Tormentas de verano SAM
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SAM

—Sigo sin entender por qué tengo que estar aquí.

Saoirse Storm no levantó la vista del móvil mientras activaba y desactivaba los datos, con la esperanza de encontrar un mínimo de cobertura jamás visto hasta entonces en la isla.

Mientras gruñía de frustración contra el mundo, su padre metía un trapo en una lata de aceite lubricante guardada en la esquina de la casa de la campana antiniebla y reemprendía su tarea.

—La situación no ha cambiado; estamos aquí porque tu abuelo nos lo ha pedido.

Un leve resoplido por parte de Sila.

—Estamos aquí porque no nos queda otra.

Sam apretó los dientes y se concentró en la grasa que limpiaba de aquel enorme instrumento, una de las curiosidades más distintivas de la isla.

—Puaj. ¿Qué es eso? —le preguntó Oliver, de nueve años, por encima del hombro.

—¿Quieres echarme una mano? —le dijo él, ofreciéndole un trapo.

—No te ensucies, Ollie —señaló Sila, arreglándose el pelo frente a la cámara del móvil.

—Estamos en verano —contestó Sam, mientras Oliver ignoraba a su madre y se sentaba en el suelo polvoriento para ayudarlo—. Se supone que es el momento de ensuciarse.

—Papá, sé que esto te parece romántico o yo qué sé, pero hay muchísimas arañas —se quejó Saoirse, observando el techo de la casa de la campana.

—Podrías limpiar las telarañas de las ventanas —le sugirió.

—Ni hablar —dijo Sila.

El categórico rechazo no lo debería haber sorprendido, pero apretó los dientes y siguió bajando por la base de hierro forjado de la campana, deseando, por primera vez desde que había abierto la carta de su padre, que fuese una hora impar para no tener que hablar.

—Qué asco todo —se quejó Saoirse, dejando caer el brazo con el móvil por primera vez desde que habían llegado; ¿era posible que hiciera años que Sam no veía a su hija iluminada por el brillo de la pantalla?

—. No hay cobertura y el wifi no llega hasta aquí y echo de menos nuestra casa y llevamos aquí encerrados una eternidad.

—Aquí nadie se lo está pasando bien, Saoirse —replicó Sila.

—¿Por qué no nos vamos a casa y volvemos mañana? ¡Para eso están los helicópteros!

Hablaba como su padre.

—No sé si sabéis que, cuando tenía vuestra edad —comenzó Sam, y el cliché hizo gruñir a todos los ocupantes de la casa de la campana—, no había helicópteros que nos trajeran y sacaran de la isla.

—¿Y qué hacíais? ¿Montaros en un dinosaurio? —bromeó Oliver.

—Qué gracioso —contestó él—. Se nos iban ocurriendo alternativas.

Nadábamos. Explorábamos la isla. —Se detuvo, avergonzado por que pudiera parecer por sus palabras que aquel lugar era poco más que una prisión de la que no veían la hora de escapar durante el verano, Elisabeth y Franklin casi siempre fuera y los niños apenas interesados en los otros.

Emily y Alice eran tan jóvenes que solo le resultaban una molestia, y Greta nunca había sido demasiado divertida.

Limpió las patas de hierro forjado, comprobando los tornillos—. Cogíamos un barco hasta el continente.

—Qué pasada. ¿Podemos coger un barco hasta el continente? —Saoirse no cedía—. ¿Y quedarnos allí?

—No —respondió Sam, echándose hacia atrás antes de seguir limpiando el equipo más deprisa—. Pero puedes ayudarme con esto, si quieres.

—Paso.

—Yo igual —añadió Sila, sentada con cuidado en la obertura de la pared donde la enorme campana guardaba silencio—. Prefiero mirarte.

—¿Qué más puedo hacer, papá? —preguntó Oliver.

—¿Qué más puedo hacer, papá? —le imitó su hermana con malicia.

—¡Cállate, Saoirse!

—Te callas tú.

—Os calláis los dos —les espetó Sam, colocando el equipo de nuevo en la máquina y poniéndose de pie para decidir los próximos pasos.

La adolescente, presintiendo los límites de la paciencia de su padre, se acercó a él y tocó el enorme tambor de metal, y arrugó la nariz al notar la mugre.

—¿Cuándo fue la última vez que limpiaron esto?

—La pregunta es cuándo fue la última vez que la usaron —dijo Sila.

—Se usa de vez en cuando —contestó él, frustrado, a la defensiva.

—¿Tú la has usado alguna vez? —preguntó Oliver.

Sam asintió.

—Era una de las cosas de la isla que más le gustaban a vuestro abuelo.

—Aprovechó el momento y señaló las partes más importantes de la máquina: los engranajes, el tambor, el cable unido a un peso, la manivela, el martillo centenario que golpearía la enorme campana en incrementos de quince segundos cuando terminaran—.

Si estuviéramos aquí y hubiera una tormenta, le daríamos cuerda y funcionaría durante horas.

—No sería para nada molesto —exclamó Sila.

Milagrosamente, los niños la ignoraron.

—¿Papá? —preguntó Saoirse, con entusiasmo, por primera vez en no se sabía cuánto tiempo (se le daba de maravilla tener catorce años)—. No te ofendas, pero ¿por qué sabes todo esto?

Le vino un recuerdo a la cabeza, algo en lo que no había pensado en una eternidad.

Debió de haber sido veinte años atrás, hostia, o veinticinco.

Greta y él eran unos adolescentes, Alice debía de tener ocho o nueve, y Emily era tan pequeña que costaba imaginarse que sus padres les dejaran llevársela por ahí sin supervisión.

—Una vez, estábamos en la isla por el cumpleaños de vuestro abuelo —explicó—. Y vuestra tía Greta tuvo una idea... —Recolocó los engranajes de la máquina—. Ninguno le había comprado un regalo a papá, Franklin, el abuelo.

—Os entiendo —apuntó Saoirse.

—La tía Greta pensó que sería divertido poner esto a funcionar. Llevaba roto desde vete a saber cuándo, pero Charlie conocía a un tipo del continente que reparaba faros, y...

El recuerdo se le presentó nítido y claro. Aquel hombre ajado de pelo cano y ojos reumáticos explicándoles cómo funcionaba la máquina. Los niños Storm escuchándolo como si les importara.

Sam se encogió de hombros.

—Vino y nos enseñó. —Cuando terminó con los engranajes, se centró en la máquina en sí misma, donde el tambor necesitaba un cable nuevo—. A limpiarla, a conectar el cable aquí —se lo mostró—, a darle cuerda con cuidado.

Giró la manivela y observó cómo la cuerda se enrollaba en líneas parejas.

—Vuestra tía Emily era tan pequeña y el tambor pesaba tanto que ni siquiera podía darle cuerda.

—¿Puedo? —preguntó Oliver, y Sam se apartó para dejarlo. Saoirse puso las puntas de los dedos sobre el cable enrollado, y él los observó con una satisfacción inmensa, algo que no había experimentado desde...

No se acordaba desde cuándo.

—Qué guay, papá —dijo su hija. El mayor de los cumplidos.

Algo le estalló en el pecho. Algo que lo avergonzaba. Algo parecido al orgullo.

Lo mantuvo en secreto y se limitó a sonreírle.

—Me alegro de que te guste.

—Y qué guay que hicieras esto también cuando eras pequeño.

Hubo algo en aquellas palabras, tan simples, tan obvias, que le dejó poso.

Pasara lo que pasase, tenía aquello. Los tenía a ellos.

El rugido de un helicóptero lo distrajo de sus pensamientos y los apartó cuando todos se pusieron a mirar por la ventana hacia el sur, donde la bahía fluía radiante hacia el Atlántico y en el cielo se divisaban los puntos de dos enormes helicópteros White Hawk.

—¿Quién será? —inquirió Sila bajando del alféizar, interesada al fin por algo.

—Los Servicios Secretos.

—¡Hala! ¿La presidenta? —preguntó Oliver con una emoción palpable. Contagiosa, incluso, si uno no fuera un Storm y le hubieran enseñado a reprimir el entusiasmo.

—La presidenta no está hoy con ellos, pero sí.

—¿Puedo ir a mirar?

—Sí, pero no los molestes.

—¿Yo puedo ir también? —se apresuró a unirse Saoirse—. A no ser que... me necesites aquí.

Era lo bastante considerado como para parecer una trampa.

—Vete.

Su rostro, en ese extraño lugar entre la niña adorable que había sido y la mujer hermosa en que se convertiría, se llenó con una sonrisa radiante.

—¡Gracias!

Siguió a su hermano fuera de la casa de la campana y dejó a Sam en medio de un silencio que debería haberlo aliviado, pero que se le hacía extrañamente vacío.

—¿Han venido los Servicios Secretos?

No era del todo un silencio, al fin y al cabo.

—Eso he dicho.

—Y tú aquí, arreglando la campana antiniebla.

—Exacto.

Pronunció la palabra entrecortadamente. Sabía lo que su mujer estaba insinuando.

Él también lo había pensado, y no le gustaba.

Debería estar ahí fuera, como habría hecho su padre.

Y en vez de eso estaba allí metido engrasando una máquina de ciento cincuenta años de antigüedad que nadie necesitaba ya, porque ahora existían los mapas.

Y los ordenadores. Porque los barcos ya no chocaban con las islas.

—¿No crees que deberías estar con ellos y ser, bueno, un hombre?

Tenía ganas de pelea.

—¿Y eso qué significa?

—Seguro que Jack está por ahí, esperando a los helicópteros —contestó ella.

—Jack es el director ejecutivo de Storm, así que sí, seguramente.

—¿Qué más da que sea el director ejecutivo cuando tú vas a ser el director general, hostia?

Él ignoró la pregunta y la sensación desagradable que le generaba. Y a ella también. Optó por rodear la máquina y sujetar el peso necesario para que el mecanismo funcionara.

—¿Me estás oyendo?

—Es difícil no oírte, Sila. —Volvió a darle cuerda al tambor; la tensión del cable hacía que la tarea fuese más difícil y mucho más satisfactoria.

Los mecanismos se movieron con suavidad cuando puso la máquina en funcionamiento, devolvió varias clavijas a su sitio y dio un paso atrás—.

Pinta bien —observó, y lo decía en serio.

A Sila no le gustaba la sinceridad.

—Madre mía, qué imbécil eres.

Él se giró hacia ella y disfrutó de las palabras que le salieron de la boca por primera vez en mucho tiempo.

—¿Qué quieres de mí, Sila?

—¿Que qué quiero de...? —Parecía estar a punto de perder los papeles—. Quiero que ganes, Sam. Quiero que te enfades de que haya siquiera una mínima posibilidad de que no ganes. Quiero que te plantes.