11
—Estás pintando.
Alice le dio la espalda a las vistas de la bahía que le ofrecían las ventanas de la torre para atender a Emily, que se encontraba en la puerta.
—Hola —dijo con suavidad, haciéndole señas a su hermana pequeña—. ¿Quieres entrar?
—Son las seis y media de la mañana. —Emily entró en la habitación y se detuvo justo al cruzar el umbral—. Pensaba que estarías durmiendo.
Alice negó con la cabeza.
—Soy profesora. Nunca se me pegan las sábanas.
—Ya —le contestó, como si nunca hubiera pensado en el horario diario de una profesora de la escuela pública—.
Bueno, pues me alegro, porque la luz de la mañana es la mejor para alinear los chakras.
Antes de que todo lo demás la contamine.
Puedo darte algunos cristales que te pueden ir bien. ¿Un citrino pulido, quizá?
—Justo estaba pensando que me falta un citrino pulido —respondió ella con una sonrisa.
—Qué graciosa. —Emily la atravesó con la mirada—. No te iría bien. A lo mejor un cuarzo rosa. —Antes de que Alice pudiera preguntarle de qué le serviría un cuarzo rosa, su hermana torció la cabeza para echar un vistazo a la libreta—. Qué bien se te da.
Le siguió la mirada.
—Mi versión de un citrino pulido.
Emily hizo ademán de cogerla.
—¿Puedo...?
Alice asintió y se apartó para que su hermana pudiera hojearla, viajando atrás en el tiempo: la bahía por la mañana (ultramarino, cerúleo, violeta de dioxacina), el amanecer por el este (limón, rosa, naranja cadmio), la isla de noche (añil, marrón Van Dyke, el siena crudo de las luces de la mitad superior del embarcadero).
Jack la había evitado la noche anterior.
El arrepentimiento por el beso se palpaba desde la distancia.
Ella había hecho lo propio, por descontado, y se había encerrado en la torre al regresar de la playa, donde había resucitado con dedicación la antigua paleta de acuarelas que encontró al fondo del armario.
Sí, había pintado y hecho planes para esquivarlo durante el resto de los días que estaría en la isla, pero esa decisión era suya. No de él.
Ajena a los pensamientos de Alice, Emily pasó otra página y dejó a la vista una serie de estudios.
Un dólar de arena. Un cangrejo. Una escalera de pizarra, manchada de verdín con la marea baja.
El Lizzie, una vez más anclado frente a la costa, con las velas recogidas, sin nada que probara que había navegado esa misma mañana.
—Estos son preciosos —observó su hermana, pasando los dedos por encima de las pinceladas, el azul de Prusia oscuro del casco, la madera de teca. El mar, esmeralda y azul ftalo.
Alice tenía un ojo más crítico.
—No son lo que podrían haber sido —contestó, señalando la colección de conchas de almeja donde había mezclado las pinturas—. No he conseguido atinar con el gris.
Emily no respondió, perdida en los dibujos. Alice llenó el silencio.
—¿Te acuerdas de cuando pintábamos aquí?
Su hermana asintió.
—En los muelles. A ti siempre se te dio mejor.
—Tú solo querías pintar flores. Las flores son engañosamente difíciles —señaló ella, recordando la paciencia menguante de Emily—. Siempre te frustrabas y me rompías los pinceles.
—No pienso disculparme por eso —replicó—. Tú eras un muermo. Siempre intentando acertar con el mar, como si no cambiara constantemente.
—Y mira, ese sigue siendo mi problema —respondió Alice con una media sonrisa—.
Por eso ahora pinto Nueva York. —En su éxito moderado como pintora, se la conocía mejor por sus escenas urbanas en acuarela.
A los galeristas y coleccionistas les fascinaba cómo aplicaba en los paisajes metropolitanos un medio más habitual para plasmar la naturaleza.
Con todo, cuando estaba sola, pintando para sí misma, siempre regresaba al agua, llena de secretos, imposible de capturar sin acabar escorando hacia el caos—.
Es demasiado difícil acertar con el mar.
Emily posó la mirada en la decena de conchas de almeja repartidas por la cajonera.
—Me acuerdo de cuando tuviste la idea de utilizarlas como bandejitas de mezclas. Me pediste que te ayudara a recogerlas.
Alice negó con la cabeza.
—No lo recuerdo.
—Yo solo quería un helado, pero no era lo bastante mayor para sacarme la licencia de barco, y tú te pasaste aquí tres días mezclando azules en conchas de almeja.
—¿No te podía llevar otra persona?
Su hermana sacudió la cabeza.
—Greta y Sam ya eran adultos y mamá y papá vete a saber dónde estaban, pero, sinceramente, yo solo quería ir contigo. —Una pausa—. Aunque eso fue cuando estábamos solas. Cuando éramos un equipo.
—Emily... —empezó Alice, y el nombre le constriñó la garganta mientras intentaba saber qué decir. Algo mejor que un simple—: Lo siento.
—No te disculpes —dijo su hermana de inmediato—. Tomaste tus decisiones. Te forjaste un camino nuevo. Lo único que me gustaría que entendieras es que no soy... Que nunca he sido... tu enemiga.
No lo era. No del todo. De la familia, había sido Emily la que se había visto atrapada en mitad del fuego cruzado.
—Ya lo sé. Y siento haberme perdido tu boda.
—No es solo eso. No viniste al Cuatro de Julio. —Las palabras eran acusatorias, lo bastante para que Alice se pusiera tensa—. Te pedí que vinieras.
En junio, Emily se había puesto en contacto con ella por primera vez desde que rechazó la invitación de boda. Le pidió que acudiera al Cuatro de Julio. «A todos nos encantaría verte», le había escrito.
Era una mentira tan flagrante que ni siquiera se lo planteó.
—Emily. Sabes que no podía venir.
—Ya. Estabas ocupada.
A Alice le disgustaron aquellas palabras y su falta de comprensión, como si ella hubiese sido el problema desde el principio. Antes de que pudiera defenderse, su hermana cambió de tema.
—Total, que te necesitamos abajo.
Ella dudó ante ese uso del plural.
—¿Por qué?
—Mamá ha convocado una reunión.
—¿Sobre qué?
Emily se encogió de hombros.
—Los Servicios Secretos llegarán dentro de un rato para revisar el lugar. Mamá está agobiadísima, Greta de los nervios y Sam... como siempre. Y me han enviado a buscarte.
—Tiene pinta de que la familia Storm se lo va a pasar bomba — observó con sequedad, dejando los pinceles en un bote con agua—. Ahora bajo.
—Vale.
Emily empezó a bajar la escalera, pero no iba por la mitad cuando Alice salió al descansillo y le gritó:
—¿Emi?
Su hermana se giró.
—¿Estamos bien?
Ella ladeó la cabeza.
—Podría ser peor, ¿no?
Una pausa.
—Sí, pero también podría ser mejor.
Emily asintió ligeramente.
—Sí. Podría ser mejor.
«Fantástico».
—Ahora bajo. —Debía ponerse antes la coraza.
Mientras descendía por la escalera principal unos minutos más tarde, con el pelo recogido en una coleta apretada, una camiseta de tirantes y unos pantalones de yoga negros, Alice decidió saltarse el café (un error) y acudir directamente con su familia, que se había reunido en el despacho de su padre.
Se detuvo delante de la puerta abierta, sin que la vieran, y escuchó a escondidas a su madre lanzando órdenes que los hijos Storm habían oído cientos de veces a lo largo de su vida. Vendrán centenares de personas..., el mundo entero nos mirará..., y sobre todo...
—No es momento de numeritos. No estamos actuando para un público.
Alice contuvo el aliento al oír aquellas palabras que tan familiares le resultaban, y cómo estaban diseñadas para reprimir emociones de todo tipo.
Si tenía que haber dolor, si tenía que haber lágrimas, si alguien se estaba siquiera planteando montar un espectáculo, no sería con Elisabeth Winslow Storm delante, maldita sea.
Vio algo moverse con el rabillo del ojo, y encontró a Tony a lo lejos, en las sombras del pasillo, con un aspecto...
descuidado. Había desaparecido el traje que siempre llevaba, el peinado perfecto, la cara recién afeitada.
En vez de eso, vestía unos vaqueros y una camisa blanca, y la tela le apretaba en el ancho pecho, como si no supiera qué hacer sin una chaqueta que la contuviera.
Y todo eso antes de llegar al ceño fruncido.
Estaba preocupado por Greta, sin duda. Alice le sonrió con un ligero encogimiento de hombros y señaló el despacho con la cabeza. «Cómo son los Storm, ¿eh?».
La saludó con una mano indecisa, como si no tuviera claro que pudiera interactuar con ella en absoluto.
Hasta ese momento, ella no cayó en la cuenta de que no lo había visto desde que había llegado a la isla, a pesar de haber sido una presencia casi constante durante años, la sombra de su padre en coches, helicópteros, mientras caminaba por habitaciones atestadas y calles bulliciosas.
A Alice siempre le había caído bien Tony; era difícil no quererlo.
Era un tipo callado y tranquilo que había sido testigo de las flaquezas de la familia durante años sin juzgarlos (abiertamente), y a ella en concreto la había protegido de la atención excesiva del público más veces de las que era capaz de contar.
Pero ahora, sin Franklin, lo habían relegado a las sombras.
A menos que Greta lo sacara a la luz. Algo que, a juzgar por la actitud de sargento de instrucción de Elisabeth en el despacho, no sería aquella mañana.
Así que Alice hizo lo que los dos sabían que no haría su hermana.
Señaló la puerta, en el gesto internacional de: «¿Entras conmigo?
». Él negó con la cabeza, con una expresión extraña en los ojos, como si jamás se le hubiera pasado por la cabeza inmiscuirse.
Ojalá ella tuviera la misma libertad. Después de despedirse de él, atravesó la puerta abierta.
Alice no había entrado en el despacho de su padre desde que había llegado a la isla, el resultado de haberlo evitado a conciencia, aunque se negara a admitirlo. No obstante, una vez que puso un pie dentro, no pudo evitar los recuerdos.
Greta estaba de espaldas a un enorme hogar victoriano, tan grande que podría haberse metido dentro y haberse quedado de pie, con los brazos cruzados. Un Picasso gigantesco los observaba desde la pared que tenía detrás.