13
Hacía un día precioso para un funeral una celebración.
Su madre lo había conseguido. Entre el espectacular cielo azul, las aguas tranquilas de la bahía, las carpas blancas impolutas dispuestas por el gran prado de la colina al sur de la isla, diseñadas para proporcionar sombra pero no refugio (era una fiesta, no una excursión), y el cuarteto de cuerda de la esquina, era imposible encontrar siquiera una brizna de dolor.
Y luego estaban los demás, apartados de la multitud: unas cuantas personas de la zona, Charlie y Lorraine, el propietario de la granja Skipping Stone. Dos miembros del ayuntamiento de Wickford. El que vaciaba las fosas sépticas, a escasos metros del presidente de Francia.
Los funerales eran algo extraño.
Alice se puso las gafas de sol Wayfarer que le había sustraído a su madre de la bolsa de la playa aquella mañana y se reunió con sus hermanos en el murete de piedra que delimitaba la frontera norte del jardín.
—¿Deberíamos conocer a estas personas?
—Yo las conozco a todas —dijo Sam con fanfarronería—. Era lo que papá esperaba de mí.
Ella puso los ojos en blanco.
—Vale. Y dime, Sam: ¿cómo piensas comportarte como director general durante las horas impares?
Antes de que pudiera responder, Greta intervino:
—Debo admitir que el universo le ha dado a mamá precisamente lo que quería. —Un río de dolientes fluía desde el helipuerto, cruzaba una hendidura en el muro y se adentraba en el prado—. Ah, mirad, el tío Mike.
Michael Haskins, el primer socio de su padre.
Mike y Franklin, que eran vecinos de pequeños, habían montado el prototipo de Storm juntos en el garaje de los padres de Franklin (Mike también había puesto 1.
107 dólares). Mientras que Franklin estaba obsesionado con el proyecto, Mike se había animado a participar por las emociones y los beneficios, y cuando recibió la primera inyección del capital riesgo, se quedó con su parte y se fue a buscar mejores (y más provechosas) oportunidades.
Desde entonces, Haskins Enterprises había servido de incubadora de más de media decena de empresas, cada una más imprescindible para la cultura moderna que la anterior.
Si Franklin era una de las diez personas más ricas del mundo, Mike había sido por mucho el número uno... durante un tiempo.
Cayó varios puestos tres años atrás, cuando había dejado a Julie, con la que había estado casado durante casi cuarenta años, y no le había quedado otra opción que dividir su descomunal fortuna.
La sustituta iba cogida de su brazo aquella tarde, treinta años más joven que él, agarrándolo con fuerza de la mano.
Cuando vio a los hermanos en el muro, contemplando la gente reunida más abajo, levantó la mano libre y los saludó.
—¡Los jóvenes Storm!
Todo el mundo saludó, y Emily exclamó:
—¡Hola, tío Mike!
Él señaló a su madre y luego a ellos, en el gesto universal de que iría a verlos después de besarle la mano a la señora, y volvió a girarse hacia su flamante esposa.
—Supongo que mamá ha cambiado de idea después de todo —observó Greta.
Alice miró a su hermana mayor.
—¿Sobre qué?
—Se le fue la olla cuando los pusimos en la lista —le explicó.
—¿En serio? —No se lo podía creer—. No me imagino esto sin él. Pero supongo que todas las emociones que mamá ha estado guardándose tenían que salir por algún sitio.
—No ha cambiado de idea —dijo Emily, viendo a Mike cruzando el gran prado—. Papá quería que estuviera y yo me he asegurado de que así fuera.
Todos se giraron hacia ella.
—Uf —comenzó Sam.
—¿Qué quieres decir? —añadió Greta.
—¿Que papá quería que estuviera aquí?
Emily respondió al instante.
—Era indiscutible.
Tras atribuirlo a las vibraciones de tienda de cristales de Emily, los hermanos volvieron a centrar la atención en Mike y Twyla, que ya bajaban por el prado en dirección a Elisabeth, quien recibía a los invitados con un vestido blanco veraniego y un sombrero de ala ancha.
Cuando se acercaron, ella se tensó de una manera casi imperceptible, y alzó la vista colina arriba, hacia sus hijos, con los ojos ocultos tras las gafas de sol negras.
—Te está echando un mal de ojo, Emi —bromeó Sam.
—¿Por qué no quería que vinieran?
—Seguramente por Twyla —contestó Greta, con un escalofrío verbal que era el resultado de años de entrenamiento por parte de Elisabeth—. ¿Tienes acceso a la tarjeta de crédito de un multimillonario y ese es el vestido que eliges?
—Greta... —la reprendió Alice.
—Por favor, si seguro que lo estabas pensando —se defendió ella—. Admítelo.
—Lo único que voy a admitir es que disfruto muchísimo cuando abro el móvil y veo que Julie Haskins ha donado otros quinientos millones a causas benéficas y ha dejado a los demás a la altura del betún.
—Twyla es una chica dulcísima —comentó Emily.
—No la conozco —dijo Alice—. Pero ¿y tú cómo lo sabes?
Se encogió de hombros.
—Claudia y yo fuimos a un encuentro de yoguis en los Hamptons durante el eclipse del mes pasado; Mike y Twyla tienen una casa allí, así que les pregunté si querían venir.
—¿Twyla? —Greta ladeó la cabeza—. ¿Por qué?
Otro gesto de indiferencia.
—Ni idea. Me pareció que no estaba de más que la conociéramos un poco mejor. Teniendo en cuenta las circunstancias. Meditamos.
—Me podrías haber invitado —le espetó la mayor, sintiéndose apartada.
—¿Te habría gustado meditar durante un eclipse? —La cara de Greta contestó por ella, y todos se rieron cuando Emily abrió los brazos—. ¿Lo ves?
Se quedaron en silencio unos minutos, viendo cómo el río de personas bajaba por la elevación del camino que salía del helipuerto y subía por el prado desde los muelles. Cuando se marchó el tercer helicóptero, Alice preguntó:
—¿A papá le caía bien toda esta gente?
—Ni de coña —contestó Sam—. Seguro que tendría opiniones de todos.
—Y acabaría metiéndoselos a todos en el bolsillo de todas formas —repuso ella—. Franklin Storm no conoció jamás a ninguna persona a la que no fuera capaz de controlar.
—Nosotros incluidos —añadió su hermano.
Se hizo de nuevo el silencio mientras observaban a los grupos de personas que cruzaban el campo en zigzag, guardando una distancia prudencial con Elisabeth, que estaba más que preparada para aceptar sus pésames y atención. Nadie miraba a los hijos, parados a lo largo del muro de piedra.
—Al menos no está montando un numerito —dijo Greta, señalando con la cabeza a su madre, que tenía una sonrisa falsa y paciente pintada en la cara mientras escuchaba a Twyla.
—No me puedo creer que no me haya enterado hasta hoy de que no los soporta.
—Bueno, si no hubieras desaparecido durante tanto tiempo... —Sam se interrumpió y Alice se mordió la lengua, consciente de que la única intención de su hermano era sacarla de sus casillas.
—Sam, basta. Lo habría sabido si no se hubiera pasado toda la mañana encerrada en la despensa con Jack cuando ocurrió... —dijo Emily, con una nota provocadora en la voz—. Y, a todo esto, ¿dónde está tu amigo?
—Primero, me quedé atrapada sola. Segundo, no es amigo mío —contestó ella, levantando una mano para hacer callar a su hermana—. ¿Y por qué tendría que saber dónde está?
Se encontraba a unos dos tercios del prado más abajo, debajo de una gran carpa, charlando sin esfuerzo con un grupo de hombres con trajes a medida y que no estaban ni de lejos tan atractivos como Jack y su traje de rayas azul marino, ajustado hasta decir basta, del valor de una pequeña fortuna.
¿Por qué tenía que estar siempre tan bien?
Y, lo que era peor, ¿por qué tenía ella que fijarse siempre en eso?
¿No se suponía que los recaderos eran hombres sin pretensiones?
¿Encantadores, despreocupados y aparentemente inofensivos antes de que hicieran lo que su padre les hubiera pagado para que hicieran?
Seducir a la gente, probablemente. Esa era sin duda una de sus mayores habilidades.
Como si hubiera presentido su mirada, Jack levantó la vista hacia la casa y la encontró. Se quedó así un instante durante el cual Alice sintió un alivio inmenso de que las gafas de sol ocultaran el detalle de que ella lo había encontrado primero.
Y no porque hubiera estado buscándolo. Había hecho todo lo posible por evitarlo desde que lo vio en el vestíbulo el día anterior. Había evitado el embarcadero, el despacho de su padre, estar sola en los espacios comunes de la casa.
«Nada de Jack», había decidido, y lo estaba respetando. Siempre que se encontraba sola con aquel hombre, acababa perdiendo los papeles. Cuando no le recordaba los besos que se habían dado (y mucho más que eso, pero se esforzaba por quitárselo de la cabeza), la trataba bien.
Le pedía que confiara en él.
La hacía reír. Uf, puede que esa fuera la peor de las infracciones, porque le perdían los chicos que la hacían reír.
Y él había sido ese chico en la estación de tren, pero se había convencido de que era todo una mentira.
De que era imposible que aquel hombre, que la había engañado y había traicionado su confianza, fuese el mismo chaval divertido y comprensivo que había bromeado con ella sobre lo de ser un scout.
Era el tipo de hombre que podía derribar a un fotógrafo. Ese comportamiento tenía sentido. Era zafio, brutal, criminal.
Sexy.
Eso era cosa de su cerebro reptiliano. Jack era el recadero de su padre, y estaba allí únicamente para cumplir con sus recados, para arreglar cosas. Y cuando Franklin Storm arreglaba cosas, no era bueno, ni divertido ni seguro. Era extremadamente serio.
—Que le follen —dijo Sam, como si hubiese participado de sus pensamientos. «Sí», coincidió Alice. (Metafóricamente hablando, al menos. Literalmente no era una buena idea, por las razones ya mencionadas).
—¿Dónde está Claudia? —le preguntó a Emily, quien señaló a su esposa, sumida en un debate con un grupo de amigos de Elisabeth—. Ostras. Sí que se lleva bien con la pandilla de mamá, ¿no?
—No digas eso —respondió Emily con una carcajada—. Te juro que a veces me preocupa que mamá se deshaga de todos nosotros solo por conservar a Claudia.