Tormentas de verano 16 #3
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16 #3

Se cruzó de brazos en un gesto que ella empezó a reconocer como frustración. Había hecho lo mismo en el velero. Y en la cabeza de playa. Y el día anterior en el vestíbulo con Sam.

—¿Seguro?

—Alice, si lo hubiera amenazado, hoy no se habría presentado aquí.

—¿Y entonces qué? —inquirió—. ¿Qué hicisteis mi padre y tú? —Sin embargo, la respuesta era tan evidente que no hizo falta que respondiera—. Por Dios.

Y él sabía que ella lo había deducido.

—Alice.

Aquello lo confirmó. Se giró hacia Griffin.

—Te sobornaron.

Él dudó un instante.

—Eso no es...

—Para. No me mientas —dijo con suavidad. No soportaba los pensamientos intrusivos que la consumían. No soportaba el dolor que los acentuaba—. Me dijiste que no te interesaba el dinero de mi familia. No debería haberte creído.

Griffin sacudió la cabeza, pero no era un gesto de negación.

—Tienes que irte. Ya —le ordenó Jack, con pinta de estar a punto de matar a alguien.

—Que te den —replicó ella—. Aquí mando yo. Quiero saber lo que tiene que decirme.

—Aceptó el dinero —admitió Jack—. Se lo ofrecimos y...

—Tú se lo ofreciste —lo corrigió—. El dinero era de mi padre, pero el cheque lo escribiste tú, seguro. ¿O era una caja de zapatos llena de billetes? ¿O algo más grande? ¿Una bolsa de deporte?

—Sí, se lo ofrecí yo, joder.

—Cómo te gusta ser el matón de mi padre.

—No —respondió cabreado, sin delicadeza—. Lo que me gusta es haber sacado a este cabrón de tu vida. —Le lanzó una mirada de evidente desprecio a Griffin—. Que lo jodan. Volvería a hacerlo y no me lo pensaría dos veces. No te merece. No merece respirar el mismo aire que tú.

Alice sintió algo dentro al oír aquellas bruscas palabras. Lo reprimió.

—Ay, qué mono, que se piensa que tiene voz y voto aquí.

—Me cago en Dios —masculló Jack, alzando la vista al cielo con una frustración que en otro hombre habría sido casi dramática—.

Estás de coña, ¿no? Te abandonó sin pensárselo dos veces.

¿Lo soborné? Sí. Pero él lo aceptó. Y te mereces a alguien que me hubiera dado un puñetazo solo por haberle sugerido que no te quería con toda su alma.

Prefería ver cómo arrojaban a Griffin a la bahía antes que resucitar su relación, pero eso no significaba que Jack tuviera derecho a meterse en su vida.

—Debería haber tenido la posibilidad de decidirlo.

—Y tuviste la posibilidad —replicó—. Tu padre te dio cinco años para que la aprovecharas.

—Y como no le gustó mi decisión, en vez de hablar conmigo, en vez de pedirme que volviera a casa, en vez de ponerse en contacto de alguna forma, te envió a ti a arreglarme.

—«Como si estuviera rota». El pensamiento la sacudió y le dejó un hondo dolor dentro—.

Has estado moviendo las cuerdas de mi vida desde antes de que supiera siquiera que existías.

De mi padre me lo esperaba, pero de ti... no lo he visto venir.

Jack no tenía nada que decir.

Alice había ganado, aunque no le pareciese una victoria. Se giró hacia Tony.

—Tony.

—Dime.

—Sé que no nos debes nada...

—No te preocupes —respondió—. Si, total, ya me iba. Así es más fácil.

Más tarde, Alice admiraría la emoción de las palabras. Maduras. Nada que ver con el chillido que soltó Griffin cuando Tony lo agarró del cuello de la chaqueta y se lo llevó.

Ella se volvió hacia Jack.

—Supongo que a ti no puedo pedirte que te vayas también.

—Alice...

—Cállate. —Echó la vista al cielo, donde el sol se hundía despacio por el oeste, prendiendo el agua.

Un hilo de asistentes al funeral se dirigía ya a los muelles, listos para marcharse.

Ya había pasado: la gente había llegado y se había tomado sus copas y se había comido sus canapés y había hablado en voz baja sobre la pérdida que había sufrido el mundo.

Y ahora volvían a casa a seguir con sus vidas, agradecidos de no ser los que se quedaban en la isla, cambiados ya para siempre.

Ya había pasado y Alice se lo había perdido. ¿No?

Pero a ella también la había cambiado para siempre.

Había soportado el impacto del desprecio de su madre. Había observado con impotencia cómo Greta sacrificaba su felicidad por aquel lugar, por aquella familia. Y luego había descubierto que su padre había sido el instrumento de su ruptura. Su padre y Jack.

Le pasó un pensamiento por la cabeza.

—Joder, me quiero ir de esta isla.

—Está en tus manos —le aseguró Gabi, señalando a Roxanne—. Puedes marcharte con nosotras.

Emily guardaba silencio. ¿Le estaba dando su aprobación? ¿Dejaría que se fuera?

—Alice —exclamó Jack a sus espaldas.

Ella se paró en seco y se dio la vuelta. Caminaba hacia ella, recortando la distancia que los separaba, y retrocedió para no tenerlo cerca. No se fiaba de tenerlo cerca. Las demás, por sangre y amistad, la flanquearon.

Él se quedó inmóvil, y sus movimientos (o su ausencia) le recordaron a aquella noche en el andén de la estación, cuando le había parecido un hombre tan decente. Nada que ver con el matón dispuesto a pagar a otra persona para poner fin a su compromiso.

—Te mereces algo mejor —le dijo.

—¿Alguien que no me engañe, por ejemplo?

Jack apretó el músculo de la mandíbula antes de asentir con rigidez.

—Es lo mínimo, sí.

Alice se dio la vuelta y echó a andar hacia la multitud que ya menguaba, llena de pésames y despedidas y promesas que nadie cumpliría (¿es que acaso existían de otro tipo?). Emily se retiró y Roxanne y Gabi señalaron en dirección a los muelles.

—No estás sola —le recordó su mejor amiga.

Ella negó con la cabeza.

—Si intento irme con vosotras, me verán. Me lo impedirán.

Greta, que lo había perdido todo, había dejado muy claro que no toleraría que se fuera. Sam y Sila, que estaban dispuestos a todo por asegurarse su tajada. Elisabeth, que sin el dinero se quedaría sin nada, al menos nada que se considerara de valor.

—Alice —dijo Roxanne con cautela—. Si te quedas, ¿estarás a salvo?

¿Qué significaban siquiera esas palabras en el contexto de aquella familia?

—Lo retiro —dijo Gabi—. No tienes ninguna responsabilidad con ellos. No los necesitas. Nos tienes a nosotras.

En el mundo exterior, no había nada como una buena amiga. Alice la estrechó entre sus brazos y le apretó con la misma fuerza que le dedicaba la abogada.

—Volveré pronto a casa.

—¿Cuándo?

Se separó de ella.

—Cenamos el viernes, ¿no?

Gabi vaciló un instante mientras le escudriñaba los ojos.

—Vale.

Cogidas de la mano, Roxanne y Gabi se dirigieron a los muelles y Alice se giró hacia la casa, que se oscurecía y ensombrecía a medida que el sol se ocultaba, y consideró lo que le había dicho su amiga.

Responsabilidad. Era lo que le habían enseñado: lealtad a la familia ante todo, por delante de todo.

Sin importar el egoísmo, el caos, la manipulación.

Sin importar que la hubieran destrozado.

La responsabilidad era siempre con los demás, nunca consigo misma.

—¿Alice? —Mike Haskins le habló por detrás, y la arrancó de sus pensamientos con un respingo. Al darse cuenta, le sonrió—. Lo siento, no era mi intención sorprenderte. Pero no quería irme sin saludarte. Ni despedirme.

Ella sacudió la cabeza y se concentró en él.

Había envejecido, como su padre. Tenía arrugas de reírse en la cara, el pelo canoso.

Debía de tener setenta años. Era un genio pionero por derecho propio y, sin embargo, a pesar de los millones que había ganado sin Franklin, aún tenía tiempo para Alice.

El gesto no le pasó desapercibido, y fue una distracción más que bienvenida.

—Me alegro de verte, tío Mike.

Él separó los brazos y ella se entregó a aquel abrazo sincero. Cálido. Paternal. Olía a colonia y al aire del mar, igual que su padre. Cayó en que hacía muchos años que no disfrutaba de un abrazo así. Y que tal vez no volvería a disfrutarlo nunca más.

No quería soltarlo.

—Lo siento muchísimo, cariño —dijo él en voz baja, para que solo lo oyera ella. La verdad.

Las lágrimas se le saltaron al instante, y se sorprendió. Retrocedió y las disimuló con una carcajada pudorosa.

—Lo siento, es que es todo tan...

Él se sacó un pañuelo plegado del bolsillo de la chaqueta, un gesto anticuado que hizo que se le saltaran las lágrimas otra vez.

—Abrumador.

Ella le ofreció una sonrisa.

—Gracias.

—¿Sabes que hablé con tu padre hace unas semanas?

Parecía tan sorprendido como ella.

—¿En serio?

—Sí, me llamó sin venir a cuento —le contó, pensativo—. Hacía años que no hablábamos; no me lo creía. Estaba en mitad de una reunión, pero se lo cogí.

Alice sonrió de nuevo.

—Seguro que le gustó.

—Mucho —coincidió Mike.

—¿De qué hablasteis?

Echó la vista al mar un instante, como si estuviera a punto de decir algo, pero entonces negó con la cabeza.

—De los hijos. —Hizo una pausa—. Me habló de tu arte. Intentó que te encargara una obra.

Ella puso los ojos como platos.

—No tenía ni idea de que supiera que pintaba.

—Claro que sí —arguyó Mike—. Lo que no entendía era de dónde habías sacado el talento. «Le vendrá de Lizzie», me dijo. Pensé que te gustaría saberlo. Siempre estuvo muy orgulloso de ti, cielo. Incluso en los peores momentos. —Ladeó la cabeza—. Y también estaba muy enfadado contigo entonces, pero...

Ella se rio con disimulo de aquel chiste.

—Hiciste lo correcto, Alice. Siempre has sido la persona que hizo lo correcto.

Las palabras la arrollaron, un regalo y un castigo.

Lo había oído cientos de veces, miles. Lo había leído en revistas, diarios y secciones de comentarios, algo que sabía que nadie debería leer jamás.

Alice Storm, la mujer que se había plantado cuando otras personas más ricas y poderosas no se habían atrevido.

La que había combatido al poder con la verdad. La que había ganado.

Pero ella nunca se lo había creído del todo. Porque la gente que decía eso, que había hecho lo correcto, no sabía que también se había plantado para defender su propia verdad. El poder de su padre.

Y ni siquiera le había parecido que fuese lo correcto, porque las consecuencias habían sido devastadoras.