Tormentas de verano 13 #2
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13 #2

—¿Esa es la señora Austin? —las interrumpió Sam, señalando con la barbilla a una de las acompañantes de Claudia, una anciana que había formado parte de veranos pasados en la isla. Su marido era el propietario de más de cien hectáreas de viñedos en el valle de Sakonnet.

—¿Quién es la señora Austin? —preguntó Emily.

—Madre mía —dijo Alice—. No la veo desde... Dios, tú debías de tener dos o tres años, Emi.

—No he visto a esa mujer en mi vida.

—Porque mamá la mandó a paseo cuando le tiró los tejos a papá —recordó Sam, avisando con la mano a una camarera que se dirigía hacia la refriega con una bandeja de copas de vino.

—¡No!

La exclamación emocionada de Alice fue lo bastante estridente para que se oyera lejos y la camarera se pusiera nerviosa.

Cuando Alice echó un vistazo hacia atrás, hacia el sendero donde estaban trabajando los de la empresa de catering, Sam dijo:

—Tranquila. Es como si estuviéramos en la mesa de los niños. —Cogieron una copa de champán (Greta), dos de rosado (Emily y Alice) y una de blanco (Sam) de la bandeja—. Que no dejen de llegar durante toda la tarde.

—Lo que quiere decir es: gracias —le gritó Alice a la joven cuando ya se iba.

—No soy un perro, Alice. No necesito que me reeduques —gruñó él.

—Eres un perro y vaya si necesitas que te reeduquen —dijo ella.

—¿Podemos volver al tema de aquella señora y a mamá echándola de aquí? —pidió Emily—. ¿Qué significa eso? ¿Papá tuvo una aventura?

—Chicos —les espetó Greta—. Estamos en su funeral.

—Eso, eso —dijo Sam—. El funeral de nuestro padre, con más de doscientas personas de las que apenas diez nos caen bien. ¿De qué quieres que hablemos?

Su hermana abrió la boca para responder, pero cambió de idea.

—Pues no lo sé, la verdad.

—Fantástico. Entonces, ¿papá se tiró a la señora Austin o no?

Alice se rio a mandíbula batiente ante aquella grosería y atrajo la atención de tres de los hombres de la junta de Storm Inc. Levantó una mano para saludarlos y el trío intercambió una mirada que a ella no le pasó por alto. Se giró de nuevo hacia sus hermanos.

—Ay, no. Rápido, que parezca que estamos hablando de algo serio para que no se nos acerquen.

—¿Es que esto no es serio? —preguntó Sam con una sonrisilla en la cara, y Alice se volvió a reír.

—Los dos estáis siendo unos maleducados. —Ahora le tocaba a Greta reprenderlos—. Ya no somos unos críos.

—Chicos —insistió Emily con urgencia—. ¿Papá tuvo una aventura?

—Te noto bastante disgustada, teniendo en cuenta que hablamos de papá —señaló Sam—. Alice no es la única que sabe de hombres, dinero y poder.

—Una combinación terrible —le contestó ella al vino.

—Arruina vidas y empresas, ¿verdad?

—Menos las empresas dirigidas por nuestro padre, sorprendentemente.

—¡Oye! —gritó Emily para captarles la atención, y lo consiguió, junto con la de media docena de personas en la distancia. Bajó la voz y les dio la espalda—. ¿Tenía aventuras o no?

—¿Qué más da? —Sam se encogió de hombros—. Pregúntale a Alice.

—¿Por qué no a mí? —inquirió Greta.

—Porque tú nunca admitirías la verdad.

—¿Alice?

Emily obedeció a su hermano, con el pelo rubio reluciente bajo el sol, y ella se imaginó sus enormes ojos azules detrás de las gafas de sol espejadas. Como para su hermana parecía importante, reflexionó sobre la pregunta.

La inundaron los recuerdos: sus padres en el Lizzie, riendo mientras se embarcaban en su primera travesía; Elisabeth y Franklin bailando en el Metropolitan Club en Año Nuevo, besándose en el ascensor mientras subía hasta el piso de Nueva York; él rodeándole la cintura con el brazo mientras se despedían de Alice en su primer día en Amherst.

Y, luego, una conversación extraña y desdibujada durante una cena en el distrito norte de la ciudad, en la que por alguna razón estaban solos Alice y Franklin.

Él le había preguntado si estaba saliendo con alguien, y ella había arrugado la nariz y se había quejado del estado de las relaciones modernas, recordándole que, antes de Storm, la gente se conocía por medios tradicionales.

Él lo había pensado un momento, y había asentido.

—Lo apuntaré en la columna de «quizá podría haberlo hecho mejor». Pero espero que algún día te enamores. No siempre es fácil, pero siempre merece la pena.

Alice no recordaba dónde habían cenado, pero sí las mesas de formica y los ventiladores de techo que giraban despacio, y el chirrido del asiento de vinilo azul desgastado bajo ella. Y la certeza de que Franklin le hablaba de Elisabeth.

Y luego había añadido:

—Asegúrate de que sea alguien que se merezca a un activo de primera clase.

Ella sonrió al oír aquella tontería de apelativo, que a él tanto le gustaba.

«Eres un activo de primera clase —le decía después de despachar a los chicos que consideraba indignos de ella—.

Demasiado valiosa para el público general».

Qué extrañas las cosas que recordaba ahora y que no le dejaban tiempo para crear nuevos recuerdos.

Carraspeó y sacudió la cabeza.

—Papá era un casanova, y sí, ha habido muchísimas mujeres que han sido objeto de especulaciones, en un momento u otro, sobre si eran amantes suyas o no.

Pero, si te digo la verdad, y aunque es algo que escapa a mi comprensión, creo que mamá y él...

funcionaban. Un ejemplo de dos personas que eran perfectas para la otra porque habrían sido terribles para cualquier otra persona.

Así que no: no creo que se tirara a la señora Austin, ni a nadie más.

—Por el amor de Dios, dejad ya de usar el verbo tirarse —se lamentó Greta, avisando a otro camarero y cogiendo un pequeño rollito de bogavante de la bandeja.

—Hecho —dijo Alice, y todos siguieron su ejemplo—. Todavía no he conseguido borrarme de la cabeza aquella vez que Sam estuvo sexteando accidentalmente por el chat familiar.

Greta y ella se echaron a reír y su hermano levantó una mano.

—Acordamos no volver a hablar nunca de eso.

—No, tú decidiste no volver a hablar del tema —le recordó la mayor—. Dios, qué guarro eres.

—¿Cómo sabéis que no le estaba escribiendo a Sila? —preguntó él a la defensiva.

—¿Aparte de porque nos llamaste al momento para pedirnos que no se lo contáramos? —contestó Alice.

—Madre mía, imagínate estar tan falto como para andar sexteando a tu edad —dijo Emily—. ¿Las mujeres entienden lo humillante que es atraer a los hombres?

—Sí —respondieron sus hermanas al unísono.

Alice le dio otro sorbo al vino y echó la vista hacia la bahía, azul, hermosa, entre la isla y el puerto de Wickford, el agua salpicada por un puñado de esquifes, demasiado lejanos para identificar a los ocupantes, aunque lo más probable era que se dirigieran hacia allí.

Un helicóptero zumbaba en el cielo, anunciando la llegada de invitados con un alto poder adquisitivo, y los cuatro lo observaron hasta que desapareció por encima del tejado a dos aguas.

Alice bebió más vino y valoró la agrupación actual de...

—¿Cómo llamamos a esta gente? ¿Dolientes?

—¿Personas de buena voluntad? —sugirió Greta.

—Mamá seguramente los llamaría juerguistas —dijo Emily.

—Son un hatajo de fisgones —concluyó Sam—. Habrían preferido que los invitáramos a la escena del accidente.

Sin saber qué decir, Alice señaló a Sila en la distancia, en medio de una conversación animada con alguien que le resultaba vagamente familiar. Inclinó la copa en su dirección.

—Oye, ¿aquel no es el tipo de aquella película...? ¿Cómo se llama?

Sam miró hacia donde apuntaba.

—Sí, es él.

—No sabía que papá lo conociera.

—Hizo algunos anuncios para la empresa —explicó Greta—. Por lo visto llamó a la empresa para que lo invitaran. Lauren nos preguntó si nos gustaría conocerlo.

—Yo, personalmente, siempre había soñado con conocer a famosos en el funeral de mi padre —dijo Alice con gesto serio.

—Celebración —la corrigieron Greta, Emily y Sam al unísono.

Ella asintió.

—Claro. Qué locura.

—Deberíais ir a saludar —les aconsejó la mayor—. Me gusta el vestido, aunque es algo oscuro.

—Tiene bolsillos —respondió Alice al instante, metiéndose las manos en los bolsillos del vestido negro sin mangas que se había acordado de meter en la maleta—. Pensaba que todo esto se celebraría, bueno, pues en una iglesia.

—¿Teniendo mamá la opción de celebrar una fiesta? —Emily señaló con el brazo el exuberante espacio verde lleno de platos de comida, las enormes carpas blancas y los preciosos adornos de las mesas que habían traído aquella misma mañana—. Jamás.

—A todo esto, ¿dónde está mamá? —le preguntó Sam a Greta.

—¿Por qué debería saberlo? —respondió ella con más agresividad de la que esperaban sus hermanos.

Sam abrió mucho los ojos.

—Porque lo sabes siempre.

Alice fue lo bastante lista para callarse, incluso cuando Emily se encogió de hombros y dijo:

—A ver, no ha dicho ninguna mentira. Es un poco... lo que se te da mejor.

—Bueno, pues me la suda.

Todos se quedaron atónitos.

—Greta, esa lengua —le soltó Sam con sorna, rozando la malicia—. En serio, relájate.

—Madre mía —dijo Emily.

—No, estoy harta. Estoy hasta las narices de que habléis de mí como si solo fuera una extensión de mamá. Tengo mi propia vida, que lo sepáis.

—Si ya lo sabemos —contestó su hermano, metiendo todavía más la pata—. Tienes una relación larga con un hombre al que estás a punto de despedir.

Todos siguieron con la mirada la dirección que señalaba, hacia uno de los extremos del prado, donde Tony charlaba con un grupo de otros hombres de torsos anchos y pecho pronunciado vestidos con trajes y gafas de sol; media decena de guardaespaldas que les habían cedido la protección del día a los Servicios Secretos que vigilaban el perímetro de la isla.

—¿Cómo lo llevas, por cierto?

—Cállate —le espetó Greta, como si de repente volviera a tener quince años y estuviera enfadada con su hermano.

—Te lo pregunto porque yo estoy haciendo lo que me toca.

—Si te refieres a lo de tener la boca cerrada... —comenzó Alice, con un tono de censura en la voz.