SAM #3
Ella se quedó inmóvil y él observó una decena de emociones recorriéndole el rostro antes de que diera media vuelta y saliera del edificio.
La alcanzó en el viejo muro de piedra que delimitaba el prado de la cresta, con la campana aún resonando desde el sur y el descomunal roble de su padre alzándose en la distancia.
Aquel árbol de las narices que ya era malo entonces y que en ese momento se elevaba alto y verde y hermoso, con sus hijos debajo, una hermana de catorce años y su hermano de nueve, normalmente de planetas distintos y ahora riendo juntos.
Otro recuerdo, de un millón de años atrás, bajo el mismo árbol con sus hermanas, sin nada más que hacer que entenderse. Y lo del millón de años no era una exageración. Era incapaz de recordar la última vez que estuvieron juntos.
No quería que les ocurriera lo mismo a sus hijos.
—Sila...
—Eso te encantaría, ¿verdad? —le respondió ella, como si fuera la heroína de la obra, como un personaje por el que internet perdería el culo, atractiva y fuerte y fría (¡reina!).
Ella lo atravesó con la mirada, con la cara relajada y afilada y perfectamente esculpida, su pelo marrón oscuro convertido en un dorado cálido que le costaba miles de dólares cada seis semanas—.
Que me fuera. Que me llevara a los niños.
—No —se apresuró a decir él con sequedad, inquebrantable—. No te vas a llevar a los niños.
Supo al instante que no debería haberlo dicho. Que le había dado demasiado. Que lo usaría para castigarlo.
—Me lo debes, Sam. Los Storm me lo deben.
Por todas las veces que tu madre ha mirado a la mía por encima del hombro.
Por todas las veces que tus hermanas se han comportado como si fueran mejores que yo.
Por tu padre, al que le encantaba regodearse de que nos lo pagaba todo, incluso tu sueldo, que ahora me dices que también te lo quitó.
Por obligarme a sentarme en la casa de la campana, joder.
Puede que tu gallina de los huevos de oro haya dejado de poner, Sam, pero la mía acaba de empezar.
—¿Y ya está? ¿Te vas a quedar por el dinero?
—¿Y por qué debería quedarme? ¿Por amor? —Lo soltó como una broma hilarante, y por un instante Sam recordó un tiempo en que bromeaban sobre el amor. En que podrían haber sido felices.
Se giró hacia la bahía, reluciente y preciosa.
Nunca había pensado en el amor. En su familia, siempre había sido una transacción.
Existía un día, al siguiente desaparecía, regresaba más adelante cuando alguien se lo ganaba.
Y el amor no había formado parte de su matrimonio.
¿La atracción? Sí. Un cierto cariño de cuando en cuando, incluso respeto (no ahora, evidentemente).
Pero no había aguantado en el matrimonio por ella.
Y ella por él, tampoco. Ninguno de los dos era perfecto.
Los años los habían llenado de aburrimiento, desinterés e infidelidades por ambas partes, aunque Sila había tenido la delicadeza de evitar cualquier tipo de compromiso y escándalos, una lección que Sam había tardado en aprender, hasta que sus padres le habían recordado el poder de su decepción.
Así que había soportado el matrimonio, en parte por la voluntad de Franklin y en parte para evitar la desilusión de Elisabeth. Pero también porque sabía que, aunque él no fuese un gran padre, Sila era una madre terrible.
—Sé que no quieres decirlo en voz alta —le insistió ella, sin imaginarse lo que estaba pensando—.
Por culpa de esos valores de rica antigua de tu madre siempre procuras no hablar de dinero en público, pero alguno de los dos tiene que pensar en ello.
Alguno de los dos tiene que pensar cómo conseguimos la vida que queremos y que nuestros hijos vivan la vida que ellos quieran, y que todos vivamos el futuro que se nos prometió.
El viento arreció en el momento exacto, como si las palabras lo hubieran invocado. En ese momento, le podría haber parecido atractiva, si no le tuviera tanto asco.
—Haré todo lo que pueda para asegurarme de que tu familia no eche a perder todos mis esfuerzos —sentenció ella e hizo una pausa—. Y tu familia hará todo lo que pueda para activar la herencia.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Porque no sois tan especiales como creéis, coño.
Sois unos gilipollas y unos imbéciles, como todo el mundo.
Y elegiréis el dinero, como todo el mundo.
Te callarás cuando tengas que callarte, y repararás la mierda de la campana, y Greta antepondrá a tu madre a Tony, y Emily y Claudia no harán nada y se irán de rositas, como siempre, y tu madre dirá lo que haga falta para asegurarse de que todos recibís vuestro dinero, porque sí, es una madre de mierda, pero sabe lo que se hace.
La virgen. Le había estado dando muchas vueltas. Y no se equivocaba.
—Y tú vas a dejar de comportarte como un idiota y vas a hacer lo que sea necesario para conseguir tu parte, y luego yo recibiré la mía. Y todos seremos felices y comeremos perdices.
—Es mi familia, Sila. —La única que tenía. La única que tenían sus hijos.
—Tu familia —repitió, enfatizando cada palabra, acentuadas a su vez por la campana que tañía en la distancia—. No les caigo bien y ellos a mí tampoco, y llevo años sonriendo y jodiéndome. Así que sí: voy a asegurarme de que esta vez ganemos.
—Que gane yo, dirás.
—¿Cómo?
—La herencia. Es mía. Era mi padre.
Señaló con la mano a Saoirse y Oliver, que estaban colgados de una rama baja del árbol de Franklin, con las piernas encima de Elisabeth y Emily, que se encontraban tumbadas de espaldas y miraban el cielo a través de las hojas.
Los niños no parecían desconcertados, a pesar de que Elisabeth no fuera el tipo de abuela que pasaba el rato debajo de un árbol.
Eran lo bastante pequeños y abiertos para aceptar a aquella nueva abuela rara y a su divertida tía en una escena digna de un viejo anuncio de limonada.
Si la limonada estuviera hecha con psicotrópicos.
—Su abuelo —añadió Sam.
—Vale, pues consíguela para ellos.
Le daba igual cuáles fueran sus motivos siempre que se saliera con la suya. Y se saldría con la suya. Greta decidiría hacer feliz a su madre, como siempre. Emily y Elisabeth cederían y harían que se solucionara todo lo demás.
Alice... era la única a la que tal vez tuvieran que darle un empujoncito en la dirección correcta. La única que no tenía nada que perder. La única que había demostrado que podía sobrevivir sin el dinero. La única que podía sobrevivir sin los Storm.
Menuda habilidad.
—Como la cagues, Sam... —zanjó Sila, desplegando su arma definitiva— los niños se vienen conmigo. Y no solo porque no tengan ni idea de quién eres sin este sitio y todo lo que comporta.
Sam la entendió a la perfección. Su matrimonio no tenía solución; probablemente estuviera condenado desde el principio. Pero con la herencia... vería a sus hijos. Esa era su oferta.
Le dio la espalda a su mujer y echó a andar colina arriba hacia la casa, a lo largo del muro centenario en dirección al roble de su padre, donde su madre, sus hijos y su hermana se reían y comían plátano.
Sila no lo siguió.
Lo único que lo siguió fue el sonido de la campana antiniebla, lo bastante estridente para que la oyeran todas las embarcaciones alrededor de la isla, cada quince segundos, alertando a la bahía entera de las tormentas que se aproximaban.