17
Cuando Franklin construyó su despacho en el extremo sureste de la mansión Storm, el mundo arquitectónico perdió el juicio colectivo.
Era un añadido de cromo y vidrio a un hogar gótico de la Edad Dorada, todo ventanas y ángulos modernos, pero con algunos guiños a su historia, incluido un depósito de libros únicos a semejanza del que hay en la Biblioteca Morgan, bellamente iluminado y lleno de manuscritos y primeras ediciones, no porque le gustaran los libros, sino porque le encantaba seguir los pasos de los magnates de antaño.
De niños, los hermanos Storm adoraban jugar dentro del depósito, arriesgándose a sufrir la ira de su padre; los dedos pegajosos y los juegos descuidados no se llevan bien con los manuscritos y las encuadernaciones en cuero antiguas.
Pero ahora a Alice le costaba recordar un tiempo en que le encantara el interior de aquel espacio minúsculo después de que Sam la metiera dentro a la fuerza y la encerrara, ignorando sus gritos y los golpes en la puerta.
No debería haberle sorprendido que el plan de su hermano estuviera tan bien planificado como el de su hija. Como si al final no le quedara más remedio que soltarla y ella no se fuera a marchar de la isla sin pensar en la herencia que a él tanto le importaba.
Evidentemente, Sam tampoco había sopesado la posibilidad de que, cuando Alice saliera de allí, lo mataría y ya no habría hermano que pudiera recibir la herencia.
—¡Eres lo peor! —terminó, mientras el zumbido amortiguado de un helicóptero acentuaba las palabras. Su vía de escape.
Le dio la espalda a la puerta para examinar la diminuta estancia, llena de estanterías hasta los topes de libros encuadernados en cuero y una pequeña mesa hexagonal de caoba adornada únicamente con una lámpara de lectura Tiffany.
Y ahí, de lado, en el suelo del depósito, un cuadro.
Alice se quedó inmóvil.
En proceso .
El cuadro era un enorme paisaje en acuarela dividido en cuatro paneles, unidos, en los que cada uno mostraba una obra inacabada, lo cual pretendía ser una observación sobre el artista, el espectador y los momentos y los lugares que hacían que la gente fuera como era.
Los paneles mostraban varios estados de pintura, algunos con apenas una capa base y otros repintados, cada uno más exuberante que el anterior.
Grises y marrones daban paso a amarillos y verdes y, finalmente, a azules y blancos radiantes, colores claros e intensos en líneas imperfectas, como si el artista no consiguiera acertarlos.
Como si estuviera pintado a base de memoria y voluntad, tal como eran los humanos.
Y, en efecto, era un producto de la memoria; Alice lo había pintado reconstruyendo recuerdos de la isla.
Cuando lo terminó, no cabía en sí de orgullo: era su primera obra a gran escala, la obra central de su primera exposición en solitario.
Aún notaba la honda sensación de plenitud que la embargó cuando lo vio allí, colgado como si fuera algo de valor, y no solo porque fuese obra de Alice Storm, de los Storm de Storm Inside™, sino porque era suyo, una pintora por sus propios méritos.
Y, luego, la alegría intensa que le había producido que se vendiera por mucho más de lo que habría imaginado jamás, a un comprador misterioso. «Un mecenas anónimo —le había dicho su agente—. Solo ha dejado un cheque y sus felicitaciones».
Alice estaba emocionadísima de saber que lo había conseguido sola. Sin su padre.
Pues, por lo visto, no lo había hecho sola. Su padre se había llevado el mérito, otro acontecimiento más de la larga lista de tretas manipuladoras para evitar que ella tomara sus propias decisiones y tenerla bajo su control... o peor: castigarla por no obedecer a sus deseos.
Y era un castigo. ¿Qué podía ser, si no?
Franklin sabía que la venta del cuadro marcaría un momento poderoso en su vida, un momento que ella atesoraría siempre.
Sabía que su hija se preguntaría dónde lo colgarían y quién lo admiraría, y la idea de que lo comprara con el dinero que a lo mejor encontró entre los cojines de su viejo sofá del despacho y lo dejara allí tirado en el suelo...
El descubrimiento diluyó el enfado que sentía con Sam (aunque esa emoción volvería en algún momento con toda su fuerza).
Ahora, estaba cabreada con su padre.
Otra vez.
Y luego estaba Jack.
Jack, quien probablemente lo había comprado en otro instante de devoción por el padre de Alice, igual que había comprado a Griffin. Sin pensárselo dos veces, sin arrepentimiento.
Cerró los ojos, asaltada de repente por la vergüenza y la humillación. Le había pagado a Griffin para que la dejara. Había sido testigo de la falta absoluta de lealtad que le había inspirado a un hombre que había jurado querer pasar toda su vida con ella.
Era horrible, pero se negaba a sentirse mal con lo que había pasado. A los demás no les quedaba otra opción que sentirse fatal. Alice, sin embargo, solo debería sentir rabia.
Y eso fue lo que sintió durante aproximadamente una hora, mientras los helicópteros volaban sobre su cabeza, hasta que las cerraduras del depósito giraron con varios chasquidos estrepitosos y ella se puso de pie, preparada para luchar.
Esperaba que la batalla fuese contra Sam, que se había acordado de liberarla ahora que los invitados se habían marchado ya con sus distintos medios de transporte (como si no estuviera dispuesta a irse a nado si no le dejaban otra alternativa).
La pesada puerta se abrió con un chirrido.
Era Jack. Se había quitado la chaqueta y la corbata. Llevaba desabrochados los primeros botones de la camisa y las mangas subidas de esa forma tan descuidada típica de los hombres; como si no supieran hasta qué punto les activaba el cerebro reptiliano a las mujeres.
Por suerte, el de Alice estaba ocupado estando enfadado, y eso impidió que se fijara en los antebrazos bronceados y los tatuajes que los adornaban.
Y ciertamente se había olvidado de la sensación del izquierdo, el de la brújula, fuerte y firme mientras la sujetaba contra la pared del acantilado el otro día.
—¿Estás bien? —Fue una pregunta rápida y áspera, como si, de no estar tan incomprensiblemente musculado, pudiera quedarse sin aire.
Ella ignoró la punzada de algo que se negaba a nombrar y se recordó que estaba enfadada.
—Tú, cómo no.
—¿Y eso qué significa?
—Que siempre estás tú, en el momento oportuno, fingiendo que simplemente... pasabas por aquí.
—¿Siempre rescatándote, quieres decir?
—No necesito tu ayuda, Príncipe Encantador —replicó—. Vete a hacer de salvador a otra parte.
Se le contrajo el músculo de la mandíbula en el que ella no se tendría que haber fijado.
—¿Quieres que vuelva a cerrar la puerta para que sigas matando el tiempo hasta que te quedes sin oxígeno o...?
Alice arqueó las cejas ante la sequedad de su tono; era la primera vez que no lo notaba calmado en aquella casa intranquila.
Algo le recorrió el cuerpo. ¿Alivio, quizá?
Y gratitud de que a él también pudiera hacerle perder los papeles.
El deseo de que los perdiera. La determinación a provocar al animal que tenía dentro.
—El oxígeno no se me va a acabar. Tiene la temperatura controlada, pero no es hermético. Sam es un gilipollas, no un asesino. —Lo apartó aún con el cuadro en la mano y lo apoyó en el escritorio de su padre.
Él señaló el depósito.
—Bueno, pues si prefieres quedarte dentro de esta jaula dorada...
—Es curioso que pienses que la jaula sea eso —respondió—. Yo que tú me andaría con ojo, Jack, porque estás igual de atrapado aquí que nosotros, y se te empieza a notar.
No pareció hacerle ninguna gracia.
—¿Se puede saber qué significa eso?
—¿No eres el juez imparcial? ¿El árbitro de este partido de mierda?
—Él se tensó, presintiendo el golpe antes de que ella se lo propinara—.
¿Cómo esperabas alargar eso cuando te acostaste conmigo incluso antes de que comenzara?
¿Cuando aceptaste la dimisión de Tony antes de que Greta pudiera tomar la decisión?
—Intenté decirte que...
—Sí, te has esforzado muchísimo por decírmelo —lo interrumpió—. Se me habrá pasado la parte en que me contabas que tú eras el culpable de que Griffin me abandonara.
Él ignoró sus palabras.
—La dimisión de Tony no ha influido en la decisión de Greta. En todo caso, le habría facilitado que rechazara los deseos de vuestro padre.
—O sea, que ahora eres el bueno.
—Yo nunca he dicho que fuese el bueno.
—Me alegro, porque no lo eres. Y lo que me jode más es que lo sabía. Llevas orquestando este juego desde el principio, manipulándonos a todos en nombre de mi padre, una persona para la que manipular era casi tan natural como respirar. Y aun así creía que...
Se interrumpió, y él aprovechó la oportunidad.
—Me gustaría que dejaras de hacer eso.
—¿El qué?
—Que te cortes a la hora de decir lo que se te pasa por la cabeza. Que te cortes de ser honesta. —Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta, airadas y desesperadas por salir, y Jack insistió con una frustración palpable—. Dilo, Alice. ¿Qué creías?
—Creía... —Volvió a interrumpirse, y esta vez él dejó que la palabra pendiera entre ellos, a la espera. Escuchando. Y fue demasiado tentador—. Creía que había algo entre nosotros. Algo parecido a la verdad.
Él dio un paso hacia ella, que seguía en la esquina del enorme escritorio de su padre, despojado de todo salvo por un pedazo de cristal, algún premio solidario que le habían concedido por millones en deducciones fiscales.
—Pero es que esto nunca ha sido honesto. No desde el momento en que te montaste en el tren y me preguntaste si el asiento de mi lado estaba libre.
Aunque eso no fuese lo que le había preguntado. Lo que le había preguntado era mucho peor, mucho más tentador.
«¿Estás con alguien?».
Las primeras palabras que le había dirigido. Como si, en el supuesto de que la respuesta hubiese sido negativa, él se hubiera encargado de solucionarlo. «Mentiroso».
No estaba con nadie entonces. Y ahora tampoco.