15 #4
Al lado de Alice, Jack estaba inmóvil, y el peso de su presencia la ponía de los nervios.
Podía detener aquello allí mismo. Se giró hacia él, quien le esquivó deliberadamente la mirada, como si también entendiera que, fuera lo que fuese que estaban presenciando, no era justo.
Y no estaba bien. Y su padre estaba muerto y, por el amor de Dios, ¿quién se enteraría?
Nadie. Jack lo sabría.
Y no debería importarle.
Pero no dijo nada y no se movió, y justo en el momento en que el grito le subió por el pecho y se le arrastró por la garganta, amenazando con liberarse y destrozarlo todo con años de ira contenida, se giró hacia Tony y perdió todas las ganas de luchar.
Porque él ya había aceptado lo que ella se negaba a aceptar.
Greta no desafiaría a su madre. No contraatacaría. Y él se respetaba demasiado para quedarse allí y permitir que le rompiera el corazón.
Asintió una sola vez.
—De acuerdo.
Sacudió la cabeza y miró a Greta, quien le rehuía la vista. Era descorazonador. Aquel hombre la quería con todo su ser, mientras él seguía siendo su secreto. Era incapaz de reunir el coraje necesario para marcharse de allí con él. Para defender juntos su verdad.
Su hermana respiró hondo y, por un instante, Alice pensó que encontraría la forma de resistirse, porque sabía lo que debía hacer, lo que debía decir.
Y luego se volvió acero, la cara todo ángulos y aristas, como la de Elisabeth. El pelo brillante, rubio a la antigua bajo el sol de finales de verano, como el que había tenido Elisabeth en el pasado. Los hombros echados hacia atrás, la espalda recta, igual que Elisabeth.
En el silencio que cayó a plomo, Tony se marchó por el prado en dirección al camino que lo llevaría al helipuerto.
Greta y Alice observaron a su madre mientras esta fingía supervisar a la masa de personas de más abajo, que no sabía lo que había ocurrido en la colina; algo que podría haber sido trágico de no haber estado llorando cada uno de ellos una tragedia distinta (o al menos aparentar que la lloraban).
No sabían que habían sido testigos de un exterminio.
Alice dio un paso hacia su hermana, que contemplaba el agua donde el sol relucía sobre las olas en miles de lucecitas cegadoras.
—Greta, puedes detener esto. Joder, hasta yo puedo hacerlo. Si me marcho...
—Ni se te ocurra.
Le sorprendió el veneno en la respuesta de la mayor.
—Yo... Esto no ha sido culpa mía.
Era la verdad. ¿O no? ¿Había presionado demasiado a su madre en el invernadero? ¿Había ido demasiado lejos?
—Tú... —Greta parecía estar a punto de gritar, pero se contuvo—. Tú... Más te vale no marcharte. Y menos después de esto.
Alice se detuvo en seco.
—No pretendía...
—Después de que todos hayamos hecho algún sacrificio, más te vale quedarte, joder.
La furia de Greta era palpable, dirigida sin duda hacia Alice. Y luego la mayor de los Storm se dio la vuelta y bajó por la colina en dirección a la fiesta, donde podría ponerse de nuevo su vestido de hija consentida que lloraba a su padre y mantener a raya sus emociones.
—Bueno —dijo Elisabeth, como si todo hubiera salido según lo planeado. Como si no hubiera sido la arquitecta del futuro roto de una de sus hijas, y de su animosidad hacia Alice—. Arreglado.
Ella no podía más.
—¿Cómo has sido capaz de algo así, de expulsarlo sin más, de obligar a Greta a dejarlo?
¿Ahora? ¿Hoy? —Estaba cara a cara con su madre, incapaz de controlar el tono, incapaz de dejar de temblar.
Avanzó hacia ella, quien permaneció firme como una fuerza inamovible—.
¿No te das cuenta de lo cruel que ha sido eso?
¿De lo mucho que te arrepentirás cuando tomes conciencia de las consecuencias?
—¿Cruel? —Elisabeth la miró perpleja, con esa inocencia ensayada que Alice empezaba a detestar—.
¿Por qué? Lo he hecho por ella. He cumplido con su tarea por ella.
Me he encargado yo, como siempre me he encargado de todas sus cosas, y de las vuestras.
Sam ha terminado con sus tareas, Greta con la suya y no me cabe duda de que tú ya no te marcharás, teniendo en cuenta que ahora todo depende de ti.
Alice se quedó boquiabierta.
—¿Cómo?
—Y en cuanto a los remordimientos, los añadiré a todos los demás. Tengo más que de sobra.
Decidido: su madre iba a hacerse la mártir. Y pensar que se había preocupado por ella poco antes; menuda estupidez. Si había algo certero en el mundo era que Elisabeth Storm sobrevivía.
Jack intervino con un tono grave, calmado y amenazante. Inflexible.
—Ya basta.
—Gracias, Jack —replicó su madre, como si hubiera acudido en su ayuda—. Es bonito ver que todavía existe la caballerosidad en este mundo.
Alice se mordió la lengua.
—Deberías volver a la fiesta, Elisabeth —dijo él.
—Pues sí, mira —contestó, y le lanzó una pulla maliciosa a su hija cuando empezó a bajar por la colina—. A ver si encuentro a alguien que disfrute de mi compañía.
Jack la dejó alejarse unos metros antes de llamarla.
—Elisabeth.
Ella se quedó inmóvil, se giró y esbozó una sonrisa falsa, como si fuera su nueva persona favorita. El vivo retrato de la arrogancia, como si hubiera ganado.
—¿Sí?
—Te equivocas. No has completado tu tarea: todavía no les has dicho la verdad.
—No sé de qué me hablas.
—Yo creo que sí —contestó él—. Pero si prefieres completar tu otra tarea del día, adelante. —Todos lo entendieron de inmediato y, sin embargo, Jack lo precisó sin rodeos—. ¿Tienes algo que decir sobre Franklin?
Alice no pudo evitar que se le escapara una risita ante la pregunta, ante la idea de que todos podrían haber predicho sin problema lo que le gustaría en ese momento decir a Elisabeth sobre Franklin.
Su madre atravesó a su hija mediana con los ojos entornados. Sin perder un instante, respondió:
—Habría estado orgullosísimo de Alice.
Era un comentario que debería haberle escocido mientras pasaba por el vacío legal que Elisabeth claramente creía que había encontrado, pero nada más lejos de la realidad.
En vez de eso, Jack la miró a los ojos y, sin una pizca de ironía, contestó:
—Perfecto.
Antes de que Alice pudiera disfrutar de la satisfacción que le produjo aquella palabra, Elisabeth frunció el ceño y miró a Jack con una expresión que solo podía definirse como letal (debía de estar furiosa, puesto que se había permitido que se le vieran las arrugas).
Tras apretar los labios hasta formar una fina línea, giró sobre los talones y se marchó.
Alice y Jack la observaron regresar a la festividad, donde los presentes hacían lo que podían por fingir que no habían sido testigos de los hechos (algo risible, ya que si hubiese habido cobertura, ya habrían empezado a volar mensajes).
El viento arreció y les arrojó una brisa de finales de verano seca y deliciosa, como un regalo.
Como un mensaje. Se giró hacia Jack, con el pelo agitado por el viento.
Él levantó la mano al mismo tiempo que ella, pero se detuvo cuando vio que Alice se pasaba el pelo por detrás de la oreja.
Con la mano en el aire, ella resistió el impulso de aceptarlo, de entrelazar los dedos con los suyos y atraerlo hacia sí, el hombre que había sido su enemigo y que ahora... no lo parecía en absoluto.
—Gracias —acabó susurrando, y el viento se llevó las palabras como un secreto.
Se encontró con su mirada, una mirada seria y algo más..., algo intenso y húmedo, como si al tocarlo fuese él quien tiraría de ella, de vuelta a la casa, a la intimidad. A un lugar donde podría tumbarla y demostrarle que no se parecía en nada al enemigo.
Le pasó una idea alocada por la cabeza. ¿Y si le pedía que hiciera todo eso... pero en otro sitio? ¿En algún lugar lejos de allí? ¿Y si le pedía que se marchara con ella, que se liberara de aquel lugar? ¿De los secretos, de las cargas?
¿Aceptaría?
—Jack —comenzó—. ¿Y si...?
—¡Alice!
El grito urgente de Gabi provino de un lugar más cercano de lo que habría esperado. Subía corriendo por la pendiente del jardín hacia la casa, con una expresión en el rostro impropia de ella. Fuera lo que fuese, no sabía cómo lidiar con algo nuevo.
«¿Y ahora qué?».
Dejó caer la mano y dio un paso hacia su amiga.
—¿Qué ha pasado?
—A ver, es evidente que ha habido algún berenjenal, pero... —Gabi señaló el prado con la mano, y paseó la mirada de Jack a Alice antes de concentrarse en ella por completo—. Acaba de llegar Griffin.