Tormentas de verano 20 #2
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20 #2

Minutos más tarde, con más velas encendidas (sabiduría, protección, claridad y gracia), la familia se reunió como en un Rockwell perverso alrededor de la mesa de juegos de caoba en el centro de la estancia.

Claudia se acurrucó en el sofá del rincón con su 1107, su vela (amor) y su propio gin-tonic, consciente de que había estado en suficientes juegos de cartas de la familia Storm como para saber que no eran para los débiles de corazón.

No había discusión sobre a qué jugarían: Llevo, un juego misterioso que Alice no había encontrado fuera de aquel lugar, y que supuestamente les había llegado por el lado de Franklin.

Se jugaba por rondas con dos barajas y un nivel de competición despiadada que su padre les había inculcado desde la cuna.

Habían aprendido las reglas sentados en la rodilla de Franklin, y cuando cometían algún error, no prestaban atención, se olvidaban del recuento de cartas o hablaban demasiado, se llevaban la peor parte del espíritu competitivo de su padre.

La partida comenzó como si estuvieran en una iglesia, jugando la primera ronda en un silencio absoluto, salvo por la llamada y respuesta periódica a la única palabra que el juego precisaba: «llevo».

La segunda ronda le tocó a Emily, y barajó con maestría, una, dos veces. A la tercera, dijo:

—No sé si alguna vez podré barajar cartas sin pensar en él.

Evidentemente, era Emily la que rompía el tácito acuerdo. Emily, experta en meditación, en pensar y dejar que los pensamientos fluyeran a través de ella sin juzgarlos ni sentir pánico, frustración ni rabia, la que se acordaba de su padre y simplemente... lo decía.

La energía de la mesa titubeó.

Elisabeth fue la primera en recuperarse, y tiró una carta.

—¿De verdad crees que es el momento?

Todos se giraron hacia ella.

—¿El momento de qué?

E igual que no les había sorprendido que fuese Emily la primera en invocar el nombre de Franklin, tampoco les sorprendió que fuese ella la que forzara a su madre a explicar lo que todos habían entendido.

Emily, la eterna optimista, la que creía que podría romper la gélida coraza de Elisabeth.

Pero no, aún no. Elisabeth no estaba preparada.

—Por favor, adelante, hablemos de él. ¿Qué os gustaría decir?

—¿De quién, mamá? —inquirió Greta, provocándola.

La mujer le dirigió una mirada fría.

—De tu padre, Greta.

—No hace ni una semana que ha muerto —dijo Emily con voz queda—.

No creo que sepamos lo que nos gustaría decir.

Pero ojalá... —Se le rompió la voz y miró al otro lado de la sala, a Claudia, que había dejado de leer.

Miró a los ojos a su esposa, quien le hizo un gesto de ánimo—.

Ojalá pudiera volver a jugar a las cartas con él.

Alice notó una lágrima cayéndole por la mejilla, fuego líquido, y se la secó lo más rápido que pudo, cogiéndole la mano a su hermana al mismo tiempo.

Sam se aclaró la garganta.

—Cuando éramos críos, siempre te ponías pesadísima para jugar a Llevo con nosotros.

¿Te acuerdas? —Emily asintió y se rio—. Joder, qué rabia nos daba.

Eras malísima. Nunca prestabas atención a las cartas.

Y luego siempre que bromeábamos o nos quejábamos, papá nos decía que nos calláramos y te subía a su regazo para jugar su mano contigo.

—Ostras —dijo Greta, con la voz cargada de recuerdos y emoción—. Es verdad.

La menor negó con la cabeza.

—Yo no me acuerdo.

—Insisto: no prestabas atención —se burló Sam.

—¡Oye! —se defendió ella—. Que era pequeña.

—¿Y ahora cuál es tu excusa? —le preguntó Alice.

—Ahora puedo daros una paliza —respondió Emily, lanzando cartas por la mesa como una crupier de Las Vegas. No se equivocaba.

Pasaron tres rondas más a lo largo de dos horas, para nada silenciosas (aunque el teléfono de Sam apareció a las cinco en punto), sino cargadas de recuerdos.

Y unos recuerdos sorprendentemente buenos.

La vez que Sam tropezó y se abrió la frente con un pedrusco y Franklin tuvo que llevárselo a las urgencias de Wickford en barco.

La vez que se encontró a Greta, que entonces tenía dieciséis años, con dos amigos y dos botellas de champán vacías debajo del roble, riéndose tan fuerte que habían despertado a toda la casa.

La vez que Alice recogió por accidente una concha y la llevó a casa, para luego descubrir que lo que había recogido era en realidad un cangrejo ermitaño vivo, y gritó hasta que Franklin irrumpió en la torre blandiendo un prototipo de la 1107 (que no utilizó contra el insospechado animal).

Y era todo la mar de normal. Lo que solía ocurrir después de la conmoción sobrecogedora y el desastroso caos de la semana posterior a la muerte de una persona. El tipo de catarsis que todos anhelaban a su manera.

Bueno, todos no.

Elisabeth no. Mientras ellos charlaban y reían, se contaban historias, se servían más copas y lanzaban más cartas, Elisabeth se iba callando más y más, si es que era posible. Hasta que casi pareció que estuviera gritando.

Y en vez de recordar su entrenamiento, es decir, ignorar el silencio pétreo de su madre mientras se sumía en el rencor y la ira, Greta quiso comprobar cómo estaba (las viejas costumbres y tal).

—Mamá, ¿estás bien?

Todos contuvieron el aliento ante la pregunta, el detonante más puro de Elisabeth: la insinuación de que pudiera no estar completa y absolutamente bien.

—Por supuesto que sí. De maravilla. Pero me sorprende lo rápido que os habéis olvidado de quién era vuestro padre.

Alice fue la primera que recuperó la movilidad. La idea de que pudiera haberse olvidado de los errores de Franklin era risible.

—No nos hemos olvidado, mamá.

—Pues parece que sí —replicó, lanzando sus cartas a la mesa y poniéndose de pie—.

Habéis estado liadísimos jugando a su jueguecito, completando vuestras tareas —miró a Greta— o dejando que otros las completen por vosotros.

Pero yo aún sigo con la mía. Tu padre quería que contara la verdad. Y puede que la cuente.

Sam miró a sus hermanas.

—Agarraos.

Elisabeth se dirigió a la barra y se mezcló otra copa con unos movimientos descontrolados, la primera vez que Alice la veía así desde... desde que nació, seguramente.

—Y la verdad es que estoy hasta las narices de oír todas las cosas maravillosas que hizo ese hombre. Cambiar el mundo. Tan listo, tan divertido, tan brillante. —Abrió la cubitera—. Nadie se fijó en que era yo la que lo mantenía a flote. Yo también era lista, brillante, divertida.

Le vino una visión a la cabeza. La fotografía en el timón del Lizzie, vieja y arrugada. Elisabeth riéndose en una lluvia de champán.

—Pero no hay espacio para que los dos fuésemos listos y brillantes y divertidos. Alguien tenía que sostenerlo todo en pie. La casa. —Balanceó la copa trazando un arco amplio, señalando la sala—. Y la empresa. Y a vosotros. Y esa es la verdad.

Cerró la cubitera con fuerza.

—¿Queréis saber cómo me siento? ¿Si estoy bien? Estoy furiosa. Ni muerto se ha podido tomar las cosas en serio. ¿Cómo se atreve a jugar con mi futuro, con el vuestro? No os ha dejado nada si no jugáis a este puñetero juego, y todos parecéis haberos olvidado de esa verdad.

—No se ha olvidado nadie —dijo Alice.

—Puede que tú no —exclamó Elisabeth desde el otro lado de la estancia—. Tú eres la única que se atrevió a mandarlo a la mierda.

Todos los presentes se quedaron boquiabiertos.

—¡Mamá! —dijo Sam, incapaz de ocultar la admiración en su voz—. ¡Esa boca!

Elisabeth no tenía tiempo para bromas. Estaba ocupada soltando verdades.

—Y no: aquí son todo juegos de cartas y vosotros en su regazo, y paseos en barco y rescates de cangrejos herradura. «Yo no me acuerdo» —imitó a Emily.

«Cangrejos ermitaños», pensó Alice, una distinción que por alguna razón le parecía tremendamente importante en aquel momento, pero se mordió la lengua.

—Y los condenados farolillos —continuó Elisabeth, señalando los tres que había sobre la mesa y que ahora proyectaban más luz a medida que la tarde daba paso a una noche extrañamente temprana, debido a la tormenta del exterior—.

«Los farolillos de papá». —Se rio entre dientes—.

¿Quién creéis que se aseguró de que hubiera suficientes farolillos a mano por si teníamos invitados?

Vuestro padre no, a quien insistís en canonizar.

Fui yo. —Hizo una pausa—. Ahí tenéis otra verdad.

Le gustaba hacerse el héroe y llevarse todos los honores cuando se iba la luz.

Hablaba como si sus hijos no supieran que la función de su padre era ser el maestro de ceremonias siempre que había invitados, e incluso cuando estaban solos. Era controlador, exigente y crítico; el líder del circo familiar de los Storm.

Y ahora, sin él, todos se hallaban trabajando sin red, obligados a aprender de nuevo. Y, en muchos sentidos, sobre todo Elisabeth.

—Mamá —intervino Alice, lanzándose a la cuerda floja—, ya lo sabemos. Lo hemos vivido. Pero ¿qué valor tiene revivir la peor parte? Ya no está.

—¡Ya lo sé que no está! —El grito los cogió a todos por sorpresa, algo totalmente impropio de Elisabeth, pero su madre no se detuvo ahí—.

Ya no está y no volverá, y os ha abandonado a todos.

Me ha abandonado a mí. —Hizo una pausa—.

Pero yo no soy la villana. Ni tampoco soy perfecta. He cometido errores.

Los hermanos se miraron entre ellos. Fuera lo que fuese, se estaban adentrando en territorio inexplorado. Y aunque nadie en la mesa lo llamaría crecimiento..., era mejor que nada.

Elisabeth continuó:

—Pero no pienso quedarme callada mientras vosotros lo presentáis como un héroe. Franklin Storm no era un héroe. Y esa es la verdad.

Sam soltó las cartas y se recostó en la silla.

—Que sí, mamá. Que ya lo sabemos.

—Algunos más que otros —añadió Greta.

—Greta, si piensas hacer camisetas, voy a necesitar una —bromeó Alice, y todos se rieron.

Todos menos su madre.

—A mí no me hace ninguna gracia.

—Eso también lo sabemos, mamá —contestó Emily en voz baja. Con gracia, quizá demasiada (debía de ser cosa de las velas)—. Pero era nuestro padre.