17 #3
Él se agachó y le dio un beso en el cuello, ardiente y apasionado.
—No te muevas.
Jack se dirigió a la puerta y echó el pestillo antes de activar las persianas eléctricas de las ventanas.
Lo observó moverse por la estancia con la misma intensidad con la que lo hacía todo, y no hubo fibra de su cuerpo que no se tensara al pensar en todas las cosas a las que podría dedicar la misma concentración.
Dónde podría poner las manos, los labios. Y otras partes del cuerpo.
Cuando volvió con ella, Alice le dijo:
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por protegerme.
Parecía que estaba a punto de decir algo cuando cambió de idea, y se limitó a besarla de nuevo, sin prisa, de una forma deliciosa, como si ahora que ya se había asegurado de que no los podía ver nadie tuviera todo el tiempo del mundo.
Y, poco después, ella estaba desnuda, tirando de él, desesperada de repente.
—Espera. Quiero mirarte —le dijo Jack.
Alice estaba al rojo vivo, consciente de sus ojos paseándosele por la piel, mientras resistía el impulso de cubrirse todas las partes blandas que debería haber tenido tonificadas, de todas las arrugas que debería haber tenido lisas.
Cuando ya no pudo soportarlo más e hizo ademán de taparse, él dejó escapar uno de sus roncos gruñidos de desaprobación y se lo impidió, y entonces se dispuso a tocarla él mismo, a acariciarle las piernas, los tobillos, a pasarle las manos por el interior de los muslos, por la delicada elevación de su vientre, la parte inferior de los pechos.
Le dio un beso en la base del cuello e inhaló hondo antes de separarse y decir:
—Hueles a verano. —Le pasó la lengua por encima del pulso—. A sal y olas y sol. A días largos y noches perezosas.
Ella contuvo el aliento e intentó esconder la forma en que el vientre se le había movido al oír aquellas palabras con un intento de humor.
—Eso no es lo que diría un villano.
—Sí, si es verdad —respondió él—. Joder, Alice... —Levantó una mano y se la pasó por el pelo, con una sonrisa secreta y sutil cruzándole el rostro, como si acabara de ganar un premio—. Eres perfecta.
Volvió a recorrerle la piel con las manos, hasta encontrarle con el dorso de los dedos las puntas duras de sus pezones. Cuando pensó que acabaría gritando de frustración, él se agachó y se metió un pecho en la boca, y se lo chupó con delicadeza hasta que Alice pensó que acabaría gritando de placer.
Ante tal gozo, el silencio no era algo sencillo, pero él levantó la cabeza con un brillo en sus preciosos ojos y le dijo:
—No hay nada que me gustaría más en el mundo que oír todos los ruidos que sepas emitir, pero si quieres que continúe, vas a tener que estar callada, cielo.
La norma no debería haberle resultado tan sexy. Le lanzó una sonrisilla interrogativa y le susurró:
—¿Qué vas a hacerme?
Frunció el ceño, concentrado, y ella se preguntó si aquel era de verdad Jack Dean, el legendario apañador. Él se inclinó y volvió a besarla sin cuidado alguno, profundamente.
Alice le desabrochó la camisa y le pasó la mano por el pelo ligero del pecho y la tinta que lo cubría; todavía no había tenido tiempo de examinar aquellos tatuajes, puesto que la noche del motel había muy poca luz y estaba demasiado desesperada.
Pero ahora había mucho que mirar, y no desaprovecharía la ocasión.
Ya estaba planeando cómo observarlo todo.
Pero, antes, bajó la mano hasta la cintura de él y le deslizó los dedos hacia...
—Aún no —le dijo él—. Tengo otros planes.
—¿Seguro? —inquirió ella—. Los míos no están nada mal.
—Creo que coincidirás en que los míos son mejores —contestó, y luego se puso de rodillas y se situó entre sus muslos. Tenía razón: su plan era mejor.
Sus manos le rozaron la piel suave, implorándole que separara las piernas un poco más. Estaba siendo testigo de cómo se abría para él, y ella nunca había visto nada tan sexy. Jamás había visto a nadie tan ávido.
Incapaz de contenerse, se dobló e inclinó las caderas, ajustándose al anhelo casi insoportable que sentía dentro, y él desvió la atención hacia su rostro cuando con las manos volvió a acariciarla, esta vez con más firmeza, adelante y atrás, hasta que encontraron los rizos tersos de su centro, y entonces la provocó:
—¿Necesitas algo?
Ella volvió a doblarse, y él aflojó la mano.
—Dilo.
—A ti. Te necesito a ti.
Otro gruñido bronco antes de recompensarla con largas caricias sobre la carne tensa, adelante y atrás, con demasiada ligereza, con demasiado cuidado.
—¿Vas a quedarte callada?
Teniendo en cuenta lo que le hacía sentir esa pregunta, no sabía si podría, pero tampoco estaba dispuesta a confesárselo.
—Sí —prometió, agarrándolo de la muñeca y apretándolo contra ella—. Por Dios, Jack, sí. Pero deja de provocarme.
Aquel bellezón hizo lo que le ordenó, y después de colocar los anchos hombros entre sus muslos, la sujetó y le acercó la boca, y entonces le pasó la lengua por el delicado punto ardiente.