16 #2
—Tienes razón. No lo entiendo. Yo jamás habría hecho algo así. Estuvimos cinco años juntos, y un día hiciste las maletas y desapareciste. —Respiró hondo para contener las lágrimas que le ardían en la garganta, detrás de los ojos. No era tristeza, sino vergüenza.
Ahora reconocía la diferencia.
—Y ha llegado el momento de que lo vuelvas a hacer, Griffin.
—Un momento —se apresuró a decir, riendo, como si ella no hubiera entendido la broma. Como si la broma no fuese él—. Alice, piénsalo. Podemos volver a intentarlo, ahora que tenemos la bendición de tu familia, que tu padre ya no está aquí. Ahora eres libre, libre de él y de todas sus ataduras.
Gabi tenía razón; era un imbécil.
—Quieres decir que el dinero ya es libre de él. Y de las ataduras. Es decir, que la herencia ya no tiene ataduras.
La verdad le brilló en los ojos, algo que bien podría haber sido culpa en otro hombre. Lo ocultó con otra carcajada ridícula.
—No, mujer, claro que no. Quiero decir que al fin somos libres tú y yo.
Ya de pequeña Alice sabía que iba envuelta en el dinero de su familia; en el dinero de su padre.
Se había pasado la vida manteniendo las distancias con otras personas, resistiéndose a hacer amigos, a tener citas, a vivir, por el miedo que Franklin le había metido dentro de que la gente siempre elegiría el dinero antes que a ella.
De que no era nada por sí sola. Nada salvo su apellido. Y su fortuna (la de él).
Se había pasado la vida intentando ser algo más que su apellido y aquel lugar y aquellas personas, y justo cuando se había convencido de que lo había encontrado con aquel hombre y su atractivo rostro y su instinto para hacerle luz de gas, se había ido.
Y ahora había vuelto, presintiendo una nueva oportunidad, pensando que podía conseguir que mordiera de nuevo el anzuelo. Pensando que al fin había capturado a Alice Storm Inc.
Pensó en Gabi y Roxanne. En Emily y Claudia. En Tony. En cómo todos y cada uno de ellos lo cambiarían todo, harían lo que fuera y serían quien hiciera falta por el otro. Y luego miró a Griffin, que ni siquiera lo había intentado.
Negó con la cabeza.
—No. Hemos terminado.
—Alice. —Ella ya se estaba girando cuando él la agarró del brazo con fuerza, hundiéndole los dedos en la carne hasta hacerle daño, hiriéndola con la misma dureza que la de su tono cuando se acercó y le siseó—: Estás cometiendo un grave error.
Se volvió hacia él, tirando del brazo, pero no la soltaba, y tenía algo en los ojos que no le hizo ni pizca de gracia, como una mezcla de ira y desesperación y castigo. Se quedó paralizada, le entró el pánico. ¿Le haría daño? No podía. Allí no, delante del mundo entero. Delante de...
Y entonces Griffin se apartó, y el susurro dio paso a un grito agudo cuando se tambaleó hacia atrás y Jack se interpuso entre ellos, agarrándole por las solapas.
—No te atrevas a tocarla.
Otro grito, interrumpido bruscamente, aunque los hombros anchos de Jack les ocultaran la escena a ella y a todas las demás personas que sin duda observaban boquiabiertas aquel drama (a Elisabeth iba a horrorizarle).
Pero a Alice no le hacía falta verlo. Oyó el crujido, seguido de los latidos de su corazón.
—Jack...
Él no miró atrás y zarandeó a Griffin.
—¿Te ha quedado claro?
—Jack —repitió Alice, acercándose para tocarlo, y le posó una mano en el hombro—. Para. No pasa nada.
No respondió, pero soltó al otro de un empujón, quien hizo lo que pudo por recuperar el equilibrio. Y entonces apareció Tony, que sujetó a Griffin por detrás y le dio la vuelta para ocultarlo de los mirones (no era nada agradable ver una nariz ensangrentada en un funeral).
Por imposible que pareciera, Jack ganó anchura, altura. Como si su cuerpo hubiese comprendido de súbito su deber: protegerla. Se apretó tanto contra ella que a Alice le resultó imposible ver a Griffin. Y le gustó, durante unos instantes (no se enorgullecía de ello).
—Vete a tomar por culo, Dean. No iba a hacerle nada —exclamó Griffin cuando Alice estaba a punto de lanzarse hacia la reyerta, y tan concentrada estaba en enfriar la situación que casi no oyó el nombre.
Dean. Jack Dean.
—Espera, espera. ¿Qué? —Griffin se sabía su apellido, lo cual debería haber sido imposible, teniendo en cuenta que Alice no sabía cómo se llamaba hasta hacía cinco días.
Observó a los dos hombres mientras estos se fulminaban con la mirada.
Los nubarrones de tormenta regresaron al rostro de Jack—. Os conocéis.
Ambos se quedaron inmóviles, comprendiendo al parecer el peso de las palabras. Griffin pasó de tener una mirada defensiva a una expresión evasiva.
Jack no tenía tantas dificultades.
—Yo no diría que nos conozcamos.
Alice torció el gesto ante aquella astuta no respuesta.
—Yo sí, mira.
Se giró hacia Griffin y despejó todas sus dudas. Habían estado cinco años juntos. Sabía cuándo mentía, incapaz de sostenerle la mirada a ella o a Jack; de hecho, evitaba a conciencia la del hombre, como la presa que se esconde del depredador.
Se sacudió para soltarse de Tony.
—Suéltame.
Tony se negó con un gruñido, y no hizo falta nada más.
—Os conocéis —repitió Alice, notando un nudo en el estómago de... ¿miedo? ¿Duda? ¿Pánico? Al ver que Griffin no respondía, miró a Jack, convencida de que él le diría la verdad.
Y así fue, y ni siquiera tuvo la decencia de mostrarse arrepentido.
—Nos hemos visto.
Fuera cual fuese la emoción que la embargaba, en ese momento se convirtió en ira con una claridad instantánea.
—¿Cuándo?
A él se le contrajo un músculo de la mandíbula. Una pena, porque a Alice le entraron ganas de darle un puñetazo.
—¿Cuándo has tenido motivos para reunirte con Griffin, Jack?
Los ojos grises le brillaron.
—Hace unos meses.
Otro secreto que la isla sacaba a la luz.
De repente, todo cobró nitidez. Una nitidez cegada por la rabia, pero nitidez al fin y al cabo. Se volvió hacia Griffin.
—¿Cuántos meses?
Él desvió la mirada hacia Jack, nervioso. Apenas lo miró un instante antes de que no le quedara otra opción que contestarle:
—En julio.
—En julio —repitió ella, y en el reconocimiento había también pánico—. ¿Qué día?
—Alice. —El tono suave de Jack le dio ganas de gritar.
—Como me digas que me calme... —le espetó, dejando que se le filtrara una carcajada en la voz, sin preocuparle sonar ligeramente histérica.
—No te conviene perder los nervios —respondió él—. Aquí no.
Qué hijo de su madre.
—Qué curioso, porque te has presentado aquí y has estado a punto de empezar una pelea.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
—Porque eso ha sido para protegerte.
No pudo contener la risotada que le brotó de dentro —descontrolada, sincera— al oír aquellas palabras.
Como si lo que estaba ocurriendo en aquel preciso instante no la hiciera sentirse indefensa de diez formas distintas.
Como si no corriese mucho más riesgo ahora que cuando Griffin la tenía agarrada del brazo.
—¿Ese es el tono de mierda que pones cuando te dedicas a arreglar cosas? —Se enfrentó a él, levantando la voz—. ¿Estás intentando arreglarme?
No cedió ni un milímetro.
—Estoy intentando asegurarme de que no montas un número.
—¿Que no monte un número? ¿No llevas cinco días recordándome quién era mi padre? Mi padre, el rey de los montapollos. Franklin Storm, que bajó en rapel desde un helicóptero en medio de Times Square para lanzar un móvil nuevo.
Tony tiró de Griffin para ofrecerle a Alice más espacio.
—Si crees que me preocupa montar un número es que te has olvidado de la familia en la que nací. Una familia que, te lo aseguro, es imposible de arreglar.
Jack no se acobardó.
—Vale. Hazme la pregunta.
Gabi apareció detrás de ella, seguida de cerca por Emily.
—Oye... Disfruto como la que más cuando te veo dándoles para el pelo a los gilipollas con pasta, pero ¿no te parece que esto es una charla... para otro momento?
—En absoluto —respondió Alice, sin apartar la mirada de Jack.
Su amiga no dudó ni un instante.
—De lujo. ¿Por quién empezamos?
—¿Qué día de julio te viste con Griffin, Jack?
—Un momento. ¿Qué? —Gabi entendió al vuelo la situación—. Espera. ¿Estos gilipollas se conocían?
—Sí. Y he deducido que ese gilipollas —Alice apuntó a Jack— se reunió con ese otro —hizo un ademán en dirección a Griffin— uno o dos días antes de que ese gilipollas —señaló otra vez a Griffin— se fuera de nuestro piso dejándome una nota escrita en un recibo de la compra.
Se produjo un silencio mientras las palabras calaban en los presentes.
—No me lo puedo creer —musitó Emily.
Gabi dio un paso atrás.
—Vale, dales para el pelo a estos gilipollas con pasta, por favor.
No merecía la pena. Alice lo sabía. Poco importaban las ganas que tuviera de vengarse. Miró a Tony.
—Suéltalo.
El aludido desvió la mirada hacia Jack, detrás de ella.
—No, no lo mires a él, Tony. Esto es cosa mía, no suya. Es mi vida. Aquí la que decide soy yo.
Tony soltó a Griffin con un empujón lo bastante fuerte para que tuviera que volver a recuperar el equilibrio.
Alice no lo disfrutó. Volvió a concentrarse en Jack.
—¿Ese era el plan de mi padre? ¿Impedir que me casara?
—Alice... —comenzó, y ella lo odió por la mentira que se planteaba contarle.
—Me debes la verdad.
—Lo único que quería... —Hizo una pausa—. Era una prueba.
Y entonces lo entendió. No pudo evitar reírse.
—Cómo no. Era el Cuatro de Julio. —Se giró hacia Emily—. No fuiste tú la que me invitó a venir. Fue él.
Su hermana tuvo la decencia de mostrarse arrepentida.
—Sí.
«Cobarde».
Alice asintió.
—Y como no pude venir, me mandó las Olimpiadas Storm. O se las mandó a Griffin, más bien. —Lo miró—. Y perdiste. —Se volvió hacia Gabi—. Menudo gilipollas.
Su mejor amiga no perdió la ocasión.
—¿Cuál de ellos?
—¿Sinceramente? No se salva ni uno.
La abogada señaló a Griffin.
—Pero este se lleva la palma.
—Que te follen, Gabi.
Alice no prestaba atención. Estaba demasiado ocupada preguntándole a Jack:
—Bueno, ¿y tú qué hiciste, apañador? ¿Lo amenazaste?
—No, no lo amenacé.