19 #3
—Mucho, Sam. Joder, una fortuna. Evidentemente.
Él levantó las manos, a la defensiva.
—Lo siento, no te lo tendría que haber preguntado. —Se inclinó hacia delante, detuvo el balancín y apoyó los codos en las rodillas antes de mirarla a los ojos—. ¿Quieres que le dé una paliza a Griffin?
Alice intentó no sonreír ante la pregunta, tan seria, viniendo de un hombre que dudaba que fuera capaz siquiera de poner un lavavajillas.
—Es un detalle y muy propio de un hermano mayor, pero no, Sam.
—Sería capaz, ya lo sabes.
—No lo dudo —dijo ella, conteniendo la risa en sus palabras —. Pero a lo mejor el problema es que no sabes qué hacer con tu vida ahora mismo. A lo mejor Sila y tú todavía podéis arreglarlo.
—Si yo quisiera intentarlo, sí —confesó—. Pero, sinceramente, a estas alturas, y después de lo que ha pasado esta semana, lo único que quiero es conocer a mis hijos. No conozco a mis hijos.
—A ver, tus hijos tienen nueve y catorce años —respondió Alice—. ¿Los niños de esas edades se pueden llegar a... conocer?
—Tampoco es que me haya esforzado mucho. Nunca he sabido cómo ser un padre para ellos. Y Sila tampoco insistió. Para ella eran una garantía. Un activo. —Hizo una pausa—. Qué puñetero desastre.
Alice estuvo reflexionando un rato, pensando en el amor y en lo complicado que podía llegar a ser. En lo frágiles que eran las relaciones de pareja y los vínculos. Y en lo difícil que era desaprender lo que les habían enseñado a pensar sobre el amor.
Sam añadió:
—No me sorprende que a todos se nos den de pena las relaciones.
Puede que no fuese algo incorregible; puede que fuese otra de las novedades del futuro.
A su hermano comenzó a pitarle el reloj con un sonido apenas audible por la lluvia, que ahora caía con tanta fuerza sobre el tejado del porche que costaba creer que la estructura aguantara. Las 6.55.
Respiró hondo; parecía agotado.
—Vamos allá otra vez.
Las palabras apenas le habían salido de la boca cuando la mosquitera se abrió de golpe, empotrándose contra las maltrechas tablas de cedro. Y luego apareció Jack con una camiseta blanca y los pantalones del traje del día anterior, con pinta de...
—¿Se puede saber qué coño te pasa?
Jack se giró hacia la pregunta de Sam, respirando deprisa, con dificultad.
—Pensaba que te habías ido.
—Creo que no se refiere a mí —le musitó Sam a su hermana con sequedad.
Alice dejó caer los pies sobre el porche con un ruido seco y se levantó. No se refería a Sam.
Jack avanzó con los ojos puestos en ella.
—Por Dios, Alice —le dijo, deteniéndose justo antes de alcanzarla.
Ella sintió a la vez el agradecimiento de que a Jack no le hubiera dado por mostrarle a Sam lo intensa que se estaba poniendo su relación (¿usarían ya esa palabra?) y la decepción de que no le hubiera dado un abrazo.
Porque ahora que lo tenía delante se daba cuenta de lo mucho que se arrepentía de haberlo dejado solo aquella mañana.
Era indiscutible que tenían que usar la palabra relación. «Cosa» ya se quedaba muy corto.
—¿Qué ha pasado? —inquirió ella.
Él se pasó una mano temblorosa por el pelo mojado, apartándoselo de la cara.
—Pensaba que te habías ido. Me he despertado y no... —Se calló, dirigiéndole una mirada fugaz a Sam y, tras sopesarlo, continuó—: Los esquifes han desaparecido y la tormenta...
Un estridente trueno hizo que el resto de la frase fuese innecesario.
Alice arrugó el gesto.
—¿Los esquifes ya no están? —Se había centrado tanto en regresar a la casa principal aquella mañana que no había prestado atención a los muelles, pero la noche anterior había tres de los botes blancos pequeños amarrados allí. Se giró hacia Sam, escéptica—. ¿Es cosa tuya?
—No. Pongo el límite en encerrarte en el depósito. Y nadie de la familia intentaría navegar con este temporal —observó su hermano, señalando la lluvia que envolvía la casa—. La bahía estará picada. —Miró a Alice—. Alguien los habrá soltado.
Lo comprendió al instante.
—Para retenerme aquí. —Cuando Sam asintió, ella añadió—: Esta familia está a un mal accidente de convertirse en un pódcast de true crime .
—Esta isla de mierda —musitó Jack, pasándose otra vez la mano por el pelo, y posó la mirada en Alice—. Pensaba que corrías peligro. No te encontraba.
Notó algo descarnado y tenso en el pecho, y dio un paso hacia él y le cogió la mano que tenía libre. Le dio un apretón y se deleitó con la fuerza cálida con que respondió él.
—Jack —le susurró, apretándole la mano—. Estoy aquí. No me he ido.
El sonido de la lluvia bloqueaba todo lo demás, y durante un suspiro solo existían ellos. Se había preocupado por ella. Había visto que no estaba y había salido a buscarla. A protegerla.
Era algo propio de un verdadero héroe, lo cual convertía a Alice en...
Reprimió el resto de la frase, la palabra que le vino a la mente, una palabra que evocaba pensamientos de islas barridas por el viento y mares tempestuosos, besos desenfrenados y finales felices.
No era una palabra para ese momento ni para aquella audiencia. La casa. La isla.
El teléfono de Sam rompió el silencio:
—Lo. Dicho. Follándote. Al. Servicio.