15 #3
Era una idea absurda; todo era puro caos ya.
Apenas habían salido de la casa cuando apareció la prueba de ello. Elisabeth se había detenido en la colina del gran prado y observaba la multitud mientras Greta y Tony se dirigían a ella desde abajo.
Fuera lo que fuese que estuviera a punto de pasar, no saldría bien. Lo menos que podía hacer Alice era asegurarse de que no sucedía ante el mundo entero. Se dirigió hacia su madre, deprisa, dispuesta a interceptarla antes de que Elisabeth decidiera...
—¿Dónde te habías metido? —El viento arrastró la pregunta por el prado.
Greta apretó el paso como respuesta al subtexto de la pregunta: «Te necesitaba y no te encontraba». Paseó la mirada de Elisabeth a Alice, que ya estaba cerca.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
Alice se puso de los nervios con la pregunta, cuyo significado real no le pasó por alto. «¿Qué le has hecho?». Levantó la cabeza y encogió los hombros, y se puso la coraza.
—Nada.
Greta no la creía; saltaba a la vista.
—¿Mamá? ¿Estás bien?
Elisabeth ignoró las preguntas y le lanzó una mirada acusatoria a Tony, y después a su hija.
—Veo que todavía no lo has hecho.
Todo se quedó inmóvil. Greta, Tony y Alice se pararon en seco, sorprendidos por las palabras.
El ruido de la multitud se disipó y las palabras frías de Elisabeth resonaron a su alrededor.
El viento, siempre constante en la isla, pareció amainar, como si ni siquiera los fenómenos meteorológicos fueran capaces de creerse lo que estaba pasando.
Greta examinó la zona a su alrededor y agachó la cabeza.
—Mamá —susurró—. Para, por favor.
—Has tenido días, Greta. Y en vez de eso te dedicas a escabullirte para hacer con él sabe Dios qué durante el funeral de tu padre.
La mayor se puso lívida y se quedó boquiabierta. Tony, en cambio, se estaba poniendo rojo, y Alice se preguntó si sería de vergüenza o de rabia.
Alice intervino, bajando la voz a medida que se acercaba.
—Mamá, no hagas esto.
—No estoy haciendo nada —contestó ella con calma—, menos lo que siempre me toca hacer, que es limpiar vuestros desaguisados. —Miró a Tony—. No te tengo por un necio, Anthony.
—Mamá, ¿estás de coña? ¿Aquí? —Aquello era la antítesis de las lecciones vitales de Elisabeth Storm: no te quejes nunca, y menos delante de la gente. Y jamás a la vista de doscientas personas cuya opinión importaba, no solo al mundo, sino a ella misma—. ¿Ahora?
No le contestó, sino que se limitó a fulminar con una mirada firme a Tony, que no se acobardó ni se encogió, y le devolvió una mirada severa, los hombros adelantados, el pecho hinchado y los brazos como troncos de árbol.
—No, señora. No lo soy.
—Por favor. —Greta se interpuso entre los dos, dándole la espalda a su amado—. No sigas. Ahora no.
—Eso deberías haberlo pensado antes de desaparecer con él y dejarnos en ridículo delante del mundo entero —le recriminó su madre.
Greta se puso roja como un tomate.
—No nos ha visto nadie.
—Te equivocas. Os han visto todos.
Aquellas palabras garantizaban que se montaría el número que les había enseñado a evitar durante años.
Pero la pérdida obraba de formas misteriosas, hacía que la gente se aferrara a lo que quedaba.
Elisabeth no veía que con lo que estaba a punto de hacer solo conseguiría más pérdidas. Una herida más profunda.
Alice buscó a sus hermanos. Sam estaba a un millón de kilómetros en el otro extremo del prado con Saoirse y Oliver. Demasiado lejos.
Emily se encontraba algo más cerca, huyendo de una conversación con Claudia del brazo, observándolos, consciente de que algo iba mal; una forastera con una visión clara de la verdad. Pero no había tiempo para esperarlos. Greta no encontraba las palabras.
Todo recaía sobre Alice.
—Mamá, por favor. Tienes que dejarlo estar.
—No me interesa discutir sobre este asunto con nadie más que contigo. —Las palabras de Elisabeth eran un arma que apuntaba directamente a Tony.
Él levantó la cabeza.
—No. —Greta se impuso (todo lo que podía imponerse a Elisabeth)—. Déjalo en paz.
—Tony —insistió ella, negándose a mirar a su hija—. Creo que aquí ya no se necesitan tus servicios.
Greta dejó escapar un ruido que podría haber sido un lamento si no se le hubiera atascado en la garganta.
Alice abrió la boca para hablar, consciente de que debía decir algo, aunque no supiera el qué. Elisabeth la interrumpió.
—Entiendes lo que digo, ¿verdad?
—Lo entiendo —contestó él.
—Lo sabes desde el miércoles.
—En efecto.
Ella asintió.
—Y entiendes por qué no eres bienvenido.
—Sí.
—Menuda gilipollez —saltó Alice, aunque no le pasó por alto que fue la única que se atrevió a decirlo—. Por supuesto que eres bienvenido, Tony. Esto no está bien. —Se giró hacia su hermana—. Greta, por Dios, ¡di algo!
Ella lo miraba con los ojos fuera de las órbitas.
—¿Por qué te has quedado?
«Por ti, idiota». Alice tuvo que contenerse para no gritárselo a la cara.
Ni falta que hizo. Tony bien podría habérselo gritado por cómo la miraba. Era imposible ignorar el dolor de su deseo, su angustia, su ira. Haría lo que fuera por ella.
Aquel juego, el de Franklin, el de Elisabeth, era un sinsentido. Ya iba siendo hora de que le pusieran fin. Si nadie estaba dispuesto a decirlo, Alice daría el primer paso.
—Greta, no lo hagas. No merece la pena. Ya lo solucionaremos. —Se giró hacia Jack—. Lo solucionaremos, ¿verdad? No tiene por qué hacerlo.
Él no respondió, y ella comprendió que era algo que se le escapaba.
Era algo que no podía arreglar.
Se propuso arreglarlo ella misma. Con torpeza.
—No importa, Greta, ni el dinero, ni las expectativas, ni lo que diga la prensa; no es importante. Así, no. No tanto como tu felicidad.
—No seas ridícula —le espetó Elisabeth—. Si no lo hace, lo pierdes todo. Tú, Sam y Emily. Greta jamás perjudicaría así a la familia.
—Y tú también, mamá —replicó ella—. Tú también pierdes.
—Es imposible que se me olvide, Alice. —Imitó su tono—. Tu padre se aseguró de ello.
De nuevo, escupía la palabra «padre» como si le repugnara.
—Y qué, ¿castigas a Greta para fastidiar a papá?
—No estoy castigando a nadie —se defendió Elisabeth—. Yo no tuve nada que ver con el juego de las narices. Y sigo sin tener nada que ver; esto es cosa de tu padre. Y suya. —Señaló a Jack—. Yo soy una mera espectadora.
—Sí, la inocencia personificada.
—Exacto, y tu padre está muerto —le espetó, como si los rodeara la prueba fehaciente de ello. Como si no los consumiera.
—No puede despedirme —intervino Tony, cogiéndolos a todos por sorpresa.
—¿Y eso qué significa? —Las palabras ofendidas de Elisabeth habrían sido una delicia absoluta si no fuese lo mismo que se les había pasado a todos por la cabeza.
—No puede despedirme —repitió sin ambages, y posó en ella su mirada gélida—. Incluso aunque tuviera potestad para despedirme, yo ya no trabajo para Storm.
«¡Hostia!».
Todos se giraron hacia él.
—¿Qué? —musitó Greta.
—Avisé de mi dimisión el jueves. —Se volvió hacia Jack, a una cierta distancia, y los demás le siguieron la mirada.
—Tú lo sabías —observó Alice.
—Soy director ejecutivo de Storm —contestó con sequedad—. Así que sí: lo sabía.
Antes de que Alice pudiera responder, Greta habló con sorpresa y una nota de dolor en la voz.
—Te has reunido con los Servicios Secretos. Hoy mismo has trabajado con el equipo de seguridad de la empresa.
Tony se quedó callado un buen rato, lo suficiente para que Alice dudara de si respondería o no. Y entonces, al fin, dijo:
—No tengo por qué estar a sueldo de la empresa para querer protegerte.
A Alice se le hizo un nudo en el pecho al oír aquellas palabras y su hermosa sencillez. Tony miraba a Greta como si fuese lo único que existía en su mundo, como si fuera el sol, tan crudo y sincero que no parecía justo que hubiera nadie más siendo testigo de su luz.
Era una profesión innegable del amor que sentía por ella. De lo que debería pasar a continuación. La lealtad de Greta. Su amor. Su futuro.
Pero eso no era algo que se entregara a la ligera, y menos cuando otra persona ya lo había reclamado. Mucho antes de que Anthony Balestreri entrara en escena. Greta tenía la mirada clavada en la hierba a sus pies, exuberante y verde, con el aroma del tomillo salvaje.
—Tony —susurró, y Alice apartó la mirada. Prefería no ver lo que estaba a punto de suceder.
—Ya me he hartado. —Elisabeth agitó la mano entre los dos; por lo visto no tenía problema en escucharlos.
Ni en verlos—. Este amorío secreto lleva años consumiéndote y jamás te habría ofrecido un buen futuro.
Tu padre solo quería lo mejor para ti y la familia —comenzó, sabiendo cómo meter el dedo en la llaga—.
Y ahora ya no está y va siendo hora de que asumas alguna responsabilidad.
Era algo monstruoso. Mientras Alice contemplaba la escena, un grupo de trabajadores de Storm cuchicheaba y un puñado de amigos de Greta del East Side de Providence, de rancio abolengo, lanzaban miradas discretas.
Ellos bien podrían haber sido también un poco más discretos; la congregación al completo empezaría a hablar antes de que Elisabeth terminara.
Y eso enfadó todavía más a Alice. Habían acudido doscientas personas a atender a su madre, a cuidarla y preocuparse por ella y consolarla, y ella seguía siendo incapaz de hacer lo mismo por sus hijos.
Si Greta necesitaba a Tony para superar aquel día, precisamente aquel, ¿qué tenía de malo? ¿No podrían haber puesto el mundo en pausa durante veinticuatro horas? Miró a su hermana a los ojos, llenos de una tristeza azul oscuro, y deseó que se plantara. Por fin.
«Dile que no. Reivindica tu espacio».
—Por fin puedes pasar página —dijo Elisabeth—. Cierra la puerta. Otra vez.
¿Por qué ese «otra vez» sonaba tan ominoso? ¿Por qué le encendió una chispa de remordimiento en los ojos a Greta? ¿Una sombra de vergüenza tan evidente que casi parecía un golpe físico?