Tormentas de verano 14 #3
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Fue por eso por lo que les sorprendieron tanto las voces que provenían de dentro. El cuarteto se detuvo en seco, y a punto estuvo de chocar con un joven camarero que llevaba una bandeja llena de vieiras y con el que intercambiaron una mirada de desconcierto.

—Me pidió que estuviera aquí, específicamente —decía un hombre, lo bastante alto para que la voz atravesara el cristal—. Y aquí estoy.

Sin mediar palabra, todas dieron un paso más hacia el invernadero, y Alice se giró para echar un vistazo a través de la gigantesca monstera de la ventana, dando las gracias por haberse encontrado con el cotilleo de un desconocido, menos serio que los suyos.

No hubo suerte.

—Me importa lo mismo que si Franklin hubiera regresado de entre los muertos para traerte él mismo. Te quiero fuera de aquí.

Alice abrió mucho los ojos. Aquella no era una desconocida: era su madre, en el invernadero, un lugar en el que no recordaba haberla visto jamás.

—¿Quién es la otra persona? —susurró Gabi, quien evidentemente había tenido la misma revelación.

Ella negó con la cabeza y se movió para observar mejor el interior.

—No lo sé.

A través de la maraña de bromelias, distinguió un trozo del vestido de seda de su madre (púrpura lago) y las piernas de un hombre con un traje príncipe de Gales (gris musgo).

—Me da igual lo que quieras tú —contestó el hombre con una voz que Alice no supo ubicar—. Él quería que estuviera aquí.

—Exacto. Para castigarme.

—No creo que ese sea el caso. Franklin te quería, Lizzie. —Una pausa—. Y a ella también.

Alice se quedó ojiplática. Era la primera vez que oía a alguien que no fuera Franklin llamando Lizzie a su madre. Y, en todo caso, desde hacía décadas.

—No puedes echarme. Me ha dejado una carta.

Contuvo el aliento. Otra carta de su padre. Otra persona en la que había pensado antes que en ella. Las lágrimas le escocían en los ojos. Aquel desconocido del invernadero había sido más importante para él que su propia hija.

—Hombre, cómo no. Cualquier cosa para seguir dando problemas antes de irse directo al infierno.

Alice se tensó, y Gabi le cogió la mano.

—Joder.

—Estoy aquí por él —insistió el hombre.

—Él ya no tiene ni voz ni voto —replicó Elisabeth.

—Ella sí.

Gabi y Alice se miraron.

—¿Quién es ella? —le preguntó su amiga solo moviendo los labios.

Alice negó con la cabeza. Podía ser cualquier persona. Sin embargo, antes de que pudiera seguir pensando en ello, su madre habló con unas palabras tan gélidas que le sorprendió ligeramente que el contenido del invernadero al completo no se hubiera congelado de inmediato.

—Esta isla ya no es suya; es mía.

—No he venido a quitarte nada que sea tuyo —respondió la voz, y Alice percibió una nota de frustración. Quienquiera que fuera aquel hombre, se había hartado—. No es un juego de suma cero, Elisabeth.

¿Y eso qué significaba?

—Me alegro —dijo su madre, con unas palabras cada vez más duras—. Porque estoy hasta las narices de dejar que él decida mi futuro. Tantos años después y sigue castigándome por lo que pasó una noche. Por un error que no habría cometido si él no me hubiera dejado tan sola.

—Por mucho que aquella noche fuese un error, esto no lo es —repuso el desconocido, y Alice se puso rígida al ver que se acercaba a Elisabeth a través del muro de plantas de interior—.

Y te prometo que, cuando hablamos, no me pareció un castigo.

Me pareció que le estaba haciendo un regalo a ella.

Y a mí también. Un regalo que debes comprender.

—¡No le correspondía a él dároslo!

El temblor en su voz hizo que Alice se pusiera de los nervios. Se tensó y se giró hacia Claudia, que escuchaba con la misma atención, los labios muy apretados.

Tras un silencio en el interior del invernadero, el hombre continuó:

—Pero nos lo dio de todas formas. Y pienso aceptarlo. Y tú serías un monstruo si no dejaras que ella lo recibiera también.

—Voy a avisar a seguridad —le previno Elisabeth en un tono que Alice reconoció tras una vida entera hablando el idioma de su madre. El muro de piedra de su determinación—. Te quiero fuera de esta isla.

—No vas a avisar a nadie. —La respuesta del hombre fue tan displicente que debía de haber destrozado a su oponente—. Jamás montarías un numerito así.

—Deberíamos ir a buscar a Tony —propuso Claudia con voz queda.

Alice lo entendió; aquello no era un asunto para el equipo de seguridad de Storm ni del Departamento del Tesoro ni del montón de guardaespaldas que habían llegado con sus jefes multimillonarios aquella tarde.

Era un asunto de familia.

—No —contestó, y le dio la espalda al grupo para dirigirse al acceso al invernadero que había desde la casa.

Más tarde se diría que era porque Tony se encontraba en donde la campana antiniebla con Greta, y estaba demasiado lejos.

Pero en aquel momento actuó por instinto, moviéndose ya a través de las filas de camareros de camisa blanca y corbata negra, en dirección a la puerta de la casa—. Id a buscar a Jack.

Y luego entró, a punto de enfrentarse a otro de los secretos de la isla.