Tormentas de verano 15 #2
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15 #2

Sin embargo, él ya se movía hacia ella. Y ella pensó que quizá aquella vez recortaría la distancia que los separaba, y por un momento llegó a imaginárselo alargando los brazos. Abrazándola.

Reprodujo aquella fantasía y cómo sería si se dejara. Si se fundiera en su pecho y permitiera que Jack mantuviera el mundo a raya.

No se le escapó que le había pedido a Claudia que lo fuera a buscar a él. Ni a Tony, ni a Sam ni a la media decena de guardias de seguridad de Storm Inc. A Jack.

Y él había venido. Y se había quedado.

Pero incluso en ese momento guardaba las distancias.

—Siempre haces lo mismo —continuó ella—. Vienes hacia mí como si no tuvieras intención de detenerte y luego... te detienes.

Se sumieron en el silencio, y él se pasó una mano por el denso pelo negro.

—No me queda otra.

—Lo entiendo. A lo mejor algún día comprendas que él ya no te controla.

Un largo silencio.

—Sí. Lo mismo te digo. —No había reproche en las palabras, solo consuelo. Como si hubieran caminado por las mismas brasas. Jack exhaló agitadamente y se desabrochó la chaqueta—. Qué calor hace aquí.

—No tenemos por qué quedarnos —observó ella, señalando la puerta con la cabeza—. Podemos volver.

Él no se movió.

—¿Por qué has enviado a Claudia a buscarme?

—Mi madre estaba... —Se interrumpió y comenzó de nuevo—: Había alguien... —Otra pausa. Negó con la cabeza al sentir que no debería decírselo. Como si fuera un secreto, como todo lo demás—. No lo sé; no deberíamos haberte molestado.

Tras un largo rato, alzó la vista y vio que él la estaba mirando fijamente, con unos ojos pesados, como si observándola con atención pudiera llegar a leerle el pensamiento.

—Aquí no hay nada que tenga sentido, ¿sabes? —Ella se estremeció al oír sus palabras, incluso cuando añadió—: El día, la semana. El futuro. Y nada de lo que sientas está mal.

—A mí me lo parece —contestó—. Siento que debería tener más sentido, que debería entenderlo mejor. No hay nada especial en lo que ha pasado. Todo el mundo se muere. ¿No se nos tendría que dar mejor?

Él sacudió la cabeza.

—Eso no va a pasar. Nunca se vuelve más fácil.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque lo he vivido —admitió con sobriedad, como quien dice «he estado en París» o «juego al tenis».

Alice frunció el ceño.

—Lo siento.

Tal vez fuese lo preceptivo, pero no lo sentía así. Y cuando Jack asintió y dijo: «Gracias», le pareció real.

Y se aferró a ello.

—¿Puedo preguntar...?

—Mi padre. —Pronunció las palabras con cuidado, como si fuese la única manera de que no le salieran entrecortadas, extrañas. Ella lo comprendió—. Murió hace ocho años.

—Vaya. —Fue todo lo que pudo encontrar mientras buscaba qué decir, esforzándose por imaginarse que otras personas hubieran experimentado también aquella sensación incómoda e inusual.

—No estaba allí —añadió él.

Igual que ella tampoco lo había estado.

—Qué duro.

Jack asintió.

—Sé que lo entiendes.

—¿Fue algo repentino? ¿O fue...?

—Estaba enfermo —contestó de manera entrecortada, como si se arrepintiera de haber sacado el tema, pero ahora que las palabras habían comenzado a brotar, no podía contenerlas—.

Y yo no estaba allí, por muchas razones.

No era un buen hombre; lo intentaba, pero les hacía mucho daño a las personas que lo rodeaban.

Yo era joven y estaba enfadado, y él era todo lo que me quedaba.

No me costó desaparecer, ¿y quieres que te diga la verdad?

—Se pasó de nuevo una mano por el pelo, revolviéndose las ondas negras—.

Quería desaparecer. No me costó irme, mientras que sí que me costó horrores volver.

Ella asintió.

—Eso también lo entiendo.

Él la miró a los ojos.

—Creo que sí. Pero si aprendí algo entonces es que el día de hoy, y los días que vendrán, no son para él, sino para ti. Hoy marca un final, pero también es un principio. ¿Quién eras antes y quién serás después?

Alice levantó una mano, sin saber si debía tocarlo. Si aquel tipo de vínculo le estaba permitido. Porque a pesar de todas las maneras en que se habían tocado, de todas las cosas que se habían hecho, aquello le resultaba más íntimo.

—Teniendo en cuenta lo estrecha que era tu relación con mi padre..., esto no debe de ser fácil para ti.

Jack esbozó una de aquellas medias sonrisas que a ella empezaban a gustarle.

—Cuidado, a ver si voy a empezar a pensar que te gusto.

Alice también empezaba a pensarlo, pero no estaba preparada para admitirlo. Dejó caer la mano.

—En el velero me dijiste que sentías mi pérdida.

Él asintió.

—Porque la siento.

—No deberías. Lo perdí hace mucho tiempo.

—Y esa pérdida también la siento. Esa es la que no se supera.

Sintió una opresión en el pecho, cargado de repente de verdad y el extraño alivio de que por fin alguien la entendiera. Tal vez fuese ese alivio lo que le hizo decir:

—Y luego perdí a los demás.

—¿Estás segura?

Lo tenía muy cerca y ansiaba algo que no se pareciera en nada a la crudeza de aquel día.

La intranquilidad de la semana. La incerteza por lo que estaba por venir.

Y aquel hombre, tan firme que la desataba, la dejó susurrando su nombre, apenas perceptible, casi perdido en medio del calor del invernadero.

En la quietud del momento, robado del caos de aquel día.

La había oído.

—Alice, voy a por ti. —Una advertencia. Una promesa—. Y esta vez no me detendré.

Ella levantó la barbilla cuando él le rozó el cuello con los dedos, acelerándole el pulso.

—Por favor.

Un gruñido hondo le subió por el pecho. De aprobación.

—Me encanta.

Las palabras resonaron por sus adentros y Alice cerró los ojos cuando él le acarició la boca.

—¿El qué?

—Saber que te apetece tanto como a mí. —Su tacto dejaba rastros de fuego a su paso al bajar por su nuca, buscando un punto de apoyo.

Tiró de ella hacia sí—. Te lo daré —le susurró, agachando la cabeza, bajando los labios hasta dejarlos a milímetros de su boca, hasta que su aroma la envolvió por completo, la arena, la sal y el mar—.

Solo un poco. Un segundo. Y luego pararemos.

—Un segundo —aceptó ella—. Solo un poco, y luego pa...

Él se tragó el resto de la frase con un beso.

No era la primera vez que se besaban, claro. Besos ardientes y desenfrenados que eran algo fiero, desesperado y explosivo, como si compitieran contra un rival invisible por placer. El tipo de besos que te hacían olvidar.

Pero aquel... era para recordar. Para tenerlo cerca toda la vida, para esconderse en largas noches y largas tardes cuando hubiera tiempo para revivirlo.

La vez en que la había encontrado hecha pedazos y nadie más se había dado cuenta, y la había respetado.

Aquel era para explorarlo en secreto una y otra vez, igual que se exploraban mutuamente ahora, de una forma lenta, pecaminosa, perfecta.

Y era una exploración, la de su lengua sobre sus labios mientras ella suspiraba y se apretaba contra él, y del calor que se le antojaba más intenso que el del invernadero cuando le puso las manos en la cara y la sujetó con una certeza firme, como si tuviera planes para ella.

Alice no pudo resistirse a tocarlo como respuesta, pasándole las manos por debajo de la chaqueta abierta, siguiendo los contornos del torso que sabía que estaba tostado por el sol.

Él gruñó ante su tacto y ella se regocijó con el sonido, la prueba de que en aquel instante estaba tan comprometido como ella con el momento, mientras el beso detenía el tiempo con sus movimientos lentos e inmorales, firmes e imposiblemente delicados, que les prendía fuego a los dos mientras él le deslizaba el pulgar por la piel y la saboreaba.

Cuando por fin paró y apartó los labios y Alice sintió el impulso de agarrarlo de las solapas y volver a acercárselo, Jack la contempló como si admirara su obra, como si la memorizara.

Como si la memorizara a ella.

Susurró algo apenas audible, y luego dijo:

—Este no es el lugar adecuado para esto.

Se equivocaba. A Alice no se le ocurría un sitio mejor; una terraza acristalada en desuso más caliente que el sol y llena de mugre y cosas que crecían. Era perfecto, y si volvía a besarla, se lo demostraría.

De hecho...

Tiró de él para darle otro beso, arrancándole un gruñido, y entonces se apoderó de ella sin prisa, despacio, de una forma hermosa. Cuando se separaron, Jack apoyó la frente en la suya y le dijo con aquel delicioso rumor:

—Alice. Este definitivamente no es el momento adecuado para esto.

—Vale —susurró—. ¿Y si lo fuera?

Aquello le granjeó una risotada grave y, por un brevísimo momento, se planteó cómo sería hacerlo reír con regularidad.

—Cariño, si pensara que no te arrepentirías después, te subiría ahora mismo a la habitación de la torre y haría que fuese el momento adecuado.

¿Por qué se le había acelerado el corazón ante aquel «cariño»? ¿Por qué quería que lo repitiera?

Aquello era peligroso.

Él era peligroso.

El sutil susurro de sus entrañas que la impelía a correr, porque aquel hombre, quienquiera que fuera, que había aparecido de algún modo en su vida, estaba condenado a desestabilizarla más allá de los límites cautos que ella había levantado.

Y puede que le gustara.

Y eso bastaba para que le pusiera freno.

—Tienes razón —musitó.

Alice reconoció la emoción en sus ojos, un reflejo de la suya. Decepción.

Incapaz de contenerse, levantó la mano y le pasó el pulgar por el labio inferior, que se le había manchado con el pintalabios, aunque apenas tuviera color.

—Tienes...

Él le agarró la mano y le dio la vuelta antes de darle un beso en la piel delicada del interior de la muñeca.

—Gracias.

El gesto hizo que ella se ruborizara con esa familiaridad y confianza, como si lo hubiera repetido mil veces.

Como si fuese suya para tocarla, para besarla.

Pero antes de que pudiera recomponerse, él dejó caer la mano y dio un paso atrás, y señaló en dirección a la puerta que conducía a la casa.

Alice respiró hondo, sintiéndose como si estuviera al borde de un precipicio, como si en el momento en que se marchara de aquella habitación y de su paz y de la protección de Jack, todo fuera a desembocar en puro caos.