19 #2
—¿En qué sentido? ¿No eras vicepresidente sénior? Ese puesto no está precisamente por debajo del umbral de la pobreza, Sam.
—¿Sabes lo que cuesta mantener a una familia en Nueva York dentro de nuestros círculos? Las escuelas, los clubs, la ropa de lujo, los viajes, los chóferes, el piso... —Se encogió de hombros—. No ganaba suficiente, y papá cubría todo lo demás. Ya sabes cómo funciona.
—Pues no, la verdad. —Hacía años que había dejado de aceptar la ayuda de Franklin—.
Lo creas o no, vivo en un piso que, en general, me puedo permitir gracias a mi trabajo, que es diario.
Un trabajo que es otro de los motivos por los que tengo que irme de aquí, si llevas la cuenta.
Un palo, lo sé. Y pensar que también sobrevivo sin chófer personal.
Casi oyó cómo ponía los ojos en blanco.
—Lo dices como si te consideraras mejor que nosotros. Ser pobre no es una virtud, Alice. Simplemente es más aburrido que ser rico.
—Sí. Ser ricos ha sido un camino de rosas para todos —contestó ella con acritud.
Él la ignoró.
—Me dijo que ya iba siendo hora de que me buscara la vida solo. Igual que él.
Alice puso una mueca al oír la última frase, consciente de cómo debía de haber pronunciado aquellas palabras; a nadie le gustaba más hablar de lo muchísimo que se había esforzado que a un multimillonario.
—Y luego me despidió. —Volvió a quedarse callado un segundo antes de añadir—: A veces pienso que Sila es la más lista de todos. Yo me he quedado sin trabajo y sin mujer, y ella se lleva el treinta por ciento de mi herencia.
—Si es que hay herencia.
—Exacto. Pero eso es lo de menos. Lo que importa es que se queda con los niños. —Al ver la cara de perplejidad de Alice, Sam se rio sin una pizca de humor—. Ya. He sido un puñetero imbécil.
—Pero es que es una locura. ¿Por qué crees que se va a quedar con los niños?
—Porque renuncié a ellos desde el principio. Ni se me pasó por la cabeza que fuese importante. Ella se queda con el piso de Nueva York y la custodia. Con todo. —Tragó saliva mientras sopesaba sus siguientes palabras—. Se ve que quiero a mis hijos más de lo que esperaba.
Alice torció el gesto, como si su hermano acabara de descubrir la verdad.
—Sam.
Puede que fuese una expresión de desaprobación, o quizá de empatía. ¿O de desaprobación empática?
—Joder, papá estaría hecho un basilisco —dijo él—. Otro motivo para considerarme un fracaso.
—Bueno, pero papá está muerto —respondió Alice—. ¿Qué pasa con tu hijo? ¿Y si sientes orgullo por él? —Hizo una pausa—. ¿Y si le das motivos para que él se enorgullezca de ti?
Su hermano guardó silencio un buen rato, y luego dijo:
—¿Y eso cómo se hace?
Ella negó con la cabeza.
—No lo sé; no tuvimos precisamente un padre ejemplar.
—¿Sabes una cosa? —comenzó Sam, mirándola con seriedad—. Papá quería que dirigieras Storm.
Ella casi se atraganta de la sorpresa.
—No me lo creo.
—Pues sí. Una vez lo oí hablando con mamá de cuál de nosotros sería la opción más evidente para trabajar en la empresa.
No podía ser Greta, porque se ve que el año que pasó en Ginebra les demostró que le faltaba interés, y Emily aún era una cría.
Pero papá dejó claro que solo había una respuesta posible. Y eras tú.
—Bueno. Y bien que se lo demostré —bromeó. Al ver que él no se reía, añadió—: Sam, no puedes jugar a este juego.
Su hermano volvió a concentrarse en la lluvia, lo cual facilitaba las confesiones.
—Una vez me enfrenté a él; pensaba que valoraría mi coraje. Le dije que debía ser yo, que yo era la opción correcta porque yo quería ese puesto y tú no. ¿Y sabes qué me dijo?
Ella no se atrevía a aventurarlo.
—Me dijo: «La decepción es lo que uno se lleva cuando espía conversaciones privadas».
Alice sintió un acceso de ira. Sam no era ni mucho menos perfecto, pero no se merecía aquello.
—Papá era un cabrón. Sé que se supone que ya no deberíamos decir esas cosas, pero es la verdad. —Se acercó a su hermano y le puso una mano en el brazo—. Y, a pesar de todo, perdíamos el culo por cumplir sus deseos.
Retumbó un trueno cerca y los dos lo escucharon inmóviles antes de que Sam respondiera:
—Y ahora también.
¿Y si dejaran de hacerlo?
Jack había tenido razón la noche anterior: su familia se buscaría la vida. Su madre seguiría siendo la titular de varias propiedades, cuentas y fondos, y una vida entera que dedicar a actos benéficos y amistades cuestionables.
Sus hermanos eran Storm, sí, pero a lo mejor si ella tomaba la decisión por ellos y quitaba la herencia de la mesa, los demás elegirían vivir fuera de la isla.
Tal vez Greta podría ganarse otra vez a Tony.
Quizá Sam encontraría la forma de construir algo por sus propios medios.
Emily ya había demostrado ser la más equilibrada de todos; Claudia y ella caerían de pie.
Y Alice... a lo mejor Alice podría regresar al mundo real. Acompañada de Jack.
No se atrevía a pensar demasiado en ello, porque después de la noche anterior y de todas las formas a las que había recurrido Jack para hacerla reír y suspirar y darle esperanzas, se había dado cuenta de que él podía ser exactamente lo que buscaba.
Le gustaba. Y eso la aterraba.
Pero lo que más la aterraba era la idea de que le gustara, con su familia y su padre y el dinero de por medio. La única forma de garantizarse tener la oportunidad de vivir algo real, de que cualquiera de ellos viviera algo real, era bajarse del tren de Franklin Storm.
Se giró hacia Sam.
—¿Y si no lo hiciéramos?
Él la miró como si le hubiera propuesto sacar las herramientas de jardinería y hacer algún trabajillo bajo la tormenta.
—El qué, ¿no jugar?
—Exacto.
—No tenemos alternativa.
—Eso no es verdad —replicó ella—. Siempre hemos tenido alternativa.
—¿Y darles la espalda a varios miles de millones de dólares? —Su hermano se rio entre dientes—. Sería una estupidez supina hacer algo así.
«Puede ser».
Él negó con la cabeza.
—No. Necesito el dinero. Hostia, si hasta te he encerrado en el depósito de papá.
—Sí, te has pasado —contestó ella, provocándolo—. Me podría haber muerto.
—No te habrías muerto. Soy un gilipollas, no un asesino.
—Eso es lo mismo que le dije a...
Él levantó las cejas cuando se cortó.
—¿A quién? —Ella sacudió la cabeza—. Vale, supongo que vamos a jugar a este juego. Fui a buscarte, pero ya no estabas. ¿Cómo saliste?
El mayor fracaso de Alice fue ese: confiar en que esa vez su familia sería diferente. Respondió a la pregunta:
—Jack.
Su hermano se giró hacia ella.
—Te estás acostando con él.
—No sé de qué me estás hablando.
—Ya —repuso, sin creerse ni una palabra—. ¿Por qué no ha pasado Griffin la noche aquí?
Un relámpago restalló en el mar en la lejanía.
—No me creo que Emily no te lo contara todo anoche. Es incapaz de guardar un secreto.
Al ver que pasaron varios minutos sin que Sam respondiera, finalmente se volvió hacia él, preparada para que se burlara o riera o le dijera todo lo que odiaba de Griffin. En vez de eso, le preguntó:
—¿Estás bien?
La pregunta flotó entre los dos, honesta, madura, y a Alice se le ocurrió que si aquello era el comienzo de algo nuevo, del futuro, el futuro después de Franklin, de Griffin, del distanciamiento, el control y la responsabilidad y todo lo que representaba su familia, alguien tenía que empezar diciendo la verdad.
—Sí. Un poco avergonzada de que papá sobornara a mi prometido. Y de que Griffin lo aceptara.
—Que no te dé vergüenza —contestó él con indiferencia—. O sea, seguro que en su momento lo valoró con Sila, cuando... —Se interrumpió; era lo bastante leal a su hija como para no verbalizar las circunstancias atenuantes de su relación con su esposa—. ¿Cuánto?
«No lo suficiente». El eco de las palabras que Jack le había dirigido la noche anterior llenó los huecos de sus entrañas, que amenazaban con colmarse de duda y decepción. Le lanzó a su hermano una mirada seria.