12 #2
—Déjalo. —Emily se enderezó y aparentó ser mucho más alta que su metro sesenta—. No soy una cría. Puedo cuidar a mamá. Si me dejaras, podría incluso aliviarte parte de la puñetera carga que con tantísimo orgullo soportas.
Se atravesaron con la mirada y, por primera vez, quizá en toda su vida, Alice comprendió a Emily.
No era frívola ni inconstante. Era una mujer adulta.
Resultaba un pensamiento extraño, dada la situación actual, pero tal vez era el tipo de situación que ponía a prueba la madurez de una persona.
Un error que salía a la luz en lugar de mantenerse en secreto.
—Claudia. —Jack habló, recordándoles a todos que los estaba observando—. ¿Es la primera vez que utilizas ese té?
—No, claro que no. —Hizo un gesto con la mano—. No habría preparado un té con algo desconocido. No soy una novata.
—Todo. Lo. Contrario. —El móvil de Sam.
Alice soltó otra carcajada y Greta les dedicó a todos una mirada asesina. Ella se encogió de hombros.
—A lo mejor deberías dejarle que se encargara de esto.
Pasó una eternidad antes de que su hermana asintiera en un gesto casi imperceptible.
—Vale.
El ambiente cambió y Emily no pudo evitar hacer una broma.
—¿Quieres probarlo, Greta? A lo mejor disfrutas del viaje.
No había persona en el universo que disfrutaría menos que Greta del viaje.
—No, gracias. —Se miró el reloj—. El equipo de papá al completo está a punto de presentarse acompañado de los Servicios Secretos, mamá está colocada y mañana medio mundo estará pendiente de cómo lidiamos con el dolor. Por Dios. Alguien tendrá que estar sobrio para afrontar las consecuencias.
—Venga, por favor —intervino Alice—. ¿Crees que los Servicios Secretos no habrán visto esto nunca?
La directiva entera de Storm Inc., incluido papá, me atrevo a añadir, se pasó los diez primeros años de la empresa nadando en cocaína.
Y, además —señaló a Jack con la mano—, para eso tenemos a Jack, para que solucione las cosas. —Se giró hacia él—. ¿Verdad, Jack?
La única señal de la sorpresa que se llevó este al oír cómo lo nombraba fue un ligero arqueamiento de cejas.
—Correcto.
—Jack. No. Está. Al. Mando.
Greta asintió.
—Sam tiene razón. Esta no es su familia. Ni tampoco su fune... —Se detuvo—. Su celebración. Es de mamá. —Era de Franklin, en teoría, pero no la corrigió nadie—. Uno de nosotros tiene que comportarse como un adulto y lidiar con esto si mamá no puede porque está...
—Sentada debajo de un árbol —la ayudó Alice.
—Del árbol de Franklin —volvió a especificar Elisabeth, extasiada.
Greta torció el gesto y se volvió hacia Emily.
—¿Cuánto le va a durar esto?
—Se recuperará. Solo tiene que dormir la mona.
—¿Cuánto tiempo? —insistió Alice.
—Poco. Mañana estará bien.
—¡¿Mañana?!
—Relájate, Greta. Hay cosas peores que una microdosis. —Emily miró a Jack y añadió—: Que Jack se encargue de los Servicios Secretos. Miradlo, por favor.
Él levantó las cejas.
—Eso me suena a insulto.
—A ver, no tienes la energía que personalmente busco en mis amigos —se explicó Emily—. Pero admito que, de cuando en cuando, es útil.
—Que se encargue Jack. Y tú, Greta —intervino Elisabeth, sin percatarse de la cara de perro de Sam cuando comprendió que lo había excluido de la frase—. Hoy no me interesa participar en ninguna reunión.
Alice y Emily se miraron con alegría.
—Lo que tú digas, mamá.
—No —la cortó Sam, tecleando con furia, el equivalente manual de levantar la voz hasta los decibelios del hombre que quiere tomar el control—. Jack. No. Debería. Reunirse. Con. Los. Servicios. Secretos. Es. Cosa. De. Los. Storm.
Todas las miradas se posaron en él.
—Habrá una Storm con ellos, pesado. —Emily habló primero—. Greta. Todos somos Storm. ¿Por qué no dices lo que piensas de verdad?
La observó durante un instante con una clara expresión de ira. Y luego escribió:
—Debería. Ser. Yo.
Las chicas se rieron como solo saben hacerlo las hermanas.
—Sam —dijo Greta—, eres el más informal de todos y Emily acaba de drogar a mamá. Por favor.
Elisabeth, que había sido testigo de la discusión, dedicó ese momento para hablar, como si se le acabara de ocurrir algo vital (las drogas son excelentes para convencer a la gente de que debe decir cosas que de ninguna manera debería decir).
—¿Sabéis? Ahora que os escucho a los cuatro, si pudiera volver atrás en el tiempo...
El principio de la frase fue el detonante. Greta se tensó. Sam puso los ojos en blanco. Emily apartó la mirada.
Alice se enfrentó a ella de cara.
—Que sí, mamá. Que ya lo sabemos.
—¿El qué? —inquirió Jack.
—Si pudiera volver atrás en el tiempo, no tendría hijos.
—Le encanta decírnoslo —añadió Alice—. Si no nos hubiera tenido, habría sido más... ¿Qué era, mamá? ¿Habrías sido más qué?
—No sé qué más podría haber sido, teniendo en cuenta su influencia —observó Emily.
—Era la influencia de vuestro padre —contestó Elisabeth—. Nadie se fijó nunca en que fui yo la que hizo de él lo que fue. Igual que con vosotros.
Para bien o para mal, tenía razón.
Durante décadas, su madre no se había cortado a la hora de recordarles que se arrepentía de su existencia y nunca habían podido rebatírselo, ¿qué podían decirle ahora? Su padre, a pesar de ser un cabrón controlador, al menos parecía no haberse arrepentido nunca de tenerlos.
Excepto por aquella vez que exilió a Alice. Sintió una punzada de algo que no quería analizar, y la ignoró.
Sam rompió el silencio, consciente de que había perdido.
—Vale. Me. Voy. A. Engrasar. La. Campana. Antiniebla. Con. Mis. Niños.
Se irguió y miró fijamente a Jack a los ojos, en un gesto que a Alice le recordó a un documental de naturaleza antiguo. Sam compitiendo por su posición con un hombre que no dudaba lo más mínimo de su fuerza. Era patético, la verdad.
Ella se giró hacia Greta y luego hacia Jack. Se fijó en la molestia fría de su rostro, y se preguntó hacia quién iría dirigida. Y entonces él habló:
—Elisabeth, ¿puedo sugerirte que...?
—No me llamas nunca señora Storm. —Cuando él ladeó la cabeza, formulando una pregunta sorda que reflejaba la de los demás, ella continuó—: En la empresa todo el mundo me llama señora Storm. Hasta Tony me llama señora Storm, y eso que se acuesta con Greta.
—Ay, madre.
Greta parecía estar a punto de esconder la cabeza en la tierra, pero nadie le prestaba atención. Todos esperaban a que Jack respondiera.
No necesitó tiempo. Su respuesta fue rápida y sincera.
—¿Preferirías que te llamara señora Storm?
—No —concluyó ella, después de pensárselo durante un rato mucho más largo de lo normal—. No.
Él asintió.
—Ya me lo suponía.
—Supongo que quieres que diga algo bueno sobre Franklin. —Hizo una pausa—. Según las normas.
—Si no te importa —respondió Jack, de nuevo con una nota de frustración en la voz, como si él también se estuviera hartando del juego. Como si prefiriese ser más serio.
Alice no podía culparlo. ¿Quién sabía lo que su madre sería capaz de decir a aquellas alturas? La mujer parecía estar sopesando cada palabra.
—Era muy generoso. —Bueno, era un piropo bastante bonito, aunque discutible. Tal vez las setas no estuvieran tan mal. Pero luego añadió—: En la cama.
—Ay, por favor —dijo Emily sin pensar.
—Puaj. —Greta.
—No volveremos a hablar nunca de esto —sentenció Alice. La propuesta resultó innecesaria. Todos habían hecho un pacto de silencio tácito sobre aquella cuestión.
—Puede que no os guste —les dijo Elisabeth a todos y a nadie—, pero es verdad.
—Muy bien. —Jack pasó por encima de la afirmación como si no hubiera ocurrido, y añadió—: Iba a sugerirte que disfrutaras del día con Emily. No tienes nada de que preocuparte.
Qué detalle, pensó Alice. Era el tipo de cosa que se le diría a una viuda doliente que no fuese Elisabeth Storm.
Pero Elisabeth Storm no era Elisabeth Storm en aquel momento, y tal vez Jack se hubiera dado cuenta. Tal vez supiera que respondería:
—Ya lo sé, te encargarás de todo.
—Así es.
—Gracias —dijo su madre, y se giró hacia sus hijas—. Y gracias a las tres.
—No hay de qué. —Greta habló en nombre de todas.
—Por eso erais a las que más quería.
El dolor se reflejó en el rostro de la mayor.
—Si tanto nos quería, apenas lo demostraba.
—Puede ser —musitó Elisabeth, distraída con otro cuadro—, pero a lo mejor por eso no os lo demostraba. No quería mostrar favoritismos.
Era una falsedad a todas luces. A Franklin le encantaba mostrar favoritismos, enfrentar a sus hijos entre ellos y disfrutar del espectáculo.
Había expulsado a Alice de la familia y no había movido ni un dedo para recuperarla.
Y le había dejado a Greta la tarea más indiscutiblemente cruel del juego de la herencia.
Pero Emily... Es posible que sí fuese la favorita.
O a lo mejor solo quería confundirlas.
Fuera lo que fuese, Emily estaba practicando la aceptación radical.
—Venga, mamá. Vamos a buscarte un vaso de agua. Tienes que hidratarte.
—No necesito agua —repuso Elisabeth, y las palabras se fundieron en un breve silencio antes de que añadiera—: Creo que tengo sed.
«Increíble».
Emily separó las manos en el gesto universal de «¿lo ves?» y las dos mujeres desaparecieron por el pasillo, mientras Alice y Greta las observaban con los ojos como platos.
—No me puedo creer que... —Su hermana se interrumpió.
—Ya lo sé —dijo Alice.
—¿Seguro que estarán bien? —se preocupó Greta con un evidente tono de pánico en la voz. Aunque no lo admitiese jamás—. ¿Y si...?
—No le pasará nada. Emily y Claudia son profesionales —la cortó ella, riéndose con la cara de Greta antes de recuperar la compostura—. Deberías dejar que la gente te ayudara. No tienes por qué cuidarla tú sola.
Su hermana negó con la cabeza y tragó saliva, como si tuviera algo que decir. Al ver que no hablaba, Alice añadió con sorna:
—Plantéatelo así: si te hubieses ido con ella, me tocaría lidiar a mí con la empresa. Y ya sabes cómo me llevo con la empresa.
Greta forzó una risita.
—El precio de las acciones ya ha bajado.
—Exacto.