Tormentas de verano 14 #2
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14 #2

—¿Sabes que, a veces, tener una amiga que es una estrella de los juzgados no es tan divertido?

—Ya lo sé. Responda a la pregunta.

—Sí, quiero repetir.

Gabi asintió, como si lo hubiera sabido desde el principio.

—No tengo más preguntas, señoría.

No le pareció tan divertido como debería, porque en el fondo se sentía como si acabara de confesar algo incriminador.

—Jack es una malísima decisión.

Su amiga ladeó la cabeza.

—A lo mejor esta semana no tienes por qué tomar buenas decisiones.

A lo mejor esta es la semana de las malas decisiones, como estar con tu familia, acostarte con el hombre equivocado...

—Señaló el agua bajo sus pies—. ¿Este es el acantilado desde el que nos tiramos cuando estábamos en la universidad?

Alice asintió.

—Hace que no salto... ¿una década, quizá?

—Pues quizá deberías probarlo otra vez. Es seguro, ¿verdad?

Esa era la cuestión, ¿no? La seguridad no comportaba algo que se plantearan cuando eran jóvenes e invencibles y había gente que las cogiera de la mano para saltar. Gabi. Sus hermanas. Su padre.

Volvió a notar un nudo en la garganta.

—¿Te hace sentir segura? —preguntó su amiga, incisiva.

Alice se ahorró tener que responder al oír risas a sus espaldas. Se giraron y vieron a Roxanne y Claudia caminando hacia ellas.

—Nos han descubierto.

Se volvieron hacia las dos, que iban cogidas del brazo mientras bajaban por la colina.

—¡Id con cuidado! —les advirtió Claudia—. ¡No os vayáis a caer!

A simple vista, eran Roxanne y ella las que parecían correr el riesgo de caerse.

—Me alegro de que alguien se lo esté pasando bien —dijo Alice.

—Total —coincidió Gabi—. Sabía que ella y Claudia se llevarían bien. —Levantó la voz cuando se acercaron—. ¿Se puede saber qué hacéis aquí? ¡Roxanne, me has dicho que serías nuestra tapadera cuando nos escapáramos!

—¡Ya, ya lo sé! Pero Greta ha desaparecido con un tío y...

—Tony —la interrumpió Claudia, y le lanzó una mirada cómplice a Alice.

—¿Va a hacerlo? —se preocupó ella, conmocionada ante la posibilidad.

—Hostia —soltó Gabi, que la había entendido—. ¿La ves capaz de hacerlo ahora? ¿Con tanta gente delante?

—Me cuesta imaginarlo —contestó Alice, sintiendo una culpa repentina por haberse marchado antes de poder decirle a Greta que ahora no era el momento de poner fin a una relación secreta de décadas—. Pero vete a saber. Cuanta más gente, mejor, ¿no?

—No creo que vaya a hacerlo. Iban camino de la casa de la campana antiniebla.

—Ah.

—O sea, que Greta va a follar con un hombre que parece un roble en la casa de la campana —dijo Roxanne, como si fuera algo totalmente normal—. Pero ¿qué es lo que se supone que tendría que hacer con él?

—Supongo que no lo descubrirás jamás —bromeó Gabi, porque sabía darle donde más le dolía: en los cotilleos—. Ese es tu castigo por haberte saltado tu único deber.

—Va, por favor —protestó Roxanne—. Te prometo que le he dicho a mil personas que Alice y tú estabais por ahí, al otro lado del grupo de viejos blancos, pero luego Claudia se me ha acercado y se ha ofrecido a presentarme a gente divertida y, sinceramente, ha sido bastante guay.

—¿Qué clase de excusa es esa?

—Espera, ¿aquí hay gente divertida?

Claudia ladeó la cabeza.

—A ver, a lo mejor divertida en el sentido tradicional de la palabra no, pero definitivamente hay personas más interesantes que otras.

—¿Como quién? —insistió Alice.

—Bueno, pues mi favorita es Nealy Twill, que le ha contado esa anécdota maravillosa sobre la vez que se colocó en las Azores con dos miembros de los Beatles.

—¿Te puedes creer que no nos ha querido decir quiénes eran? —Roxanne parecía ofendida.

—Nealy Twill lleva bastante tiempo rodeada de abogados como para saber que nunca debes nombrar a personas reales en historias ficticias —razonó Alice antes de girarse hacia Claudia—. No sabía que tuvieras favoritos.

—Claro que sí. Lo que pasa es que soy lo suficientemente lista como para callármelo; atraer la atención como miembro político de esta familia nunca termina bien.

Ella asintió.

—Tú siempre has sido mi favorita.

Claudia sonrió.

—Tu madre está de acuerdo con eso.

Alice se llevó una alegría al ver que su cuñada respondía sin cortarse, con tranquilidad, de una forma que raramente le había visto cuando estaba con la familia (un papel brillante).

—Me encantan los raros, pero no le digas a tu madre que me parecen raros.

—Se agachó para quitarse los tacones—. Total, que es culpa mía que Roxanne haya abandonado su puesto.

Cuando estoy sola, puedo soportar a los Storm hasta cierto punto.

—Levantó una mano en dirección a Alice—. Sin ánimo de ofender.

—Para nada. A mí me pasa lo mismo.

Roxanne no había terminado:

—Y luego Claudia me ha presentado a un hombre alucinante.

La aludida sonrió.

—Tom, el amigo de tu padre.

—Ah —suspiró Alice—. Seguro que te ha caído bien.

—Pues sí.

—¿Quién es Tom, el amigo de tu padre? —preguntó Gabi.

—Bueno —empezó ella—, a nosotros siempre nos han dicho que era jugador de polo.

—Ya, lo dudo —dijo Roxanne—. Cubrimos el polo de vez en cuando, y estoy bastante segura de que ese tipo simplemente es un patrocinador.

Lo que significa que es un ricachón que paga a los jugadores para que beban y monten fiestas mientras él se pasea por el establo con pantalones de montar o lo que sea.

—¿En el polo también se llaman así?

—Yo qué sé. —Roxanne agitó la mano—. La cuestión es que no es lo único que hace.

Alice lo comprendió al momento.

—Ah, no. Claro que no. Tiene una afición fascinante, no sabe hablar de otra cosa.

—¿Qué es? —Gabi bajó la voz—. ¿Es el porno? Fijo que es el porno.

—No, por Dios. ¿Por qué es lo primero que te ha venido a la cabeza?

—Y yo qué sé —se defendió su amiga—. Te repito que no sé qué os traéis los ricos entre manos en vuestras islas privadas, vuestros helicópteros y vuestras mierdas, pero he leído algunas biografías.

—Tom no hace porno —aclaró Roxanne—. Colecciona banderas.

Gabi inclinó la cabeza.

—¿Es un eufemismo?

Roxanne se rio.

—No, mujer.

—¿A qué te refieres con banderas?

—Banderas históricas —especificó Alice.

—¿Como las de Betsy Ross?

—¡Ostras! —exclamó Roxanne, como si no se hubiera sentido nunca tan decepcionada—. Debería haberle preguntado por Betsy Ross. Bueno, y nada, que ha sido un encanto. ¡Qué ilusión le ha hecho hablarme de sus banderas! Se acaba de comprar una del Imperio romano.

—¿Es que en el Imperio romano tenían banderas?

—¡Sé de alguien que podría explicártelo! —contestó Roxanne con una carcajada.

—Este sitio me supera —le dijo Gabi a Alice—. ¿Cómo he llegado a ser amiga de alguien que conoce a un coleccionista de banderas?

—Pura suerte, supongo —respondió ella.

—En el mundo hay problemas de verdad, de los que importan. Y aquí estamos en una isla llena de gente que podría resolverlos casi todos. Y en vez de eso se dedican a coleccionar banderas y mentir sobre los Beatles.

—Vaya país —añadió Alice.

—A ver, que sí, que parece una pérdida de tiempo —observó Claudia con sequedad—. Pero al menos se dedica a financiar el polo.

Todas se rieron, y por un momento a Alice la consumió una inmensa sensación de gratitud, porque incluso en aquel momento extraño y angustioso de su vida contaba con aquellas mujeres a su lado. Finalmente, volvió a la realidad y a su cuñada.

—Vale, pero ¿dónde estaba Emily durante toda esa conversación?

Claudia negó con la cabeza.

—La he dejado con Mike Haskins; le estaba contando una historia sobre la época en que él y tu padre tenían veintidós años y solo eran ellos dos y tu madre contra el mundo. Era enternecedor, pero me ha parecido... íntimo.

—Eres una buena esposa.

—Qué va. La buena esposa es ella.

Algo le resonó a Alice por dentro con aquellas palabras.

Algo parecido a los celos. Tal vez se debiera a que Emily fuese la pequeña, la que había estado más lejos de la intensidad de Franklin y Elisabeth cuando eran jóvenes, pero era incuestionable que había encontrado el amor en una relación sana, sincera y maravillosa.

Porque sí, Claudia y ella regentaban una tienda de cristales, se daban baños de sonido y quemaban salvia casera en las habitaciones de los hoteles, pero no podía evitar envidiar su vínculo.

Si las almas gemelas existían, ambas eran el claro ejemplo de ello.

Claro que Alice tenía celos. ¿Quién no los tendría? Contaban con una persona especial. Un espacio seguro. Alguien que estaba de su lado pasara lo que pasase.

«¿Estás con alguien?».

En el tren, antes de saber quién era, Jack le había preguntado eso.

¿Qué habría pasado si le hubiera dicho que sí?

El cuarteto salió del bosque en la parte oriental de la casa, donde la empresa de catering se había apoderado de un patio de piedra. El lugar estaba atestado de gente, camareros, cocineros y otra media decena de personas del equipo de eventos de Storm Inc., en un lienzo de caos organizado.

Nadie prestó atención a las mujeres cuando entraron en el camino blanco de conchas que rodeaba la casa hasta el gran prado y pasaba por delante del jardín de cristal que se había añadido al lugar un tiempo antes de que Franklin y Elisabeth lo compraran.

Nadie lo usaba jamás; las paredes antiguas de cristal hacían que en verano hiciera un calor achicharrante y en invierno, un frío penetrante, de modo que se había convertido en lo mismo que tantas otras terrazas acristaladas antiguas: un invernadero modificado, cuyas plantas regaba Lorraine una vez por semana y permanecía vacío el resto del tiempo.