14
—¿Entonces tú no has recibido ninguna carta? —le preguntó Gabi por encima de una miniquiche de bogavante sobre el platito en el que había amontonado canapés antes de sugerir que se dieran una vuelta por el lado este de la isla, lejos de las multitudes.
—No le ha dejado una a todo el mundo.
Alice se detuvo cuando un helicóptero —¿es que no se acabarían nunca?
— pasó volando sobre sus cabezas a poca altura, con estridencia, de camino al helipuerto.
Se miró el reloj, consciente de que se hacía ilusiones; los helicópteros tenían permiso para llegar y partir de la isla Storm hasta las siete, y todavía faltaban varias horas.
El sonido del helicóptero se redujo y Gabi dijo:
—¿Quién más no ha recibido carta?
—Nadie. Solo yo. —Alice levantó la mano—. No pasa nada. No me importa.
—Ya, vale, pues sí que pasa —replicó su amiga—. ¿Qué coño se te pasaba por la cabeza, Franklin? ¿Estás segura?
—Estoy segura.
—A lo mejor a tu madre se le... ¿olvidó? Está de duelo y...
—Para empezar, Elisabeth Storm no permitiría que algo tan insignificante como la viudedad se interpusiera entre ella y sus deberes. Pero, en este caso, el deber no era suyo, sino de Jack.
—¿Jack, el ayudante buenorro?
—¿Está bueno? —La pregunta sonó demasiado indiferente para ser real.
—Por favor, que no tenemos tiempo para esto. El atractivo es algo empírico: la altura, los muslos, la mandíbula —explicó Gabi—. Y otra cosa: esa forma que tenéis de miraros. Así que ya te digo yo que pienso profundizar un poco más el viernes por la noche: tú te vienes a cenar.
Alice sonrió.
—Hecho.
—Mientras tanto —continuó su amiga—, apenas voy a estar aquí unas horas, así que deja de soltarme chorradas y explícame, por favor, por qué tu padre le entregó vuestras cartas a un tipo que trabaja para él.
—No es un tipo cualquiera. Al parecer, era la mano derecha de mi padre. Y no solo lo puso al cargo de las cartas, sino de todo el juego de la herencia que nos ha preparado.
—Pero ¿no podía entregárselas todas a Sam, que también trabajaba para él?
—Pues, en vez de eso, le ha ordenado que no hable durante doce horas al día.
—Alice, con cariño te lo digo: tu padre era un capullo.
—Lo que he dicho siempre —contestó ella.
—O sea, que todos tenéis algo que hacer.
Alice asintió y le ofreció un resumen a Gabi, quien demostró que las amistades de toda la vida son las mejores, porque comprendió al instante el placer de que Sam tuviera que callarse y el dolor de que Greta tuviera que ponerle fin a su relación con Tony, y compartió una idea vaga de que las verdades que Elisabeth debía decir serían una chaladura, y entendió la confusión de todos al saber que Emily no tenía ninguna tarea.
—Pero recibió una carta de tu padre, ¿verdad?
—Sí, y ninguna tarea. A diferencia de mí. Yo tengo tarea, pero carta no. Tengo que quedarme hasta el miércoles.
—¿Y ya está? —Gabi le ofreció el plato—. Dos días más y... ¿Alice Storm, multimillonaria?
—Sí.
—Y no quieres quedarte.
—Pues... —Percibió el ligero prejuicio en la pregunta, sutil, porque Gabi intentaba ser una buena amiga—. Sé que parece ridículo.
—En absoluto. O sea, siete días en una isla privada es lo más cerca que puedes estar del paraíso en Nueva Inglaterra, ¿y a cambio solo recibes mil millones de dólares? ¿A quién se le ocurriría aceptar algo así?
Alice se rio.
—Hablas como si no conocieras a mi familia.
—Hablo como alguien que tiene conocimientos sustanciales del capitalismo tardío —contestó Gabi—. No te lo tomes a mal, pero tienes vibraciones de ay, pobrecita niña rica, amiga mía.
—Y tú sin tu guillotina.
—Tendré que conformarme con una honestidad brutal.
Una pausa.
—No me quieren aquí.
—Todo lo contrario, me imagino que darían lo que fuera por que te quedaras.
—Quieren el dinero, no a mí. Y él solo quería que viniera para poder reírse de mí y controlarme una última vez.
Caminaron en silencio unos instantes, antes de que Gabi respondiera:
—Pues sí, seguramente tengas razón.
Para Alice, la honestidad de su amiga era un alivio tremendo. Se le saltaron las lágrimas y pestañeó varias veces, negándose a llorar.
Gabi le puso una mano en el brazo y ella sacudió la cabeza.
—No. No puedo.
—Está bien.
Y lo estaba, y eso hizo que se le saltaran aún más las lágrimas y una grande le cayera por la mejilla. Se la limpió.
—Con lo que me ha costado maquillarme.
—Está muy bien —contestó Gabi al momento—. Me he fijado en cuanto te he visto. Entiendo que es por Jack.
—Para...
—Vale, vale. Lo dejamos para luego. —Otra pausa—.
Oye, ¿y si dijeras, mira, a tomar por saco, me voy?
Vuelve conmigo y Roxanne. Joder, consigue un último trayecto en helicóptero con un multimillonario, aunque no deberías, la verdad, porque los helicópteros son trampas mortales; ¿leíste ese artículo en el Post ?
—Se estremeció—. Total, que tienes trabajo, un piso con madera noble original que cualquier agente inmobiliario definiría como «acogedor», amigos que te quieren, y eso sin mencionar las galerías de arte que adoran a Alice Foss.
¿Quién necesita ese cero extra en la cuenta bancaria?
Era mucho más que un cero extra, pero esa no era la cuestión.
Negó con la cabeza.
—No puedo.
—No te hace falta.
—Ya lo sé. Pero si me voy... no hereda nadie.
Los ojos como platos.
—¿Nadie?
—Nadie. —Hizo una pausa—. Y creo que ese era su objetivo. Traerme de nuevo al redil de la familia cuando ya estuviera demasiado muerto para disculparse por haberme expulsado.
—¿Y los demás? ¿Se han disculpado?
No, y no se disculparían.
—No han pensado en mí ni un segundo, menos para asegurarse de que estoy presente y me tienen localizada.
—Joder —susurró Gabi—. ¡Podrían asesinarte!
—Creo que si me asesinaran, no heredarían nada.
—Vale, bueno, no me gusta nada ese «creo», y no tengo la misma fe en un puñado de ricos blancos que están a dos días de perder su herencia, pero...
te lo compro. Haz lo contrario, entonces.
Quédate hasta el miércoles, recibe tus millones y vete.
—Se encogió de hombros—. No me parece mal plan. Luego puedes llevarme de viaje.
Se detuvieron en el borde del acantilado Moonstone, un precipicio de caliza que descendía hasta una poza honda cerca de la playa secreta. Gabi observó a Alice un rato, y luego le preguntó:
—¿Puedo cambiar de tema?
Ella la miró de reojo, nerviosa.
—No lo sé.
—¿Qué pasa con ese tal Jack?
«Nada».
—No te atrevas a decirme que nada —añadió Gabi—. Incluso aunque no te hubieras puesto incómoda cuando se ha acercado y se ha presentado...
—No estaba incómoda. ¿Por qué lo estaría?
La mirada suspicaz de su amiga no necesita más explicaciones.
—Vale, que sí, pero se acaba de morir mi padre. A lo mejor estoy incómoda por eso.
—Sí, puede ser, aunque yo te hablo de una incomodidad diferente. De la que provoca el sexo.
—¿Cuál es la que provoca el sexo?
—Pues la que sientes cuando te has acostado con alguien. ¿Me equivoco?
Alice debería haberlo negado. Iba a negarlo. Pero luego dudó demasiado rato (cualquier duda es demasiado larga, claramente) y Gabi siguió atacando.
—Ay, Dios, que no me equivoco. —Un instante mientras procesaba la noticia—. ¿Cuándo? ¿Estuvo bien? Seguro que no. —Chasqueó la lengua—. Los buenorros nunca se lo curran suficiente.
«Este sí. Este estuvo fantástico».
—Gabi, estamos en un funeral.
—Por favor, para esto están los funerales.
—Hizo una pausa—. Madre del amor de Dios, Alice.
Te has acostado con el ejecutor del fondo fiduciario de tu padre y que además está supervisando el juego de la herencia de tu familia, y en el que lo suyo sería que fuese imparcial.
Increíble. Éticamente, un puñetero desastre, pero, en serio, no podría estar más orgullosa de ti.
—Pensaba que esto lo dejábamos para la cena del viernes.
—Uy, el viernes hablaremos largo y tendido.
—Me alegro de que te haga tanta gracia —dijo Alice—. Pero no es solo un puñetero desastre desde un punto de vista ético, sino también personal. Que conste que yo no sabía que era director ejecutivo...
—Pero seguro que se las apañó para dirigirte a ti.
Ella puso los ojos en blanco.
—Que no lo sabía.
Se quedó callada, pero Gabi no tuvo problema en retomar la conversación.
—¡Es el hombre del motel!
—Gabi, que te va a oír alguien.
Su amiga bajó la voz.
—Lo siento, es que estoy fascinada. Tuviste un lío de una noche en un motel sórdido...
—No es sórdido.
—Estoy alojada allí, cariño. Es un poco sórdido, pero tampoco es que sea relevante.
Tuviste un lío de una noche pensando que no volverías a verlo y luego resultó que era el hombre que se interponía entre tu familia y una herencia gordísima.
—Hizo otra pausa—. Es como el argumento de una novela romántica.
—No es como una novela romántica —replicó Alice—. En las novelas románticas, todo el mundo se lleva una sorpresa. Esto no fue ninguna sorpresa para él. ¡Me conocía!
Gabi se quedó boquiabierta.
—Qué rata.
—Pues sí. Así que da igual que el sexo fuera fantástico.
—¿Qué? ¡Lo sabía!
—Has dicho literalmente que seguro que no estuvo bien.
—Irrelevante. La cuestión es que tú no sabías quién era, así que entramos en el terreno de la negación plausible.
—Gracias, psicóloga.
—Volviendo al tema... Cuando dices que es un puñetero desastre desde un punto de vista personal... ¿es porque el sexo fue fantástico y no te importaría... repetirlo?
Alice dejó escapar un largo suspiro.
—Tengo un gusto terrible para los hombres.
—Totalmente de acuerdo.
—Y este no es ideal.
—Por mil razones. Incluido el hecho de que te engañó sobre que no te conocía. ¿Te ha explicado por qué? ¿Por qué no fue de cara desde el principio?
«Quería acostarme contigo».
Tragó saliva. Eso no se lo diría a Gabi.
—Digamos que lo animé a que la cosa fuera... anónima.
—Qué sucio —dijo su amiga de una forma que no parecía para nada sucia—. ¿Lo ataste a la cama? ¿Lo dejaste sin palabras al ser una mujer tan sexy?
—No se llegó a hablar de lo sexy que era.
—Qué devastador.
—Quería que fuera cosa de una sola noche —admitió Alice—. Al menos en aquel momento.
—¿Y ahora?