entregó Jack? —Torció el gesto al decirlo, recordando que su hermana no había recibido ninguna carta, que no había podido pasar página como los demás, por extraña que fuese la manera. O, al menos, como Emily.

Su carta solo contenía una palabra: «Gracias».

—No era una tarea, porque yo ya había cumplido con la mía.

La habitación se quedó inmóvil, envuelta por la lluvia eterna del exterior y el rumor casi constante de la tormenta. Alice seguía observándola con detenimiento.

—Continúa.

—Le guardé los secretos.

Su hermana asintió.

—No te refieres a lo de Mike Haskins.

—No —respondió Emily, y miró a Claudia, siempre apoyándola, siempre animándola.

—Díselo —le insistió ella.

—¿El qué?

Otro recuerdo: su padre en su despacho de Nueva York, pálido. Sudoroso.

—Hace nueve meses fui al piso de la ciudad por algún motivo, ahora mismo ni recuerdo por qué, creyendo que él y mamá estaban fuera.

Tenían entradas para una gala benéfica o algo así, y yo tenía que recoger algo.

—Hizo una pausa, rememorándolo. Los sonidos amortiguados de su despacho—.

Da lo mismo. Lo que importa es que mamá no estaba en casa, pero papá sí.

Se había quedado porque no se encontraba bien.

Cuando lo encontré, estaba en el suelo de su despacho porque tenía problemas de equilibrio.

Alice abrió mucho los ojos.

—¿Estaba...?

—Me dijo que estaba bien, pero había cosas que no me cuadraban. Nada evidente, simplemente detalles que llamaban la atención si te fijabas. Y yo me fijé.

—Emily, ¿qué...?

—Se le iba la cabeza. Al principio pensé que era la edad...

—Con setenta ya no eres tan viejo. Y menos alguien como papá.

Emily asintió.

—Poco después, me lo confesó. Estaba enfermo. —Cogió aire—. Muy enfermo.

—Sabía que iba a morirse. —Emily sintió una opresión en el pecho mientras veía a Alice procesando la información—. Por eso le escribió una carta a todo el mundo. —Su hermana hizo una pausa y curvó los labios en una sonrisa tensa—. Bueno, a todo el mundo no.

—Alice —musitó ella, deseando poder consolarla, deseando que su padre no la hubiera castigado de esa manera. Y, también, comprendiéndolo; ella misma se había pasado años enfadada con Alice después de que se fuera.

Su hermana le quitó importancia a la compasión de su voz.

—Entonces... ¿fue a propósito?

—No lo sé. —Negó con la cabeza—. Se lo ocultó a todo el mundo.

No quería que la gente lo viera en malas condiciones.

Así que... sí, puede que sí. Pero no tengo ni idea.

—Las lágrimas le caían a plomo, mucho más rápido que cuando se enteró de la noticia—.

Sinceramente, no lo creo. No me lo imagino...

—Se interrumpió, y Claudia le cogió la mano y se la apretó.

Emily le miró las manos a Alice, libres en la mesa. Sin nadie que se las cogiera.

Alargó el brazo y arregló el problema.

—No creo que lo hubiera hecho sin pasar más tiempo contigo, Alice. —Las dos se habían echado a llorar—. Ay, cómo lo siento, debería haber...

Se cortó, y su hermana le apretó la mano.

—No. ¿Qué habrías hecho? ¿Predecirlo? —Le dio una pequeña sacudida—. Emily: ¿tú crees que alguien en la vida de Franklin Storm ha podido predecir sus actos? Lo único que hemos sabido siempre era que intentaba controlarnos.

Eso era verdad.

—Creo que también nos quería.

—Sin duda. —Claudia habló con una certeza en la voz que reconfortó a las dos hermanas—. Os quería a muerte. Joder, Emi, es que piénsalo. Nos quedamos tan estupefactas con lo de tu padre biológico porque Franklin te quería con locura. Porque decidió quererte. Se lo trabajó. Lo controló.

Otro relámpago seguido del restallido instantáneo de un trueno.

—Tal vez fuese un accidente —dijo Alice—. O tal vez Franklin Storm, el genio pionero, decidió cómo marcharse para no tener que renunciar al control ni una sola vez. —Dejó escapar una risita amarga—. No lo sabremos nunca. Otro secreto que jamás podremos desentrañar.

La campana antiniebla sonó en la distancia y enfatizó el comentario antes de que Alice continuara:

—Qué preocupados estábamos de que no nos pareciera justo. Era como si el mundo no se nos cayera a todos encima. Solo a Sam, que tenía que afrontar la realidad de su matrimonio. Y a Greta, que tenía que escoger entre Tony y mamá.

Emily contuvo el aliento.

—Eso fue una absoluta crueldad.

—¿Más que ver a tu padre muriéndose y no poder contárselo a nadie? A ti el mundo se te cayó encima hace nueve meses.

—¿Más que no estar aquí cuando ocurrió? —respondió Emily—. A ti se te ha caído durante más tiempo que a nadie.

—Bueno. No me interesa para nada ganar en esas Olimpiadas Storm. —Su hermana se quedó callada, perdida en sus pensamientos—. Tuvo nueve meses —dijo, con la voz ligeramente temblorosa—. Y no intentó reconciliarse conmigo. Ni siquiera me escribió una carta.

—Alice, papá... no supo cómo hacerlo. Nunca había tenido que esforzarse tanto por nada.

Ella asintió.

—Por eso me invitó al Cuatro de Julio. Por eso me invitaste tú.

—Lo siento muchísimo —respondió Emily. Tantas disculpas aquella noche, y las que faltarían antes de que todas las cuentas estuvieran en paz—. Tendría que habértelo contado; tendría que haberte dicho que estaba enfermo.

—No —intervino Claudia. Una observadora—. Es decir, sí, Alice debería haber sabido que vuestro padre estaba enfermo. Pero tú no tienes culpa de nada, Emi.

—Exacto —coincidió Alice—. El error no fue tuyo.

Me lo tendría que haber contado él, a mí y a todos.

No debería haberte obligado a cargar con esa losa tú sola.

—Una lágrima le cayó por la mejilla y se la secó—.

Era capaz de todo, y no fue capaz de eso.

No fue capaz de ser sincero con nosotros, ni siquiera al final. No lo entiendo.

Emily negó con la cabeza.

—Yo me he pasado meses sin entenderlo. Creo que es la idea.

—Hay secretos que nunca salen a la luz —sentenció su hermana.

—Y eso es lo peor, ¿no te parece?

Compartieron una risita y Alice echó hacia atrás la cabeza y contempló el techo, donde supuso que debía estar entre tantas tinieblas.

—Joder —murmuró—. Se ha muerto.

Le siguió un silencio que acabó llenando Emily:

—Ya no es un secreto suyo. Ni mío ni tuyo. —Señaló con la cabeza la escalera que conducía a los pisos superiores de la casa, donde se imaginaba que estarían sus hermanos—. Algún día ellos también lo sabrán.

—Más pronto que tarde —apuntó Alice.

—Seguramente.

—Aunque quizá no tiene por qué ser esta noche.

No, ni hablar.

—Greta no necesita más con lo que lidiar ahora. —Una pausa—. ¿En serio le ha dado un bofetón a mamá?

—Como lo oyes —susurró Alice, como si no acabara de creerse lo que había presenciado con sus propios ojos.

—Madre mía, Greta. —Emily echó mano del helado, ya casi una sopa—. ¿Tú lo sabías?

—No. —Sacudió la cabeza, con el rostro marcado por la tristeza—. No nos lo contó nunca. Ojalá nos hubiera dicho algo.

—Ojalá se hubiera fugado con Tony —dijo Claudia.

—¡Sí, totalmente! —coincidió Alice, plantando las manos en la mesa.