18 #2
Compartieron una sonrisilla privada, una que desató una diminuta explosión de placer en su interior.
Alice observó el cuadro de la pared y tomó la decisión de hacer todo lo posible por ignorar la mano de él, que seguía tocándola cuando se levantó de su regazo, y la siguió hasta que ya estuvo demasiado lejos. Tenía algo que hacer.
—Ya que lo compró, al menos podría estar colgado en la puñetera pared, como es debido. —Levantó su obra, se dirigió a la chimenea y la apoyó en el hogar antes de coger el Picasso que ya estaba colgado.
—Espera... —dijo Jack con urgencia, como si se lo esperara. Siendo justos, muy pocas personas se habrían imaginado que Alice descolgaría a uno de los maestros—. Déjame que...
—No —lo interrumpió ella—. Puedo sola.
Y, así, descolgó el cuadro de la pared y lo dejó en el suelo (Jack la ayudó, porque, al fin y al cabo, era un Picasso) antes de alzar su obra y colgarla en el espacio vacío.
El proceso fue impecable, fluido, sin que le preocupara lo más mínimo no encontrar las alcayatas, como si las alcayatas no fueran a atreverse a desafiar a una mujer tan combativa con el patriarcado, artístico o literal.
Y así fue.
Retrocedió y contempló su obra, con los brazos en jarras, y Jack se le acercó. Con una seguridad en sí misma renovada, le habló a su cuadro.
—¿Estabas allí? —Una pausa—. En la galería, digo. ¿Fuiste con el talonario de mi padre?
—No. —La respuesta fue rápida y sincera, y Alice apreció que la pregunta no lo ofendiera (a fin de cuentas, había sobornado a su prometido) y, a pesar de todo, no negó el alivio que la colmó ante aquella negación categórica. Y lo que vino a continuación—: Pero ojalá hubiera estado.
Las palabras invocaron el peor tipo de recuerdo: aquellos que nunca han ocurrido. Jack en la inauguración, no a una cierta distancia, no envuelto por un halo de misterio, sino a su lado. Celebrándola. Feliz de estar allí. Las mejillas se le encendieron solo de pensarlo, y agachó la cabeza.
—Habría estado bien.
Él la cogió de la mano por respuesta, y la llevó de vuelta al sofá, donde recuperaron la postura de antes.
Apretada contra el muslo de él, Alice devolvió la atención a la tinta de su brazo.
—Aunque todo esto ha sido una buena táctica para que dejara de preguntarte por el tatuaje, te has olvidado de que me crio el hombre que te entrenó en el arte del despiste.
—Disculpa, pero yo ya era un profesional del despiste mucho antes de que tu padre me contratara.
—El empleado soñado —añadió ella, tocando la brújula—. ¿Te lo hiciste en el antebrazo para que todas las señoritas perdieran la cabeza cuando te subieras las mangas?
—Eso me han contado sobre el remangarse. —Sus dedos se deslizaron un poco más arriba que antes, por la parte interior del muslo de ella—. No es nada nuevo. Me lo hice cuando murió mi padre.
No la cogió por sorpresa; ya se lo había dicho aquella tarde.
—Me dijiste que estaba enfermo.
—Así es.
—¿Y tu madre?
Él negó con la cabeza.
—Se fue cuando yo era pequeño. No me acuerdo de ella.
Las palabras le escocieron; las pronunció con demasiada indiferencia. Como si fuera normal. Como si estuviera bien. Alice se tensó, enfadada por aquel hombre y el niño que había sido, pero sabía que no le convenía. En vez de eso, entrelazó los dedos de una mano con los de él.
—Y tú no estabas allí.
Jack asintió con rigidez, como si no tuviera del todo claro cómo funcionaba su cuerpo. O al menos la parte del cuerpo con la que no la estaba tocando. La mano de la pierna seguía moviéndose, un bálsamo, quizá para los dos.
Guardaron silencio un rato, hasta que ella ya no pudo soportarlo más.
—No tienes por qué...
—No quería estar allí —contestó él, deprisa, como si quisiera sacárselo de dentro—. No lo soportaba.
Alice acariciaba con el pulgar los hermosos mecanismos de su brazo.
—Háblame de la navegación —le pidió, creyendo que estaba cambiando de tema, que le estaba ofreciendo un puerto donde refugiarse de la tormenta a la que se enfrentaba.
—No navegué desde crío. No como tú. Mi padre era pescador.
En realidad, no hay mucho tiempo para navegar si te tienes que levantar a las tres para recoger todos los cangrejos posibles antes de que abra el mercado del pescado.
Tenía un barco motorizado, una tripulación rotativa de los pobres diablos que siguieran despiertos en el bar junto a los muelles cuando salía a faenar, y las tardes y las noches libres para pasárselas en ese mismo bar.
Ella no dejó de tocarlo; temía cambiar algo y que él dejara de hablar.
Pero Jack siguió hablando, como si las compuertas se hubiesen abierto.
—De niño, iba en el barco con él.
—Así aprendiste.
—Me enseñó todo lo que sabía. «Algún día, todo esto será tuyo», me decía. Y yo era lo que quería, por aquel entonces. La barca de pesca y los muchachos del muelle y el capitán del puerto que le echaba la bronca cuando era el último en salir. Su reino.
Como aquel por el que todos competían.
—Los padres son así —dijo ella con voz queda—. Son los primeros reyes que conocemos, para bien o para mal.
Él volvió a colocarle las manos en el regazo y contestó:
—El mío era para mal. Para cuando llegué al instituto, mi padre apenas salía a faenar. No teníamos dinero, y yo no veía el momento de irme. —Se encogió de hombros.
—Asumiste el negocio. —Sin saber por qué, Alice lo intuyó.
Jack asintió.
—Si madrugaba suficiente, podía salir a faenar y volver antes de que empezaran las clases. Un chaval del mercado me vendía los cangrejos a cambio de un porcentaje.
Ella se incorporó, molesta.
—Eras un niño.
—Sí, un niño que entendía perfectamente cómo funcionaba un negocio antes de llegar al bachillerato.
Me deslomé por asegurarme de que podría entrar en la Universidad de Delaware, porque estaba lo bastante cerca de casa como para seguir faenando todos los días hasta la graduación.
—Hizo una pausa—. Mi padre no se presentó.
Tenía intención de ir, o eso me dijo, pero no se presentó.
Y yo ya no volví, ni al barco ni con él.
—Hizo una pausa—. Ni siquiera cuando el hígado se le rindió. Ni siquiera al final.
Ella lo estrechó con fuerza.
—Estabas enfadado. No puedes culparte por eso.
Jack se quedó inmóvil un buen rato, y luego respiró hondo y giró el brazo para dejar el tatuaje a la vista.
—Cuando murió, el barco ya había desaparecido hacía mucho tiempo. Y yo no supe qué hacer para llorarlo; no tenía demasiado claro cómo proceder. ¿Cómo lloras a alguien a quien en el fondo no conoces? ¿A alguien a quien no has llegado a perdonar del todo?
La pregunta le resultaba familiar.
—No lo sé.
—Yo me hice un tatuaje.
Ella volvió a dibujarlo con los dedos.
—Para no perder el rumbo.
Cuando alzó la vista, Jack la estaba observando.
—A lo mejor ahora quiero tomar uno nuevo.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo al oír aquellas palabras, la insinuación, la posibilidad.
Como si él hubiera encontrado otra dirección para trazar su rumbo.
Y aunque hiciera poco tiempo que conocía a Jack Dean, no le cabía duda de que era el tipo de hombre que siempre conseguía lo que se proponía.
—¿Qué diría Franklin Storm?
Jack se tensó y Alice se arrepintió al instante de habérselo preguntado, de haber sacado a su padre en aquel momento.
—Se habría cabreado bastante conmigo esta noche.
—Ya, pero está muerto, así que... —Las palabras fueron tan inesperadamente inadecuadas que los dos se rieron mucho más alto de lo que debían, lo suficiente para que se convirtiera en un secreto, encerrado entre los muros de la casa.
Cuando pararon, Alice añadió—: Dios, no me puedo creer que se haya muerto.
Era tan enorme. Es imposible imaginarse qué vendrá ahora, sin él.
—No era un hombre fácil —admitió Jack, alargando el brazo y acariciándole la mejilla con el pulgar—.
Alice, no te olvides de que tu padre me incluyó en su círculo interno hace cinco años.
Vi lo mejor y lo peor de él. Sé cómo era.
Sé cómo podía llegar a perder los papeles.
Cómo se atrincheraba. Lo controlador que era.
—Y, entonces, ¿por qué...? —La confusión se apoderó de ella y dejó a medias el resto de la pregunta. «Y, entonces, ¿por qué haces esto?».
Él la entendió de todas formas.
—No lo sé. Puede que se deba a esta lealtad que siento por que asumiera un riesgo conmigo cuando ni siquiera yo sabía si merecía la pena.
Tal vez sea esta obsesión que me han inculcado por hacer bien mi trabajo.
Al principio lo era. Pero ahora... —Le dio un apretón en la rodilla—.
A lo mejor solo quiero asegurarme de que todo se resuelve.
Alice pensó en aquello, en el hecho de que sin él el fondo fiduciario seguiría en pie, el juego seguiría su curso, solo que con un árbitro distinto: otra persona que sería juez y parte.
Si la familia Storm sabía hacer algo era manipular una situación para conseguir lo que se proponía. Los había enseñado el mejor.
Precisamente por tal enseñanza, a Alice le costaba creer que Jack no estuviera metido en el ajo por otro motivo más perverso. Porque es lo que habría pasado con Franklin, ¿no? Pero la cosa era que... se negaba a creer que fuese su nuevo titiritero, tirando de las mismas cuerdas.
Antes de que pudiera expresarlo, él habló con la mirada clavada en ella, deteniendo la mano que tenía sobre su muslo.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Claro.
—Esto. Lo que hay entre nosotros.
El corazón se le aceleró.
—¿Hay algo entre nosotros?
—Sí, Alice —contestó él con la voz aún más grave—. A juzgar por lo que ha pasado esta última hora, yo diría que sí.
Bien, porque para ella también.
—Continúa.
—¿Lo has hecho porque crees que tu padre te lo habría reprochado?
La pregunta debería haberla enfadado; la idea de que pudiera acostarse con alguien solo para atacar a su padre, a su madre, a la familia entera.
Pero era algo que no estaba fuera de lo posible en una familia como la suya, cualquier cosa por llamar la atención del patriarca. Aunque fuese una atención negativa.