Tormentas de verano 17 #2
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17 #2

—Has estado jugando conmigo desde el principio. Desde antes del principio, cuando sobornaste a Griffin para que me dejara. —Se detuvo, dándole tiempo para hablar. Al ver que no decía nada, añadió—: Ahora es cuando te disculpas.

Él dio otro paso hacia ella y se paró a la distancia suficiente para que no se sintiera acorralada; para que, si alargaba el brazo, pudiera tocarlo.

Ella buscó algo que le impidiera hacer justo eso. Y lo encontró.

—¿Cuál fue mi valor? —Jack negó con la cabeza, apartando la mirada, esquivándola, y la estrategia surtió efecto y le devolvió la ira—.

Dímelo —le ordenó, alzando la voz, retándolo a que se defendiera—.

¿Cuánto le ofrecisteis para que renunciara a mí?

¿Cuál fue el valor de mercado de mi felicidad futura?

La pregunta colgó entre ellos un instante, pero el tiempo suficiente para que Alice creyera que él ya no respondería. Y luego volvió a mirarla a los ojos y ella reconoció la furia en su gesto.

—¿Quieres saberlo?

—Sí.

—No lo suficiente. —Las palabras le salieron entrecortadas, tensas, delicadas, cuando las de ella habían sido tan sonoras—.

Me reuní con él convencido de que sería una pérdida de tiempo.

Era imposible que alguien pudiera aceptar el dinero de tu padre si a esa persona la habías elegido tú.

La chica que se enfrentó a Storm y venció.

No te conocía, pero sabía que tenías talento y que eras una mujer decente y la hostia de valiente.

Y sabía que cualquiera que te quisiera mandaría a Franklin a la mierda antes de dejarte.

Me resultaba inconcebible que Griffin estuviera dispuesto siquiera a escucharme.

—Tuvo que ser muchísimo dinero.

—No hay dinero en el mundo que lo compense.

Aquella declaración dejó sus velas sin aire, como una bordada verbal.

—Dime una cosa.

Parecía una trampa.

—¿Por qué iba a decirte nada?

Él se encogió de hombros.

—Puede ser divertido decir la verdad.

—Me he dado cuenta de que nunca es el caso —replicó ella, y los dos se habrían echado a reír si la situación no fuese tan seria.

—¿Lo amabas?

La pregunta la sorprendió. Amar. Qué palabra tan extraña.

Porque sí, la gente la usaba constantemente: «amo ese restaurante», «amo esos pendientes», «amo esa película, esa canción».

«Amo a mis hijos, a mi perro, a mi hermana y a mi madre» (aquí ya era entrar en terreno pantanoso).

Pero el amor no era algo con lo que ella hubiera crecido.

Elisabeth nunca hacía referencia a él; para la madre de Alice, admitir que podía amar algo la dejaba casi tan expuesta como presentarse a una gala en la Biblioteca Pública de Nueva York en cueros.

Y su padre... Bueno, él no había tenido nunca tiempo de decirles nada más que lo que esperaba de ellos.

Alice no era un monstruo. Había experimentado amor. Quería a Gabi incondicionalmente. A Roxanne. A sus estudiantes. Su arte. Y no estaría en aquella isla si no quisiera a su familia de todas las formas perversas en que se dejaban querer.

Pero Griffin era otra cosa. Era un chico encantador y libre y muy diferente a todo lo que ella habría sido capaz de imaginarse cuando pensaba en el futuro.

Una persona que abrazaba la vida y las emociones y nunca intentaba decirle lo que tenía que hacer, tan distinto de lo que había vivido de pequeña que se había convencido de que aquello debía de ser amor.

Pero se había olvidado de lo más importante.

—Amaba lo que representaba —concluyó. Jack seguía prestándole atención, pero no dijo nada, así que ella añadió—: Era la antítesis de mi padre. Me hacía sentir... —Hizo una pausa—. Corriente.

—Eso: por eso mismo debería haberlo destruido cuando tuve la ocasión.

—Los ojos se le salieron de las órbitas mientras hablaba, con una ira palpable—.

Hay muchas cosas que me tienen en vela por las noches, y por muchas de ellas me pasaré la vida disculpándome; pero no por esa.

Jamás me disculparé por haberle pagado a ese gilipollas para que saliera de tu vida.

Solo me arrepiento de haber acabado únicamente con vuestro compromiso y no con él también.

Que no me entere yo de que vuelves a sentirte una mujer «corriente».

«Vaya».

—Pero si ni siquiera me conocías.

—Tienes razón. Antes no. —La ira había dado paso a la furia—. Pero ahora sí te conozco. Y si puedo llegar a sentir algo por ese cabrón es gratitud, porque si hubiese sido mejor hombre, ahora no estaríamos aquí.

A Alice le costaba respirar.

—No quiero que te compadezcas de mí.

Él recorrió la distancia que los separaba y ella notó el calor que irradiaba.

—Alice, si me compadeciera de ti, sería capaz de no tener la necesidad de tocarte.

Las palabras sonaron desesperadas, como si le dolieran.

Como si ella le doliera. Una de las manos de Jack se le acercó a la cintura y le agarró el vestido, y ella se levantó de la esquina del escritorio de buena gana, atraída por el calor y el olor, como un naufragio.

La voz de él bajó de intensidad, se volvió más oscura.

—Sigue contándome verdades.

Ella lo miró durante un largo rato, a esos ojos que parecían verlo todo, a ese rostro marmóreo que le daba el aspecto de un superhéroe: la mandíbula severa, la nariz recta y esos pómulos que eran ridículamente perfectos.

Todo en él estaba mal. Era demasiado guapo, demasiado fuerte, demasiado astuto, veía demasiado.

Era demasiado peligroso y, sin embargo...

—No estoy bien —musitó ella, y los dos se sorprendieron con la sinceridad de aquella confesión. Pero le había gustado decir la verdad. Y que él la hubiera escuchado, creído y aceptado.

Incluso ahora.

—Ya lo sé.

—No lo soporto.

—Ya lo sé —repitió Jack, esta vez con más dulzura, y la atrajo un poco más hacia sí.

Le gustaba sentirse comprendida, y Alice se entregó de buena voluntad, agachando la vista y cogiéndolo de la mano, pasándole los dedos por la brújula del brazo desnudo. Le habló a la tinta mientras la acariciaba.

—No soporto que parezca que no tengas otra opción que estar aquí. Que solo hayas venido a arreglar cosas. Que te acabes dando cuenta de que yo no tengo arreglo.

—Tú no necesitas que te arregle nadie.

Era mentira, pero le gustó demasiado como para discutírselo. Le acarició el interior de la muñeca, y él retorció los dedos por el placer de su tacto, y ella le giró la mano encima de la suya.

Levantó los ojos hacia él.

—¿Cómo me has encontrado?

—Saoirse ha ido a buscarme. ¿Sabes qué? Es posible que tu sobrina sea el miembro más honorable de toda la familia.

Los niños eran aceptables.

—Sam se asegurará de que no dure demasiado —bromeó ella en voz baja—. Al final me habría dejado salir.

—Seguro. El miércoles por la tarde.

A Alice no le tendría que haber hecho gracia la referencia a la fecha límite de la familia, pero no pudo evitarlo. Jack entendía el juego, y parecía estar de su lado. Inclinó la cabeza hacia la suya.

Aquella mano enorme volvió a posarse en su cadera. Y se la apretó.

—Debería irme.

—¿Y si te dijera que sigo necesitando a un héroe?

Él negó con la cabeza.

—Te diría que no soy ningún héroe. No cumplo ninguna de las condiciones.

—Pues un villano, entonces.

—Puede ser.

Y entonces la besó, y poco importaba lo que fuera, porque todo lo que ella deseaba era aquel momento, el calor y la fuerza y... ¿Cómo era posible que aquel hombre tan severo besara tan tremendamente bien?

La sentó en el borde del escritorio y Alice rehuyó un instante sus caricias.

—Sigo enfadada contigo.

—Ya lo sé.

Jack sabía que era mentira, y así volvieron a besarse, ella con las manos en el pelo de él, él con las suyas en el vestido de ella, subiéndoselo hasta dejarle el culo al descubierto.

—Todavía no he decidido si te perdonaré —musitó ella, y soltó un gemido cuando una mano se le coló por debajo de la ropa interior. (¿Se había puesto unas bragas monas?). Aquella mano la agarró de la carne y tiró de ella hasta el borde del escritorio, y se dio cuenta de que le daba igual.

—Entendido. —Se besaron de nuevo, y él le metió la lengua profundo mientras con la mano libre le acariciaba la parte exterior del muslo—. ¿Puedo hacer algo para facilitar esa decisión?

Alice separó los muslos y Jack se colocó entre ellos, apretándose contra ella con fuerza e ímpetu y...

—Puede que eso ayude —contestó.

El sonido que emitió parecía más bien un gruñido.

Él le levantó una pierna para que le rodeara la cintura y volvió a acercarle la mano a la cara, acariciándole con el pulgar la mejilla y entrelazando los dedos en su pelo, enredado de haber estado en contacto con la brisa marina todo el día.

Él se tragó el gemido de ella con otro beso largo.

Nadie la había besado jamás así. De hecho, ¿habría besado alguien a otra persona así alguna vez?

—Deberías tomarte tu tiempo para llegar a una decisión. —Le deslizó un beso desde el pómulo hasta la oreja—. Y mientras te lo piensas, te voy a contar una historia.

—Vale —susurró ella, agarrándolo de la camisa, buscándole los botones.

—En la playa, cuando te besé —dijo él.

Notaba las palabras ardientes en la oreja, y un escalofrío de expectación le recorrió el cuerpo.

—Sí.

—Aquellos pantalones cortos vaqueros. —La mano que tenía puesta en el culo de Alice subió hasta meterse por debajo de su vestido y acariciarle la piel.

Y encendérsela—. Como si no tuviera suficiente con verte en el velero con ellos puestos...

Eran demasiado cortos para llevarlos en público, por Dios.

—¿Qué culpa tengo yo de que no puedas controlarte? —dijo con un hilo de voz, amortiguado por su respiración.

—Sí que puedo —murmuró él—. Me pagan para que me controle. Me controlé tan bien que conseguí no arrancártelos. Y esa camisa. Joder, tan blanca y mojada y transparente...

—Parece que te da mucha rabia mi ropa.

—Mucha —contestó él, levantándole el vestido y apretándola contra él—. Me pone de los putos nervios que aún la lleves puesta.

Y lo parecía de verdad. Como si quisiera arrancársela. Como si, de no estar reprimiéndose tanto, estuviera dispuesto a hacerlo.

—Pues quítamela.