Tormentas de verano 12 #3
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12 #3

La mayor se encontraba al borde del precipicio al que se habían enfrentado los hijos a lo largo de los milenios: ¿honrar al padre?, ¿honrar a la madre? ¿U honrarse a uno mismo?

Fue Jack quien inclinó la balanza.

—Creo que es importante que alguien que conoce los entresijos de la lista de invitados oficial esté con Tony y el equipo de seguridad de Storm durante la visita. ¿Quién es la mejor persona de la familia para ello?

La invocación de Tony hizo que la decisión de Greta ya estuviera tomada, aunque no le mirara a los ojos.

—Si estás seguro...

—Segurísimo.

Su hermana señaló a Jack con la cabeza.

—¿Estarás bien con él?

Él frunció las cejas oscuras. No le había gustado el comentario.

—Claro que estará bien conmigo. ¿Por qué no iba a estarlo?

Teniendo en cuenta cómo consumía los pensamientos de Alice a pesar de haberla engañado varias veces, no había nada claro en aquel asunto. Lo ignoró y le habló directamente a Greta.

—Estaré bien. Avísame si necesitas algo.

La mayor de los Storm no necesitaría nada.

Greta demostraba su orgullo no necesitando nada de nadie.

Con todo, asintió y se marchó por el pasillo, dejando atrás la cocina, y en principio salió por la puerta trasera de la casa para reunirse con Tony, que no debía de estar lejos.

Puede que ya no tuviera que proteger a Franklin, pero la expresión de su cara de esa misma mañana era la prueba fehaciente de que estaba más que dispuesto a proteger a Greta hasta que ella lo considerara.

Que no sería mucho tiempo, temía Alice. Sus hermanos estaban más que dispuestos a satisfacer a su padre.

—Bueno, pues volvemos a estar solos. —Jack no se había movido del baño de luz solar.

—Sí, se te da bastante bien —dijo ella, recortando la distancia que los separaba mientras se decía que prefería que su conversación no saliera de allí.

—¿El qué?

Él se enderezó de esa forma que ella ya había empezado a identificar, tensándose, como si estuviera a punto de moverse.

Dio otro paso hacia su cuerpo.

—Conseguir que mi familia haga lo que les digas.

—Yo no he tenido ningún tipo de responsabilidad en eso. —Hizo una pausa—. Bueno, puede que con Sam sí.

—Con Sam seguro. —Inclinó la cabeza para estar a su altura—. No me había imaginado nunca lo útil que es tener un recadero cerca.

—No hace falta un recadero para saber que no conviene poner a un bocazas en el mismo sitio que a los Servicios Secretos con una mujer puesta hasta las cejas a pocos metros.

Por un breve y extraño momento, la situación los sobrepasó y los dos se sonrieron.

—Tu familia —dijo él al fin, sacudiendo la cabeza, como si eso significara algo.

Y así era.

—Ya lo sé.

—¿Por qué no les has dicho que ya no estás prometida?

Aquello también se le daba bien, formular preguntas sin venir a cuento, poner a los demás a la defensiva. Conseguir que les apeteciera responder.

Conseguir que le apeteciera contarle cosas.

—Mi familia no reacciona bien a los fracasos.

Jack hizo una pausa, y Alice vio que estaba escogiendo las preguntas.

—¿Es un fracaso?

—Estaba prometida y ahora no, así que...

—A mí me parecería más fracaso que te hubieras casado con alguien que no era consciente de lo que tenía.

Ella ignoró la emoción que le produjeron las palabras (tan calmadas).

—¿Acceso a la herencia de los Storm?

Él negó con la cabeza.

—No vayas por ahí.

Alice apartó la mirada, con la intención de decirle que solo bromeaba. Que era coña. Y se avergonzó de que no lo fuera.

—Tú no eres un fracaso —siguió—. Y si te hizo sentir así...

Ella agachó la vista hacia la mano derecha de él.

—¿Vas a defender mi honor?

Jack la levantó y la dobló bajo la luz, lo que le devolvió el rojo a sus nudillos, ya curados.

—Mi reputación habla por sí sola.

Alice no pudo evitar sonreír ante la respuesta, provocadora y seria al mismo tiempo.

Que no era que en aquel momento le interesara algo así.

Acababa de salir de una relación muy seria, justo antes de que muriera su padre.

¿Qué era lo que se decía del duelo? ¿Que no tomaras decisiones importantes durante un año?

Bueno, pues dejar que Jack Dean le comiera la cabeza...

o cualquier otra parte del cuerpo... era una decisión importante.

Y no estaba dispuesta a permitir que ocurriera.

A partir de ahora. Lienzo en blanco. Nada de decisiones importantes.

Y, sobre todo, nada de Jack.

—¿Estás tirándome los tejos?

Quieta ahí. Eso no era lo que debía decirle si se había comprometido a «nada de Jack». Era una violación flagrante de la reciente norma autoimpuesta.

Pero ya no podía retirarlo. Y menos cuando él ya había respondido.

—Conscientemente, no.

«Nada de Jack. Nada de Jack».

—De hecho, creo que debería disculparme por lo de ayer... en la playa.

Eso era lo último que quería que hiciera.

—Hemos hecho más que tirarnos los tejos, Jack.

La voz de él adoptó un registro aún más grave.

—Me he dado cuenta.

Vale. Por lo visto lo de «nada de Jack» comenzaría más tarde, porque todo aquello se sentía muy Jack.

—Eso ha sido un tonteo consciente.

—En efecto —admitió, con algo en sus ojos que podría haberse descrito como tierno si hubiese sido cualquier otra persona—. No sé qué me pasa.

Las malas decisiones habían abundado aquel día, y aun así él todavía podía ser la peor de todas.

«Mantén la compostura, Alice».

—Debería irme. Voy a ver si Emily necesita ayuda. Debería llevarle a mi madre un... plátano o algo.

Él enarcó las cejas.

—¿Un plátano? Primera vez que lo oigo como remedio para...

—¿Flipar en colores? —terminó Alice por él.

Jack se rio con un sonido retumbante que a ella no debería haberle gustado tanto.

—Sí. —Se pasó una mano por el pelo, la primera señal en toda la mañana de que tal vez no tuviera tanto el control de la situación como le gustaba que los demás creyesen—. Hostia. Es que esto es...

—Te recuerdo que has sido tú quien ha decidido pasar la semana con nosotros.

—En el fondo no tenía otra... —se interrumpió, pero ella oyó el final de la frase.

Era irónico, si pensabas en que parecía ser el único capaz de tomar todas las decisiones. El árbitro de lo aceptable, de quién seguía las normas a rajatabla, de dónde podían y cuándo podían hablar, con quién podían interactuar.

—He tenido semanas peores.

Todo le hormigueó al oír aquellas palabras, tan vaporosas, como un secreto; la cabeza, los dedos, la piel del cuello que aún sentía el roce de la barba incipiente de la otra noche.

¿Qué le ofrecía?

¿Y si lo aceptaba?

No, por Dios. Eso distaba mucho de lo de «nada de Jack».

—¿Sabes una cosa? —dijo ella tanto para él como para sí misma—. Cuanto más tiempo paso contigo, más entiendo por qué le incomodas tanto a mi familia.

—¿Y por qué?

—Te pareces muchísimo a mi padre. Es como si siempre fueras uno, dos, ocho pasos por delante de nosotros, no sé si me explico.

Has aprendido a jugar a su juego y estás aquí para terminarlo por él.

Y eso lo entiendo. Pero tienes algo que no se parece en nada a mi padre. Y esa es la parte que me da miedo.

Él torció el gesto.

—¿Por qué?

—Porque te envió aquí y te convirtió en nuestro enemigo común por algo. —Dio una bocanada, deseando que hubiera sido más profunda—. Llevo tiempo esperando otro revés. Y la cuestión es que... me da miedo que el revés seas tú.

—No lo soy. —Lo negó al instante.

—No te creo.

Él suspiró.

—Alice. Tu madre está drogada, tu hermana está a punto de echar a perder su vida, tu hermano culpa a todos los que lo rodean de sus propios problemas y mañana la isla acogerá a dos expresidentes, a la mitad de los Fortune 100, a un premio Nobel y a un duque real, vivo. ¿No te parecen suficientes reveses?

Se acercó a ella hasta plantarse justo delante y se agachó, y lo tenía tan cerca que si Alice se hubiera puesto de puntillas, sus labios se habrían tocado.

Sintió un ardor en las entrañas: deseo. Tuvo que reunir toda su contención para no hacerlo, para no levantar la mano y posársela en el pecho, ancho, cálido y tan familiar después de todo el tiempo que se había pasado imaginándoselo cuando debería haber estado haciendo otra cosa.

—Sé que no confías en mí y sé que sería pedirte demasiado. Pero te juro... —Una pausa—. No soy el enemigo.

Por contradictorio que pareciera, era tanto lo que debía decir en aquel momento como lo más inapropiado posible. Porque si Alice sabía algo era que la confianza no formaba parte de aquel dichoso juego. La confianza era lo que provocaba que todo el mundo acabara malherido.

¿No era así como a ella le habían roto el corazón una y otra vez?

Y, sin embargo, cuando Jack agachó la vista hacia ella, sus ojos grises parecían estar llenos de algo difícil de encontrar en los círculos en que se había movido: honestidad.

O tal vez se le diera demasiado bien engañar.