Tormentas de verano 16
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—Princesa.

Alice no ocultó su desprecio cuando se paró enfrente de Griffin McGill, el hombre que le había prometido hasta la saciedad que no podían importarle menos la isla, aquellas personas o su pasado, porque él iba a ser su futuro.

«Mentiroso».

Dos meses lejos de él no le habían quitado el instinto de buscarlo en las multitudes, alto, rubio y de ojos azules, el tipo de chico blanco que había sido el rey del baile en el instituto.

Guapo nivel telerrealidad, como le gustaba describirlo a Gabi, pero lo cierto es que era lo bastante guapo para que dos meses atrás se le partiera el corazón al ver fotos suyas, aquel hombre que suponía que había sido el amor de su vida.

Estaba tan desesperada por encontrar a alguien que la amara más allá de su apellido que ahora solo podía pensar en todas las formas en que él se había comportado como su padre, devanándose los sesos por convencerla de que lo que él quería era lo que a ella más le interesaba.

Ella lo había mantenido desde el principio, lo había apoyado cuando le había dicho que no podía buscar un trabajo a tiempo completo porque eso implicaba renunciar a su sueño, ¿y acaso no se merecía él también soñar?

Le había hecho espacio en su piso, con sus amigos, había pagado el viaje juntos a Praga donde él se había declarado, había pasado por alto que cargara el pago de la alianza en su tarjeta conjunta, insistiendo en que, por supuesto, ella no tendría que pagarla, que ya la acabaría pagando toda él.

Al final, no llegó a pagarla nunca. Por Dios, qué imbécil había sido.

Pero le había dicho que sí de todas formas, y había planificado la boda por su cuenta, y lo había creído cuando le había dicho que la quería. Y luego se había ido.

Y, ahora, había vuelto.

Después de la semana que llevaba, Alice estaba furiosa.

—¿Se puede saber qué haces aquí?

—Cariño —dijo él, como si no hubiera cambiado nada, como si se mereciera estar allí.

Le buscó las manos y se apoderó de ellas con facilidad—.

¿Cómo no iba a venir? —Griffin esbozó una sonrisa radiante de oreja a oreja, hasta que por lo visto recordó que no era momento de sonrisas—. Sabía que me necesitarías.

—A ti no te necesita, gilipollas —exclamó Gabi desde una cierta distancia, tras haberse negado a dejar a Alice sola después de anunciarle la llegada del susodicho.

Porque sabía, como buena amiga que era, que podía necesitarla.

Preparada, como buena amiga que era, para mandar a freír espárragos a su ex y conseguir una pala por si hacía falta enterrar un cadáver.

Al menos Alice tenía a alguien de su lado.

Jack también había intentado venir. Se había hinchado como un pavo cuando Gabi había anunciado la llegada de Griffin, pero Alice se lo había quitado de encima, porque le daba demasiada vergüenza admitir que había estado con aquel evidente payaso con Jack delante.

Lo había animado a que volviera al encuentro, a pesar del conflicto que le había visto en los ojos, y había seguido a su amiga hasta un extremo del prado, donde Griffin había estado aparcado en el bar desde que había llegado.

—¡Gabriela! —la saludó él con estridencia, con la intención de llamar la atención, una táctica que Alice reconoció como el escudo protector al que recurría cuando alguien le reprochaba sus estupideces—. ¿Es que no podemos llevarnos bien?

Gabi la miró buscando una respuesta. O tal vez permiso.

No. Alice quería defenderse sola.

—Te lo voy a repetir una vez más, Griffin: ¿se puede saber qué haces aquí?

Cerca, comenzaron a girarse algunas cabezas, y se detuvieron antes de mirarlos boquiabiertas.

Él se puso nervioso y examinó a los presentes, sin duda buscando algún aliado. Si hubiera escuchado a Alice una sola vez cuando estaban juntos, habría sabido que allí no tenía ninguno. Ella misma apenas tenía quien la defendiera.

La sonrisa se le borró de la cara y bajó la voz, y se volvió hacia ella con la cabeza gacha.

—Me han invitado.

—Yo no.

—Alice. —Se rio de esa forma a la que recurren los hombres cuando están a punto de hacerle luz de gas a lo bestia a una mujer—. Habría venido incluso aunque no me hubieran invitado. Por supuesto que he venido. Cariño... Jamás te habría dejado sola en este lugar.

—No está sola —le escupió Gabi.

—No me llames cariño —añadió Alice.

Griffin ignoró a la primera y miró alrededor, al gentío.

—¿Podemos charlar en otro sitio?

—¡Hola! —Emily apareció detrás de él, con Claudia a una cierta distancia. Alice apretó los dientes al ver cómo lo saludaba con efusividad, un gesto que habría agradecido de corazón dos meses atrás—. Cuánto tiempo, Griffin.

Era tan auténtica. ¿Dónde estaban Greta y Sam cuando los necesitabas? Al menos le habrían tratado como una mierda incluso sin llegar a conocer toda la historia.

—Joder —masculló Gabi, entendiendo al instante lo que había pasado.

—Cómo me alegro de verte —añadió Emily.

—No, no te alegras —dijo Alice.

—¿Ah, no? —Su hermana abrió mucho los ojos.

Ella le devolvió la atención a Griffin.

—No tenemos nada de que hablar.

Emily se quedó de piedra.

—¿Ah, no? —repitió.

Alice se giró hacia su hermana.

—Yo no lo puse en la lista.

—Nosotras sí —le aclaró.

—Cómo no. —Desvió la mirada hacia la multitud, donde Greta interpretaba una versión joven de Elisabeth, la anfitriona perfecta, como si no le acabaran de romper el corazón en mil pedazos. Debía de haberse percatado del despiste. Y lo había rectificado—. Ojalá alguien me hubiera preguntado.

—¿Que te hubiéramos...? —Emily frunció el ceño—. Pensamos que... Alice, es tu prometido. ¿Cómo no íbamos a invitarlo?

—¿No se lo has contado? —inquirió Gabi.

—Emi, a lo mejor deberíamos... —Claudia se interrumpió, comprendiendo claramente lo que estaba pasando, con la mano en el brazo de Emily.

—Ya no estamos juntos —confesó Alice. Era una forma educada de decirlo. Menos humillante que «Griffin me ha dejado. Sola. Sin explicaciones».

—¿Qué?

Emily reaccionó con el alboroto suficiente para atraer la atención de una decena de personas cercanas, que fingieron de inmediato que no la habían oído.

Alice bajó la voz hasta susurrar:

—Por Dios, Emily, pensaba que tú eras la viva imagen del equilibrio contenido.

—Tienes que admitir que eso es difícil en esta familia —apuntó Claudia con sequedad.

—¿Qué ha pasado? —insistió su hermana.

—Que al final Griffin resultó ser un imbécil. —Gabi, desde el público.

—Gracias, Gabi —contestó Alice.

—Deberías contarles toda la historia. Todos coincidirán conmigo. —Se giró hacia Griffin—. Eres un imbécil.

—Gabi... —comenzó a decir Roxanne, materializándose a poca distancia de ella—. No sé si es lo más apropiado para...

Griffin se volvió hacia Gabi.

—Y tú un peligro.

Roxanne arqueó las cejas y la otra sonrió.

—Me alegro de que por fin te hayas dado cuenta.

—Alice, por favor. —Griffin se giró de nuevo hacia ella—. Vamos a hablar. A solas.

Lo examinó con atención, tan familiar, los ojos azules en un rostro perfectamente simétrico, la piel tersa como resultado de cientos de dólares gastados en cuidados faciales (que ella había pagado también), los hoyuelos en las mejillas que siempre le habían parecido encantadores.

La noche que se conocieron, todo en él le había resultado tan diferente...

Era un hombre lleno de sentimientos y emociones, y usaba palabras como autenticidad y verdad, y para ella había sido como una droga.

Había sentido una atracción desenfrenada hacia su promesa; la de alguien que la priorizaba por encima de todo lo demás.

Una promesa que había roto al romper su compromiso.

¿Y ahora pretendía reclamar una parte de ella allí?

«Hoy marca un final, pero también es un principio».

Las palabras de Jack se le habían quedado grabadas en la mente. ¿Quién había sido antes y quién sería después?

Fuera lo que fuese, no estaría con Griffin. Lo suyo con él terminaba hoy.

—Diez minutos. Y luego te vas.

Sin esperarlo, se dirigió hacia la hendidura del muro de piedra, en dirección al límite del jardín desde donde se veía el extremo sur de la isla, el lugar en el que la casa de la campana antiniebla montaba guardia sobre la entrada de la bahía.

—Primero —dijo él, pasándose las manos por el pelo rebelde—. Siento mucho lo de tu padre.

«Mentira».

—Por favor, para —contestó ella—. Me dejaste, Griffin. ¿Cómo voy a querer que estés aquí?

Él parecía confundido, como si no se le hubiera pasado por la cabeza que Alice no lo quisiera allí.

—Lo siento mucho —comenzó, y ella percibió al actor que había en él, esforzándose por recitar las frases adecuadas—. Fue un error. No pretendía dejarte.

—¿Y has tenido que esperar hasta que se ha muerto mi padre y ha entrado en juego mi herencia para darte cuenta?

—¿Cómo? ¡No! —Lo retiraba todo: al fin y al cabo, no era un buen actor—. Solo... Sé que tenías unos sentimientos complicados hacia él, y no quería que estuvieras sola.

Ahí estaban otra vez. Los sentimientos. Le sacaba el cebo para que volviera a picar. Lo había hecho muchísimas veces a lo largo de la relación, y siempre cuando ella llegaba a un precipicio y se planteaba ponerle fin.

La atraía de vuelta con palabras como amor y confianza y felicidad.

Y ella se había quedado. Porque esas cosas la tentaban más de lo que jamás podría haberla tentado el dinero de su padre. Lo que iba de la mano de su orgullo y su rebeldía constante. Si Franklin la hubiera visto entonces, tan feliz como estaba con Griffin... Eran felices y comían perdices.

El problema era que no había sido feliz con él.

—Mi relación con mi padre ya no es problema tuyo.

—No te dejé —se defendió con una falta absoluta de vergüenza. Ni un ápice de inquietud.

—Tienes razón. Me dejaste una nota: «Hay algo que ya no me hace clic» —repitió, con el mismo asco de entonces.

—Alice —dijo, y su nombre sonó como «cálmate»—. No lo entiendes.