16 #4
Pero en aquel instante, al oírlo en boca de Mike, el amigo de su padre, un hombre que lo conocía, que se había puesto en el lugar de Franklin (aunque sin llegar a tener hijos; tal vez los niños Storm eran un buen método anticonceptivo), le pareció oportuno.
Sintió que, tal vez, su padre había sido consciente de quién era su hija.
Y tal vez hubiera sentido por ella algo más que decepción.
Y aunque no fuese verdad, era un detalle por parte de Mike.
—Gracias. —Le devolvió el pañuelo y él lo aceptó, antes de guardárselo en el bolsillo de los pantalones.
Gris musgo. Traje príncipe de Gales. Reconoció los pantalones. Reconoció el traje.
Era el hombre que estaba en el invernadero con su madre. ¿Por qué?
Bueno, tampoco podía preguntárselo.
En aquel lugar nunca se acababan los secretos.
Ajeno a sus pensamientos, Mike llenó el silencio.
—Me hizo mucha ilusión volver a hablar con él antes de... —Se detuvo. Carraspeó y sacudió la cabeza. Cambió de tema—. Espero que podamos vernos más a menudo. Ven a verme algún día. Con Emily alguna vez, si quieres. No hace falta que te diga que si necesitas algo...
Ella asintió.
—Hecho.
Él se dio la vuelta y se dirigió al extremo norte de la isla, al helipuerto, y Alice lo observó marcharse un poco más despacio de lo que recordaba. Y un poco más delgado. ¿Su padre estaría así? No lo sabría nunca.
Otra cosa que se sumaba a todo lo que no sabría nunca. Al resto de lo que tendría que descifrar a partir de los indicios que le ofrecieran personas como Mike, que estaban dispuestas a hablar con ella, a contarle su verdad; cosas que Alice podría decidir creerse.
«Hiciste lo correcto».
Lo correcto. Parecía imposible, teniendo en cuenta todo lo que había ido mal aquella semana. Todas las calumnias y conflictos internos y discusiones y maniobras para sacar tajada. Todas las tretas a las que habían recurrido para hacerse daño. Greta. Y los demás. Tony.
¿Y para qué?
Respiró hondo, agitada, y volvió a centrar la atención en Mike, cada vez más lejos. Casi había llegado a la casa.
—¡Mike! —le llamó, y él se giró cuando ella ya había echado a correr hacia él—. De hecho, me gustaría pedirte una cosa.
Veinte minutos más tarde, Alice bajaba por la escalera principal de la mansión, maleta en mano y la bolsa colgada al hombro, llena de ropa y artículos de higiene personal metidos dentro sin ton ni son.
Ya en la planta principal, le dio la espalda a la puerta delantera de la casa y puso rumbo al pasillo oscuro que conducía a la cocina, la salida más cercana al helipuerto, donde Mike y Twyla Haskins la estaban esperando.
Se movía deprisa, sintiéndose una criminal que acechaba por los corredores, inquieta por marcharse sin que la descubrieran. Y le faltó muy poco.
—¿Tía Alice? —Saoirse se topó con ella al entrar en el vestíbulo, a pocos metros de la cocina.
Alice se quedó paralizada.
—Ay, hola.
—¿Te vas?
Por un momento, valoró la posibilidad de engañarla. Pero, por Dios, aquella familia ya había mentido suficiente, tanto a sí misma como a los demás. Con un hondo suspiro, contestó:
—Sí.
—Pero, si te vas, no nos... —Hizo una pausa—. Si te vas, ¿qué nos pasará?
—Pues que estaréis bien —le aseguró, soltando el equipaje, y repitió—: Estarás bien, Saoirse. Vivirás con una familia que te quiere y unos padres que anteponen tu felicidad a todo lo demás, y un hermano que no busca constantemente la forma de sabotearte.
—¿Es por lo de que papá te encerrara en la despensa? —Era una pregunta extraña, formulada desde una tremenda distancia, desde una eternidad atrás, y la confusión hizo que Alice guardara silencio un instante. Antes de que pudiera responder, Saoirse se apresuró a añadir—: Porque no fue él. Fui yo.
Tardó un momento en procesarlo.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Oliver y yo pensábamos que te ibas a ir. Te oímos decirlo, y los demás se cagaron de miedo. Como si fuéramos a ser pobres.
Alice resistió poner los ojos en blanco al oír aquello.
Se apreciaban las palabras de Sila, furiosa por el pánico, gritándoselo a Sam como si fuese su culpa, sin pensar ni por un momento en que sus hijos podían estar escuchándola.
Y que a ellos también les entraría pánico, y no con rabia, sino con miedo.
Y entonces Saoirse se lo confirmó:
—Tía Alice... Mi madre se va a separar de mi padre si nos quedamos sin dinero.
No pudo lograr ocultar su sorpresa ante aquellas palabras, tan pragmáticas.
—¿Qué? Cariño... —empezó. No sabía cómo negar algo que parecía tan cierto.
Y no hizo falta.
—Oliver te quitó la ropa, y fue una estupidez. Como si no pudieras irte de aquí por no tener ropa. Fue muy infantil. —Alice reprimió una sonrisa—. Pero supongo que pensar que encerrándote en la despensa sí que conseguiría que te quedaras fue igual de infantil.
—No te creas —le dijo—. Al fin y al cabo, pensaba que había sido tu padre.
—¿Qué pasa conmigo? —Sam entró en la conversación desde la distancia, después de cruzar la puerta de la casa. Posó la mirada en Saoirse—. Tu madre os estaba buscando a tu hermano y a ti.
La adolescente se giró hacia su tía, quien percibió su nerviosismo; el miedo universal a que un adulto le cuente a tus padres que has metido la pata. Alice negó con la cabeza. «No te preocupes».
—Venga, vete —insistió Sam—. Tengo que hablar con tu tía.
Saoirse apretó los labios, como si tuviera algo más que decir. Luego asintió una vez y, con un hilo de voz, cedió:
—Vale.
Se marchó de la estancia arrastrando los pies.
—¿Adónde ibas? —le preguntó Sam a su hermana, señalando con la cabeza la bolsa del hombro.
Ella se enderezó, consciente de lo que la esperaba.
—Me voy.
Él negó con la cabeza.
—No, no te vas.
—Sí, Sam. Sé que crees que necesitas la herencia, pero no es verdad.
—La cosa es que sí la necesito. A ti no te hace falta, pero a mí sí. —Ladeó la cabeza hacia el lugar por el que se había ido Saoirse—. ¿Sabes lo que cuesta tenerlos felices?
—Serían igual de felices si los quisieras.
—Por favor. —Se rio entre dientes—. Te criaron para que fueras más lista. No puedes irte. Vale, papá mandó a Jack para sobornar al mendrugo de tu prometido. Vale, has tenido una mala semana. Vale, no nos tragas. Alice... —Hizo una pausa—. No te vas a ir.
—Me niego a que sigáis manipulándome. —Seguro que eso sí podía entenderlo—. No quiero que papá siga dirigiendo la obra. Ha estado controlándonos toda la vida. Me ha controlado toda la vida. Y ya estoy harta.
—Pues coge el dinero y vete; ¿qué más te da un par de días más?
¿Cuántas veces lo había pensado ella misma? Desde un punto de vista general, una semana no era nada. En otra familia. En otras circunstancias.
—¿Y si estos son los días que más importan? —se preguntó tanto a sí misma como a su hermano—. ¿Y si dejar que nos controle ahora, igual que hacía antes, es lo que hará que nos resulte imposible planificar el futuro?
—Pues que tendremos todo el dinero que necesitemos para pagarnos el psicólogo. —Se suponía que era una broma, pero no tenía ninguna gracia.
—Sam, tú ya tendrás todo el dinero que te haga falta para ir a terapia. Vas a ser el director general.
—De hecho, te equivocas. —Ella se quedó inmóvil mientras él agitaba una mano en el aire—. No voy a ser nada, porque me despidió. Me echó a la puñetera calle.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—El Cuatro de Julio. ¿Tú te lo crees? Nos convocó a todos aquí para los juegos perversos de siempre y la última noche me llamó a su despacho y me despidió. Me he pasado veinte años trabajando para ese cabrón y, mira, ese fue su último deseo.
«Hostia». No se lo podía creer. Sí. De hecho, era más que capaz de creérselo.
—Joder, Sam. —Un segundo de silencio mientras se miraban a los ojos—. Este juego no nos hace ningún bien.
—Y, sin embargo, es lo que hay.
—¿Y si no es verdad? ¿Y si se murió y ahora se espera que escojamos un camino nuevo? —Suspiró—. Por Dios, estoy hasta las narices de los secretos, de las mentiras, de tener siempre esperanza, de la decepción constante. Solo quiero que se termine todo. La duda. El pasado.
Mientras los pensamientos se le agolpaban en la cabeza, su hermano guardó silencio y ella no supo interpretarlo. Desafiando todos sus instintos, intentó suplicárselo:
—Sam, por favor. Intenta entenderlo. No quiero la carga que comporta. No me parece bien. Es imposible que tú no lo sientas. Hay algo que no está bien.
El silencio se prolongó tanto que Alice acabó por tirar la toalla. Cogió el asa de la maleta, pasó por delante de él y se dirigió a la cocina con el corazón a mil.
Puede que Sam no volviera a dirigirle la palabra nunca más, pero se había pasado cinco años sin hablarle, así que tampoco notaría demasiado el cambio.
Él no tenía otra opción, pero ella sí.
Apenas había dado unos pocos pasos cuando su hermano la agarró por detrás y le tapó la boca para amortiguar sus gritos mientras la arrastraba por el pasillo, hacia las profundidades de la casa.