Tormentas de verano 18
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—¿Cuándo te hiciste esto?

Estaban en el sofá de un lateral de la estancia, Alice apoyada en uno de los brazos acolchados, con las piernas encima del regazo de Jack, que estaba recostado en la piel color camello.

Tenían la ropa arrugada, pero se habían vuelto a vestir (ni que los hubieran criado los lobos), aunque él seguía con la camisa prácticamente desabrochada y se había guardado sus bragas en el bolsillo (puede que sí los hubieran criado un poco los lobos).

Una de sus manos se deslizaba por el interior de la pierna de ella con movimientos lentos y posesivos, justo debajo del principio de su vestido, como si todavía no estuviera preparado para dejarla ir, y a Alice le parecía bien, porque ella tampoco.

Había caído la noche, pesada e impenetrable en el exterior, y durante aquellos instantes robados casi parecía que controlaran el tiempo; si no se alejaban del otro, podrían mantenerlo todo bajo control.

Jack tenía el brazo libre encima del regazo de Alice, y ella le reseguía con el dedo las líneas del tatuaje.

—Fue lo primero en lo que me fijé.

—¿En serio?

—De hecho, no. Lo primero que me llamó la atención fue lo estricto que parecías.

Él frunció el ceño.

—¿Te incomodé?

—Estaba demasiado distraída para que me incomodaras. Pero estabas muy serio, como si te lo tomaras todo con seriedad.

—Aquel día estaba serio. —Había perdido a Franklin. Y había ido a buscarla—. Te estaba tomando en serio.

Ella dibujó con los dedos el círculo de la brújula.

—Ya lo sé. Y me gusta. Que me tomes en serio.

—Pero no siempre estoy serio.

—¿Estabas serio cuando te hiciste este tatuaje?

—Sí que te interesa la historia, sí.

Alice sonrió.

—No todos los días se encuentra una chica que creció navegando con un chico con un sextante en el brazo. —Él le ofreció una risita, y ella añadió—: Estaba entre eso o «ya sabes lo que dicen de los hombres con tatuajes de sextantes».

Se le escapó otra carcajada.

—Pues no, la verdad.

—Yo tampoco. Por eso quiero que me cuentes la historia.

—¿Cuándo te fijaste?

Jack se recostó en el sofá y la observó, con las pestañas oscuras a media asta: largas y lo bastante densas para que ella hubiera sentido celos si contemplarlas no la hiciera tan feliz.

—Te subiste las mangas en la estación de tren, cuando esperábamos los coches. —Se encogió de hombros—. Me gustan los tatuajes.

—Pero no tienes ninguno —contestó él con tono seguro, un recordatorio de que podía hablar del tema con toda la autoridad del mundo.

Ella negó con la cabeza.

—Me gustan como el artista que aprecia el arte: son obras de detalles precisos en superficies irregulares. Reconozco el reto y admiro la habilidad necesaria para hacer uno tan hermoso como este. Pero nunca he encontrado nada que amara tanto como para tatuármelo.

—Bueno, pues ese es tu primer error —repuso él, apretándole el muslo lo justo para que ella contuviera el aliento, y fingió no darse cuenta—. No todos los tatuajes tienen que ver con el amor.

—¿Ah, no?

—Tú eres artista. —Ladeó la cabeza hacia el cuadro que seguía apoyado contra el escritorio—. ¿Todas tus obras de arte tratan sobre el amor?

—Las que termino sí. Pero tu error es creer que el amor es siempre algo inherentemente bueno.

—Eso es bastante cínico.

—Puede ser. Yo creo que es bastante sincero. —Desvió la atención al cuadro del suelo—. Me pregunto si lleva aquí desde que lo compró, oculto en el depósito como un recordatorio constante de que nunca dejó de controlarme como un titiritero.

Guardaron silencio un instante, y luego Jack dijo:

—Lo tenía colgado en el despacho de Nueva York.

—¿Sí? ¿En serio?

Jack esbozó esa sonrisilla que a ella le parecía absolutamente encantadora.

—¿Cuándo crees que empezarás a dar por hecho que no te estoy mintiendo?

No era nada fácil. La idea de que a su padre le gustara lo suficiente el cuadro como para colgarlo en una sala donde se reunía con..., bueno, con todo el mundo... Alice lo contempló, aún apoyado en el escritorio.

—¿Y qué hace aquí, entonces?

—Se lo trajo a principios de verano.

—Pero no lo colgó.

—No.

—Me saca de quicio que lo comprara —admitió, y las palabras fueron poco más que un susurro, como una confesión—. Aquella noche... Recuerdo cada minuto al detalle.

—Cuéntamelo —le pidió él, como si de verdad estuviera dispuesto a escucharla.

—Todo era perfecto: la luz dorada que entraba por las ventanas de mi habitación mientras me preparaba, el sabor del champán que Gabi y Roxanne trajeron a nuestro encuentro previo.

Griffin estaba... —No estuvo con ella. Estaba ocupado con algo más importante, sin ser consciente de que, para Alice, aquella noche había sido el culmen de la importancia.

Se quitó la idea de la cabeza—. Recuerdo que incluso tuvimos suerte con el metro.

Los trenes llegaron al momento. No tuvimos que esperar.

—¿No fuisteis en coche?

Ella lo miró de reojo.

—¿Desde Brooklyn, un viernes por la noche y en hora punta?

—No vivo en Brooklyn.

Se le hizo raro no saber dónde vivía; era casi como si hubiera infringido una norma que debería existir: si follas con alguien en la casa de tu infancia, deberías saber dónde vive.

Pero, además, le resultaba imposible imaginarse a Jack en casa.

No parecía el tipo de persona que tuviera tiempo libre.

Si fuese el personaje de una novela, sería uno de esos excéntricos hombres misteriosos que vivían en habitaciones de hotel.

Con ropa de lujo y un cepillo de supervivencia como único equipaje.

Solo que... ya no le parecía ese tipo de persona. No allí, envueltos por la quietud de la isla, él con la camisa remangada como si estuviera a punto de leer un libro. O de besar a una mujer.

Una oleada de placer le recorrió el cuerpo solo de pensarlo. «Elígeme a mí».

Alice mantuvo la compostura.

—¿Dónde vives?

—Flatiron.

—Rarito.

—Puedo ir andando al trabajo.

Ella negó con la cabeza.

—Insisto: no me sorprende que mi padre te adorara.

Él le levantó la mano y le dio un beso en los nudillos.

—Me estabas hablando de aquella noche en la galería. —Otro beso, y luego otro, seguidos, mientras ella proseguía.

—Fue increíble. Uno de esos días de otoño perfectos, soleado, quince grados durante el día, con ese frío en el aire que te da ganas de ponerte un chaquetón y fingir que estás en una comedia romántica.

Él enarcó las cejas.

—¿Nunca has querido aparentar que vives en una comedia romántica? —le preguntó ella.

—No he tenido el placer, no. Mi vida no se presta precisamente a ese género.

—La mía tampoco —coincidió, aunque los besos en los nudillos no estaban mal—, como ya habrás visto.

Total, que la exposición estaba abarrotada y el vino fluía y allí estaban todas mis obras colgadas en la galería y nadie sabía que yo era Alice Storm, simplemente me conocían como Alice Foss, la pintora, y me sentía...

—¿Bien?

—Fantásticamente bien. Y eso fue antes de que mi agente me dijera que alguien había comprado En proceso .

—Señaló el cuadro con la mano—. La obra más grande, y la que me había llevado más tiempo; muy diferente a las demás.

Más ambiciosa y aterradora, porque ¿y si no le gustaba a nadie?

Le había pedido explícitamente a mi agente que se pasara con el precio, porque entonces podría convencerme de que si no la compraba nadie, el problema no era yo.

Nadie se arriesgaría por una artista joven sin recorrido.

Una profesora de Bellas Artes de Brooklyn.

Hizo una pausa, pensativa, y luego dio voz a su decepción.

—Y, al final, resulta que nadie se arriesgó. Ni siquiera fue capaz de concederme eso, una noche de éxito para mí sola. Tuvo que meterse en medio. Tuvo que controlarla. —Se giró hacia Jack.

—Ya lo sé.

—¿No vas a intentar convencerme de que estoy equivocada? ¿De que lo compró porque me quería?

—No. Pero tampoco creo que lo comprara porque no te quisiera.

—Puede ser —musitó ella, contemplando el cuadro—. Supongo que no lo sabremos nunca.

Debía reconocerle a Jack que parecía estar a punto de soltar una decena de cosas que no le gustarían. Y, en vez de eso, le preguntó:

—¿Llevas toda la vida pintando?

Alice se relajó; había contestado aquella pregunta miles de veces. Sin rodeos, sin trucos.

—Con trece años, hice una extraescolar en el MoMA. Se hallaba a pocas manzanas de mi instituto, y me ofrecía un espacio en el que poder alejarme de la familia. Y me diferenciaba de alguna manera. Era algo que podía ser mío.

—¿No hay un pabellón Franklin y Elisabeth Storm en el Met?

—Sí. Pero a mis padres les gustaba poder desgravarse las donaciones y los bailes benéficos, no el arte.

—Hay un Picasso en la pared de esta misma habitación —señaló él.

Los dos lo observaron y Alice arrugó la nariz.

—Odio ese cuadro con todas mis fuerzas. Fue el primero que mi padre compró en una subasta. ¿Lo sabías? Para poder fardar delante de los amigos. —Se rio entre dientes—. Un Picasso.

—¿No te gusta ningún Picasso?

—Apropiación cultural, hipermasculinidad, misoginia...

¿A quién no le va a gustar algo así? —Él no le replicó, lo cual le pareció un detalle en sí mismo—.

A mi padre le encantaba que yo lo odiara.

Le encantaba provocarme en público. «Os presento a mi hija, Alice.

Es artista, pero procurad no preguntarle por Picasso».

Jack dejó escapar una risita.

—Por si te sirve de algo, a mí no me mencionó jamás el odio que le profesas a Picasso.

—¿Cómo puede gustarte Picasso existiendo Jacqueline Marval? ¿Goncharova? ¿Kahlo? ¿Gentileschi?

—¿Será esta mi oportunidad de impresionarte con mis conocimientos sobre el Judit decapitando a Holofernes ?

Ella lo miró de reojo.

—Mi historia personal sugiere que no debería impresionarme, pero debo confesarte que sí, me impresiona.

—Pues que no te impresione —contestó él—. He tenido que buscarlo.

—Me gustan los hombres que saben usar internet.