17 #4
Y Alice, que ya no sentía vergüenza y que ya no era más que anhelo y necesidad y estaba completamente mojada por él, se entregó a aquel hombre que llevaba días tentándola.
Y esa vez fue diferente, porque sabía quién era y le daba igual, siempre que no parase.
Ella volvió a hundirle los dedos en el pelo, tirándole para que continuara, moviendo las caderas hacia su boca habilidosa y cargada de pecado.
Adoraba la sensación de tenerlo ahí, y entonces cerró los ojos y gruñó con un sonido largo y profundo que la hizo arder.
—Sí —gritó, y él levantó la boca de ella para provocar que volviera a gritar.
—Shhh —le susurró a su centro, y el sonido hizo que todo se le antojara más lascivo, más anhelante—. ¿Qué te he dicho?
Más tarde, la horrorizaría cómo gimoteó al decirle:
—Estaré callada, te lo juro.
De hecho, no la horrorizaría. Le gustaría demasiado el recuerdo de lo que vino después, cuando algo malicioso le brilló a él en los ojos y contestó:
—Buena chica.
Y entonces le buscó el clítoris y se lo frotó con una urgencia brusca que hizo que ella lanzara un «hostia» al techo antes de cerrar los ojos, dejar caer la cabeza hacia atrás y mecerse contra él, y luego él le posó un brazo en el vientre y eso aumentó el placer, concentrándolo, como una luz brillante.
—Jack —le susurró ella a la gran sala, palpando el pesado escritorio en busca de agarre y fuerza—. Por favor...
«No pares».
No hizo falta que lo dijera.
Él no estaba dispuesto a parar.
En vez de eso, siguió tocándola, sintiéndola con las manos y la lengua, a un ritmo lento que ella no sabía que necesitara hasta que se corrió encima de él, aceptando el placer, utilizándolo, controlándolo, cabalgándolo, con su nombre en los labios mientras le susurraba su placer a la sala y perdía toda la fuerza y se desplomaba en el escritorio, vencida.
Y él se quedó allí mientras ella bajaba de la nube del placer, deteniendo los dedos, moviendo la lengua en trazos lentos, largos y delicados que le provocaron deliciosos temblores de deleite por el cuerpo hasta que regresó a la estancia, a los enormes ventanales con vistas a la bahía, a las paredes llenas de obras de arte de un valor incalculable, al pesado escritorio de roble que tenía en la espalda.
Se incorporó cuando Jack la soltó y se puso de pie, y él se encontró con ella para recibir su beso, y Alice le subió la camisa hasta los hombros y le puso las manos en la cintura.
—¿Te parece bien?
Él soltó una risilla.
—Sí. Joder. Hazme lo que quieras.
Ella le sonrió antes de meterle una mano en el bóxer y él gruñó de placer.
—¿Lo que quiera? ¿De verdad?
—No me das miedo, Alice —contestó, y las palabras le parecieron más honestas que lo que el sexo había sido nunca para ella, cuando él la atrajo hacia sí y volvió a besarla—. Podré soportarlo.
La afirmación quedó suspendida en el aire y la envolvió durante un suspiro, y ella deseó que fuese verdad: que aquel hombre pudiera ser el único que le diera lo que más deseaba. Que fuera el hombre en el que podría confiar. El que permanecería siempre a su lado. El que lucharía por ella.
Como si todo lo que había hecho por ella hasta ahora fuese solo una muestra de lo que podía depararles el futuro.
La idea le gustó demasiado como para aferrarse a ella, así que se la quitó de la cabeza con otro beso mientras le acariciaba el miembro erecto. Después de interrumpir la caricia, le susurró:
—Dime que tienes condones, scout.
Jack dejó escapar una carcajada grave y sacó la cartera.
—Pues, de hecho...
Ella se apresuró a quitarle la ropa, bajándosela por las caderas delgadas hasta el suelo mientras él se protegía la erección y volvía a ponerle las manos encima a Alice, acariciándola y besándola y adorándola en todos los lugares que había descubierto antes, hasta que ella lo deseó de nuevo con desesperación.
Y entonces la levantó y la colocó una vez más en el borde del escritorio, y luego se introdujo en ella, extraño y familiar al mismo tiempo, acompañado de «sí, por favor» y «justo ahí» y «más despacio; más profundo», dándole todo lo que le pedía, dejando que llevara ella el ritmo, el movimiento, los golpes y a él, hasta que resollaron y a ella le costó pronunciar las palabras y solo fue capaz de susurrarle un entrecortado «por favor».
Y entonces él comenzó a penetrarla con firmes embestidas, con potencia y suavidad y perfección, como si llevaran toda la vida haciéndolo.
Como si fuesen a hacerlo durante toda una vida.
Y ella contenía el placer porque él no dejaba de recordarle lo callada que tenía que estar, que si no podrían oírlos, y que era tan increíble y tan perfecta, y que le encantaba la sensación de estar dentro de ella, y que si quería tocarse y si quería correrse.
Y así fue, y se corrió sin miramientos, y Jack con ella, y se precipitaron hacia el placer con un gruñido de él, estridente, agradable y perfectamente audible al otro lado de la puerta, pero a Alice le daba igual, porque era todo tan perfecto que no podía pensar en otra cosa que en ese placer que no había sentido jamás hasta ahora, y que no había deseado nunca tanto, y entonces él tiró de ella para un último beso y la rodeó con los brazos mientras sus respiraciones comenzaban a acompasarse.
Y un tentador hilo de algo parecido a la aceptación se le arremolinó dentro, y cayó en la cuenta de que eso sería lo que recordaría siempre de aquel día.
Y el regalo que acabaría siendo.