Tormentas de verano 15
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A pesar de haber tomado el atajo a través de la zona de trabajo de la empresa de catering, para cuando Alice llegó Elisabeth ya estaba sola, de perfil en el centro del invernadero, inmóvil y serena como un retrato de John Singer Sargent. Lady Storm .

Alice echó un vistazo por el largo pasillo oscuro que conducía hacia la casa y el vestíbulo, que quedaba aún más oscurecido por la radiante luz solar del exterior. Estaba vacío. Quienquiera que fuera la persona con la que había discutido su madre había desaparecido.

Dio dos pasos hacia la terraza acristalada y examinó la habitación, vacía salvo por la presencia de la imponente mujer.

—¿Mamá?

Elisabeth Storm se desenvolvía mejor en grupos grandes de personas, preferiblemente aquellos con los que tenía que poner buena cara.

Aunque no creyera que sintiera un especial desprecio por sus hijos, Alice tampoco se imaginaba que disfrutara estar con gente que conociera su verdad.

Un suspiro quedo fue la única indicación de que había oído a su hija.

—¿Va todo bien?

—Sí —contestó ella, concentrando la atención en su vestido recto de seda morada que de alguna manera había conseguido conservar sin una sola arruga con el tiempo ventoso y la humedad del ochenta por ciento que había frente al mar—. Estoy bien. ¿Tendría que estar mal?

¿Cuántas veces habría oído aquellas palabras, «estoy bien», a lo largo de los años? Su madre no reconocía jamás un solo momento de estrés, de ira o de cansancio de ninguna forma imaginable.

Tal vez Alice hubiera necesitado hasta ese momento, hasta la prueba irrefutable de que había ocurrido algo merecedor de la preocupación de Elisabeth, algo que se sumaba a todo lo demás (la muerte de su marido, por ejemplo), para tomar conciencia de que al haber reprimido toda emoción negativa, su madre había conseguido suprimir también las buenas.

Pero había algo más en aquel momento, congelado en el tiempo y el espacio y el calor insoportable de la terraza acristalada (¿cómo era posible que su madre no estuviera sudando?

, ¿que no le brillara siquiera la piel?).

Alice reparó en que ella también había hecho todo lo posible por ocultar sus emociones, por miedo a que la vieran, a que la conocieran, a que la rechazaran.

No era lo bastante buena para ser una Storm ni lo bastante buena para ser cualquier otra cosa.

En el pasado, jamás le habría discutido aquel escueto «estoy bien». No se habría atrevido. Pero ahora se encontraban todos en territorio inexplorado.

—Te he oído. Estabas con alguien. —Una pausa mientras pensaba cómo continuar con delicadeza—. Parecía serio.

«Estoy aquí. Si me necesitas».

Eso quizá fuese excesivo.

Su madre no la miraba.

—No deberías espiar a la gente por la cerradura.

Se le saltaron las lágrimas, inesperadas y furiosas y tristes y otra decena de emociones más, y le quemaron en la garganta mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas.

—Mamá, lo siento mucho —optó por decir.

Vio cómo las palabras golpeaban a Elisabeth, cómo hacían que se pusiera imposiblemente rígida.

—¿Qué es lo que sientes?

«Siento tu pérdida. Nuestra pérdida». (La verdad).

Pero eso no se lo diría.

—Nada, solo que... lo siento.

—No hace falta que llores.

—Ya.

Alice lo aceptó con la experiencia de una niña que había tenido aquella conversación miles de veces, curtida por la emoción fría que provocaban cuatrocientos años de inviernos en Nueva Inglaterra.

Durante años, la frialdad de su madre había convivido con el calor innegable de un padre arrogante y controlador.

No fue hasta aquel momento, de pie en la humedad brutal del invernadero, cuando descubrió la verdad. Elisabeth y Franklin habían existido en un equilibrio perfecto e insólito.

Hasta la semana anterior.

Y ahora, sin el fuego, solo quedaba el hielo.

Elisabeth cogió aire bruscamente y el sonido arrancó a Alice de sus pensamientos, y soltó unas palabras que tal vez se hubiera tragado si se lo hubiera pensado antes.

—Mamá, esto es terrible. Puedes decirlo, no pasa nada.

—¿Y por qué tendría que decirlo? La gente parece estar pasándoselo estupendamente.

Ella puso los ojos como platos.

—Estupendamente... —Se detuvo, incapaz de contener la risa de horror que le subió por la garganta, sin dejar de medir cada palabra, tal como le habían enseñado—. Te acuerdas de qué hace toda esta gente aquí, ¿verdad? Se ha muerto, mamá. Se ha ido. Y estamos todos tristes. Y la gente lo siente.

La inocencia se transformó al instante en rabia, y Elisabeth entornó los ojos azules; la piel que los rodeaba, conservada con tanto mimo, se tensó hasta formar arrugas.

—Ya sé que se ha muerto, Alice. Yo estaba aquí.

Su madre no combatía con las mismas reglas que ella; desplegó las palabras sin vacilar, sin pensar siquiera un instante en el tono acusador. O tal vez fuera plenamente consciente de ello.

—Y yo no, quieres decir.

Elisabeth no respondió, sino que se limitó a arrastrar la mirada más allá de ella, hacia la salida y el pasillo oscuro que se extendía al otro lado.

—¿Qué quieres de mí, mamá? Vine en cuanto me enteré. —Las palabras se convirtieron en polvo en su lengua—. Vine en cuanto me llamaste.

—Cuando te llamé, tú lo has dicho.

—Y qué, ¿se supone que debía ignorar que nunca se pusiera en contacto conmigo?

¿Ni él ni tú? —Sabía que no debía continuar, que incluso aunque fuera el momento correcto para aquella conversación, no terminaría con nada nuevo, ni sanaría nada.

Negó con la cabeza—. Me dijo que me fuera de su puta isla y lo obedecí, como he hecho toda mi vida, quisiera añadir, hasta que ya no pude más, y esta familia al completo me dio por perdida.

—No seas tonta. Aquí siempre habrías sido bien recibida —dijo con firmeza, como si fuera una ley escrita en piedra.

—Con el rabo entre las piernas, suplicando que me aceptarais —contestó Alice—. Porque que no se nos ocurriera plantarle cara. Que no se le ocurriera a nadie decirle que se equivocaba. Ni siquiera ahora. Bueno, mamá, pues se equivocó. Y tú lo permitiste.

—Estás siendo dramática.

Dios, ella misma sentía que estaba siendo dramática. Pero quería gritar su drama a los cuatro vientos para hacerlo real, en aquella habitación hecha de cristal, y terracota y piedra.

—¿Estoy equivocada?

—Sí, y mucho. —Su madre se giró hacia ella con un fuego en los ojos, como si Alice por fin la hubiera desatado—. Me enfrentaba a tu padre constantemente.

—Por nosotros no —replicó—. Ni por Greta, para que pudiera amar de verdad a su pareja, ni para darle espacio a Emily, ni tampoco para asegurarte de que respetara a Sam.

Ni tampoco cuando te supliqué que lo convencieras para que me dejara tener una vida fuera de Storm.

Jamás has luchado por nosotros. Has luchado por ti, lo que es diferente.

Nunca has impedido nada de lo que ha pasado, ni siquiera cuando me echó y me dio la espalda.

—Nadie le impidió jamás a tu padre que hiciera nada.

Vivíamos según sus caprichos. —Una mentira conveniente, como si Elisabeth hubiese sido una medusa en el océano de Franklin en lugar de la reina de las tormentas (¿de los Storm?).

Su tono se agrió cuando agitó una mano hacia la ventana del sur de la terraza y la multitud que había al otro lado, en la lejanía—. Incluso esta semana.

—Claro —dijo Alice, hablando cada vez más fuerte, con más rabia y dolor y frustración—. Porque se ha muerto y no has sido capaz de encontrar la manera de organizar un funeral en condiciones, y por eso hemos acabado sirviendo miniquiches y champán en una puñetera «celebración».

Elisabeth se quedó de piedra y su hija analizó la sorpresa que le cruzó el rostro, incluso mientras sus palabras todavía resonaban por el lugar, mientras chocaban con el cristal hasta atravesarlo.

Y cuando se disipó, dejando sin duda al de la empresa de catering recordándole al equipo que habían firmado acuerdos de confidencialidad, la única prueba de que había oído siquiera a Alice fue un movimiento sutil de sus cejas perfectas.

Algo le susurró por dentro a ella al ver aquella expresión, algo frío y desagradable e incomprensible.

Antes de que pudiera decir nada más, Elisabeth desvió la atención hacia la entrada de la habitación, por encima del hombro de su hija.

Alice supo quién había llegado antes de seguir la mirada de su madre.

Claudia había encontrado a Jack y le había dicho que le necesitaba. Y él había acudido.

«Como un puñetero scout».

—Elisabeth. —Saludó a la mujer sin mirarla, con la atención puesta en Alice—. ¿Necesitas algo?

Ella negó con la cabeza, pero él no se fue.

Por supuesto que no se fue. Entró en la habitación con sus mocasines burdeos resonando como disparos sobre los adoquines.

Lo repasó con la mirada, desde los anchos hombros hasta la línea prístina de la chaqueta, la manga y el puño blanco reluciente que asomaba por su muñeca, como si lo hubiera vestido un ayudante personal.

Tenía la mano izquierda cerrada con fuerza cuando llegó a ella, aunque relajó los dedos casi al instante, como si hubiera percibido su mirada. La agitó con sutileza, y Alice no perdió detalle del movimiento. Jack había llegado listo para pelear. Para arreglar la situación.

Pero aquello no tenía remedio.

—¿Estáis...?

Elisabeth lo interrumpió.

—Estamos perfectamente, Jack. No hace falta que te pases el día persiguiéndonos. No somos Franklin; no trabajas para nosotros.

Él desvió la mirada hacia Elisabeth, y luego de vuelta hacia Alice.

—No, señora.

—Ya nos hemos entretenido bastante —sentenció la mujer—. Vuelvo con los invitados.

Apartó a Jack a un lado y entró en la casa con una gracia natural que su hija jamás había dominado, y a la que sin duda no era capaz ni de acercarse en aquel momento.

Cuando Elisabeth desapareció por el pasillo oscuro, Alice agachó la vista al suelo y deseó estar en cualquier lugar que no fuera aquella isla.

—Alice...

—No —le susurró—. No sigas.