20 #4
Sam y Alice se quedaron atónitos. Fuera lo que fuese, era gordo.
—Me expulsaste —le escupió Greta, con la atención puesta en Elisabeth, quien de repente parecía incapaz de mirar a su hija mayor a los ojos—.
Me dijiste que había avergonzado a la familia.
Me arrebataste a mis amigos, a mi familia, mi futuro.
Para ocultar el escándalo, decías. Para proteger Storm.
Y todo este tiempo... Emily estaba aquí. En esta misma casa.
«Oh, no».
—Greta —musitó la matriarca con una risilla que rayaba en lo maníaco, como si por fin comenzara a ver lo que había desencadenado—. Teníamos que asegurarnos de que no se enteraba nadie; habría echado a perder todos los planes que tenías para tu vida.
—Fue un aborto, mamá. Hay mucha gente que toma esa misma decisión. Mujeres que lo deciden todos los días y viven su vida, sin ningún tipo de ruina a la vista.
—¡No en nuestros círculos! —explotó Elisabeth—. En nuestros círculos, avisas a un doctor. Lo llevas con discreción. ¡Te fuiste a una clínica pública de Union Square sin ni siquiera avisarnos! Tu padre estaba fuera de sí. ¿Y si te hubiera visto alguien?
—¿Mi padre? —le espetó Greta.
—Sí.
—¿Y tú? ¿A ti no te consumía el temor de que hubiera tomado una decisión por mi cuenta y que me hubiera gustado tener el control de mi vida? ¿Vivir lejos de tu sombra? ¿Labrarme un futuro propio?
Elisabeth entrecerró los ojos.
—No era tu futuro, Greta. Ni tuyo ni de ninguno de vosotros. Sois Storm. Vuestro futuro está en esta familia. No podíamos arriesgarnos a cometer otro error.
—¡Yo no cometí ningún error!
—Te dejaste preñar por algún... —Agitó la mano—. No sé ni quién fue.
Sam y Alice se miraron. Ni en sueños habrían esperado que Elisabeth Storm utilizara una palabra como preñar.
—Bueno, mamá, pues resulta que a ti te pasó lo mismo —se defendió Greta—. Y a ti nadie te mandó un año para que reflexionaras sobre tus actos a un país extranjero, sola, hasta que suplicaras regresar a casa y juraras que no volverías a cometer jamás ningún otro error.
A Alice se le atropellaban los pensamientos.
Cuando Greta tenía diecinueve años, se había tomado un año sabático y se había ido a Suiza.
La historia era que había estado trabajando en Ginebra y paseándose por Europa los fines de semana, demasiado ocupada para volver a casa.
Los demás estaban en el instituto: Sam hacía el bachillerato y era tan egocéntrico como correspondía a un buen rey del baile millonario, Alice acababa de empezar la secundaria y era tan egocéntrica como correspondía a una niña de doce años, y Emily...
tenía siete años y estaba pegada a Elisabeth. Como una patita.
Greta había vuelto seria y chic: delgada como un palillo, hablando un francés perfecto y lista para cursar un grado en Filosofía Existencialista en Brown y pasarse la vida a la sombra de Elisabeth.
Alice la había encontrado casi irreconocible, algo a lo que si le hubiera dado un par de vueltas (tenía doce años, no le había dado ni una) habría achacado al hecho de que llevaba un año sin ver a su hermana mayor.
—Me convenciste de que no volvería a tener otra oportunidad de ser feliz.
De que nunca volvería a amar ni formaría una familia, a menos que obedeciera vuestras órdenes.
A menos que fuese una buena soldado en tu minúsculo ejército.
—Greta sacudió la cabeza—. Y todo por retenerme aquí. Contigo. Como un trofeo.
A Alice se le partía el alma al ver tan mal a su hermana, y se llevó una mano al pecho como si así pudiera controlarlo.
Al otro lado de la habitación, Sam tenía la cara descompuesta por la conmoción, y abrió la boca para decir algo.
Alice reconoció la terrible idea y negó con la cabeza una vez, con firmeza. «Ahora no».
Su hermano estaba demostrando una verdadera madurez, pues siguió escuchando con la boca cerrada.
No podía decirse lo mismo de Elisabeth, quien parecía estar asumiendo al fin que había metido la pata. Una vez que perdiera a Greta, Roma habría caído.
—Tu padre... —balbució.
—Basta —la interrumpió su hija—. ¿No quieres que reescribamos la historia? Pues no lo hagas tú tampoco. Y puede que no fueras tú la que me mandó al extranjero, pero lo que tengo clarísimo es que has sido tú la que me ha retenido aquí.
Antes de que Elisabeth pudiera responder, añadió:
—Le debes una disculpa a Emily. Y, sinceramente, no la culparía si no llega a perdonarte jamás.
—No dijo ni una palabra al respecto hasta que se murió —dijo su madre—.
Se lo guardó para castigarme, igual que me castigaba cada vez que ella acudía a él.
En cuanto nació, se convirtió en su favorita.
—Elisabeth buscaba una forma de hacerles daño, de arrastrarlos al fango con ella—. Y eso que ni siquiera era suya.
Era algo tan tremendamente cruel como falso.
—Explícame cómo podía hacerte daño solo por quererla, mamá —le espetó Alice, incapaz de contenerse.
—Tu padre no quería a nadie, Alice. Tú lo sabes muy bien.
Las palabras deberían haberle dolido, pero les faltaba el poder que habrían poseído un día antes. Una hora antes.
—Y tú tampoco, mamá. —Greta ladeó la cabeza y se miró las manos, los dedos apretados con fuerza, como si temiera que, de soltarlos, se le fueran volando—.
He ocultado tantos años la verdad, creyendo que tenías razón.
Pensaba que nadie podía llegar a enterarse jamás.
Convencida de que mi decisión, la decisión correcta, me arruinaría.
Me daba demasiada vergüenza contárselo a nadie, incluso a la única persona que...
Se cortó, incapaz de terminar la frase.
«... que me quería incondicionalmente».
A Alice se le hizo un nudo en la garganta y se le saltaron las lágrimas mientras observaba a su hermana mayor, tan rota como su hermana pequeña, sin más sonido en la sala que el de la lluvia tamborileando contra las ventanas, un ciclón lento y devastador que depositaba la madera podrida y los secretos que encontraba, y no lejos de la casa, sino allí mismo. Dentro.
—Fue por tu propio bien —insistió Elisabeth.
—Me cago en Dios. Eso no es verdad —intervino Sam al fin, incapaz de seguir callado, con la voz cargada de tristeza y horror y algo cercano al miedo cuando miró a su hermana—. Greta...
Ella no apartó la mirada de su madre.
—Te odio.
Las palabras restallaron en el aire y cayeron frágiles y rotas a los pies de Elisabeth, y la matriarca levantó la copa en un brindis burlesco.
—Únete al club.
Greta se fue de la habitación con la espalda recta como una plancha de acero y la cabeza alta, a pesar de todo. Cerró la puerta con firmeza, con decisión.
Alice se giró hacia Sam. «Y entonces quedaron dos».
En una encrucijada.
La decisión nunca había estado más clara, y la tomaron antes de que Elisabeth dijera:
—Idos, pues.
Dejaron que se creyera que les había dado permiso. Un instante de gracia para una mujer tan rota que lo único que le quedaba era romper también lo que la rodeaba.
Sam abrió la puerta y dejó pasar a Alice, los dos en silencio, recuperándose de lo que acababa de ocurrir. Salió al pasillo consumida y aterrada por lo que se avecinaba.
Y allí, en el pasillo, apoyado en la pared con una brillante lámpara eléctrica a los pies, estaba Jack.
Un puerto constante y firme ante la tormenta, que lo había oído todo.
Sam se miró el reloj.
—Me la pela la hora que sea.
—Y a mí también.
No apartó los ojos de Alice. Lo había visto y oído todo, como un juez mudo. Pero ya no era un juez imparcial, a juzgar por la tensión de su mandíbula, por cómo se separó de la pared y le examinó el rostro. No tuvo que formular la pregunta que le bailaba en los ojos.
La respuesta estaba clara. Ninguno de ellos estaba bien.
Jack abrió los brazos y Alice se entregó de buena gana, fundiéndose con él mientras la tormenta bramaba en el exterior.
«Astrafobia». La palabra le resonó por las entrañas mientras él la apretaba, le daba un beso en la sien, le susurraba su nombre, la protegía. «Miedo a las tormentas».
Tal vez, al fin y al cabo, lo entendía.