Tormentas de verano 20
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Alice no entendía el miedo a las tormentas.

Quizá se debiera a haberse pasado los veranos de su infancia en su habitación de la torre, lo más cerca de las nubes posible, observando las enormes tormentas que asolaban la bahía Narragansett desde el estrecho de Long Island solo para que el océano Atlántico al este las convenciera de que se quedaran allí.

Quizá se debiera a la forma que tenía la lluvia de repiquetear y suspirar en el cristal como un poema de Edna St. Vincent Millay, o a la forma que tenían las nubes de desplazarse por encima del mar, despejando la bahía, mandando las embarcaciones a puerto, las aves a sus nidos y a la gente a los interiores, dejando solo el drama magnífico de una tormenta de verano.

La tormenta que descargó enfurecida sobre la isla Storm aquel día era un puro espectáculo, la más grande que se había visto en Rhode Island desde hacía años, apagándolo todo, incluso la luz, excepto el sonido distante de la campana antiniebla de Sam; porque ahora pertenecía a Sam, no a Franklin.

Los relámpagos caían sin descanso sobre el agua salada, seguidos por truenos que no retumbaban tanto como se derrumbaban, bramando desde tres tormentas distintas que se reunían en el mismo sitio, cada una luchando por ser la más grande, la más estrepitosa, la más dañina.

Juntas, trastocaban la bahía, hundían ramas muertas hacía mucho tiempo y sacaban al exterior restos perdidos del lecho del mar y los depositaban para luego volver a llevárselos, dejando lo que quedaba con mucha más fuerza y salud que antes.

Estaban haciendo su trabajo.

Cuando Alice entró en la biblioteca aquella tarde, la tormenta seguía rugiendo en el exterior, sin importarle la quietud absoluta del interior.

Greta y Elisabeth estaban sentadas en sendos sillones junto a las vidrieras orientadas al oeste, que vertían una luz moteada por la sala los días de sol y un brillo etéreo los días como aquel.

Greta tenía un libro en el regazo, pero no parecía estar leyéndoselo, y Elisabeth ya había empezado a beber, con un gin-tonic en la mano (noventa por ciento ginebra, un poco de tónica por decoro y piel de limón). No hablaban, lo cual supuso Alice que era lo esperable.

Se miró el reloj. Eran las cuatro de la tarde. Fuera lo que fuese que estuviera pasando, seguro que sería una delicia.

—Hola, Alice —dijo su madre—. No te veía desde el funeral.

A Alice no le pasó desapercibida la omisión de la palabra celebración. Por lo visto, Elisabeth no había disfrutado de los acontecimientos del día anterior más que los demás.

—He estado echando una mano. Charlie necesitaba ayuda guardando el equipo de los planificadores hasta que vengan a recogerlo; y he ayudado a Sam a reiniciar la campana antiniebla, ahora que parece que la tormenta no da tregua.

—Se ahorró añadir que había ido al embarcadero a decirle a Jack que no era seguro que siguiera durmiendo allí con aquella tormenta, y se había distraído no precisamente durmiendo durante un rato antes de que se separaran para el resto del día.

—Me alegro de que Sam se entretenga —comentó Elisabeth, como si estuvieran hablando del tiempo—. Me he enterado de que Sila se ha ido con los niños.

Aquello captó la atención de Greta.

—¿De verdad? ¿Cuándo?

—Anoche. El helicóptero se los llevó a la ciudad antes de que empezara a llover.

El silencio se apoderó de la estancia mientras su hermana apretaba los labios al oír la referencia al helicóptero, pilotado sin duda por Tony, a quien Elisabeth había expulsado de la isla, como si vivieran en un reality.

Su madre no se fijó, evidentemente.

—No veían el momento de irse.

Greta carraspeó y miró a Alice.

—¿Se han ido a casa?

—Y sin despedirse —respondió Elisabeth, dándole un sorbo a la copa—. No se han despedido ni mis nietos. Supongo que ahora que vuestro padre ya no está, así van a ir las cosas. Me va a ignorar todo el mundo.

Greta estuvo más cerca que nunca de poner los ojos en blanco.

—Sí, mamá. Seguro que es por eso por lo que no se han despedido, y no porque la familia esté hecha un desastre.

—Ah, ¿ya me vuelves a dirigir la palabra? —replicó Elisabeth.

—Bueno —intervino Alice para romper el silencio que se instauró—, se nota que os lo estáis pasando en grande, pero yo solo he venido a coger unos cuantos farolillos de papá; se ha ido la luz y se está haciendo de noche.

—Yo te ayudo —se ofreció su hermana, soltando el libro y saltando del sillón.

Elisabeth señaló con la mano un armario bajo en un rincón de la sala, y Alice sacó el móvil, encendió la linterna y se arrodilló para meter la mano y sacar una cajita de velas.

—Esto no nos va a servir de mucho si nos pasamos la noche sin luz.

—De momento servirán —respondió Greta, y las dos crearon una silenciosa cadena de montaje, llenando los pintorescos farolillos con velas diminutas ante una falta absoluta de preparación para pasar una noche sin luz.

Ambas se miraron antes de que la mayor, en voz baja, le preguntara:

—¿Qué ha pasado con Sam?

Alice la miró y musitó:

—Sila se ha ido.

Greta puso los ojos como platos.

—Pero ¿ido, ido?

Se encogió de hombros.

—Creo que sí.

—Madre mía.

—Os agradecería que dejarais de cuchichear. Si tenéis algo que decirme, podéis decírmelo a la cara —intervino su madre con brusquedad desde el otro lado de la habitación.

«Ay, Dios». Alice reconocía a aquella Elisabeth, cascarrabias y maleducada, el resultado de lo que suponía que era una resaca de las malas provocada por la noche anterior, y por haberse pasado rebajando el alcohol con más alcohol.

Sam les ahorró tener que responderle al asomar la cabeza por la puerta.

—Aquí estáis. —Se giró hacia la matriarca—. Veo que empezamos temprano, mamá.

—¿Qué otra cosa podemos hacer para no desaprovechar el hielo? —contestó, levantando la cubitera en su dirección—. Hazme el favor y tráeme más, ¿quieres?

Él se acercó para recoger el cubo.

—Me apunto.

—Y por eso eres mi hijo favorito.

—Soy tu único hijo, pero me parece bien.

Elisabeth le lanzó una mirada fría y calculadora a Greta.

—¿Y tú, Greta? ¿Quieres una copa?

Parecía una prueba, porque lo era. ¿Estaría dispuesta a aceptar la mayor de los hermanos que lo que había ocurrido con Tony había sido desagradable pero necesario? ¿Que Elisabeth, como siempre, sabía lo que le convenía?

Alice y Sam fingieron ignorar que la pregunta pesaba tanto como la lluvia que caía fuera, incluso aunque estuvieran conteniendo el aliento a la espera de la respuesta de Greta. Y fingieron, también, que cuando contestó no era un presagio de lo que estaba por venir.

—No.

Su madre se tensó imperceptiblemente (para cualquier persona que no fueran sus hijos), y Greta debió de sentirse triunfal, porque añadió:

—Teniendo en cuenta que no sabemos cuándo volverá la luz, ¿no deberíamos guardar hielo para la comida?

Un éxito.

—¿Y eso por qué? —dijo Elisabeth, y su tono frío se volvió gélido—. No necesitamos comida. Os habéis pasado la semana comiendo.

Greta no respondió al evidente ataque a su peso, el arma preferida de las madres blancas protestantes desde que Lutero se presentó en la puerta de una iglesia con un martillo. Alice intervino:

—Tradicionalmente, los humanos comen a diario, mamá. Tres veces.

Elisabeth le arrojó un bote a Alice desde el otro lado de la sala.

—Toma, una oliva.

Vivan las gin-tonic en punto.

—Me tienta, pero paso.

Greta se rio entre dientes y abrió una vieja caja de puros de madera que había sido el recipiente de barajas de cartas y cerillas desde que tenían recuerdo. Extrajo una caja de cerillas y dos barajas, que agitó en dirección a Alice; una invitación a distraerse.

Era buena idea. Si se habían quedado atrapados, las cartas serían una opción fantástica.

—Deberíamos avisar a Emily.

Las palabras apenas habían salido de su boca cuando Emily y Claudia aparecieron en la puerta con los brazos cargados de velas altas de cristal.

—¿Avisarme de qué? —preguntó la más pequeña de los Storm.

—¿Jugáis a las cartas? —les propuso Greta.

—Ahhh. —Emily se acercó—. Sí.

—Hemos pensado que podíais necesitar velas —dijo Claudia, alzándolas.

Su mujer bajó la voz y miró a Greta.

—Y que a lo mejor necesitabais refuerzos con mamá.

—¡Ya estáis cuchicheando otra vez! —las regañó Elisabeth.

—Gracias —le dijo la mayor a Emily, y esa minúscula palabra se le antojó de repente inmensa, al renunciar a las riendas de su madre.

Su hermana le dirigió una sonrisa y se volvió hacia la estancia.

—Son velas con propósito que hice con la sacerdotisa de mi botica favorita, lo cual significa que una vez encendidas ya no pueden apagarse, pero he pensado que tendremos tiempo.

—Las fue colocando una por una en la mesa, anunciando sus promesas—: Sabiduría...

, positividad..., gracia... —Agachó la vista—.

Más gracia... —Y otra vez—. Claridad..., protección...

, creatividad..., amor..., más gracia...

Alice miró a Claudia de reojo.

—¿Este es tu truco para aguantar a tu familia política?

Ella sonrió.

—Sí, pero no lo admitiré jamás. —Dejó en la mesa las dos que tenía en las manos—. Salud y abundancia.

—Menos mal que has traído esa —bromeó Greta—. ¿Dónde si no íbamos a encontrar abundancia en esta familia?

—La abundancia no es solo dinero —contestó Claudia, con una asertividad impropia de ella.

Tal vez aquella semana con ellos también la había cambiado—.

Nos habla de conseguir lo que necesitamos.

Llenarnos con lo que es bueno para nosotros.

Eso es lo que deseo para todos. —Encendió una cerilla y prendió la vela—.

Con la persona que sea buena para nosotros, quizá.

—Alice se te ha adelantado —dijo Sam, entrando por la puerta con el cubo de hielo.

—Qué asco das —le espetó Alice al instante, y se sentó y abrió una baraja de cartas.