Tormentas de verano 11 #3
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—Mañana vendrán doscientas personas a la isla, muchas de las cuales son extremadamente particulares, y no puedo permitir que perdáis las formas.

—Prácticamente le escupió las palabras a Greta antes de devolver la atención a la 1107 que tenía frente a ella—.

Espero que te encargues de eso. —Antes de que su hija pudiera responder, continuó—: Por cierto, hoy vendrá el equipo de Storm y los Servicios Secretos a peinar la isla, así que espero que no se te ocurra volver a desaparecer, Alice.

—No voy a desaparecer. Estoy aquí.

—¿Se puede saber dónde estuviste ayer? —le preguntó Greta—. Se suponía que ibas a ayudarnos.

La pregunta estaba cargada de acusación, tan habitual en su hermana; siempre intentando desviar el foco de atención. Le venía de cuna.

Alice levantó la cabeza.

—Me pasé la tarde en mi habitación. Me quedó bastante claro que todos estabais ocupados sin mí.

—¿Y por la mañana? ¿Cuando esperábamos que nos ayudaras? —insistió Greta.

—Estaba. Con. Jack. —Alice cerró los ojos al oír el móvil de Sam.

—¿Qué? —preguntaron Elisabeth, Greta y Emily al unísono.

Ella se giró hacia su hermano.

—Eso no es... —Sam la atravesó con la mirada, retándola a que lo negara—. ¿Y tú cómo lo sabes?

—Saoirse estaba en el embarcadero cuando te llevaste el esquife —contestó Sila—. Pensó que estabas huyendo, así que vino a buscarnos... Y luego ya te vimos todos.

—No estaba huyendo.

—Eso le pareció a Saoirse. Pero luego te pusiste a navegar y entendimos que simplemente estabas... de vacaciones.

—¿Alice estuvo en un barco ayer? —se extrañó Elisabeth.

—Sí, en el velero —respondió Sila alegre—.

Estábamos todos en la campana antiniebla, desmontándola para limpiarla y engrasarla, según las órdenes de Franklin.

Hemos sido muy diligentes, como bien sabes, Elisabeth.

—Hizo una pausa de efecto, y luego continuó—: Que no te culpo por haber salido a navegar, Alice.

Nosotros habríamos hecho lo mismo si no hubiéramos recibido una carta de tu padre. Pero no ha sido así.

Por algo a Alice la habían criado para ser una Storm. No mordió el anzuelo de su cuñada, ni siquiera cuando Emily dijo:

—Relájate, Sila.

—¿Qué narices hacías con Jack? —Su madre, siempre tan ducha cambiando de tema.

—Pasan mucho tiempo juntos —observó Sila como una adolescente que acaba de aprender cómo esparcir rumores, con una expresión en la cara que solo podría describirse como de júbilo—. Saoirse me contó que la rescató de la despensa el viernes por la mañana.

Vale. Alice debía recuperar el control de la situación antes de que se le fuera de las manos, aunque eso implicara desafiar la tradición familiar y decir la verdad.

—Papá también le ha asignado una tarea. Se supone que debe navegar.

Hubo un cruce de miradas.

—¿Por qué? —preguntó Greta.

—¿En mi velero? —inquirió Elisabeth con frialdad, como si no llevara una década sin pisar el barco.

Sam se incorporó de golpe.

—¿Está...?

Todos se giraron hacia él, quien se dio cuenta de su error. Levantó el móvil y escribió con furia:

—Está. Incluido. En. La. Herencia. De. Los. Botones. Qué. Hijo. De. Fruta.

—Samuel —le reprendió Elisabeth con firmeza—. Esa lengua.

Emily se rio por la nariz hacia el otro extremo de la estancia.

—No te rayes, Sam —dijo después—. Consuélate con el extra absurdo que recibirás con el puesto de director general.

Sam volvió a escribir.

—Bueno. Esta espera me enerva —opinó Elisabeth mientras los demás estaban pendientes del clic clac del móvil.

Alice y sus hermanas se miraron risueñas antes de que Sam terminara por fin:

—Deberíamos. Saber. Si. Está. En. La. Mezcla. —Más tecleo—. Y. Si. Alice. Trabaja. Con. Él.

—No trabajo con él —se defendió ella—. Ni siquiera tengo claro a qué te refieres, pero seguro que te has montado ya una teoría conspirativa de las gordas. ¿No he dejado ya bien claro que no me interesa en absoluto este jueguecito que sin duda es una trampa?

—Y, entonces, ¿qué hacías con él? —preguntó Sila.

Sam soltó el móvil y agitó una mano en dirección a su mujer, como si estuvieran a punto de descubrir algo. Alice puso los ojos en blanco y miró alrededor del despacho, solo para descubrir que la familia al completo esperaba su respuesta.

—Me pidió que fuera a navegar con él —contestó. Su hermano la miró con recelo, recogió el móvil y se dedicó de nuevo a teclear con rabia—. Ya está. No pasó nada.

Greta arqueó las cejas y Alice resistió el impulso de torcer el gesto ante aquel error voluntario. Pero su hermana no estaba en posición de demostrar exactamente qué era ese nada que podría o no podría haber pasado. En vez de eso, preguntó:

—¿Por qué fuiste?

—Pues... —Alice se detuvo—. No lo sé.

—¿Acaso sois dos amigos en un viaje de placer?

Se giró hacia Emily.

—No somos amigos.

Su hermana se rio.

—Normal. Jack no parece el tipo de persona que tiene amistades, tan serio y complicado.

¿Sabes que una vez me ofrecí a hacerle la carta astral y me dijo que no tenía tiempo?

Se negó incluso a darme su fecha de nacimiento, así que ni siquiera podría decirte su signo del zodiaco, aunque sospecho que es capricornio.

Con ascendente en virgo. —Se volvió hacia Sam—.

Eso explicaría por qué Sam no lo aguanta; por algo es aries.

—¿Alice no estaba prometida? —recordó Sila, de repente en alerta.

—No somos amantes. —Hizo una pausa—. Jack y yo. Obviamente. No Griffin y yo. —Aquello se le iba de las manos—. La cuestión es que no me acuesto con Jack.

«Cállate, Alice».

La familia entera la miraba de hito en hito.

—Eso espero —dijo Elisabeth.

Todos guardaron silencio un instante, y Alice empezaba a morirse de la vergüenza cuando Sam la salvó, aunque fuese de manera inconsciente.

—Mira. Ya. Estoy. Barco. —Una pausa—. Barco. —Otra—. Barco. —Un gruñido de frustración.

Emily puso cara de circunstancias.

—Es un velero, Sam. No un barco.

Él la fulminó con la mirada.