Tormentas de verano 11 #4
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—Es un desastre, eso es lo que es. —Elisabeth paseó los ojos de Alice a Greta—. Imaginaos qué dirá la gente. El ridículo juego de vuestro padre, Alice tonteando con Jack...

—A ver, lo repito por si no ha quedado claro: no estamos tonteando.

Su madre seguía hablando.

—Greta lloriqueando porque se niega a ponerle fin a su... aventura...

Quitarle importancia a lo que claramente había entre ella y Tony era algo despiadado.

—No es una... —empezó a defenderse Greta, pero se interrumpió bajo la mirada gélida de Elisabeth, consciente de que no le convenía discutir con ella.

—Sabéis, empiezo a pensar que vuestro padre sabía lo que se hacía con estos juegos.

—Elisabeth volvió a meter el dedo en la llaga—.

Greta, hazlo. —Después de lanzar la orden, se giró hacia Alice—.

Y tú: espero que te comportes con discreción cuando hables con tus amiguitos periodistas.

—Su madre pronunció la palabra periodistas igual que políticos.

O carbohidratos—. Bastante tenemos ya con que hubiera fotógrafos en la estación de tren.

—¿Cómo sabes lo de la estación? —preguntó ella, aunque sabía la respuesta.

Miró a Greta, quien tenía la vista clavada en el suelo, obsesionada con la alfombra zafiro.

Por supuesto que se lo había contado a su madre, y sin esperar ningún tipo de lealtad a cambio—.

Mira, da igual. —Se enderezó y endureció el tono—. No hablé con ellos.

—¿Seguro?

Alice se volvió hacia su madre con una intensa punzada de traición en el pecho. Percibió una cierta tensión en el rostro de la mujer. Unas sombras sutiles bajo los ojos. La tirantez de las comisuras de la boca.

—Sí, mamá, estoy segura de que no les mencioné que mi padre había planeado un elaborado juego de la herencia a un puñado de personas a las que les han pagado para hacerme una foto. Ni tampoco salió el tema de la aventura que mi hermana ha llevado años en secreto.

—Vamos a ver —replicó Elisabeth—, no puedes culparnos por pensarlo. Digamos que ya no eres exactamente parte de esta familia.

Alice se quedó paralizada al oír unas palabras no del todo inesperadas, pero que se le hundieron mucho más hondo de lo que se habría imaginado.

De todas formas, no fue la sentencia lo que la dejó vacía, sino el silencio que se sucedió; no había nadie dispuesto a refutarla.

Emily miraba por la ventana hacia el árbol de Franklin.

Greta se mordía el labio, consumida por sus propias preocupaciones.

Sila estaba ojiplática. El móvil de Sam se había quedado mudo.

No hacía falta que hablaran. Se oía a gritos que todos estaban de acuerdo. Lo que fuera que había ocurrido cuando su padre la había exiliado de la isla y de la familia había sido, en el mejor de los casos, decisión de Alice, y en el peor, su culpa.

—¿En serio? ¿Ninguno me va a...? —Sacudió la cabeza. No merecía la pena—. Bueno. Penséis lo que penséis, los hechos no cambian. No le he contado nada a nadie.

—Mmm.

El sonido no era reconfortante, ni tampoco el gesto que hizo su madre al recostarse en la silla y exhalar, como si hubiera luchado en una batalla.

Alice temblaba de frustración y rabia. Solo quería irse. ¿Qué sentido tenía quedarse? No era para llorar a su padre ni compartir la tristeza. Era risorio pensar que aquella familia sería capaz de acceder a cualquiera de las dos cosas.

No le hacía ninguna falta. Ni aquella situación ni la familia, y tampoco el dinero. Tenía su propia vida. Amigos. Un futuro. La herencia solo supondría echar a perder lo que había conseguido por sus propios medios.

Con ella, siempre sería Alice Storm Inc.

Sin ella... tal vez encontraría a alguien que la quisiera por algo más que su nombre.

Que la apreciara por algo más que los requisitos de su nacimiento.

Por algo más de lo que podría dar, a diferencia de aquel despacho lleno de personas que lo único que sabían era tomar.

«Digamos que ya no eres exactamente parte de esta familia».

Nadie había corregido a Elisabeth.

«Vete ahora mismo de mi puta isla».

Nadie había detenido a Franklin.

No había cambiado nada.

Tal vez se hubiera marchado de allí en aquel preciso instante si Greta no hubiese decidido hablarle al suelo con la voz rota, queda.

—Alice, por favor.

Su hermana levantó la vista y Alice lo vio todo: la tristeza, el dolor, la frustración, la pérdida. Greta, cuya tarea era la peor de todas. Greta, que nunca había sido capaz de marcharse. Greta estaba destrozada.

Por un momento, incapaz de apartar la mirada de la escena, de su hermana al fondo, del maldito Picasso de la pared, Alice se preguntó si no estarían todos destrozados, un poco, a su manera.

—Por favor —repitió Greta con delicadeza, y había algo en sus palabras, como si supiera que la había decepcionado y aun así le pidiera ayuda. No hacía falta que terminara la frase. Alice lo oyó de todas formas.

«Quédate».

Dudó un suspiro, y entonces asintió. Le ofreció a Greta un sostén. Porque eran hermanas, y eso era lo que hacían las hermanas. O al menos eso era lo que Alice siempre se había imaginado que hacían. En las familias normales.

Fuera como fuesen.