18 #3
Además, no habría sido la primera vez, ¿verdad? ¿No había elegido a Griffin, al menos en parte, por fastidiar a su padre?
—Sobre el papel, eres una decisión terrible, Jack Dean. A todas luces, mi padre te adoraba, te he visto trabajar hoy como solo había visto trabajar a Franklin, mi familia no te soporta y solo esta semana te he visto pegándoles a dos personas.
—Con motivo.
—No digo que no —contestó ella—. Y puede que sea precisamente por eso, por todas las mierdas raras e insospechadas que han estado pasando esta semana, que no puedo dejar de pensar en ti y, lo que es peor, en lo mucho que podrías llegar a gustarme.
Él asintió.
—Puede ser.
—Pero también puede ser que sea mucho más sencillo. Puede ser que simplemente me gustes.
—Y puede que a mí también me gustes tú.
—Sí, y eso es lo que más me preocupa —respondió ella con voz queda—. Se me ha ido todo de las manos. Solo quiero volver a sentir que tengo el control, y esto no ayuda.
—Cariño —dijo él, y la palabra llegó a todos los rincones que tenía pensado reservarse. Si estaba jugando con ella, se le daba de maravilla; Alice estaba perdida—. Esto puede ser lo que tú quieras. Pase lo que pase. Esa es la verdad.
Joder, qué maravilla de promesa.
Alice no pudo evitarlo: se inclinó hacia delante y lo besó, y lo saboreó de nuevo, como si fuera la primera vez, con todas las nuevas revelaciones que habían compartido. Fue un beso lento y delicado, y él se la subió al regazo con facilidad para poder besarla hasta que los dos se quedaron sin aire.
Ella rompió el beso y apoyó una oreja en su pecho, y escuchó que el corazón le latía con fuerza y velocidad. Jack recostó la cabeza en el sofá y se quedaron así durante largos minutos, hasta que Alice al fin dijo:
—Eres mucho más dulce de lo que te gusta dejar entrever, Jack Dean. No eres ni de lejos el villano que pretendes ser.
—Nunca he pretendido ser un villano —contestó él.
—¿Ah, no? —Ella puso voz grave, imitándolo—: «Yo nunca he dicho que fuese el bueno».
Él arqueó una ceja.
—Vale, para empezar, me imitas de pena.
—Pues yo creo que me ha salido bastante bien, la verdad —bromeó Alice.
—Cuidado, a ver si te voy a obligar a repetirlo —la advirtió, jugando con un mechón de su pelo.
«Sí, por favor». Le apoyó otra vez la cabeza en el pecho y así se quedaron, en silencio, antes de que ella dijera:
—¿Qué es lo peor que has hecho?
—Uf. —Jack torció el gesto—. No hace falta que lo preguntes como si me pasara la vida dándole palizas a la gente y cerrando acuerdos sin escrúpulos.
—¿No te dedicas a eso? —inquirió, todo inocencia.
—En general, hago cosas que me ahorrarían entrar en la cárcel.
—¿Lo ves? «En general». —Giró la mano y le pasó el pulgar por los nudillos, otra vez en carne viva. Y, otra vez, por ella—. Pero esto también forma parte del trabajo, ¿no?
Jack cerró el puño y se tensó bajo su tacto, y ella se grabó el movimiento en la memoria cuando lo levantó para pasárselo por el pelo, avergonzado.
—Sí, un poco.
—Puedes sacar al chico de los muelles, pero no los muelles del hombre —observó ella—. No debería gustarme, pero me gusta.
Él la miró fijamente a los ojos, y le brillaron.
—¿En serio?
Asintió.
—¿Has amenazado a Griffin antes de que se fuera?
—La duda ofende. —Alice no pudo evitar reírse, como si a Jack lo ofendiera la mera insinuación de que hubiera podido dejar ir a su ex sin meterle el miedo en el cuerpo—. No volverá a molestarte.
—¿O responderá ante ti? —bromeó ella.
—Vaya que sí.
Ella se rio de nuevo.
—Bueno, y dime, Jack Dean, el gran apañador. ¿Qué es lo peor que has hecho?
Él desvió la mirada a los ventanales oscuros del extremo de la habitación. La noche al otro lado era tan impenetrable que el cristal se había convertido en un espejo que los reflejaba sentados en el sofá, entrelazados como si se hubieran sentado así, juntos, miles de veces.
—Creo que todavía está por llegar.
El reloj de pie del vestíbulo acentuó aquella declaración, interrumpiendo la conversación que hubieran podido llegar a mantener. Jack se miró el reloj.
—¿Qué hora es? —Alice había perdido la noción del tiempo en el depósito, y no había pensado en la hora ni siquiera cuando había tenido la oportunidad de marcharse. (Ya tendría tiempo de volver a enfadarse con Sam más tarde).
—Medianoche.
Lo bastante tarde para que la familia al completo estuviera dormida, seguramente. Miró hacia la puerta y dijo lo que sabía que debía decir.
—Tendría que irme a la cama.
—¿No te vas? —le preguntó Jack.
La pregunta los sorprendió a los dos. A Alice porque en un momento dado se había olvidado de que quería irse; y a Jack porque, bueno, no lo tenía claro, pero parecía desear no haberlo mencionado.
—¿Me estás sugiriendo... que me vaya?
—No —se apresuró a contestar él—. Pero si quisieras... no te retendría.
—¿No es tu trabajo retenerme? —Se puso de pie al recordar que por muy real que le pareciese aquella noche, el juego seguía en marcha. Sam la había encerrado en el depósito para obligarla a jugar—. Debería irme.
—Alice —dijo él, poniéndose también de pie, y se acercó lo suficiente a ella como para que se arrepintiera de haber abandonado su cálido abrazo.
Él le sujetó la cara con la mano y le acarició la mejilla con el pulgar—.
Escúchame: si lo único que te retiene aquí es la herencia, deberías irte. Ya se las apañarán.
—A mi padre no le haría ninguna gracia.
—Bueno, a lo mejor mi lealtad por tu padre tiene sus límites.
Ella arqueó las cejas.
—¿Y cuáles son?
Jack guardó silencio un momento, con la vista clavada en Alice, haciéndole unas promesas tan tentadoras como el calor que emanaba de él y que la envolvía, llenándola de deseo y recuerdos.
—Te propongo una cosa: consúltalo con la almohada. Si mañana por la mañana quieres marcharte, te ayudaré.
Era una propuesta generosa, una que tanto lo convertiría a él en el villano de la obra como a ella en la villana. Pero, durante un brevísimo instante, se imaginó que quizá no estaba tan mal ser la mala... si contabas con un compinche.
—¿Se te ocurre en qué cama podría consultarlo con la almohada?
Otra vez esa sonrisa sexy, lenta y perfecta, como si hubiera ganado el único juego que le importaba.
—Como ya sabes, yo estoy siempre preparado.
Ella exhaló una risita, le cogió la mano y dejó que la guiara fuera del despacho en dirección al vestíbulo principal, hasta salir de la casa.
En silencio, cruzaron el gran jardín, vacío ya de dolientes y familiares y del caos y el drama.
Llegaron al embarcadero, oscuro e ideal, con tres esquifes como único rastro de los acontecimientos de aquel día.
Tres esquifes que podían ser la estrategia de huida por la mañana, cuando terminara con aquel hombre.
Aquel hombre, que la cogió en brazos y la subió hasta la habitación de invitados de la buhardilla del embarcadero antes de tumbarla en la cama, borracha con el sonido del mar y el viento.
—Espera —exclamó ella, disfrutando de cómo se había detenido en cuanto lo había dicho, como si estuviera dispuesto a hacer todo lo que ella necesitara.
A darle lo que necesitara. La verdad se propagó por su cuerpo, radiante e innegable, y habló consciente de que era una verdad que podía generarle problemas—: Tengo la sensación de que eres el tipo de hombre que podría romperme el corazón.
Él tiró de ella y la besó de nuevo con exuberancia, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y así lo sentía.
Ninguno de los dos se percató de la tormenta que se avecinaba.