SAM #2
A Sam no le había caído nunca demasiado bien el padre de Sila, ni siquiera antes de que lo condenaran por estafarles millones a sus amigos y colegas ricos.
Franklin lo aborrecía, algo que él siempre había supuesto que Sila sabía, teniendo en cuenta sus ganas de convertirse en una Storm desde el principio y la facilidad con que le había dado la espalda a su familia cuando habían metido a su padre en la cárcel.
Pero ahora, con ella echándole en cara que se plantara, recordó que su mujer llevaba una parte significativa de su padre en el corazón.
Eso y que nunca había tenido tan claro lo poco que le quería. Y no le importaba, porque él también hacía mucho que había dejado de quererla.
—Tú no quieres que gane yo —la corrigió—. Lo que quieres es ganar tú.
—Nuestra vida es carísima, Sam. Tenerte contento es carísimo.
Dudaba de que Sila hubiera pensado en su felicidad últimamente, si es que alguna vez le había importado, pero no se acobardó.
—Ya lo sé —dijo, detestando el tono de la respuesta, arrogante. Como si ella fuera su madre. Sabía Dios que a veces era lo que sentía por cómo Sila dirigía el cotarro, como si en él no se pudiera confiar.
Y claro que se podía. Esa no era la razón por la que lo había atado tan corto. Tenía un plan para conseguir dinero y poder, y no estaba dispuesta a perderlo de vista.
—Cuando te conocí lo tenía todo —le espetó ella—. ¿Eres consciente de con quién me podría haber casado? ¿De la vida que habría tenido? ¡Podría haber acabado con un príncipe saudí! Pero no: te elegí a ti.
Él nunca había querido casarse con ella.
Era guapa y tentadora, alocada como solo pueden serlo las niñas ricas de institutos privados, con esa capacidad de estar siempre preparada para colgar una foto, arriesgándose lo justo.
Sexo que no le estropeara el pelo ni el maquillaje, drogas proporcionadas por los mejores médicos del Upper East Side, sin bajar nunca de la calle 14 sin el chófer de papá, y mucho menos tomar el metro hasta Brooklyn.
Pero ahora Sila no podía permitirse ser alocada.
No era culpa de Sam, pero ella lo odiaba igualmente por ello.
A lo mejor lo había odiado desde el principio, desde ese momento en que había dejado un test de embarazo en el mármol del baño de su piso de Back Bay.
Y, mientras él esperaba con la sangre bombeándole en los oídos, listo para llamar al médico de la familia y que se encargaran de todo con discreción (¿había alguna forma de que la prensa no se enterara?
, ¿sin, además, que su padre se enterara?), Sila había aparecido detrás de él en el espejo con una sonrisa de oreja a oreja, y le había preguntado: «¿Cuándo lo hacemos público? ».
Serían la realeza de Nueva York, le había dicho ella, antes de concertar una cita en Harry Winston en su calendario compartido. Nueve semanas más tarde, firmaron el acuerdo prenupcial y Sila pasó por el altar (con un vestido a medida de Vera Wang).
Siempre había estado al mando. Incluso ahora, cuando le decía:
—Todo el mundo pensaba que yo era la afortunada.
La que se casaba con un Storm. A nadie se le ocurrió que el afortunado eras tú.
No eras más que un niño rico cuando te conocí.
¿Y ahora qué? Si no fuera por mí, nunca serías director general.
Soy yo quien te convirtió en algo en lo que tu padre considerase que valía la pena invertir.
No le hacía falta preguntar a qué se refería.
Franklin jamás había considerado a Sam una persona seria.
Nunca había sido lo bastante listo para su padre, ni lo bastante espabilado.
No era ni buen atleta ni orador ni directivo, ni siquiera valía como chófer.
Nunca había tenido las amistades adecuadas.
No era fiable como Greta, ni astuto como Alice, ni un encanto como Emily.
Si cerraba los ojos, aún veía el gesto de decepción de Franklin en un sinfín de situaciones.
En el despacho del director de Dalton (solucionado con un cheque de los gordos).
En una reunión con el decano de estudiantes de Harvard (otro cheque de los grandes).
En la comisaría de policía de Tiverton una madrugada, el verano anterior a su primer año (vale, todo se resolvía con cheques considerables).
En el despacho de Franklin en la casa principal, cuando su padre lo había informado sin ambages de que se casaría con Sila porque estaba embarazada y ningún niño Storm nacería sin protección (aquel debió de ser el cheque más grande de todos, el que aparecía escrito en el acuerdo prenupcial).
Cinco meses y medio después, nació Saoirse (habitación privada en el Lenox Hill), y Franklin se llevó a Sam a un aparte (en otra habitación privada del Lenox Hill) para informarlo sin ambages de que aquello era su futuro. Y que ya era momento de centrarse.
Cabe decir que Sam no necesitaba aquel apunte por parte de su padre. En cuanto había mirado a la bebé a los ojos, había sabido la verdad: haría todo lo que estuviera en sus manos para que el matrimonio funcionara.
Porque la prioridad siempre habían sido sus hijos.
Para ayudarlos, Franklin había abierto la cartera más veces de las que era capaz de contar, contento (contento no, pero sí dispuesto) de pagar el estilo de vida extravagante de Sam y Sila y complementar el aburrimiento del trabajo mediocre de su hijo en Storm.
Franklin se había encargado de que su nuera no perdiera el estilo, de que Saoirse y Oliver siguieran en la escuela y de que Sam se entretuviera.
Hasta nueve meses atrás, cuando había dejado de firmar cheques. «La gallina de los huevos de oro ha dejado de poner, chaval». Chaval. Como si Sam no tuviera treinta y siete años y fuera padre de dos críos.
Hasta dos meses atrás, cuando su padre lo había convocado a su despacho allí, en la isla, y había terminado el trabajo.
—Bueno, Sila, pues lamento decirte que tu plan se ha ido a la mierda. No voy a ser el director general.
Ella se giró hacia él de súbito.
—¿Perdón?
—Me despidió.
Se quedó paralizada, y apenas movió los labios al preguntar:
—¿Cuándo?
—El Cuatro de Julio.
«Ya va siendo hora de que te ganes el pan sin mi ayuda, Sam».
Hacía mucho tiempo que no veía a Sila conmocionada, y le gustó más de lo que debería.
—No me lo dijiste.
—Increíble, ¿verdad?
Ella lo miró con los ojos entrecerrados al captar el sarcasmo en la respuesta.
—Vete a la mierda, Sam. Eres un puto chiste. ¿Qué se supone que voy a hacer ahora? Tienes hijos.
Supuso que se lo merecía. Poco importaba lo que hubiera hecho: nunca era suficiente para Franklin ni Sila, ni para nadie en general.
O era un nombre o era el dinero o simplemente era el nepobaby que trabajaba en la empresa.
Y nada más. Incluso en ese instante, Franklin había encontrado la manera de callarlo.
Por raro que pareciera, no le había sorprendido que su padre hubiera puesto límites a su capacidad de hablar.
Si había algo que Franklin hubiera odiado desde siempre era que Sam hablara.
Con los demás no tenía problemas: Greta siempre era de utilidad, Emily siempre era una monada y Alice era la que había conseguido escapar.
Alice, quien, por alguna razón, nunca había perdido el respeto de su padre. Ni siquiera al estudiar Bellas Artes en la universidad. Ni al negarse a hacer Económicas. Ni tampoco cuando puso Storm patas arriba.
Incluso entonces, mientras Franklin clamaba contra ella, la aislaba y la insultaba, seguía respetándola. Pero ni tras eso le había prestado atención a Sam. Ni siquiera cuando la exilió y él estuvo más cerca que nunca de gritarle: «¡Sácame del banquillo, entrenador!».
Aunque, claro, se habría llevado una decepción; Franklin ya había nombrado a Jack como su favorito. Un hijo mejor de lo que Sam había sido jamás, capaz de predecir sus necesidades, resolverle los problemas y dirigir su imperio. Incluso ahora, que había muerto.
¿Para qué servía Sam?
Contempló la campana antiniebla, su última tarea. Su padre no podría haber dejado más claro que aquello era lo que veía en él. No un legado, no el próximo director general de Storm Inc.
Ni siquiera un hijo. Simplemente era un gilipollas al que no se le podía confiar nada más que algún que otro trabajillo.
Alargó el brazo y le dio cuerda a la máquina, la cual, completamente cargada, sonaría cada quince segundos durante catorce horas. Lo bastante como para ver la isla a través de una noche larga y oscura.
Cuando soltó la manivela, el mecanismo arrancó con un chirrido, emitiendo clics y moviéndose en pequeñas sacudidas.
—Enhorabuena —le dijo Sila con desprecio—. La has arreglado.
Él asintió.
—¿Quién es el chiste ahora?
La observaron juntos, cada uno preguntándose si haría lo que se esperaba de ella. Y entonces, con un chasquido mecánico, el martillo salió volando y golpeó la enorme campana con la fuerza suficiente para obligarlos a retroceder unos pasos.
—¿Estás sonriendo? —Sila lo miró con un gesto de horror, que había sustituido al pánico y la conmoción de las preguntas anteriores—.
Me cago en todo, Sam, no sé qué te pasa, pero...
más te vale ponerte las pilas. Si pretendemos ganar, no puedes dejar que el —lo señaló con la mano— duelo se interponga en el camino.
«Duelo». Qué gilipollez de concepto. Sam no estaba de duelo. La gente normal se dolía. ¿Qué podía llorar él? Su padre seguía allí, moviéndose por la isla como un puñetero espectro. Por la familia. Y estaban condenados, pensó mientras veía los engranajes girar de nuevo.
Aquello no terminaría el miércoles. No terminaría jamás.
Franklin siempre tendría algo que decir y siempre sería capaz de mandar callar a Sam. Incluso ahora. Incluso muerto.
Así que no. Sam no estaba de duelo. Estaba furioso de haber permitido que aquel sitio lo dominara. De no poder impedirlo.
El martillo golpeó otra vez la campana.
—Me voy de aquí —dijo Sila en medio del eco.
—¿Para siempre? —le espetó él, girándose hacia ella. No soportó el pánico que lo embargó por la pregunta. Y por la respuesta.