EMILY
Había algo increíblemente liberador en que la verdad por fin hubiera salido a la luz.
«Te has quitado una carga de encima —le habría reconfortado, antes de quemar un poco de salvia y ofrecerle una sesión de reiki (al difusor de aceites esenciales invitaba la casa)—. No cambia nada de las huellas que dejas en la arena».
Se lo habría dicho a un cliente y se lo habría creído.
—La vela no funciona —dijo mientras Alice arrastraba una tarrina de helado por la isla de madera desgastada de la cocina, a oscuras, y se sentaba delante de ella y de Claudia.
Su hermana les acercó dos cucharas y posó la mirada en la palabra grababa en la etiqueta de la vela titilante. PAZ .
—Cuesta creérselo —respondió, con sequedad, hundiendo la cuchara en el helado.
—Mamá se pondría hecha una furia si supiera que no estamos usando cuencos.
—Bueno, lo consideraremos un acto de resistencia.
—Ya se las apañará —añadió Claudia, con un enfado aún palpable—. Joder con esta familia.
—Amén —coincidió Alice, levantando la cuchara.
—Tienes que quererme mucho para haberlos aguantado tanto —le dijo Emily a su mujer.
Claudia se acercó a ella y los rizos oscuros le cayeron hacia delante cuando le posó una mano en la cara para captar su atención.
—No te imaginas cuánto te quiero. Ahora y siempre.
A Emily se le aceleró el corazón al oír aquellas palabras, la verdad que desprendían, inquebrantable, indudable, sanadora. Sonrió y se incorporó para recibir el beso de su esposa.
—Yo también te quiero, ahora y siempre.
Y era verdad. Había querido a Claudia casi desde el instante en que se conocieron, en una clase de Filosofía en la Universidad Smith (sí, eran conscientes del cliché).
Les habían asignado un trabajo en grupo que se había convertido en un flechazo violento por parte de Emily, algo a lo que había contribuido y no precisamente poco el hecho de que Claudia fuese la capitana del equipo de rugby (sí, era consciente del cliché).
Claudia era lo opuesto a los Storm, tranquila y constante. Reflexiva y comedida. Y de una bondad infinita. Emily le había echado el ojo y al mes siguiente ya eran inseparables. No habían pasado más de dos noches separadas desde la graduación.
Criarse con Elisabeth y Franklin Storm hacía que te cuestionaras seriamente la existencia de las relaciones de pareja verdaderas, pero Claudia lo había cambiado todo. Y Emily daba gracias al universo por ella todos los días.
—Uf, buscaos una habitación —replicó Alice—. Ahora mismo no soy capaz de soportar vuestras metas como pareja.
Las tres se echaron a reír y Emily cogió la tarrina de helado.
Se sumieron en un silencio amigable, como cuando eran niñas. Alice y Emily.
Finalmente, la primera rompió el silencio.
—Joder, Emi.
Era un comentario tan válido como cualquier otro.
—Sí, ¿eh? —Se metió una cucharada de helado en la boca y los recuerdos la embargaron mientras el gusto familiar le ardía en la lengua. Vainilla y cereza, el favorito de Franklin. Dejó que se le fundiera en la boca antes de continuar—: Se me hace raro pensar en que su helado sigue en la casa.
Alice asintió.
—Te quería. —Una pausa, y luego se apresuró a añadir—: Lo sabes, ¿verdad? Que te quería.
Emily sonrió.
—Sí, lo sé. No te preocupes.
—Me alegro —contestó Alice, y lo decía de corazón—. Creo que te quería más que a los demás.
No era verdad, por supuesto. Emily no tenía hijos (era algo pendiente, un quizá en la lista de cosas para el futuro, cuando terminara de procesar la familia que ya tenía), pero entendía el amor. Quizá mejor que el resto de la familia.
—Los padres no quieren más a unos hijos que a otros.
Alice cogió otra cucharada de helado.
—¿Ni los nuestros?
—Ni los nuestros —respondió ella, volviéndose hacia la vela. PAZ —. Aunque... a lo mejor a los nuestros les caían mejor unos hijos que otros.
—Eso es indiscutible.
La campana antiniebla tañó en la lejanía y al instante cayó un trueno estrepitoso e imposiblemente cercano, y las tres se sobresaltaron.
Claudia saltó de la silla y se dirigió a la puerta de la cocina para contemplar la noche impenetrable.
—Menuda tormenta.
Alice asintió.
—Franklin quería darnos una última lección.
Un relámpago iluminó la cocina durante una brevísima luz cegadora antes de que volviera a oscurecerse, el farolillo de Alice en la encimera, la vela titilando en la mesa.
—Lo sabía —le confesó Emily a la vela—. Sabía que no era mi padre.
Al otro lado de la mesa, su hermana se quedó paralizada, con la cuchara a medio camino de la boca. La dejó otra vez en el recipiente.
—O sea, ¿antes?
—A lo mejor desde siempre.
Emily siempre se había sentido fuera de lugar en la constelación de la familia, y se había convencido de que se debía a varios motivos: era la pequeña, y además por muchos años, y nunca había tenido el instinto compulsivo de Greta por hacer felices a sus padres, ni el carácter de niño rico de Sam, ni el desinterés de Alice por todo el tinglado.
Emily era diferente. Nadie parecía darle más vueltas al asunto, de modo que lo había ignorado y había ejercido su función de la rara que meditaba y regentaba una tienda de sanación holística en el continente que había pagado con el dinero de su padre, obviamente, porque Emily era dulcísima pero no convenía tomársela demasiado en serio.
Solo Franklin sabía la verdad: que Emily había devuelto la inversión de la tienda por completo (con intereses) solo dos años después de que su padre pusiera el capital.
Nadie tenía por qué saber de aquella vez que habían quedado a comer en el local de tacos de Union Square que a él tanto le gustaba y ella le había entregado un cheque.
Él le había respondido con una sonrisa de oreja a oreja y le había dicho que estaba orgullosísimo de ella.
Emily no lo había visto nunca tan emocionado como cuando lo invitó a comer.
Y nadie tenía por qué saber que nueve meses antes de que muriera, él la había correspondido: la había invitado a comer y le había ofrecido distintas verdades, distintos secretos que pertenecían a los dos.
Secretos que Emily había guardado con Franklin, con el corazón pesaroso a medida que avanzaba el tiempo, consciente de que llegaría un momento en que sería la única responsable de ocultarlos. O de revelarlos.
—Lo sabía, sin más —dijo, mirando a Alice, la hermana más cercana a ella por edad, y la primera que había reclamado de niña, y cuando un profesor o un amigo le preguntaba por su familia, hablaba de ella. Por eso. Por las dos juntas allí, en esa mesa. Del lado de la otra.
—Aun así es una mierda —observó Alice, antes de incorporarse y acercarse a ella como si volvieran a ser niñas—. Pero ¿podemos hablar de Mike Haskins? ¿Y de mamá?
Emily se rio.
—Es rarísimo, ¿eh?
—¿Es demasiado pronto?
—¡No! —contestó la menor, disfrutando de la liberación que sentía—. Hace un montón de tiempo que quería hablar con alguien del tema. Claudia es maravillosa, pero...
—Perdóname si me tomo esta revelación más como algo serio que como un cotilleo salaz —se defendió su mujer.
—No, no, es que es muy serio —dijo Alice—. Y también... Madre mía.
—¿Verdad, tía? —Aquel momento era un sueño. Aquella honestidad. Vivirlo en voz alta.
Alice plantó las manos en la mesa.
—¡Y mira a Mike y Twyla! Oye, ¿hay algo ahí? ¿Estás buscando una nueva familia? No te culparía.
Otra carcajada.
—Qué va.
—No será porque no lo intento —intervino Claudia, yendo a por más helado.
—¿Puedo acoplarme? —preguntó Alice.
Otra risa, y Emily se sintió algo más ligera.
—Mike no lo sabía.
—Hostia. —Su hermana puso los ojos como platos—. Supongo que tiene sentido. No tiene pinta de ser el tipo de hombre que desaparecería si se enterara.
Pero había desaparecido. Y ahora sabían por qué. Porque Franklin y Elisabeth habían mantenido en secreto las circunstancias del nacimiento de Emily.
—Papá se lo dijo hace poco.
Alice asintió.
—Hace unas semanas.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Sé cosas —contestó ella, antes de confesar—: Me comentó que había recibido una llamada de teléfono. Hacía años que no sabía nada de papá.
Emily asintió.
—Se ha portado superbién, la verdad. Me llamó justo después de hablar con papá. Me invitó a su casa en los Hamptons. Fue un detalle. Me insistió en que no tenía ni idea, porque, si no, habría...
—Y menos mal, también te digo. Las fiestas habrían sido incomodísimas.
Ella se rio.
—Eso mismo dijo él.
—Emi, tengo que reconocerte que tener no uno, sino dos padres multimillonarios y aun así encontrar la forma de tener los pies en la tierra... Menuda hazaña.
—¿Tú dirías que tengo los pies en la tierra? —Señaló la vela—. Estoy quemando una vela de la paz.
—Sí, pero no funciona, así que...
Emily se permitió reírse de nuevo, y se permitió que le gustara y que la sacudiera como los truenos del exterior.
—De todas formas, Mike no es mi padre.
—No. —Alice le ofreció la tarrina de helado—. No te puede reclamar. Sea o no tu padre, tú eres una Storm. Fuiste suya. Ahora eres nuestra.
«Nuestra».
Le encantó esa palabra, sobre todo viniendo de Alice. Se la guardó para no olvidarla nunca.
—Me alegro de que hayas vuelto —dijo al fin, mirando a su hermana—. Te echaba de menos.
Alice le cogió la mano y le dio un apretón tan fuerte como el de la biblioteca.
—Yo también te he echado de menos. Siento haber estado tan... distante. No sabía cómo estar bien contigo y mal con los demás.
—Yo tampoco —coincidió ella—. Me podría haber esforzado más.
Algo le cruzó la mirada a su hermana, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Joder, Emi —murmuró—. Sí que eres la mejor de todos, sí.
Ahora le tocaba a Emily emocionarse, pero lo disimuló con una risilla.
—Un poco sí, la verdad.
—Menudo secreto se callaron —continuó Alice, sacudiendo la cabeza—. Que, a ver, sabía que la familia estaba llena de secretos, a pocas personas les gustaba más la privacidad que a Franklin y Elisabeth Storm, pero aun así...
—No me puedo creer que a mí no me contaran la verdad. Hasta que...
Su hermana asintió.
—Siento decirte, amiga mía, que vas a necesitar terapia para esto. Un tiempo, seguramente. A menos que estés más equilibrada de lo que creo.