19
Sam estaba en el balancín del porche de la cocina cuando Alice giró por la parte trasera de la casa, calada hasta los huesos por la lluvia torrencial, con la esperanza de pasar desapercibida.
La tormenta había llegado en mitad de la noche con los relámpagos más deslumbrantes que había visto en su vida y truenos que resonaban por toda la bahía.
Cuando se había despertado, Jack estaba allí para estrecharla entre sus brazos y darle un beso cálido en el cuello.
Luego había encontrado la forma de seguir cubriéndola de besos en otra decena de lugares mientras ella descubría que las tormentas guardaban los secretos incluso mejor que las casas antiguas.
Después de recuperar el aliento, los dos se habían quedado enrollados en las sábanas y habían seguido el rastro de la tormenta a medida que se acercaba, como una amiga que lo mantenía todo a raya.
Alice deseó que durara para siempre.
Cuando se había despertado justo antes del amanecer, había tenido la sensación de que tal vez su deseo se había hecho realidad: la lluvia caía como una cortina, tiñendo la luz del embarcadero de un gris verdoso, meciendo al Lizzie en su atracadero.
En la distancia, la campana antiniebla tañía, amortiguada por la lluvia y el viento de la isla.
Alice salió de la cama caliente de Jack por segunda vez esa semana, a regañadientes, pero consciente de que no tenía otra opción; si su familia descubría dónde había pasado la noche, tendrían munición para varios años.
Eso y que quería conservar los recuerdos de la noche prístinos; y no solo el sexo (que no tenía igual), sino también el resto: las historias, las risas calladas, las caricias eternas (la perfección).
Y la compañía, distinta de cualquier otra cosa que hubiera experimentado hasta entonces, lo cual bastaba para que Alice se preguntara si habría más de una noche entre ellos. O más de una semana.
Por mucho que supiera que era imposible.
Nada de lo que comenzara en aquella isla, en aquel dislate, podía sobrevivir.
De modo que lo dejó abrigado y dormido, con la guardia baja, y decidió restaurar su propia armadura, jurándose que se protegería mientras se preparaba para lo que le brindara aquel nuevo día: el primer día del resto de las vidas de la familia Storm.
El hecho de que lo primero que se le presentara fuese Sam no auguraba nada bueno. Alice apenas se alteró al verlo; se sintió muy orgullosa de cómo corrigió el paso tras decidir de inmediato que lo ignoraría.
Tenía los ojos puestos en la mosquitera, y no se giró ni siquiera cuando Sam exclamó:
—Lo siento.
—Me da igual —le espetó, deteniéndose en el porche para sacudirse la lluvia.
—No podía dejar que te marcharas.
—Claro que no. Te consume la codicia y eres un cabrón —sentenció, mirándolo al fin—. Pero tienes una pinta de mierda, así que algo es algo.
—No he pegado ojo.
Ella entornó la mirada.
—¿En serio? ¿Por fin te has dado cuenta de lo pésimo que eres como hermano?
Sam puso una mueca.
—Te propongo un trato: tú te olvidas de eso y yo me olvido del paseo de la vergüenza que has hecho desde el embarcadero a las seis de la mañana.
—De paseo de la vergüenza nada —replicó. No estaba avergonzada, así que, técnicamente, ganaba ella.
Alargó el brazo hacia la mosquitera, trazando ya la ruta hasta el vestíbulo para recoger sus bártulos y luego al piso de arriba para ducharse y cambiarse. Y entonces tendría que pensar en lo que ocurriría a continuación.
Y dónde.
Y con quién.
Apenas había abierto la puerta cuando Sam añadió:
—No podía dejar que te marcharas porque Sila se ha ido. —Alice paró en seco y, al mirar atrás, se encontró con la expresión de derrota de su hermano—. Con los niños. Después del funeral.
Dejó que la puerta se cerrara sola y se sentó a su lado en el balancín.
—Ayer os vi discutiendo, pero... No sé... Siempre estaba enfadada contigo por algo.
—A veces yo también me enfadaba con ella, que lo sepas —se defendió.
—Sí, pero siempre he pensado que era vuestro rollo... Simplemente erais dos personas horribles comportándoos como tal con el otro.
Él le hizo una peineta, pero sin convicción.
—Ay, Sam. —Lo examinó y lo vio abatido, nada que ver con el estado habitual de su hermano—. ¿Quieres... un abrazo?
Él retrocedió como si le hubiera dado un puñetazo.
—Ni hablar.
Al menos podían reírse mientras el mundo se venía abajo.
—Te digo una cosa: no hay ningún escenario posible en el que nos comportemos como una familia normal.
—¿Qué cojones es una familia normal? —repuso él—. Las familias normales no existen. Todas las familias infelices lo son a su manera.
—Tolstói estaría orgulloso.
—¿Qué más dará lo que opine Tolstói? —Cuando ella abrió la boca para explicárselo, él levantó la mano—. Es coña. Di Literatura Comparada en la carrera.
—¿En serio?
—¿Dónde si no iba a conocer a chicas? —arguyó él, poniendo en movimiento el balancín del porche—. Total, que creo que esto es lo normal. Un puñado de hijos volviendo a casa por el funeral de su padre.
—Es una celebración —lo corrigió ella, y los dos sonrieron. No mejoraba en nada la situación, pero no estuvo mal.
—Yo ya te he contado mi historia. Ahora te toca a ti. ¿Dónde has estado?
No tenía ganas de sincerarse.
—He salido a correr.
—¿Entrenando para una maratón durante la temporada de monzones? —Hizo una pausa—. ¿Sin zapatos? ¿Con el vestido que llevabas en el funeral de papá?
—Soy así de excéntrica —murmuró ella.
—Te estás follando al servicio, eso es lo que está pasando —respondió él.
Jack no formaba parte del servicio, pero Alice se mordió la lengua y se quedó callada, consciente de que si decía algo, dejaría entrever demasiado. Fingiendo que su hermano no había dicho nada, subió los pies al balancín.
—¿Quieres contarme lo que ha pasado?
Él suspiró y se recostó, contemplando el techo del porche.
—Nada. No me quiere. No me ha querido nunca. Y creo que sería mucho más feliz si no nos hubiéramos casado.
Ella asintió.
—Y...
—Y creo que yo también.
Guardaron silencio un rato, y luego Alice dijo:
—O sea, que nada que ver con lo de la última vez.
La familia evitaba hablar de la «última vez», a la cual Elisabeth solo se refería entre susurros como el «pecadillo de Sam», como si fuese una palabra habitual en el siglo XXI .
Sus padres nunca les habían contado toda la historia, pero, según tenía entendido Alice, Sam le había concedido una entrevista a una periodista joven sobre su visión del legado de los Storm, y la entrevista había durado más del tiempo previsto.
Varias semanas más. La joven también había cometido el mismo error que muchas otras mujeres en su misma situación (principalmente, confiar en el hombre equivocado, uno que accidentalmente le envió un mensaje subido de tono a la familia en vez de a ella).
Sila se enteró, hizo las maletas y se fue.
Por su parte, Sam había pensado en ponerle fin, pero Sila era demasiado espabilada y sabía exactamente cómo conseguir que ella y Saoirse, que por aquel entonces tenía cuatro años, recibieran lo que se les debía.
Hizo una llamada, Franklin y Elisabeth perdieron los papeles ante la idea de que su nieta viviera en Long Island y Sila regresó al redil familiar a las pocas semanas.
El asunto entero duró algo más de cinco meses, y una vez de vuelta en casa, tardaron menos de cinco meses en concebir a Oliver.
—No —contestó Sam; era imposible no darse cuenta de la amargura de su tono—. Ya aprendí la lección. No volvió a confiar nunca en mí. —Hizo una pausa—. Y en vosotros tampoco. Cree que la criticáis a sus espaldas.
—No es verdad —dijo ella, y su hermano le lanzó una mirada incrédula—. Vale, sí —confesó—. Pero en mi defensa debo decir que yo llevo cinco años sin criticarla a sus espaldas.
Los dos se rieron, porque ¿qué otra cosa iban a hacer?
En la distancia, la campana antiniebla tañó de nuevo y, al caer en la cuenta de lo que significaba, Alice puso los ojos como platos.
—¡Has arreglado la campana, Sammy! ¡Alucinante!
—Ah. —Él agachó la cabeza, fingiendo que no se enorgullecía de sí mismo—. Tampoco hace falta que hagas como si nunca hubiera terminado nada. ¿Te acuerdas lo que hicimos para papá con Charlie y aquel viejo de Newport?
Ella pensó un momento.
—Creo que no.
Él sonrió.
—A lo mejor eras demasiado pequeña. Emily acababa de dejar los pañales.
—Me cuesta creer que fuéramos tan pequeños —respondió, y los dos contemplaron la lluvia—. Ojalá me acordara.
Silencio, acompañado solo del ruido del agua, y luego Sam:
—A lo mejor podríamos volver de vez en cuando. Y me traería a los niños. A lo mejor podemos crear recuerdos nuevos.
Era una idea bonita, pero Alice no podía quitarse de la cabeza la creencia de que eso era lo que harían otras familias, no la suya.
—Sí. A lo mejor —contestó, y añadió—: ¿De verdad te ha dejado? O sea... ¿dejado, dejado?
Él asintió.
—Si recibe su parte, no me pondrá problemas para ver a los niños.
—Qué sencillo.
—Ya encontrarán los abogados la manera de complicarlo.
Siempre que no te vayas y nos jodas a todos.
—Alice giró la cabeza y la apoyó en la rodilla, y lo observó mientras volvía a explicarle lo de la noche anterior—.
Necesitaba que te quedaras. Siento haberte encerrado en el depósito, pero necesito el dinero, de verdad. Así que tampoco lo siento demasiado.
Ella dejó que las palabras se disiparan, junto con su ira.
—Joder, Sam. A veces eres un buen tío y otras... te lo mereces.
Él exhaló.
—Lo hice por un buen motivo.
—¿Para que Sila continúe comprándose ropa nueva en vez de lavar la que ya tiene? No sufras, Sam: si me voy, siempre puede buscarse un trabajo como emblema del consumo compulsivo.
Su hermano la ignoró.
—Lo hice por los niños.
—Venga, por favor. —Alice no se lo tragaba.
Más tarde se sentiría mal con la respuesta, pero en aquel momento estaba bastante cabreada, y Sam lo sabía.
—Papá me cerró el grifo, Alice.
—Ya lo sé, ya me lo has dicho. Ya encontrarás otro trabajo.
—No, no lo entiendes. Lo que digo es que me cortó el grifo. Dejó de extenderme cheques.
Ella frunció el ceño, desconcertada.