11 #2
Franklin había comprado la obra con varios de sus primeros millones a principios de los ochenta, y lo había colgado en el salón del piso familiar de Nueva York, donde cualquiera que pasara por allí sabría que Franklin Storm era lo bastante rico para poseer un Picasso.
A Alice le había repugnado desde que nació, no solo por el razonamiento básico que había detrás de la compra (¿ya había visto todo el mundo lo rico que se había hecho el pequeño Frankie Storm?), sino también porque, al hacerse mayor, cada vez era más incapaz de separar la obra del artista.
Sin duda, Franklin le habría dado sorbos a un whisky escocés mientras contemplaba aquella obra maestra cubista y se lamentaba del gusto artístico de su hija, que no había podido ser una artista ni medio decente.
Su padre le había prestado poca atención al arte cuando ella había ganado prestigiosos premios en el instituto y la universidad (no le hacía falta ser artista para trabajar en Storm, que era lo que él quería), y mucho menos cuando ella decidió enseñarlo después de su exilio (los que no valían acababan en la enseñanza, ¿no?), así que había mantenido sus obras de arte públicas en privado, sin contarle a su familia que iba camino de convertirse en una artista respetada de pleno derecho.
Esa parte de su vida había florecido durante los años que había estado apartada de todos ellos, y no les pertenecía.
Ni siquiera llevaba su nombre; pintaba como Alice Foss, una identidad lo bastante alejada en el árbol genealógico como para que ni a la familia ni a los fanáticos (que surgieron después de que pusiera patas arriba el precio de las acciones de Storm Inc.
durante unos meses) se les ocurriera buscarlo.
En la base de una pared repleta de fotografías, placas y premios, Sam estaba sentado en el sofá de piel mantequilla de cara a Emily, que se hallaba en posición de loto en un extremo del despacho, en uno de los preciados sillones Arne de Franklin.
Detrás de ella, los enormes ventanales ofrecían una de las vistas más hermosas de Nueva Inglaterra: la bahía Narragansett en todo su esplendor, que se extendía más allá del roble rojo centenario que su padre afirmaba que era la razón por la que había elegido aquel lugar concreto para su despacho.
Sin embargo, nadie disfrutaba de las vistas en aquel momento.
Estaban todos centrados en el descomunal escritorio de caoba de Franklin, pesado y oscuro, todo lo opuesto al acero, el cromo y el cristal de zafiro que le habían granjeado su fortuna.
Era imposible ignorar lo mucho que intimidaba, una sensación que acrecentaba Elisabeth y su mirada clavada en la tableta.
—... como ya sabéis, no me gustan los desórdenes —terminó su sermón, paseando la mirada entre sus hijos, antes de posarla sobre Alice en la puerta—. Me alegro de que hayas venido.
Ella tensó la espalda de súbito. Dio un paso desde el lugar en que esperaba en el umbral.
—No sabía que teníamos una reunión familiar a las seis de la mañana.
—Habida cuenta de que mañana es un día bastante importante, daba por sentado que te habrías puesto una alarma temprana —respondió su madre, como si todo fuese perfectamente rutinario.
—De hecho, estaba despierta. —No pudo evitar defenderse, aunque quedara otra vez como una cría de doce años—. ¿Qué me he perdido? Los grandes éxitos, supongo.
—¿Y eso qué significa? —inquirió Elisabeth—. Yo no tengo grandes éxitos.
—No me dejéis en evidencia delante de los invitados —dijo Sam con sequedad.
—No me dejéis en evidencia delante de los Servicios Secretos —añadió Emily.
Hasta Greta se animó a jugar.
—Dejadme en ridículo delante del primer caballero bajo vuestra cuenta y riesgo.
A Elisabeth no le hizo ninguna gracia, y menos cuando Alice agregó con una risita:
—Venga, mamá. Nos has dado esta bronca como mínimo mil veces.
Su madre apretó los labios un instante.
—Y, pese a todo, parece que a ti no te caló cuando dejaste en ridículo a tu padre delante del mundo entero.
El despacho se quedó en silencio ante aquellas palabras, y Alice hizo todo lo posible por ignorar lo mucho que le habían dolido, sobre todo al comprobar que no salió nadie en defensa suya.
Antes de que pudiera hablar, Claudia entró en la habitación.
—Elisabeth, a Emily se le ha ocurrido que a lo mejor te apetecía un poco de té.
Como si todo fuese perfectamente normal y Elisabeth no acabara de asestarle a su hija un golpe bajo, contestó:
—Ay, pues sí que me apetece. —Su nuera le sirvió una taza y se la entregó—. Claudia, de verdad que eres la mejor de los niños.
—Lo del té ha sido idea mía —intervino Emily.
—Y no es hija tuya —apuntó Sam.
Elisabeth sonrió y le dio unas palmaditas a Claudia en el brazo.
—Pues la mejor de mis nueras, entonces.
Todos se quedaron ojipláticos. Sorprendentemente, Claudia fue la que consiguió romper el silencio.
—Bueno, dudo que eso sea verdad —bromeó, lanzándole una sonrisa burlona a su mujer, quien reaccionó poniendo cara de molestia, y luego se marchó de la habitación.
Elisabeth se llevó la taza a los labios, pero no le replicó.
—Gracias. ¿Por dónde iba, Sam?
—Le estabas dando un rapapolvo a Alice —le recordó este, dejando pasar el comentario de su madre.
—¿Seguro? —saltó Greta—. A mí me parece que se lo estaba dando a Sila.
Antes de que Sam pudiera reaccionar, un coro de alarmas resonó por el despacho y Emily y Greta se miraron el reloj.
—Ayyy, qué mala suerte, Sam —dijo Emily con un placer palpable—. Son las 6.59, vas a tener que descansar un ratito.
—Toca ponerse una alarma para las 8.59 —añadió Greta, mirando fijamente a su hermano.
—Qué malas sois —dijo Alice.
—¿Tú crees? —bromeó Greta.
—Ojalá se me hubiera ocurrido a mí.
—Aún me queda un minuto para mandaros a todas a la mierda —exclamó Sam.
Las palabras apenas habían salido de su boca cuando Sila apareció en la puerta.
—Buenos días —dijo con una sonrisa que no se le reflejó en los ojos—. Me había puesto una alarma cinco minutos antes, por si Sam me necesita.
—Y... aquí llega la proscrita, justo a tiempo —musitó Greta.
Sam la oyó, y no le hizo ninguna gracia. Levantó el móvil y comenzó a escribir mientras Sila se sentaba a su lado en el sofá.
—Ya. Lo. Has. Hecho —preguntó la voz robótica mientras él atravesaba a su hermana con la mirada.
—¿El qué? —preguntó ella.
No hizo falta que el móvil respondiera. Con su cara lo decía todo.
Greta se giró hacia Alice.
—¿Se lo has contado?
—Ni se me ocurriría —protestó.
—Pues a mí me parece que sí.
—Greta, que no...
—No se lo ha contado nadie —intervino Sila, descartando rápidamente la posibilidad de que estuviera defendiendo a Alice cuando añadió—: Hemos encontrado tu carta.
—«Encontrado» —resaltó Emily con una incredulidad visible, antes de levantarse y ponerse a hacer estiramientos.
Alice no pudo evitar resoplar.
—Que la habéis estado buscando, querrás decir.
Sam tuvo la decencia de no aparentar culpabilidad, pero sin duda daba las gracias por no poder hablar (disculparse) cuando Sila frunció el ceño.
—Qué menos que todos sepamos lo que les ha tocado a los demás; nosotros hemos dicho públicamente lo que contenía la nuestra.
Sam no habla. Estamos decapando barcos y arreglando la campana antiniebla.
—Se acomodó y se cruzó de brazos como si fuera la nuera favorita de Elisabeth—.
Tenemos derecho a enterarnos. Al fin y al cabo, es nuestra herencia.
—La herencia es de Sam —la corrigió Alice.
—¿Perdón? —exclamó la otra.
—Que la herencia es de Sam, no tuya.
Sila la miró con los ojos entrecerrados.
—Sam tiene hijos, Alice. Hablo por ellos.
—¿Podría decirme alguien qué le ha tocado a Greta? —intervino Elisabeth, claramente irritada—. No soporto que os compinchéis contra mí.
Como si no se hubieran compinchado contra Greta.
Sila estaba en racha.
—Tiene que romper con Tony.
No hacía falta ser telépata para saber que todas las personas del despacho pensaban una versión distinta de lo mismo: «¿Por qué Franklin no te habrá mandado callar a ti también?».
—Una pena, sin duda —añadió Sila en el silencio (no era telépata, por lo visto)—, pero podemos estar todos de acuerdo en que la herencia es... lo más importante. —Como si los demás no tuvieran la herencia siempre en la cabeza, a cada hora—. Si no cumple con su parte, adiós al dinero.
—Emoji. De. Pulgar. Hacia. Arriba. —El móvil de Sam, siempre con la última palabra.
Alice lo ignoró todo y se centró en Greta, consumida todavía por la moqueta. En silencio. Cómo no. La verdad de su hermana siempre se perdía en los silencios, y había momentos en que Alice no era capaz de soportarlo, en que le entraban ganas de zarandearla para que reaccionara.
—Greta —le exhortó—. Estaba aquí fuera.
Levantó la vista al oírla.
—¿Dónde?
—En el pasillo. Seguramente para asegurarse de que estuvieras bien. Y que no te hicieran luz de gas. Deberías ir a ver si...
—Greta no se va a ninguna parte —la interrumpió Elisabeth—. Y aquí nadie le está haciendo luz de gas a nadie.
—Claro que no. A ti nunca se te ocurriría algo así, mamá —repuso Alice.
—Ojo —advirtió Emily, y las palabras resonaron dentro de su postura doblada—. No le gusta que la llamen así.
—¿Cómo?
—Mamá.
Elisabeth se llevó una mano a la frente.
—Por el amor de Dios, Emily. ¿Queréis dejar de ser tan dramáticos? Precisamente por eso me preocupa que la gente no se crea que somos una familia funcional.
Por un momento, los hermanos se miraron ante aquella afirmación absurda que los unió durante un brevísimo instante, antes de que Elisabeth decidiera que se había hartado de lo que estuviera pasando entre sus hijos.