Tormentas de verano 12
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Puede que hubieran pasado cinco años desde que Alice dejó de ser miembro oficial de la familia Storm, pero conocía los gajes del oficio, incluso uno de los fundamentales: cuando venían los Servicios Secretos, tenías que estar como un pincel.

Bajó por la escalera principal una hora más tarde, después de usar el viejo secador de pelo y haberse puesto maquillaje de verdad, y descubrió a su madre, a Claudia y al resto de los hermanos Storm reunidos de una forma que solo podría describirse como sospechosa.

A simple vista, estaban observando un cuadro de la pared del vestíbulo, algo ya de por sí inusual en un día normal, y aún más el día en que los cuerpos de seguridad de varios presidentes estaban de camino.

—¿Qué estamos haciendo? —los saludó Alice, antes de que Greta le lanzara una mirada intensa y señalara con la cabeza a Elisabeth.

Su madre estaba muy quieta, contemplando un cuadro que llevaba colgado en la parte trasera del vestíbulo desde antes de que Alice naciera, un óleo de la belle époque que representaba el otoño en Arles, todo álamos dorados y sarcófagos.

Elisabeth estaba flanqueada por Emily y Greta, con Sam a apenas unos metros, apoyado en la pared y rodeado de unas boiseries victorianas clásicas azules (cobalto) y caoba.

—¿Mamá? —insistió Alice, confundida al ver que Elisabeth no respondía. Se giró hacia Greta—: ¿Qué ha pasado?

—¿Sabes por qué tu padre tuvo tanto éxito en los negocios?

— inquirió su madre distraídamente, aún absorta en el cuadro.

No esperó a que respondiera; continuó hablándoles a las oscuras personitas del camino de tierra del cuadro—.

Se comportaba como si nada importara. No me extraña que la gente le arrojara millones.

Derrochaba un atractivo infinito por su creencia de que todas las cosas simplemente...

pasarían. Como si pudiera obligarlas a base de voluntad.

—Una pausa, y luego se volvió hacia ella—.

Menos contigo, Alice. A ti no pudo obligarte a nada. Hola.

«Qué raro».

—¿Hola?

Elisabeth volvió a concentrarse en el cuadro y les habló a los álamos.

—Los árboles son tan relajantes.

—No entiendo nada —dijo Alice, encontrándose con las miradas desconcertadas de sus hermanos—. ¿Qué le pasa?

—No me pasa nada —contestó Elisabeth.

—Claro que te pasa algo, y grave —le replicó.

—Creo que debería dar un paseo. O darme un chapuzón.

Greta dejó escapar una media carcajada estridente que bien podría ser producto de un pánico absoluto. Estaba teniendo un mal día.

—A ver, los Servicios Secretos están de camino para revisar la seguridad —le dijo—.

El equipo de papá de la empresa viene a hacer los preparativos y organizarlo todo.

Tenemos una lista kilométrica, mamá. Mañana vendrán doscientas personas importantísimas, ¿te acuerdas? No puedes ir a darte un chapuzón.

—Lo dices como si fuese el lanzamiento de un producto —observó Alice.

—Pues más o menos, si lo piensas —apuntó Sam desde la distancia.

—Bueno, pase lo que pase hoy —intervino Emily, calmada, rodeando a Elisabeth con el brazo—, mamá se va a tomar un descanso.

—¿Un... descanso? —Greta repitió la palabra como si su hermana hablara en un idioma extranjero, algo que tenía sentido, teniendo en cuenta que Elisabeth Storm no se había tomado un descanso en toda su vida.

Emily asintió.

—Sí, un descanso.

Elisabeth se giró hacia la pequeña.

—Emily, tienes unos ojos preciosos. Te pareces muchísimo a mí.

—¡Sí! A lo mejor podemos ir a buscar un vasito de agua o algo así. ¿Tienes sed?

Ella chasqueó los labios, saboreando la respuesta.

—¿Puede?

¿Qué narices estaba pasando? Era casi como si estuviera...

—Madre de Dios —exclamó Alice, mirándola con los ojos como platos—. Va puesta.

Los presentes se quedaron inmóviles.

—Eso es imposible —contestó Greta, cogiendo a Elisabeth del otro brazo—. ¿Cómo va a ir...?

—¿Voy puesta? —preguntó esta, aparentando poco interés por la respuesta.

—¿Qué coño te pasa, Greta? —le espetó Sam, separándose de la pared.

—¿Se puede saber qué culpa tengo yo? —se defendió ella—. Dudo que mamá pretendiera drogarse, Sam.

Se quedaba corta, mucho más corta de lo que era siquiera comprensible. Elisabeth Storm jamás se drogaría.

—La estabas vigilando tú —la acusó él.

—No soy su guardiana —replicó Greta.

—¿Estás segura?

—Mira, Sam, estás insoportable y no ayudas nada —intervino Alice—. ¿Qué más da cómo haya pasado?

—¿Qué ha pasado?

Claudia apareció por el pasillo de la cocina. Sam se giró hacia ella.

—¡Tú!

Su cuñada arqueó las cejas.

—¿Qué pasa conmigo?

—¡Has drogado a nuestra madre! —Miró a Emily y le habló a todo el mundo—. Fijo que la han drogado. Joder, se han traído la farmacia entera con ellas. Me llega el olor de lo que tomáis todas las noches; mi habitación está justo debajo de la vuestra, Emily.

—Uy, ya lo sé —le respondió la pequeña—. Yo os oigo gritándoos todas las noches. Parece que te has olvidado de que tenéis hijos con oídos funcionales, Sam.

«Uf».

—Serás hija de...

—¡Oye! —lo interrumpió Claudia—. Cuidado.

—¿O qué, me drogarás a mí también?

—No me tientes con pasar un buen rato —le espetó, sorprendiéndolos a todos.

—Clau. —Emily le puso una mano en el hombro a su mujer—. No pasa nada.

—¿Sabes qué? —continuó Sam—. Tú también eres una hija de...

—Sam.

La única sílaba resonó por el pequeño espacio con una quietud sobrecogedora, cargada de advertencia.

Todos se giraron hacia Jack, que estaba junto a la puerta, parado en una columna de luz moteada; el sol lo iluminaba a través de una enorme vidriera y lo hacía parecer una estatua de mármol, dispuesta a dictar sentencia ante todos, con la opinión marcada con claridad en la posición de su mandíbula.

Alice ignoró la respuesta que la sacudió por dentro en el segundo que pasó sin que nadie hablara, mientras Jack posaba su taciturna mirada en su hermano.

—Ya basta.

Sam se quedó callado, como si el otro hubiese acelerado el tiempo y su silencio fuese ya un requisito.

—Buenos días —le dijo Jack a la familia antes de encontrarse con la mirada de Alice—. Alice.

¿Por qué tenía que pronunciar así su nombre? Con ese murmullo hondo, como si hubiera estado esperando en la oscuridad a decirlo.

Ella levantó la cabeza y se aseguró de no imitar su tono.

—Jack.

—Los Servicios Secretos llegarán en una hora y media —anunció él con calma, mirándose el reloj—. Y son muy puntuales.

—¿Te reunirás con ellos?

—Era mi idea. No es la primera vez que gestiono estas visitas para Storm.

—Ya me encargo yo —dijo Sam con arrogancia—. Soy un hombre adulto.

—Y no lo niego —repuso él—, pero tardarán varias horas.

Lo cual significaba que Sam estaría callado durante una parte del tiempo que estuvieran allí. Miró a Jack con los ojos entrecerrados y los nudillos blancos de apretar el móvil. Era imposible que se le pasara por la cabeza enfrentarse a él, un hombre totalmente fuera de su liga.

—Lo has hecho a propósito.

Como si estuviera previsto, la alarma de Greta sonó. Emily esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

—Solo te queda un minuto.

—No puedes hablar, Sam —recordó Elisabeth, arrastrando las palabras—. Quien se reúna con ellos debería ser capaz de hablar. Protegen al presidente.

—Mira, mejor —contestó él, abriendo los brazos—, así no tengo que explicarles a los federales por qué mamá va puesta hasta las cejas.

—Lo que nos devuelve al tema en cuestión... ¿Por qué mamá va puesta hasta las cejas?

Todos se giraron hacia Emily y Claudia, quienes no hicieron ningún amago de negarlo. La pequeña comenzó:

—Puede que haya habido un problema de comunicación. Sobre el té. Hace un rato.

—¡Ah! ¿Te refieres al té que la favorita de mamá ha traído esta mañana? —preguntó Greta, atravesando a Claudia con la mirada.

—¿No los has informado? —le preguntó esta a su mujer.

—No pensaba que... —Emily agitó una mano—. ¡Pensaba que la relajaría!

—A ver, siendo justos, relajada está —contestó Alice, antes de añadir—: Emily, te lo digo con todo el cariño del mundo, pero ¿cómo se te ocurre?

A Emily se le salían los ojos de las órbitas.

—Os juro que pensaba que solo la... calmaría un poco.

—Se ha pasado la noche en vela preocupada por la ansiedad de vuestra madre —la defendió Claudia—. Y en facilitaros la vida a todos. Sobre todo a Greta.

—¿Por qué? Si estoy bien —insistió la aludida, como si no hubiesen sido todos testigos de lo cerca que había estado de tener una crisis nerviosa—. No necesito que me facilites nada.

—Ya. —Claudia llenó el silencio incrédulo que se produjo después de aquella declaración—. Debo de haberme equivocado con la cantidad que podía tolerar. ¿Has comido algo, Elisabeth?

—Claro que no —respondieron Emily y Greta al unísono.

Claudia dejó escapar un ruidito de pena y se dirigió a los presentes:

—Lo siento mucho.

—No sufras, cielo —dijo Elisabeth con delicadeza, cogiéndole la mano—. Estoy bieeeeen.

Alice fue la única que se rio.

—Vale, mamá —intervino Emily toda calmada, midiendo cada palabra—. ¿Qué te parece si nos saltamos la visita de los federales y nos sentamos debajo de un árbol?

—Debajo del árbol de Franklin, quizá. —Elisabeth se giró hacia Claudia—. ¡Ay, podemos hacer un pícnic! Queda ensalada de pollo de la que te gusta.

Ella asintió y se encontró con la mirada de su esposa.

—Perfecto. Voy a buscarla.

La disposición de su cuñada a hacer cualquier cosa para irse pitando de allí era admirable, y Alice se rio de nuevo.

—¡Joder, Alice! ¡Que no hace gracia! —le recriminó Greta, que temblaba tanto que parecía estar a punto de salir por la puerta principal.

—Un poco de gracia sí que hace —contestó ella.

—Pues no, ninguna —le espetó su hermana—. ¡Ahora tengo que cuidarla!

—No tienes que hacer nada —dijo Emily—. Ahora mismo la voy a cuidar yo.

—¿Tú? —dijo Greta—. Si no se puede confiar en ti ni para servirle una taza de Earl Grey. Y no me sorprende, claro, porque nunca has tenido que preocuparte, ni pensar ni asumir la responsabilidad de nada en tu vida.

Aquella era una crueldad, y Alice intervino.

—Greta.