Tormentas de verano 13 #3
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13 #3

—No puedes amenazarme con chivarte, Alice. Tengo permiso durante el funeral. Puedo hablar todo lo que quiera con quien me dé la gana. Y ya va siendo hora de que ella haga también algún sacrificio por los demás.

—Llevo toda la vida haciendo sacrificios por ti, Sam —dijo Greta—. Alguien tenía que compensar la decepción que se llevaron contigo mamá y papá.

—Hala... —Emily habló tanto por ella como por Alice.

—¿Que yo soy una decepción? —preguntó él con una carcajada más cruel que alegre—. Qué huevos. Yo he sido el único que les ha dado nietos.

Fue un golpe directo, y Alice intervino mientras Greta se ponía roja.

—Vale, Sam. ¿Por qué no vas a pasar el rato con esos nietos? —Señaló con la cabeza a Sila en la distancia, riendo con su acompañante—. O a impedir que tu mujer se fugue con su nuevo amiguito estrella de cine.

—No la culpo. —Greta encontró por fin las palabras—. Teniendo en cuenta que se casó con esto.

—Parad ya, los dos —ordenó Alice con voz queda, interponiéndose entre ellos y mirando a Sam fijamente antes de que contraatacara—. Echad un vistazo alrededor. Nos observa el mundo entero.

Tras fulminarla con la mirada, su hermano les dio la espalda y se dirigió hacia los invitados.

Y hacia el bar. Alice suspiró y paseó la vista por la multitud, un quién es quién del mundo entero, todos compitiendo por ser el centro de atención, sin tiempo para ver cómo los niños Storm descarriados hacían aquello por lo que eran reconocidos. Nadie los miraba. Nadie excepto...

«Cómo no». Jack lo había visto todo.

Y a juzgar por la tensión de su mandíbula, estaba a punto de acercarse y solucionarlo. Arreglarlo. Como si su familia lo permitiera. Alice sacudió la cabeza sutilmente. Era una advertencia, consciente de que más tarde pagaría por revelar que lo estaba mirando tanto como él la estaba mirando a ella.

—¡Las hermanas Storm! —gritó una voz familiar a sus espaldas, lo que le ahorró seguir comiéndose el coco.

Se dio la vuelta con una mezcla de alegría y alivio antes de lanzarse a los brazos de su mejor amiga.

—¡Has venido! —Le dio un apretón y le susurró al oído—: Gracias a Dios.

—No sabía si estábamos interrumpiendo algo —dijo Gabi, girándose para darle un abrazo al resto de la familia.

—Qué va —contestó Alice—. Siempre estamos a un suspiro de lanzarnos a la yugular de los otros. Así nos han criado.

—Somos básicamente bestias salvajes —añadió Emily—. Los sentimientos se nos dan de pena.

—Hoy os será más difícil que de costumbre —suspiró Gabi, dándole un fuerte abrazo a Emily—. Es la sensación de finalidad. —Se acercó a Greta—. La última vez que estaréis con todas estas personas. La última vez que vuestro padre estará tan presente con tanta gente.

Mientras Gabi hablaba, Alice se giró hacia Roxanne y le dio un abrazo a la mujer negra alta.

—Cómo me alegro de veros. Muchas gracias por venir.

—No nos lo habríamos perdido por nada del mundo.

Alice le susurró al oído:

—Aquí hay muchísima gente que no sé ni cómo se llama.

—No sufras, seré tu celestina —le contestó ella en voz baja—. Conozco a todo el mundo.

—Te tomo la palabra.

Roxanne se retiró y le examinó el rostro.

—¿Cómo está yendo el tema?

Alice levantó las cejas, como diciendo: «¿A ti qué te parece?».

Su amiga asintió.

—Me lo suponía.

Ella se subió las gafas de sol a la cabeza para poder mirar a su amiga a los ojos y decirle la verdad.

—Estoy mejor.

—Me alegro. —Gabi se inclinó hacia ambas y bromeó—: Joder, Alice, sabía que eras una ricachona, pero esto es una locura.

Alice dejó escapar un sollozo risueño.

—No sabes lo feliz que estoy de que hayáis venido.

—Nosotras también.

—Vimos llegar e irse a tres helicópteros diferentes mientras navegábamos —añadió su amiga—. Cuánto pijo.

—Veinte minutos en línea recta hasta los Hamptons —les explicó Alice.

—Qué detalle que lo hayáis puesto tan fácil —dijo Roxanne—. ¿Han venido los Gatsby?

—No —respondió ella, y entonces bajó la voz hasta el susurro de cotilla estándar—. ¿No te has enterado? Él se ha muerto también.

Gabi y Roxanne contuvieron unas risotadas; Emily puso una mueca. Greta parecía horrorizada.

—Por favor, a papá le habría encantado esta broma —dijo Alice.

—Bueno, y aparte de los diez minutos justos que Alice está trabajando... —Gabi se volvió hacia los demás Storm—. ¿Cómo va?

Todos vacilaron, buscando una respuesta. Emily la encontró.

—No lo sé, pensaba que sería más... ¿emocionante?

Roxanne asintió.

—¿Como en las películas? ¿El tío Carl se emborracha y derriba una escultura de hielo?

—Sí, algo así.

—¿Tenéis un tío Carl? —preguntó Gabi.

—No, pero... —Alice señaló a una anciana con una colección de perros salchicha—. Esa señora tiene perros.

Roxanne siguió la dirección de su mirada como si fuese lo más normal del mundo.

—Ah, esa es Bitty Foster. No va a ninguna parte sin esos perros.

Todos observaron a un zorro plateado que intentaba liberarse de una maraña de correas.

—Es fascinante todo lo que sabes —le dijo Gabi a su mujer antes de dirigirle a Alice una mirada divertida—. A lo mejor esa es su forma de ligar con los hombres.

—Mmm —sopesó su amiga—. Salta a la vista que es demasiado espabilada para derribar una escultura de hielo.

Otro grupo se rio, y Alice miró hacia la multitud.

Jack se había movido de su lugar de antes, y ahora tenía una copa balón en la mano, con algo transparente y frío, mientras Justin Mill, el joven multimillonario al que acababan de nombrar el hombre más rico del mundo, le daba la tabarra mientras otra decena de personas fingían no darse cuenta.

Ella no tenía que fingir nada. Como anfitriona de la velada, se esperaba que estuviera atenta a los actos.

Su madre, por ejemplo, había reaparecido en el gran prado, y ahora recibía el pésame del primer caballero (siento mucho su pérdida).

Sila y Sam se encontraban en un extremo del campo discutiendo sobre algo que Alice esperaba que hubieran arreglado antes de que Elisabeth se percatara y los mandara a tomarse un descanso por montar un numerito.

Claudia estaba con un corro de mujeres vestidas de lino, claramente amigas de Emily del mundo de los cristales/el alineamiento de los chakras/la meditación.

Vaya. Alice estaba prestando atención, como buena anfitriona que se precie.

—¿Habéis tenido un buen viaje?

Gabi conocía las personalidades de los Storm lo bastante bien como para dirigirse directamente a Greta.

—Ha sido facilísimo. Del tren a un coche y después al puerto.

—Sabéis que sois más que bienvenidas a pasar aquí la noche.

—Ay, es un detallazo —se apresuró a decir Gabi—, pero tenemos que volver...

—A Gabi le toca trabajar mañana, y a Roxanne también —explicó Alice, bajando la voz hasta un susurro teatral—. Por cierto, si mi madre os pregunta si os he confesado todos los secretos de la familia, decidle por favor que sí, en efecto, y que he empezado con los suyos.

Roxanne estalló en carcajadas.

—No necesito a Elisabeth Storm de enemiga, Alice. Tus batallas son tuyas. Aunque me interesa saber qué ocurre cuando dais problemas.

—No se nos permite —contestó Emily—. Jack no nos dejaría.

—¿Quién es Jack? —inquirió Gabi, mirando a su amiga.

—El compañero de velero de Alice —respondió la pequeña—. Severo. Sexy. Trabajaba para mi padre.

—¿Ah, sí? —insistió Gabi, mostrando un interés repentino.

Alice intervino para hacer un triaje de la situación.

—El hecho de que sea sexy es irrelevante.

—A mí me parece algo exagerado —pronunció él con su voz profunda, y le provocó un escalofrío que no admitiría jamás. Gabi y Roxanne pusieron los ojos como platos cuando se inclinó y les ofreció una mano—. Jack Dean. Me alegro de conoceros.

—¿En serio? —musitó Alice entre dientes.

—Gabi Romero Jiménez —contestó ella antes de lanzarle una mirada cómplice a su amiga, de esas que solo son posibles en una amistad de varias décadas—. No te has tropezado con ninguna correa de perro de camino hasta aquí. Me has impresionado.