Tormentas de verano 20 #3
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Elisabeth se quedó inmóvil al oír aquellas palabras, como si el caos frenético que tuviera en la cabeza le acabara de... desaparecer. Y los cuatro supieron en ese mismo instante que lo que estuviese a punto de suceder sería inolvidable.

Lo que no tenían forma de saber era que también sería irreversible.

—¿Hay algo más que quieras decir? —la provocó la pequeña, y era como observar a una domadora de leones. Aterrador—. ¿Otras verdades?

—Tengo una vida entera de verdades. —Elisabeth estudió a sus hijos, uno por uno, y se detuvo en su único varón—. No aprecio a Sila, Sam. Estás mejor sin ella.

Él arqueó las cejas.

—Me parece que ya llevas dos sorpresas nulas, mamá. A Sila no la apreciaba nadie.

—Ni siquiera Sam, por lo visto —añadió Alice con sequedad.

—Pero sienta bien decirlo, ¿no te parece? —le preguntó Emily a Elisabeth.

—Deja de tratarme como a una niña, Emily —le espetó su madre—. Veo por dónde vas, y no vas a engañarme para que hable de mis sentimientos.

—Aquí nadie te está engañando para...

—Por favor. —Elisabeth se giró hacia la pequeña—.

Tu sueño es que me venga abajo. —Contempló de nuevo a sus hijos—.

Lleváis toda la semana intentándolo. Sam en la cocina, Greta durante la presentación del juego ridículo de vuestro padre, tú mientras organizábamos el funeral.

¡Que Claudia me drogó, por el amor de Dios!

—Repito que eso fue un malentendido —exclamó Claudia desde el sofá—. Lo siento muchísimo, Elisabeth.

Ella le quitó importancia con un gesto de la mano.

—Lo único que quiero es que dejéis de preguntarme si estoy bien. Alice ni siquiera fue capaz de dejarme en paz durante el funeral de las narices sin abordarme para preguntármelo. Estoy bien.

—Uy, sí, de lujo —dijo Sam con un sarcasmo absoluto. Siempre se libraba de lo que a las demás nunca se les perdonaba.

—Te lo pregunté porque te oí hablando con Mike y parecía que... —Se interrumpió cuando su madre giró de golpe la cabeza hacia ella.

Todo en Elisabeth se tensó, y todos se dieron cuenta. Alice se había propasado.

—No sé lo que oíste, pero no es lo que crees —le espetó—. Y ni mucho menos era de tu incumbencia.

Por lo visto, había algunas verdades que no eran adecuadas para aquella tormenta. Ni para aquellos Storm.

—¿Qué pasa con Mike? —inquirió Sam, mirando a Alice.

—Nada —respondió ella, deseosa de repente de seguir ignorando el secreto con el que se había topado. Fue a coger la baraja de cartas que Emily tenía enfrente, pero su hermana puso una mano encima para impedírselo.

—No —dijo, y todos la miraron y la vieron completamente calmada. La pequeña de los Storm parecía la mayor—. Esa verdad debe salir a la luz.

Algo cruzó el rostro de Elisabeth, algo que desapareció casi al instante. Pero todos lo vieron. Desconcierto.

—Lo sabes.

Emily asintió.

—Sí. Me lo contó él.

—¿Mike?

—Papá.

—¿Cuándo?

Los demás seguían con la mirada el voleo, fascinados.

—Ha llegado la hora de encender la luz, mamá.

¿Quieres tener el control de las cosas? Yo también.

Y aquí empieza todo. Vamos a contarles la verdad.

Juntas. —Emily miró hacia el sofá, a Claudia, quien soltó la tableta y se incorporó como por resorte, preparada para luchar por su mujer.

Emily volvió a centrar la atención en su familia y respiró hondo—.

Bueno, pues la cuestión es que... Mike Haskins es mi padre.

La casa entera se sumió en el silencio. No se oía más que la tormenta del exterior y los corazones que latían dentro.

Y luego todo estalló.

—Madre de Dios.

—¿Qué coño...? —Sam.

Greta se había quedado de piedra y miraba a su madre con los ojos fuera de las órbitas.

—¿Cómo?

Claudia se levantó del sofá y se dirigió a Emily.

—Emi... —Alice le cogió la mano desde el otro lado de la mesa, con más fuerza de la necesaria—. Joder. Eres... ¿qué? —Se giró hacia Elisabeth—. ¿Es verdad?

—En efecto —contestó ella, rígida, como si el árbol genealógico no acabara de recibir el impacto de un cartucho de dinamita de primera categoría—. Aunque no entiendo por qué debería importarle a nadie más que a mí.

—Pues yo sí que entiendo por qué debería importarle a Emily —replicó Sam—. Joder, Emi.

La menor sacudió la cabeza.

—No pasa nada. Ya hace tiempo que lo sé.

A Alice se le aceleraron los pensamientos y las piezas del puzle de la semana anterior encajaron en su sitio.

La insistencia de Emily por que Mike asistiera al funeral, su defensa de Twyla, su fascinación por las posibles infidelidades de Franklin, la invitación que Mike le había hecho a Alice... y la inclusión de Emily.

La conversación que había oído en el invernadero. Las palabras de Mike.

«Me pareció que le estaba haciendo un regalo a ella. Y a mí también».

Y la historia de Mike la noche anterior. La llamada de Franklin, sin venir a cuento.

Y algo más, fuera de su alcance. Como la esquina de una acuarela que no llega a estar del todo conectada con el resto. Una capa base mediocre.

—¿Eso es verdad? —insistió Greta, aunque apenas fuese una pregunta—. ¿Mamá?

—Ya he dicho que es verdad.

Y se acabó. Sin más explicaciones. Y Alice cayó en la cuenta de que era perfectamente posible que eso fuese lo último que diría al respecto.

Hay secretos que nunca salen a la luz.

—Hoooostia puta. —Sam, elocuente como siempre. Pero con razón, la verdad.

Alice volvió a apretarle la mano a su hermana.

—¿Cómo puedes estar tan... tranquila?

Emily sonrió y la miró a los ojos. Esos azulísimos, la viva imagen de Elisabeth, que le brillaban por las lágrimas. Giró la mano sobre la de Alice y se la apretó con tanta fuerza que casi dolía.

—La práctica, supongo.

Emily, la divertida. La alocada. La encantadora.

Tan deshecha como todos los demás.

Claudia ya rondaba por la silla de su esposa, con las manos sobre sus hombros y el rostro marcado por la preocupación. Alice le hizo un gesto de cabeza a su cuñada.

—Bueno —dijo esta—. Se acabó.

—No pasa nada —contestó Emily en voz baja. Concentrada.

—Claro que pasa —respondió su mujer—. Se acabó, y creo que deberíamos irnos a casa.

Nadie podía discutírselo.

A excepción de Sam, por lo visto.

—No podéis iros.

—Por supuesto que podemos. —Claudia había perdido la paciencia y, sinceramente, era un milagro que hubiera tardado tanto.

Pero, según parecía, una vez decidió dejarse ver, lo hizo con un ímpetu impresionante—.

Puede que vosotros seáis prisioneros de esta isla, pero yo no.

Y pienso asegurarme de que Emily tampoco.

—Claudia, no pasa nada. —Emily se volvió hacia su mujer.

—Sí que pasa. Nadie se merece esto. ¿No veis lo que este sitio, ese hombre y esta familia os han hecho? ¿Este dinero? Deberíais avergonzaros de vosotros mismos.

—Mira, no te falta razón —replicó Sam—. Pero lo de que no podéis iros es literal. Aunque no estuviéramos en mitad de una tormenta, no hay forma de salir de la isla. Podemos pediros un esquife por la mañana.

—¿Y los botes? —inquirió Claudia.

—No están —contestó Sam.

—¿Y eso?

—La tormenta los habrá desamarrado.

La respuesta de Elisabeth, a quien nunca le habían preocupado los mecanismos de la isla, levantó sospechas en la estancia.

—Tres botes no se desamarran al mismo tiempo —musitó Sam.

—Pues entonces alguien los habrá soltado, Samuel. Y a quienquiera que haya sido, deberíais darle las gracias. Porque ahora Alice no puede marcharse.

—Estábamos hablando de la posibilidad de que se marchara Emily —replicó la aludida.

—Vale —dijo Claudia, sin importarle ya ni una cosa ni la otra; lo que Elisabeth hubiese hecho antes de los acontecimientos de los últimos minutos no era nada comparado con que a su esposa le hubieran roto el corazón—. Pues en helicóptero.

—Claudia.

—No me digas que no pasa nada, Emi —exclamó ella, con la voz temblorosa por el amor y por una cantidad nada desdeñable de ira. Bien. Emily necesitaba contar siempre con alguien en su bando.

—El helicóptero se ha ido con Sila y los niños y... —Sam se giró hacia Greta, que se había vuelto una estatua durante el caos. Tony se había llevado el helicóptero de vuelta a Nueva York.

Un trueno restalló y todos dieron un respingo, salvo Emily, quien parecía estar sorprendentemente serena (¿sería cosa de la meditación?).

—Da igual —le susurró a Claudia—. Tampoco podríamos haber volado con este tiempo, amor.

—Vale, pero podemos irnos de esta habitación, ¿no? ¿Los pies aún nos funcionan?

Emily le ofreció una media sonrisa.

—Claro.

Claudia cogió una vela de la mesa salpicada de cartas —otro juego que se iba a pique— y le ofreció una mano.

—Pues vámonos.

—Supongo que yo vuelvo a quedar como la mala —soltó Elisabeth, una respuesta propia de una demente en una situación como aquella. Sacó la piel de limón de su gin-tonic y le dio un mordisco, y por un brevísimo instante Alice se planteó arrancarle la copa de la mano y tirársela a la cara.

—Buenas noches, Elisabeth —le respondió Claudia, con unas palabras que sonaron más bien a un «vete a la mierda», y salieron de la estancia.

Claudia dio un portazo con un placer palpable, y la casa gruñó bajo el peso de su ira.

Sin pensárselo dos veces, Alice las siguió con la intención de alcanzar a Emily antes de que su mujer y ella se cerraran en banda.

Con la intención de disculparse, de decirle que la quería. Que era esencial.

Con la intención de ser su hermana.

Acababa de abrir la puerta cuando lo oyó: un chasquido penetrante.

Por un momento, creyó que era la casa. Las ancianas vigas ya no eran capaces de ocultar otro secreto.

Pero al girarse hacia la escena, iluminada solo por las velas repartidas por la estancia, se dio cuenta de que lo que había sucedido era mucho peor que la casa viniéndose abajo.

La que se había venido abajo era Greta.

Elisabeth tenía una mano en la mejilla, la boca abierta y los ojos fuera de las órbitas con una perplejidad que, por una vez en su vida, no era fingida.

—Greta, ¿qué leches haces? —exclamó Sam, rodeando la mesa mientras Alice se dirigía hacia ellos—. Todos estamos cabreados, pero...

—Eres un monstruo manipulador.